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Chapter 8: El hombre que regresó de entre los muertos

Richard cerró la puerta de la sala.

—Margaret, vas a explicarnos exactamente qué quisiste decir.

La mujer se secó las lágrimas con un pañuelo.

Durante unos segundos, pareció debatirse entre seguir guardando silencio y revelar algo que llevaba más de una década escondiendo.

Finalmente, abrió su bolso y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecían Elena Brooks, Anthony Vale y un tercer hombre frente a la entrada de una oficina. Elena sonreía. Anthony sostenía una carpeta. El tercer hombre estaba ligeramente apartado, con una mano apoyada en el hombro de Elena.

Danielle reconoció inmediatamente al hombre.

—Es Robert.

Richard tomó la fotografía.

Robert Ellis era el hermano mayor de Margaret y antiguo socio de confianza de la familia Brooks. Había participado en las primeras inversiones de la cadena hotelera y conocía los detalles de la fundación desde su creación.

Había muerto once años atrás, según la versión oficial, después de sufrir una enfermedad repentina.

—¿Qué tiene que ver Robert con todo esto? —preguntó Richard.

Margaret respiró profundamente.

—Robert no murió cuando dijeron que había muerto.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Richard.

—Su muerte fue una mentira. Robert descubrió que la investigación sobre los fondos de Elena estaba a punto de exponerlo. Desapareció y dejó que todos creyéramos que había fallecido.

Danielle sintió que las piernas le temblaban.

—¿Y tú lo sabías?

Margaret bajó la cabeza.

—Lo supe años después. Me contactó una sola vez. Dijo que estaba en peligro y que necesitaba ayuda. Me hizo prometer que nunca revelaría dónde estaba.

—¿Le ayudaste a escapar? —preguntó Richard.

—No. No sabía dónde estaba viviendo. Solo recibí una carta.

—¿Y por qué no acudiste a la policía?

Margaret lo miró con desesperación.

—Porque en esa carta había una copia de un documento firmado por mí. Robert me había utilizado como testigo en una operación financiera sin explicarme de qué se trataba. Si la investigación salía a la luz, yo también podía quedar implicada.

Tenía miedo, Richard. Miedo de perder mi casa, mi trabajo y todo lo que había construido.

Danielle sintió una mezcla de decepción y tristeza.

Margaret había sido una de las personas en las que más confiaba desde la muerte de su madre.

—¿Mi madre sabía que Robert estaba involucrado? —preguntó.

—Sí. Elena lo descubrió poco antes de morir.

Richard se quedó mirando la fotografía.

—¿Estás diciendo que Robert falsificó los documentos de la fundación?

—Creo que participó en la manipulación. Pero no sé si fue el único. Elena sospechaba que alguien más estaba ayudándolo desde dentro de la empresa.

—¿Quién?

Margaret negó con la cabeza.

—Nunca me lo dijo.

Danielle se acercó a la ventana.

La ciudad brillaba bajo el cielo oscurecido. En algún lugar, su padre tenía una empresa que valía cientos de millones de dólares. Ella tenía una hija de pocos días y un pasado que acababa de convertirse en un rompecabezas lleno de mentiras.

—Quiero hablar con Anthony —dijo.

Richard se volvió hacia ella.

—No sabemos si podemos confiar en él.

—Tampoco sabemos si podemos confiar en nadie más.

—No voy a exponerte a un peligro innecesario.

Danielle lo miró directamente.

—No necesito que me protejas de toda la verdad, papá. Necesito que me ayudes a descubrirla.

Richard permaneció callado.

Finalmente, asintió.

—De acuerdo. Pero no irás sola.

La reunión se organizó en una sala privada del edificio administrativo de Brooks Hospitality. Evelyn solicitó que un abogado independiente estuviera presente y que todas las comunicaciones quedaran documentadas.

Anthony llegó a las ocho y media.

Cuando entró, Danielle sintió un escalofrío.

El hombre parecía mucho mayor que en la fotografía. Tenía el cabello blanco, una cicatriz cerca de la mandíbula y una forma cautelosa de observar cada puerta y cada ventana.

Se detuvo al verla.

—Te pareces a Elena.

Danielle no respondió.

—¿Por qué quieres hablar conmigo? —preguntó.

Anthony miró a Richard.

—Porque tu madre me pidió que te protegiera si alguna vez descubrías lo que realmente ocurrió.

Richard se puso de pie.

—Entonces empieza por explicarme cómo fingiste tu muerte.

Anthony aceptó la pregunta sin protestar.

—Hace doce años descubrí que Robert estaba desviando dinero de varias inversiones vinculadas a la fundación. Cuando intenté detenerlo, me amenazó. Dijo que tenía documentos que podían incriminarme y que destruiría mi reputación si acudía a las autoridades.

—¿Y decidiste desaparecer? —preguntó Richard.

—Tomé una decisión cobarde. Pensé que podía reunir pruebas desde lejos y regresar cuando tuviera suficiente información. No calculé el daño que mi silencio causaría.

Danielle cruzó los brazos.

—¿Qué sabes sobre la muerte de mi madre?

Anthony bajó la mirada.

—Elena murió después de una operación que, en aquel momento, todos consideramos una tragedia médica. Nunca encontré pruebas de que alguien provocara su muerte. Pero, antes de morir, me entregó documentos que demostraban que alguien estaba intentando modificar el control de la fundación.

Richard apretó los puños.

—¿Y por qué no me los entregó a mí?

—Porque sospechaba que alguien cercano a ti estaba compartiendo información confidencial con Robert.

Richard se quedó inmóvil.

—¿Quién?

Anthony sacó una carpeta.

Dentro había copias de transferencias bancarias, correos electrónicos y una lista de sociedades intermediarias.

—No tengo pruebas suficientes para acusar a una persona concreta. Pero encontré pagos dirigidos a una empresa vinculada con Sterling Legacy Management. También encontré comunicaciones entre Robert y alguien que trabajaba dentro de Brooks Hospitality.

Evelyn comenzó a revisar los documentos.

—Estos registros parecen auténticos, pero necesitaremos verificar sus metadatos y el origen de cada copia.

Anthony asintió.

—Lo entiendo. No espero que confíen en mí. Solo quiero que revisen la evidencia.

Danielle tomó una página.

En ella aparecía una transferencia realizada pocos meses antes de la muerte de Elena. El dinero había salido de una cuenta vinculada a la fundación y terminado en una sociedad que no figuraba en los registros públicos habituales.

—¿Quién recibió este dinero? —preguntó.

Anthony señaló el nombre de un administrador.

—Ese hombre murió hace años. Pero su empresa continuó operando mediante representantes.

Richard examinó la siguiente página.

Entonces vio una firma que reconoció de inmediato.

Era la firma de su propio hermano, Thomas Brooks.

Thomas había muerto hacía seis años.

Richard sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

—Mi hermano nunca participó en la administración de la fundación.

Anthony lo miró con gravedad.

—Eso fue lo que Elena también creyó al principio. Pero alguien utilizó su firma para autorizar varias operaciones.

—¿Estás diciendo que falsificaron la firma de Thomas?

—Es posible. O alguien tenía acceso a documentos que permitían reproducirla.

Danielle miró a Evelyn.

—¿Puede comprobarse?

—Sí. Si conseguimos los originales, un especialista podrá comparar las firmas y determinar si existen indicios de falsificación.

Anthony cerró la carpeta.

—Hay algo más que deben saber. La segunda carta de Elena no contiene una confesión ni una lista de culpables. Contiene instrucciones sobre cómo recuperar el control de la fundación si alguien intentaba apropiarse de ella.

—¿Dónde está? —preguntó Richard.

Anthony miró a Danielle.

—No la tengo. Elena se la confió a una persona que no pertenecía a nuestra empresa ni a su círculo de amistades.

—¿A quién? —preguntó Danielle.

Anthony se inclinó hacia delante.

—A una mujer que trabajaba en el hospital donde nació Danielle.

Danielle sintió que se le helaba la sangre.

—Eso fue hace veintiséis años.

—Lo sé.

—¿Cómo se llamaba?

Anthony abrió la boca para responder.

En ese momento, el teléfono de Evelyn comenzó a sonar.

Era el responsable de seguridad del edificio.

La abogada contestó y escuchó durante unos segundos.

Su rostro se endureció.

—¿Está seguro? —preguntó.

Colgó y miró a Richard.

—Alguien acaba de intentar entrar en el archivo donde se conservan los documentos originales de la fundación. El sistema registró una credencial autorizada a nombre de Danielle Brooks.

Danielle miró a su padre.

—Yo no he ido a ese archivo.

Anthony se levantó de golpe.

—Entonces ya saben que hemos encontrado los documentos.

Richard se acercó a la puerta.

—¿Quién tenía acceso a tu credencial?

Danielle negó con la cabeza.

—Nadie. Mi identificación está conmigo.

Evelyn revisó el informe que acababa de recibir.

La autorización se había emitido a las ocho y cuarenta y dos de la noche.

El sistema mostraba que Danielle había entrado en el archivo.

Pero también registraba algo más.

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La persona que utilizó la credencial había firmado el acceso con un nombre escrito a mano.

*Elena Brooks.*

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