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Chapter 5: La orden que nadie debía encontrar

Richard leyó el correo por segunda vez.

Después giró la pantalla hacia Evelyn.

El mensaje procedía de una dirección vinculada a Sterling Events International y estaba dirigido a Marcus Reed. El asunto decía: *«Protocolo especial para visitantes relacionados con la familia Brooks».*

Evelyn leyó en silencio.

El cuerpo del mensaje contenía instrucciones aparentemente administrativas: identificar a determinadas personas, informar de sus visitas y evitar que tuvieran acceso a ciertas áreas privadas del hotel.

Sin embargo, al final aparecía una frase que no dejaba lugar a dudas.

«Si Danielle Brooks se presenta en las instalaciones, no la trates como una huésped VIP. Evita que tenga contacto con la dirección y solicita su salida por cualquier motivo que pueda documentarse».

Danielle sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Por qué alguien escribiría eso sobre mí?

Richard no contestó inmediatamente.

Conocía demasiadas personas capaces de utilizar su apellido para sus propios intereses. Sin embargo, nunca había imaginado que alguien estuviera preparando instrucciones específicas para humillar a su hija.

—¿Quién envió el correo? —preguntó.

Evelyn revisó los detalles del mensaje.

—La cuenta pertenece a una empleada administrativa de Sterling Events. Pero eso no demuestra quién redactó el contenido ni quién autorizó su envío.

—¿Y Marcus?

—Respondió que había entendido las instrucciones.

Danielle miró la pantalla.

—Ni siquiera me conocían.

—Alguien sabía quién eras —dijo Richard—. Y quería asegurarse de que te trataran de una manera determinada.

—¿Por qué?

Richard se quedó mirando el apellido que aparecía al final de la dirección del remitente.

Brooks Hospitality.

Sterling Events.

Durante tres semanas, su departamento financiero había estado investigando irregularidades en los contratos de la compañía de Victoria. La revisión había comenzado después de que un auditor detectara pagos duplicados y facturas que no coincidían con los registros de los eventos.

La investigación no tenía ninguna relación con Danielle.

Pero aquel correo sugería que alguien estaba preocupado por su presencia en el hotel mucho antes de que ocurriera la bofetada.

—Evelyn, quiero saber si mi hija aparece en algún otro documento —dijo Richard—. Busca su nombre, sus visitas y cualquier comunicación relacionada con ella. Pero mantén la investigación dentro de los canales autorizados.

—Lo haré.

Danielle se sentó lentamente.

Grace comenzó a llorar y ella la meció, tratando de concentrarse en la pequeña vida que sostenía entre los brazos.

—Papá, necesito que me digas la verdad.

Richard se arrodilló frente a ella.

—¿Sobre qué?

—¿Hay algo relacionado conmigo que no me hayas contado?

La pregunta lo golpeó con más fuerza de lo que esperaba.

—No tengo conocimiento de ninguna amenaza contra ti.

—No te pregunté eso. Te pregunté si hay algo que no me hayas contado.

Richard bajó la mirada.

Durante años había mantenido ciertos asuntos empresariales fuera de la vida de su hija. No porque desconfiara de ella, sino porque había querido darle la oportunidad de crecer lejos de las disputas que acompañaban a su fortuna.

Pero ahora comprendía que guardar silencio también podía tener consecuencias.

—Hay un asunto relacionado con la empresa que todavía no entiendo por completo —admitió—. Hace aproximadamente un mes, alguien intentó acceder a documentos confidenciales de una de nuestras propiedades. Entre esos archivos había información sobre una fundación familiar y varias cuentas de inversión.

Danielle frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—No lo sé todavía. Pero una parte de los documentos estaba relacionada con un proyecto que tu madre y yo financiamos hace años.

La expresión de Danielle se suavizó.

Su madre había muerto cuando ella tenía diecinueve años. Desde entonces, Richard había conservado con cuidado los recuerdos de su esposa, evitando convertirlos en una fuente de dolor para su hija.

—¿Qué proyecto? —preguntó Danielle.

—La Fundación Elena Brooks. Tu madre la creó para ayudar a madres jóvenes que necesitaban vivienda, atención médica y apoyo durante los primeros meses después del nacimiento de sus hijos.

Danielle miró a Grace.

La fundación había sido una de las razones por las que ella había elegido trabajar en organizaciones comunitarias. Su madre le había enseñado que una persona podía tener muy poco dinero y aun así merecer el mismo respeto que cualquier otra.

—¿Alguien intentó acceder a los archivos de la fundación?

—Sí. Pero nuestros especialistas bloquearon el acceso antes de que pudieran descargar toda la información.

Danielle sintió un nudo en el estómago.

—¿Y Victoria está relacionada con eso?

—No tenemos pruebas que lo demuestren.

Richard se puso de pie.

—No voy a acusar a nadie sin evidencia. Pero tampoco voy a ignorar una coincidencia tan extraña.

Mientras tanto, en el vestíbulo, Daniel Sterling se encontraba junto a su abogado, revisando los primeros documentos de la investigación financiera.

Victoria caminaba de un lado a otro.

—Necesito que les digas que esas transferencias eran pagos legítimos —insistió ella.

Daniel levantó la vista.

—No puedo decir algo que todavía no he comprobado.

—Tú conoces la empresa. Sabes que hacemos cientos de pagos al mes.

—También sé que algunas facturas están duplicadas.

Victoria se detuvo.

—Eso puede ser un error de contabilidad.

—¿Y las transferencias a la empresa de Marcus?

—No tengo por qué recordar cada pago.

Daniel cerró la carpeta.

—Victoria, llevamos veintidós años casados. Nunca te había visto tan preocupada por unos documentos.

Ella se acercó a él.

—Porque mi esposo está a punto de destruir mi reputación delante de todo el mundo. ¿Eso no te preocupa?

—Me preocupa que alguien haya utilizado nuestra empresa para realizar operaciones que no puedo explicar.

—¿Y confías más en unos documentos que en mí?

Daniel guardó silencio.

Victoria entendió que había perdido algo importante.

No era el contrato con el hotel.

Era la confianza de su esposo.

—Necesito hablar con Marcus —dijo finalmente.

—No.

—Daniel…

—El abogado me ha recomendado que no contactemos a nadie involucrado en la investigación hasta que se preserve toda la documentación.

Victoria apretó la mandíbula.

—No puedes controlarme.

—No estoy intentando controlarte. Estoy intentando evitar que empeores la situación.

Ella se alejó con el teléfono en la mano.

Cuando Daniel se volvió hacia el abogado, Victoria aprovechó para enviar un mensaje.

*«Necesito que elimines cualquier copia del archivo original. Hazlo ahora».*

El mensaje quedó marcado como entregado.

Victoria respiró un poco más tranquila.

No sabía que el teléfono corporativo que había utilizado para enviar el mensaje estaba sincronizado con el sistema de respaldo de su empresa.

Y tampoco sabía que el departamento jurídico de Daniel acababa de recibir una alerta automática sobre el intento de eliminar un archivo relacionado con la investigación.

Evelyn regresó a la sala privada cuarenta minutos después.

—Richard, hemos encontrado algo más.

Él dejó su taza sobre la mesa.

—Adelante.

—El correo dirigido a Marcus no era el único. Existe una cadena de mensajes sobre la Fundación Elena Brooks. Alguien solicitó información sobre sus propiedades, sus donaciones y los nombres de las personas que administran sus cuentas.

Danielle sintió que se le helaban las manos.

—¿Quién lo solicitó?

Evelyn abrió un documento.

—La petición se realizó a través de una empresa intermediaria. Sin embargo, el pago de los servicios de investigación salió de una cuenta vinculada a Sterling Events.

Richard se quedó inmóvil.

—¿Victoria?

—No podemos confirmarlo todavía. La cuenta está asociada a la empresa, pero necesitamos verificar quién autorizó el gasto.

Danielle miró a su padre.

—¿Qué tiene de especial esa fundación?

Richard dudó.

Entonces Evelyn abrió un segundo archivo y colocó una hoja sobre la mesa.

Era una copia de un documento antiguo, fechado diecinueve años atrás.

En la parte superior aparecía el nombre de Elena Brooks.

Debajo, una lista de beneficiarios y una cláusula de protección patrimonial.

Danielle reconoció la firma de su madre.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

Richard respiró hondo.

—Tu madre creó un fondo especial para proteger el patrimonio de la fundación y garantizar que siguiera ayudando a las madres jóvenes incluso después de su muerte.

—¿Y por qué alguien investigaría ese fondo?

Evelyn señaló una línea al final del documento.

—Porque el fondo tiene una condición que se activa cuando el beneficiario principal se convierte en padre o madre.

Danielle sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Beneficiario principal?

Richard la miró con ternura y preocupación.

—Tu madre quería que, cuando tuvieras un hijo, pudieras decidir si deseabas asumir un papel más activo en la fundación.

Danielle observó la fecha.

Después miró la firma.

Y finalmente leyó el nombre escrito junto a la cláusula de beneficiario.

*Danielle Brooks.*

—¿Mi madre dejó dinero para mí?

—No exactamente —respondió Richard—. Dejó algo mucho más importante. Un fondo destinado a proteger la fundación, sus propiedades y su independencia. Pero hay una condición que nadie puede modificar sin tu autorización.

Evelyn asintió.

—Y, según los documentos que hemos encontrado, alguien lleva semanas intentando conseguir esa autorización.

Danielle sintió un escalofrío.

—Yo nunca he firmado nada.

—Lo sabemos —respondió Evelyn.

Richard tomó el documento y lo examinó cuidadosamente.

Entonces vio una segunda firma al pie de la página.

No era la de su esposa.

Era la de un testigo que había certificado el documento original.

Richard palideció.

Porque reconocía perfectamente aquel nombre.

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Pertenecía a un hombre que había trabajado para la familia durante años y que había desaparecido de sus vidas después de una disputa empresarial.

Un hombre que, según los registros, había muerto hacía doce años.

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