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Chapter 4: El hermano que quería robarle el futuro a Maya

Marcus reconoció el nombre escrito en la copia de la escritura y sintió que el mundo entero acababa de traicionarlo.

Daniel Reed.

Su hermano mayor. El hombre que había pronunciado el discurso en el funeral de Elena, que había cargado a Maya en brazos cuando era una bebé y que había prometido proteger a su sobrina si algún día Marcus necesitaba ayuda.

El mismo hombre que ahora aparecía junto a Vanessa en los documentos de su casa.

Marcus apretó la hoja entre los dedos.

—No puede ser —murmuró.

Denise, que seguía en la entrada del despacho, se acercó al escritorio.

—¿Qué sucede?

Él le mostró la escritura.

Cuando Denise leyó el nombre, se llevó una mano a la boca.

—¿Daniel? ¿Tu propio hermano?

—Quiero creer que hay una explicación.

—Marcus, hay una firma falsa en los documentos del fondo de Maya. Desaparecieron doce mil quinientos dólares. Vanessa huyó y ahora encontramos el nombre de Daniel en la escritura de tu casa. ¿Qué otra explicación necesitas?

Marcus no respondió.

Porque Denise tenía razón.

Y, aun así, una parte de él seguía buscando desesperadamente una forma de justificar lo imposible.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Daniel.

«Hermano, Vanessa me llamó. Dice que estás pasando por un momento difícil. No tomes decisiones precipitadas. Voy para allá».

Marcus leyó el mensaje dos veces.

Después escribió una respuesta.

«Ven. Tenemos que hablar».

Denise lo sujetó del brazo.

—No lo enfrentes sin pensar. Si están involucrados en algo ilegal, necesitas protegerte a ti y a Maya.

—No voy a permitir que mi hija siga en peligro.

—Entonces empieza por no hacer algo que ellos puedan usar en tu contra.

Marcus respiró profundamente y miró hacia la sala, donde Maya estaba sentada con una manta sobre las piernas. La niña sostenía un plato de sopa que Denise le había calentado, pero apenas había comido unas cucharadas.

Cada vez que escuchaba un ruido, levantaba la cabeza.

Marcus se acercó a ella.

—Princesa, necesito que te quedes con tu tía un ratito.

Maya dejó la cuchara.

—¿Vas a buscar a Vanessa?

—No. Tu tía y yo vamos a resolver algunas cosas.

—¿Ella va a volver?

Marcus se arrodilló.

No quería mentirle. No después de todo lo que había descubierto.

—No voy a dejar que nadie vuelva a hacerte daño. Eso sí te lo puedo prometer.

Maya se aferró a su cuello.

—¿Aunque sea alguien de la familia?

Marcus cerró los ojos un instante.

—Aunque sea alguien de la familia.

A las nueve y veinte de la noche, Daniel llegó en su camioneta negra.

Entró en la casa sin tocar, como siempre había hecho desde que eran niños. Llevaba una camisa impecable, un reloj costoso y una expresión de preocupación cuidadosamente ensayada.

—¡Marcus! —exclamó, abriendo los brazos—. Vanessa me dijo que las cosas se habían salido de control.

Marcus no aceptó el abrazo.

—¿Dónde está mi esposa?

Daniel parpadeó.

—No lo sé. Me llamó llorando y después dejó de contestar.

—Qué extraño. Porque desapareció justo cuando le pregunté por una transferencia de doce mil quinientos dólares desde el fondo de mi hija.

La expresión de Daniel cambió ligeramente.

Fue apenas un segundo.

Pero Marcus lo vio.

—¿Qué transferencia? —preguntó su hermano.

Marcus colocó la carpeta sobre la mesa.

—No finjas conmigo.

Daniel miró los documentos y luego levantó la cabeza.

—¿De dónde sacaste esto?

—De mi despacho. Donde alguien guardó documentos que yo nunca firmé.

Daniel pasó una página.

—Esto parece un asunto bancario. No deberías sacar conclusiones sin hablar con un abogado.

—¿Por qué aparece tu nombre en la escritura de mi casa?

Su hermano cerró la carpeta.

—Porque Vanessa me pidió ayuda con unos trámites.

—¿Qué trámites?

—Quería refinanciar algunas deudas.

Marcus se quedó mirándolo.

—¿Usando mi casa?

—Tu casa tiene suficiente valor para garantizar un préstamo. Ella me dijo que tú estabas de acuerdo.

—¿Y no se te ocurrió llamarme para confirmarlo?

Daniel suspiró.

—Estás trabajando demasiado. Vanessa me explicó que querías reducir tus gastos y reorganizar tus bienes.

—¿Reorganizar mis bienes? ¿También te dijo que iba a sacar dinero del fondo de Maya?

Daniel no contestó inmediatamente.

Marcus sintió que la rabia volvía a subirle por el pecho.

—Mírame a los ojos y dime que no sabías nada de ese dinero.

Daniel levantó la mirada.

—No sabía que había sacado tanto.

El silencio cayó como una piedra.

Marcus retrocedió.

—Entonces sí sabías que había sacado dinero.

Daniel se pasó una mano por el rostro.

—Escúchame. Vanessa tenía problemas financieros. Me pidió que la ayudara a encontrar una solución. Pensé que tú estabas enterado.

—¿Y qué ibas a ganar tú con todo esto?

—Nada.

Marcus señaló la escritura.

—¡Tu nombre está en los documentos de mi casa!

Daniel apretó la mandíbula.

—Porque el prestamista necesitaba a alguien que figurara como intermediario. No significa que yo fuera a quedarme con tu propiedad.

—¿Qué prestamista?

Daniel guardó silencio.

Marcus tomó la carpeta y la levantó frente a él.

—Tienes dos opciones. Me dices ahora mismo quién está detrás de esto o llamo a un abogado y dejo que las autoridades averigüen por qué mi hermano aparece en una operación que yo nunca autoricé.

Daniel miró hacia el pasillo.

Su expresión se endureció.

—No sabes lo que estás haciendo, Marcus.

—Entonces ayúdame a entenderlo.

Daniel se acercó y bajó la voz.

—Vanessa no es la única que tiene problemas. Tú también tienes una situación que podría salir a la luz si empiezas a revisar demasiado.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué situación?

Daniel sacó su teléfono y abrió una fotografía.

Era una imagen de un documento con el logotipo de la empresa donde Marcus trabajaba.

Debajo aparecía su nombre.

Y una cifra que Marcus reconoció inmediatamente.

Cuarenta y ocho mil dólares.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Marcus.

Daniel guardó el teléfono.

—Eso es lo que Vanessa descubrió sobre ti. Y si sigues amenazándola, puede que no seas el único que termine perdiendo su casa.

Marcus sintió que la habitación se inclinaba.

Porque conocía aquella cifra.

Y sabía exactamente de dónde había salido.

Pero Daniel no podía saberlo.

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A menos que alguien hubiera entrado en sus archivos privados.

O que el dinero desaparecido de Maya no fuera el único secreto que su familia había estado ocultando.

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