love

Chapter 4: El mensaje que destruyó la última oportunidad

—No voy a permitir que conviertas mi boda en una negociación —dijo Daniel, con la voz tan baja que Valeria tuvo que dejar de caminar para escucharlo.

Estaban en la cocina de la mansión. Richard había subido a su despacho después de la discusión, pero el silencio que dejó atrás pesaba más que todos los gritos de la tarde.

Valeria tenía el teléfono en la mano. Había llamado a Daniel tres veces antes de que finalmente aceptara hablar con ella.

—¿Una negociación? —repitió, incrédula—. Tu padre acaba de humillarme delante de ti y ahora resulta que yo soy la culpable.

Daniel se apoyó contra la encimera.

—Papá no te humilló. Te preguntó por qué querías que te comprara una casa y tú le dijiste que tenía dinero suficiente para hacerlo.

—¡Porque es verdad!

—Eso no significa que tenga que hacerlo.

Valeria dejó el teléfono sobre la mesa con tanta fuerza que una cuchara saltó dentro de una taza.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? Que siempre lo defiendes. Siempre encuentras una excusa para él. ¿Cuándo vas a defenderme a mí?

Daniel la miró con cansancio.

Durante los últimos meses había intentado mantener la paz entre su prometida y su familia. Había escuchado las quejas de Valeria durante las noches, las críticas a su hermana y los reproches cada vez que Richard se negaba a financiar alguno de sus planes.

Al principio, Daniel había interpretado todo aquello como inseguridad. Valeria había crecido en una familia de recursos modestos y solía hablar de las oportunidades que nunca había tenido.

Él había querido darle una vida más cómoda.

Pero cada vez que conseguía algo para ella, la siguiente petición era mayor.

—Te he defendido muchas veces —respondió Daniel—. Incluso cuando me pediste que convenciera a mi padre de pagarte un sueldo sin trabajar en su empresa.

—¡Era una oportunidad para mí!

—Era un puesto que tú rechazaste.

—Porque no voy a pasar ocho horas al día trabajando para que otra persona se haga más rica.

Daniel cerró los ojos un instante.

—Entonces construye algo tuyo. Yo te apoyo. Podemos ahorrar, buscar un departamento y empezar poco a poco.

Valeria lo observó como si acabara de proponerle vivir en la calle.

—¿Un departamento?

—Sí. Un departamento. Nuestro hogar.

—¿Y qué voy a decirles a mis amigas cuando me pregunten dónde vivimos?

Daniel tardó en contestar.

—La verdad.

Ella soltó una carcajada amarga.

—No entiendes nada.

Se alejó hacia las ventanas, cruzándose de brazos. Afuera, las luces del jardín comenzaban a encenderse. Desde allí podía verse la piscina, el garaje y los ventanales del ala principal de la mansión.

Valeria había imaginado que, al casarse con Daniel, aquella vida también sería suya. No necesariamente la mansión, pero sí el acceso a todo lo que representaba: seguridad, prestigio y una clase social a la que llevaba años intentando acercarse.

Y ahora parecía que cada puerta tenía una cerradura que ella no podía abrir.

—Daniel, necesito que entiendas algo —dijo, volviéndose hacia él—. No voy a casarme para vivir contando monedas.

—Nadie te está pidiendo que cuentes monedas.

—Tu padre sí. Cada vez que le pido algo, me hace sentir que tengo que justificar mi existencia.

—Porque le estás pidiendo que pague cosas que ni siquiera hemos decidido juntos.

Valeria apretó los labios.

—¿Y si te digo que no quiero casarme bajo estas condiciones?

Daniel se quedó inmóvil.

Por primera vez en toda la conversación, ella había dejado de hablar de dinero para amenazar directamente con la boda.

—¿Me estás diciendo que cancelarías nuestro matrimonio si mi padre no te compra una casa?

—Te estoy diciendo que necesito saber qué clase de marido vas a ser.

Daniel bajó la mirada hacia el anillo que llevaba semanas ayudando a pagar. Lo había elegido con cuidado, pensando que sería el comienzo de una vida compartida.

—Y yo necesito saber qué clase de esposa quieres ser tú —respondió.

Valeria no esperaba aquella respuesta.

Su expresión cambió. Durante un segundo, pareció buscar las palabras adecuadas para recuperar el control.

Entonces su teléfono vibró.

Era un mensaje de su madre.

*«¿Ya hablaste con Richard? Recuerda que el dinero de tu padre no va a alcanzar para cubrir lo que debemos. Necesitamos una respuesta esta noche».*

Valeria sintió que se le enfriaban las manos.

Abrió la conversación y escribió rápidamente.

*«Todavía no. Daniel está complicándolo todo».*

La respuesta llegó casi de inmediato.

*«No le cuentes a Daniel lo de los documentos. Primero consigue que Richard firme. Después veremos cómo solucionamos lo demás».*

Valeria leyó el mensaje dos veces.

Luego bloqueó la pantalla.

—¿Qué pasó? —preguntó Daniel.

—Nada. Es mi madre.

Él observó su rostro.

—¿Qué documentos?

Valeria sintió un golpe seco en el pecho.

—¿Qué?

—Acabas de leer algo y cambiaste de expresión. Te pregunté qué documentos.

—No tienes derecho a revisar mis mensajes.

—No los revisé. Estás parada frente a mí.

Ella recogió el teléfono.

—Estoy cansada, Daniel. No quiero seguir discutiendo.

Intentó pasar a su lado, pero él no se movió.

—¿Hay algo que debas decirme?

Valeria levantó la barbilla.

—Sí. Que si tu padre sigue tratándome así, voy a tomar una decisión que ninguno de ustedes espera.

Daniel la dejó pasar.

No porque le creyera, sino porque necesitaba pensar.

Valeria subió las escaleras y entró en su habitación. Cerró la puerta con llave, se sentó en el borde de la cama y llamó a su madre.

—Mamá, tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

—Daniel empezó a hacer preguntas.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Qué preguntas?

—Sobre los documentos.

Su madre soltó una respiración temblorosa.

—Valeria, escúchame bien. Si Richard descubre lo que hicimos antes de firmar, no solamente perderemos la oportunidad de conseguir el dinero. Podríamos terminar en los tribunales.

Valeria se levantó de golpe.

—¡Tú me dijiste que todo estaba preparado!

—Lo estaba. Pero necesitábamos que él aceptara la propuesta.

—¿Qué propuesta?

Su madre tardó demasiado en responder.

—La que le presentamos a Daniel hace tres meses.

Valeria sintió que el suelo parecía inclinarse bajo sus pies.

—Mamá, yo nunca le presenté nada a Daniel.

—Entonces, ¿quién lo hizo?

Antes de que pudiera contestar, escuchó tres golpes en la puerta.

La voz de Richard sonó desde el pasillo.

—Valeria, abre. Tenemos que hablar de algo que encontré en el despacho de Daniel.

Ella dejó de respirar por un instante.

May you like

Porque conocía perfectamente el nombre que aparecía al final de aquel documento.

El suyo.

Related Stories

Other posts