love

Chapter 2: La casa que no debía tocar

Daniel permaneció de pie junto a la mesa, pasando las páginas de la carpeta con una lentitud que puso nerviosa a Valeria.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó finalmente.

Ella levantó la barbilla.

—Encontré la propiedad en una página de bienes raíces. Es perfecta para nosotros.

—No te pregunté dónde encontraste la casa. Te pregunté quién te dio estos documentos.

—Nadie. Los imprimí yo misma.

Daniel miró a su padre.

Richard no parecía sorprendido. Eso, más que cualquier otra cosa, hizo que Daniel sintiera un nudo en el estómago.

En la portada aparecía una dirección en River Oaks, uno de los sectores más exclusivos de Houston. La propiedad tenía cuatro habitaciones, una piscina y un terreno amplio rodeado de árboles antiguos.

El precio estimado superaba los quinientos mil dólares.

Pero había algo más.

En la última página, alguien había escrito a mano: «Transferencia de propiedad a nombre de Valeria Mendoza».

Daniel levantó la vista.

—¿También escribiste esto?

—Solo estaba preparando una propuesta.

—¿Una propuesta para que mi padre te regale una casa?

—¡Para que nos ayude! —respondió ella—. Siempre cambias mis palabras para hacerme quedar mal.

Richard se puso de pie.

—Valeria, cuando te pregunté por qué querías esa propiedad, me dijiste que necesitabas seguridad antes de casarte con Daniel. Cuando te expliqué que podíamos hablar de un enganche razonable, me dijiste que eso no era suficiente.

—Porque no lo es.

Daniel dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Por qué no me dijiste que estabas haciendo esto?

Valeria lo miró como si él acabara de traicionarla.

—Porque sabía que ibas a reaccionar exactamente así. Siempre tienes miedo de contrariar a tu padre.

—No se trata de tenerle miedo.

—Claro que sí. Tienes treinta y dos años y todavía esperas que él apruebe todas tus decisiones.

Richard intervino con voz firme.

—Daniel toma sus propias decisiones. Y una de ellas fue comprometerse contigo. No he intentado impedirlo.

—Pero siempre estás ahí, recordándonos quién tiene el dinero.

—No necesito recordártelo. Acabas de traerme una carpeta para pedirme una casa.

Valeria volvió a colocar las manos en la cintura.

—¿Y qué tiene de malo querer algo mejor? ¿Por qué todo tiene que ser una lección sobre el esfuerzo y la responsabilidad? Ustedes tienen dinero suficiente para comprar diez casas como esa.

Daniel se acercó a ella.

—Valeria, mírame.

Ella desvió los ojos.

—Te estoy mirando.

—No. Estás mirando la casa que quieres. Quiero saber si de verdad te importa la vida que vamos a construir juntos o si solo te importa lo que puedes conseguir de mi familia.

La pregunta dejó la sala en silencio.

Valeria sintió que el pecho se le apretaba. Durante meses había evitado pensar en esa posibilidad. Se decía que el dinero era una forma de protección, que exigir seguridad no significaba ser interesada y que cualquier mujer sensata habría hecho lo mismo.

Pero escuchar a Daniel formular la pregunta en voz alta era diferente.

—No puedo creer que me estés preguntando eso —susurró.

—Entonces contéstame.

—¡Claro que me importa nuestra vida!

—¿Y por qué estás exigiendo una propiedad que ni siquiera puedes pagar?

—¡Porque tú tampoco puedes pagarla!

Daniel no respondió inmediatamente.

Aquella era la parte más dolorosa.

Trabajaba como gerente de operaciones en una compañía de logística y ganaba un buen sueldo. Tenía ahorros, un automóvil pagado y un plan para comprar una vivienda dentro de sus posibilidades.

No era pobre.

Pero tampoco podía financiar el estilo de vida que Valeria consideraba indispensable.

—Tienes razón —dijo finalmente—. No puedo pagar esa casa. Y no voy a fingir que puedo hacerlo.

Valeria pareció desconcertada.

Esperaba que él defendiera sus ingresos, prometiera conseguir un ascenso o le asegurara que algún día tendría todo lo que ella deseaba.

En lugar de eso, Daniel acababa de aceptar sus limitaciones.

—¿Así que eso es todo? —preguntó—. ¿Vas a dejar que tu padre decida cómo empieza nuestro matrimonio?

—No. Estoy decidiendo que no voy a empezar nuestro matrimonio endeudándome para aparentar una vida que todavía no tenemos.

Richard asintió ligeramente, pero Daniel lo miró con advertencia.

—Papá, déjanos hablar.

Richard entendió la petición. Caminó hacia el ventanal, dejando espacio para que la pareja pudiera discutir sin sentirse observada.

Valeria aprovechó el silencio.

—Daniel, yo crecí viendo a mi mamá llorar por dinero. No quiero eso para nosotros. No quiero que un día tengamos hijos y tengamos que decirles que no podemos comprarles lo que necesitan.

Daniel suavizó la expresión.

—Yo tampoco quiero eso. Pero hay una diferencia entre querer estabilidad y exigir que alguien te la entregue.

—No me estás entendiendo.

—Entonces ayúdame a entenderte.

Valeria bajó la mirada hacia sus manos.

Por un instante, estuvo a punto de contarle algo que llevaba semanas ocultando. Algo relacionado con una deuda que había adquirido antes de conocerlo, una deuda que había crecido hasta convertirse en una amenaza real.

Sin embargo, cuando abrió la boca, eligió otro camino.

—Solo quiero saber que nunca vamos a pasar necesidades.

Daniel le tomó las manos.

—No puedo prometerte que nunca tendremos problemas. Puedo prometerte que voy a trabajar para enfrentarlos contigo. Pero necesito que confíes en mí, no que uses a mi padre como una cuenta bancaria.

Ella retiró las manos.

May you like

—No vuelvas a hablarme así.

—Entonces no me pongas en una situación en la que tenga que

Related Stories

Other posts