Chapter 5: La firma que nadie debía encontrar
Valeria abrió la puerta apenas unos centímetros.
Richard estaba de pie al otro lado, con una carpeta azul bajo el brazo. Ya no tenía la expresión de un hombre confundido por una discusión familiar. Su rostro era serio, y sus ojos parecían examinar cada movimiento de ella.
—¿Qué encontraste? —preguntó Valeria.
Richard levantó ligeramente la carpeta.
—Eso es precisamente lo que quiero que me expliques.
—No sé de qué estás hablando.
—Entonces no te importará bajar conmigo.
Valeria miró hacia el pasillo vacío.
Podía negarse. Podía llamar a Daniel, fingir que no se encontraba bien o inventar alguna excusa para ganar tiempo.
Pero Richard ya estaba allí.
Y, por alguna razón, su tranquilidad le daba más miedo que si hubiera llegado gritando.
—Está bien —respondió.
Bajaron juntos.
En el despacho, Richard dejó la carpeta sobre el escritorio de madera oscura. Junto a ella había una computadora portátil, una taza de café sin terminar y varios sobres abiertos.
Valeria reconoció inmediatamente el membrete de una compañía inmobiliaria.
El estómago se le encogió.
—¿Qué es eso? —preguntó, intentando mantener la voz firme.
Richard abrió la carpeta.
—Una solicitud para utilizar una propiedad de mi empresa como garantía de un préstamo comercial.
Valeria no respondió.
Él giró el primer documento hacia ella.
—Aquí aparece el nombre de Daniel. Aquí está la dirección de una de mis propiedades. Y aquí hay una firma que, según el documento, autoriza la operación.
Richard señaló la última página.
Valeria miró la firma.
Era la de Daniel.
O, al menos, alguien había conseguido reproducirla con una precisión inquietante.
—Yo no hice esto —dijo inmediatamente.
—Todavía no te he acusado de hacerlo.
—Entonces, ¿por qué me llamaste?
Richard levantó la vista.
—Porque encontré tu nombre en el archivo digital y porque, hace unas semanas, Daniel me dijo que alguien le había pedido copias de sus documentos financieros.
Valeria sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—Tal vez fue un error administrativo.
—Tal vez. Por eso quiero entenderlo antes de sacar conclusiones.
Richard deslizó otra hoja sobre el escritorio.
Era un resumen de la operación propuesta. El préstamo superaba los cuatrocientos mil dólares. La garantía no era una casa que Daniel poseyera, sino una propiedad comercial perteneciente a la empresa de Richard.
—¿De dónde salió esta cantidad? —preguntó él.
Valeria negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Conoces a una persona llamada Thomas Reed?
Ella se quedó inmóvil.
El nombre pertenecía al socio de su madre, un hombre que llevaba meses prometiendo conseguir financiación para el negocio de eventos que Valeria supuestamente quería crear.
—Lo he escuchado —contestó.
—¿Dónde?
—Mi madre conoce a mucha gente.
Richard apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Valeria, necesito que comprendas la gravedad de esto. Si alguien presentó una solicitud falsa utilizando la firma de Daniel y los activos de mi empresa, no estamos hablando de un desacuerdo familiar. Estamos hablando de un posible fraude.
—¡Yo no falsifiqué nada!
—No he dicho que lo hicieras.
—¡Pero me estás interrogando como si fuera una delincuente!
Richard guardó silencio.
Aquella reacción le recordó la discusión de la tarde. Valeria parecía interpretar cualquier pregunta como una agresión, incluso cuando la respuesta podía ayudarla a aclarar la situación.
—Te hice una pregunta sencilla —dijo él—. ¿Sabes quién preparó estos documentos?
Ella apartó la mirada.
—No.
Richard cerró la carpeta.
—Entonces tendré que hablar con Daniel y con el abogado de la empresa.
—¡No puedes hacer eso!
La respuesta salió demasiado rápido.
Richard volvió a abrir la carpeta.
—¿Por qué no?
Valeria tragó saliva.
—Porque Daniel está pasando por un momento difícil. Si le dices que alguien utilizó su firma, va a pensar que yo tuve algo que ver.
—¿Y por qué pensaría eso?
Ella no contestó.
El teléfono de Richard comenzó a vibrar. En la pantalla apareció el nombre de su hija, Olivia.
Contestó y activó el altavoz.
—¿Qué sucede?
—Papá, acabo de revisar los archivos que me pediste —dijo Olivia—. Hay algo más.
Richard intercambió una mirada con Valeria.
—Adelante.
—La solicitud del préstamo no fue enviada desde la computadora de Daniel. El archivo se creó desde una dirección de correo asociada con una empresa llamada Reed Capital Solutions.
Valeria apretó los dedos contra la falda.
—¿Y qué más? —preguntó Richard.
—La empresa no aparece como una entidad financiera autorizada en los registros que revisé. Además, encontré un segundo archivo adjunto. Parece un borrador de contrato para transferir parte del dinero a una cuenta privada.
Richard endureció el rostro.
—¿A nombre de quién?
Olivia tardó unos segundos en responder.
—De una mujer llamada Elena Mendoza.
Valeria cerró los ojos.
Su madre.
Richard no dijo nada durante varios segundos.
Después preguntó:
—¿Daniel sabe algo de esto?
—No lo sé. Pero hay una cosa más, papá. El documento contiene una fecha de autorización que todavía no ha llegado.
Richard miró el calendario sobre el escritorio.
La fecha era dentro de tres días.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Completamente. Alguien preparó todo para que pareciera que Daniel había autorizado la operación después de una reunión que todavía no ha ocurrido.
Richard terminó la llamada.
Valeria retrocedió un paso.
—Puedo explicarlo.
—Te escucho.
Ella abrió la boca, pero las palabras no llegaron.
Había pasado meses imaginando el día en que dejaría de depender de la buena voluntad de los Coleman. Su madre le había asegurado que Thomas podía conseguir el dinero necesario para comenzar una nueva vida, siempre que contaran con una garantía sólida.
Valeria había aceptado ayudar a conseguir documentos.
Se había dicho que no era un delito si el préstamo terminaba pagándose.
También se había convencido de que Richard, con su fortuna, apenas notaría la diferencia.
Pero nunca había aceptado que utilizaran la firma de Daniel.
O eso era lo que quería creer.
—Mi madre me dijo que Thomas podía conseguir financiación —confesó finalmente—. Yo le envié algunos documentos de Daniel, pero pensé que eran para preparar una propuesta comercial.
Richard la observó sin parpadear.
—¿Le enviaste documentos privados de mi hijo sin su consentimiento?
—¡No sabía que iban a utilizarlos así!
—¿Y por qué lo hiciste?
Valeria comenzó a llorar, aunque sus lágrimas no parecían aliviarle la presión del pecho.
—Porque necesitaba dinero. Mi madre tiene deudas. El negocio que intentamos montar fracasó y ella me dijo que, si no conseguíamos ayuda, podíamos perderlo todo.
—¿Por qué no se lo contaste a Daniel?
—Porque él nunca habría aceptado.
Richard bajó la mirada hacia los papeles.
—Eso no te daba derecho a decidir por él.
Valeria se secó las mejillas con las manos.
—¿Vas a contárselo?
—Sí.
—Richard, por favor. Si Daniel se entera, nuestra boda se acabará.
Él se levantó.
—La boda no es lo que más me preocupa ahora.
—¿Entonces qué?
Richard tomó la carpeta y se dirigió a la puerta.
—Que alguien está intentando robar dinero utilizando el nombre de mi familia, y que tú sabes mucho más de lo que me has contado.
Valeria lo siguió hasta el pasillo.
—¡Espera! ¡Te estoy diciendo la verdad!
Richard se detuvo, pero no se volvió.
—Todavía no.
En ese momento, la puerta principal se abrió.
Daniel entró con el saco sobre el hombro y las llaves en la mano.
Miró a su padre, después a Valeria y finalmente a la carpeta azul.
—¿Qué está pasando?
Richard no respondió de inmediato.
Daniel dejó las llaves sobre una consola.
—Papá, ¿por qué tienes mis documentos?
Valeria intentó acercarse a él.
—Daniel, puedo explicártelo.
Él la miró con una expresión que ella nunca le había visto.
—¿Explicarme qué?
Richard abrió la carpeta por la página de la firma.
Daniel la tomó.
La leyó una vez.
Después otra.
Su rostro perdió el color.
—Esta no es mi firma —dijo.
Nadie habló.
Daniel levantó la vista hacia Valeria.
—¿Por qué hay una solicitud de préstamo con mi nombre?
Ella comenzó a llorar otra vez.
—Yo no sabía que iban a hacer esto.
Daniel retrocedió como si necesitara alejarse de ella para respirar.
—¿Quiénes son «ellos»?
Valeria no contestó.
Entonces el teléfono de Daniel vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
*«Si tu prometida ya te habló de los cuatrocientos mil dólares, pregúntale por qué aceptó reunirse conmigo mañana en el hotel Westlake».*
Debajo aparecía una fotografía.
Valeria estaba sentada frente a Thomas Reed, con un sobre blanco entre las manos.
La imagen tenía fecha de dos días atrás.
Daniel levantó lentamente el teléfono.
—Dime que esto es falso, Valeria.
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Ella miró la fotografía.
Y comprendió que alguien había decidido destruirla antes de que pudiera contar toda la verdad.