Chapter 3: El secreto detrás del vestido fucsia
Victoria Sterling había pasado años convenciendo a los demás de que su vida era perfecta.
Su casa tenía doce habitaciones, su garaje albergaba automóviles de lujo y las fotografías de sus eventos aparecían regularmente en revistas sociales de California. En cada fiesta, Victoria se aseguraba de que alguien importante la viera entrar.
Pero su mayor orgullo no era su casa ni su ropa.
Era Sterling Events International, la empresa que había fundado junto con su esposo, Daniel Sterling.
La compañía organizaba bodas de celebridades, galas benéficas y eventos corporativos para algunas de las empresas más importantes del país. Durante años, el contrato con Brooks Hospitality había sido una de sus fuentes de ingresos más lucrativas.
Y ahora, delante de decenas de testigos, Richard Brooks acababa de insinuar que aquel contrato estaba en peligro.
—Esto es ridículo —dijo Victoria, intentando recuperar el control—. Nuestra empresa tiene una reputación impecable. No sé qué clase de investigación están realizando, pero estoy segura de que se trata de un error administrativo.
Richard mantuvo la mirada en ella.
—Entonces no tendrá dificultades para responder las preguntas de nuestros auditores.
—No voy a discutir asuntos comerciales en el vestíbulo.
—De acuerdo. Pero tampoco vamos a discutir la agresión a mi hija como si fuera un problema de relaciones públicas.
Danielle se sentó en uno de los sillones de terciopelo. Grace empezaba a inquietarse, y la joven madre necesitaba comprobar que la manta no le cubriera demasiado el rostro.
Richard se inclinó junto a ella.
—¿Quieres que nos vayamos?
Danielle miró a Victoria, que estaba hablando rápidamente con Thomas Caldwell.
—No todavía.
Su padre esperó.
—Quiero saber por qué esa mujer me trató como si yo no tuviera derecho a estar aquí.
Richard frunció el ceño.
—Porque creyó que podía hacerlo sin consecuencias.
—Eso es parte del problema, papá. Pero no todo.
Danielle acarició suavemente la mejilla de Grace.
—Cuando me golpeó, no me preguntó quién era. No le importó. Me miró, vio cómo iba vestida y decidió que podía humillarme. Y cuando Marcus apareció, él hizo exactamente lo mismo.
Richard permaneció en silencio.
—Si te hubieras presentado aquí con guardaespaldas y joyas caras, quizá me habrían tratado de otra manera —continuó Danielle—. Pero yo solo quería sentarme cinco minutos con mi hija. No quiero que la gente tenga que conocer mi apellido para tratarme como a una persona.
Richard bajó la mirada.
Sabía que su hija tenía razón.
Durante años, había intentado protegerla del peso de su apellido. Cuando Danielle cumplió dieciocho años, se marchó a vivir a un pequeño apartamento y empezó a trabajar en una organización comunitaria. Rechazó varios puestos dentro de la empresa familiar porque quería construir una vida que no dependiera del dinero de su padre.
Incluso después de convertirse en madre, insistió en mantener su independencia.
Richard la admiraba por ello.
Pero nunca había imaginado que esa decisión pudiera convertirla en el blanco de una humillación tan cruel.
—No necesitas demostrarle nada a nadie —le dijo—. Pero tienes derecho a exigir que se haga justicia.
Danielle asintió.
A unos metros, Victoria había comenzado a caminar de un lado a otro.
—Necesito hablar con usted en privado —le exigió a Thomas.
—Señora Sterling, creo que lo mejor es esperar a que llegue su esposo.
—¡No necesito que me diga qué hacer!
Varios empleados se miraron entre sí.
Victoria se dio cuenta de que ya no controlaba la situación. Cada palabra que pronunciaba parecía empeorar las cosas.
Entonces volvió a mirar a Danielle.
—Tú sabías quién era mi esposo, ¿verdad? —preguntó de repente.
Danielle levantó la cabeza.
—Nunca había oído su nombre hasta hoy.
—No te creo. Esto parece demasiado conveniente.
Richard se puso de pie.
—Tenga cuidado con lo que insinúa.
—¿Cómo voy a saber que no preparó todo esto? —insistió Victoria—. Apareció su padre, las cámaras captaron el incidente y ahora resulta que mi empresa está siendo investigada. ¿De verdad espera que crea que todo es una coincidencia?
Danielle la miró con incredulidad.
—¿Está diciendo que planeé que usted me golpeara?
—Estoy diciendo que hay personas capaces de hacer cualquier cosa para conseguir dinero.
La expresión de Danielle cambió.
Por primera vez, su voz salió cargada de una indignación que ya no intentaba disimular.
—Tengo una hija recién nacida en los brazos. No necesito su dinero. Necesito que deje de inventar historias para justificar lo que hizo.
Victoria abrió la boca, pero una voz procedente de la entrada la interrumpió.
—¡Victoria!
Un hombre de unos cincuenta años cruzó el vestíbulo acompañado de una mujer con un maletín y un abogado de cabello oscuro. Llevaba un traje azul marino y una expresión de furia contenida.
Daniel Sterling había llegado.
Victoria corrió hacia él.
—Cariño, gracias a Dios. Richard Brooks está intentando destruir mi reputación por una pequeña discusión.
Daniel no la abrazó.
Primero miró a Richard.
Después observó a Danielle, sentada con Grace en brazos.
Finalmente, vio las cámaras y a los huéspedes que seguían reunidos alrededor.
—¿Qué ocurrió? —preguntó.
Victoria se apresuró a responder.
—Esta mujer se metió en mi camino. Tuvimos unas palabras y, de repente, su padre apareció para amenazarme. Ahora dice que quiere revisar nuestros contratos.
Daniel cerró los ojos durante un instante.
—Victoria, ¿golpeaste a alguien?
Ella retrocedió.
—No fue así.
—Te hice una pregunta.
—Solo intentaba apartarla.
Daniel miró la mejilla de Danielle.
—¿La golpeaste en la cara?
Victoria bajó la voz.
—Fue un impulso. Ella me provocó.
Danielle se levantó despacio, sosteniendo a Grace con ambos brazos.
—No le dije nada hasta después de que usted me golpeara —dijo—. Ni siquiera estaba cerca de su bolso.
Daniel la miró con una mezcla de vergüenza y preocupación.
—Señorita Brooks, lamento muchísimo lo ocurrido.
Victoria giró hacia él.
—¿Vas a disculparte con ella? ¿Después de cómo me ha tratado?
Daniel no respondió.
Richard dio un paso adelante.
—Señor Sterling, su esposa acaba de agredir a mi hija. Mi equipo está preservando las pruebas. La investigación financiera que afecta a su empresa es un asunto separado, pero no voy a permitir que use sus relaciones comerciales para evitar las consecuencias de sus actos.
El abogado que acompañaba a Daniel abrió su maletín.
—Señor Brooks, mi cliente está dispuesto a cooperar. Sin embargo, creemos que sería prudente mantener separados ambos asuntos hasta conocer todos los hechos.
—Estoy de acuerdo —respondió Richard—. Por eso no he mezclado las investigaciones.
Daniel asintió lentamente.
Después se volvió hacia su esposa.
—Victoria, necesito que me entregues tu teléfono.
Ella lo miró como si acabara de abofetearla él mismo.
—¿Qué?
—Tu teléfono. Ahora.
—¿Te has vuelto loco?
—No. Acabo de recibir una llamada del banco.
El vestíbulo quedó en silencio.
Daniel bajó la voz, pero las personas cercanas todavía podían escucharlo.
—Han congelado temporalmente una de nuestras cuentas corporativas mientras revisan unas transferencias. El abogado me llamó hace veinte minutos. Necesito saber si tienes información sobre esos movimientos.
Victoria perdió el color del rostro.
—No sé de qué estás hablando.
Daniel la observó durante varios segundos.
—Entonces no tendrás problema en ayudarme a aclararlo.
Ella apretó el teléfono contra su pecho.
Richard miró a su director financiero, que acababa de entrar por la puerta lateral con una carpeta bajo el brazo. El hombre se acercó y le entregó unos documentos.
—Señor Brooks —dijo en voz baja—, encontramos una coincidencia entre varias facturas de Sterling Events International y pagos realizados a una empresa intermediaria.
Richard examinó la primera página.
Su expresión se volvió sombría.
—¿Quién autorizó las transferencias?
—Eso es lo que estamos intentando determinar. Pero hay algo más. La empresa intermediaria comparte una dirección registrada con una sociedad que aparece en documentos de propiedad relacionados con la familia Sterling.
Daniel se acercó.
—¿Puedo ver esos documentos?
Richard le entregó una copia.
Daniel pasó las páginas con rapidez. Al llegar a la última, se quedó inmóvil.
—Esto no puede ser correcto.
Victoria intentó mirar por encima de su hombro.
—¿Qué es?
Daniel levantó la vista.
—Una de las sociedades que recibió esos pagos está registrada a nombre de una persona de nuestra propia familia.
Victoria dejó de moverse.
—Daniel, escúchame…
—¿Por qué aparece tu firma en esta autorización bancaria?
El silencio que siguió fue absoluto.
Danielle observó cómo Victoria retrocedía hasta chocar con el mostrador. La mujer que minutos antes había exigido que expulsaran a una madre con su bebé ahora parecía incapaz de encontrar una sola palabra para defenderse.
Pero Daniel todavía no había terminado de revisar los documentos.
Su abogado se inclinó hacia él y señaló una segunda página.
—Hay otra transferencia —murmuró—. Esta fue autorizada desde una cuenta personal.
Daniel leyó el nombre del beneficiario.
Después miró a su esposa.
—Victoria… ¿por qué le estabas enviando dinero a Marcus Reed?
El gerente, que ya se encontraba junto al guardia de seguridad, levantó bruscamente la cabeza.
Y Danielle comprendió que la bofetada quizá no había sido el único acto de corrupción que acababa de salir a la luz.
Porque Marcus no había elegido ponerse del lado de Victoria por casualidad.
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Alguien le había pagado para hacerlo.
Y la siguiente pregunta podía destruir mucho más que la carrera de un gerente: *¿cuánto tiempo llevaba Victoria Sterling comprando el silencio de quienes debían hacer cumplir las reglas?*