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Chapter 7: La mujer que conocía el secreto de Elena

Danielle volvió a leer la última línea de la carta.

La persona que la tiene lleva años viviendo bajo el mismo techo que ustedes.

—Papá, ¿quién podría ser? —preguntó.

Richard permaneció de pie junto a la ventana de la sala privada. Afuera, los automóviles seguían entrando y saliendo del hotel, ajenos a la tormenta que acababa de estallar dentro de sus paredes.

—No lo sé —respondió finalmente—. Pero hay alguien que debería ayudarnos a entenderlo.

—¿Quién?

Richard tomó su teléfono.

—Margaret.

Danielle se quedó inmóvil.

Margaret Ellis había sido la mejor amiga de Elena durante más de treinta años. Después de la muerte de su madre, se había convertido en una presencia constante en la vida de Danielle. Había asistido a su graduación universitaria, la había acompañado cuando nació Grace y, durante los últimos meses del embarazo, había insistido en que podía llamarla a cualquier hora.

Margaret también había vivido durante varios años en la casa de los Brooks.

No como empleada.

Como parte de la familia.

—¿Crees que Margaret sabe algo? —preguntó Danielle.

Richard miró la carta.

—Tu madre confiaba en ella más que en casi cualquier otra persona.

—Eso no responde a mi pregunta.

Richard suspiró.

—No. No la responde.

Llamó a Margaret.

La mujer contestó al segundo tono.

—Richard, ¿ocurrió algo? Danielle me llamó esta mañana, pero no pude contestarle. Estaba en una reunión.

Richard intercambió una mirada con su hija.

—Necesitamos verte. Es importante.

—¿Se trata de Danielle y la bebé?

—En parte.

Hubo una pausa.

—¿Qué significa eso?

—Encontramos una carta de Anthony Vale.

El silencio al otro lado de la línea fue tan prolongado que Richard comprobó si la llamada seguía conectada.

Finalmente, Margaret habló.

—¿Qué decía?

Richard cerró los ojos.

No había esperado aquella pregunta.

No había preguntado quién había encontrado la carta, dónde estaba Anthony ni cómo podía estar vivo después de doce años.

Había preguntado qué decía.

—Ven al hotel —respondió él—. Necesitamos hablar en persona.

—Richard, no creo que sea buena idea.

Danielle se acercó al teléfono.

—Margaret, soy yo.

La voz de la mujer cambió inmediatamente.

—Cariño, ¿cómo estás? ¿Está bien Grace?

—Sí. Estamos bien. Pero encontramos algo que pertenecía a mamá.

—¿Qué encontraron?

Danielle miró a su padre.

—Una carta que dice que mamá descubrió algo antes de morir. Algo relacionado con la fundación.

Al otro lado de la línea se escuchó una respiración temblorosa.

—Danielle, escúchame con mucha atención. No firmes nada. No entregues ningún documento a nadie y, por favor, no confíes en las personas que te prometan que pueden resolverlo todo.

Danielle sintió un escalofrío.

—¿Por qué me dices eso?

—Porque hay cosas que no entiendes.

—Entonces explícamelas.

Margaret guardó silencio.

—No puedo hacerlo por teléfono —susurró finalmente—. Iré al hotel.

La llamada terminó.

Richard miró a su hija.

—¿Qué piensas?

Danielle apretó a Grace contra su pecho.

—Pienso que alguien sabe mucho más de lo que está dispuesto a admitir.

Mientras esperaban a Margaret, Evelyn continuó revisando los documentos del fondo.

A las seis de la tarde, había encontrado una anomalía que no encajaba con ninguna de las explicaciones anteriores.

—Richard, necesito mostrarte algo.

Extendió tres documentos sobre la mesa.

El primero era el testamento original de Elena Brooks. El segundo era una modificación presentada varios años después de su muerte. El tercero era una autorización bancaria vinculada a la fundación.

—La modificación del testamento no parece auténtica —explicó Evelyn—. La firma es muy parecida a la de Elena, pero hay diferencias en la presión de la tinta y en la forma de algunas letras. Además, el documento fue presentado cuando ella ya llevaba varios años muerta.

Richard examinó las páginas.

—¿Quién lo presentó?

—Anthony Vale aparece como testigo. Pero la firma pudo añadirse posteriormente. Estamos solicitando una revisión forense.

—¿Qué cambia esta modificación?

Evelyn señaló una cláusula.

—El documento original protegía los activos de la fundación y reservaba a Danielle el derecho de participar en ciertas decisiones cuando se convirtiera en madre. La modificación transfiere el control administrativo a un fideicomisario externo.

—¿Quién?

Evelyn pasó a la última página.

Richard leyó el nombre y se quedó inmóvil.

Sterling Legacy Management.

Una sociedad vinculada a la familia de Victoria.

—¿Cómo llegó esta empresa a los documentos de Elena? —preguntó Danielle.

—Eso es precisamente lo que necesitamos averiguar —respondió Evelyn.

Richard se levantó bruscamente.

—Si alguien falsificó documentos para controlar la fundación de mi esposa, no estamos hablando de una simple disputa comercial.

—Todavía no sabemos quién lo hizo —advirtió Evelyn—. Pero tenemos suficientes indicios para solicitar que se preserve el patrimonio mientras se verifica la autenticidad de los documentos.

Danielle observó la página.

—¿Cuánto dinero hay en ese fondo?

Evelyn dudó antes de responder.

—Los activos actuales, incluidas varias propiedades destinadas a financiar programas sociales, se valoran provisionalmente en unos treinta y ocho millones de dólares. La cifra definitiva dependerá de una auditoría completa.

Danielle se quedó sin palabras.

Treinta y ocho millones.

Nunca había vivido como una heredera. Había pagado su propio alquiler, trabajado en una organización sin fines de lucro y ahorrado para los gastos de Grace. No sabía que su madre había dejado un patrimonio de aquella magnitud bajo condiciones que podían cambiar cuando ella tuviera un hijo.

—No quiero ese dinero para mí —dijo.

Richard se acercó.

—Tu madre tampoco lo creó para que alguien se enriqueciera a costa de las personas que necesitaban ayuda.

—Entonces protejamos la fundación. Pero quiero que todo se investigue, incluso si las pruebas apuntan a alguien que conocemos.

Richard asintió.

—Así será.

Margaret llegó cuarenta minutos después.

Vestía un abrigo beige y llevaba un bolso de cuero que sujetaba con ambas manos. Su rostro parecía más envejecido que la última vez que Danielle la había visto.

Cuando entró en la sala y vio a Grace, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Dios mío, qué hermosa es.

Se acercó para mirar a la bebé, pero Danielle no se levantó.

—Margaret, necesitamos hablar.

La mujer se detuvo.

Richard colocó la carta de Anthony sobre la mesa.

—¿Sabías que estaba vivo?

Margaret miró el documento.

Su rostro perdió el color.

—No.

—Entonces, ¿por qué reaccionaste de esa manera cuando te dije que habíamos encontrado una carta suya?

Margaret dejó el bolso sobre una silla.

—Porque sabía que, tarde o temprano, esto iba a ocurrir.

Danielle sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Qué iba a ocurrir?

Margaret se sentó lentamente.

—Tu madre descubrió que alguien estaba utilizando los recursos de la fundación para financiar operaciones que no tenían nada que ver con su misión. Cuando intentó detenerlo, recibió documentos que demostraban que habían alterado algunas autorizaciones.

Richard frunció el ceño.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque Elena me pidió que no lo hiciera hasta que tuviera pruebas suficientes.

—¡Era mi esposa!

—¡Y yo era su mejor amiga! —respondió Margaret, con la voz quebrada—. ¿Crees que fue fácil guardar silencio mientras veía cómo se consumía de preocupación?

Danielle se puso de pie.

—¿Quién estaba robando el dinero?

Margaret miró a Richard.

Después a Danielle.

Finalmente, bajó los ojos hacia Grace.

—Elena descubrió que los documentos habían sido manipulados por alguien que tenía acceso a sus cuentas y conocía sus contraseñas. Alguien que podía entrar en su casa sin despertar sospechas.

—¿Quién? —insistió Danielle.

Margaret abrió la boca.

Pero antes de responder, el teléfono de Richard vibró.

Era Evelyn.

El mensaje contenía una fotografía tomada por una cámara de seguridad del archivo externo.

Anthony Vale aparecía entrando en el edificio.

Esta vez, sin gorra y mirando directamente a la cámara.

Debajo de la fotografía había una nota:

*«Anthony Vale ha solicitado una reunión urgente. Afirma que puede identificar a la persona que falsificó el testamento de Elena Brooks. Ha pedido hablar exclusivamente con Danielle».*

Danielle miró a Margaret.

La mujer comenzó a llorar.

—No vayas —susurró.

—¿Por qué?

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Margaret levantó la cabeza y pronunció unas palabras que hicieron que Richard retrocediera.

—Porque Anthony no fue el único que desapareció hace doce años. La noche antes de morir, tu madre me dijo que, si algún día él regresaba, significaría que el verdadero culpable ya sabía dónde encontrarte.

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