Chapter 8: La verdad que mi padre no quiso contarme
Durante varios segundos, no pude pronunciar una sola palabra.
Mi padre estaba vivo.
Mi padre había sobrevivido al accidente.
Mi padre había pasado años escondido.
Y ahora Marcus afirmaba que estaba huyendo de mí.
—Repítelo —dije.
—Nia, no puedo explicártelo por teléfono.
—¡Entonces deja de llamarme con medias verdades! ¿Por qué huiría mi padre de mí?
Marcus respiró profundamente.
—Porque cree que, si descubres lo que hizo aquella noche, nunca volverás a verlo de la misma manera.
La llamada terminó.
Me quedé mirando la pantalla.
El detective Harris me pidió que le contara exactamente lo que Marcus había dicho. Después tomó nota de la hora y solicitó que otro agente intentara establecer la ubicación del teléfono.
Mi madre permanecía junto a Elena.
—¿Qué pudo haber hecho Rafael? —preguntó con voz rota—. Era un buen hombre.
Elena bajó la mirada.
—Lo era. Pero también era un hombre asustado que tomó decisiones terribles.
Mamá retrocedió.
—¿Qué decisiones?
La enfermera abrió la libreta y buscó una página marcada con una cinta roja.
—Rafael no solo reunió pruebas contra Gabriel. También participó en el proyecto inmobiliario durante los primeros años. Firmó contratos que permitieron adquirir varias propiedades.
—¿Sabía que eran falsos? —pregunté.
—Al principio, no. Después descubrió irregularidades. Cuando quiso retirarse, Gabriel le dijo que los documentos llevaban su firma y que podía hacer que pareciera el responsable de todo.
Sentí una punzada en el pecho.
—¿Mi padre había cometido un delito?
Elena no respondió de inmediato.
—No sé cuánto sabía al principio. Lo que sí sé es que, cuando comprendió lo que estaba ocurriendo, intentó reunir pruebas para detenerlo. Pero algunos documentos demostraban que él también había participado en las primeras transferencias.
Mi madre se sentó en uno de los bancos rotos.
—Nunca me dijo nada.
—Porque quería protegerte —respondió Elena—. Y porque tenía vergüenza.
Aquella explicación no me consoló.
Mi padre había cometido errores. Tal vez incluso había ayudado a personas que terminaron perdiendo sus casas.
Pero eso no explicaba por qué nos había abandonado durante once años.
—Quiero hablar con él —dije.
Elena miró el mapa.
—Entonces debemos ir a la antigua estación de autobuses.
El detective negó con la cabeza.
—No vamos a seguir una ruta sin verificarla. Podría ser una trampa.
—¿Y si mi padre está allí?
—Si está allí, lo encontraremos con un equipo preparado.
Acepté, aunque cada minuto me parecía una eternidad.
La estación había cerrado años atrás, después de que una nueva terminal se construyera al otro lado de la ciudad. El edificio tenía las ventanas cubiertas de polvo y un letrero oxidado que apenas se sostenía sobre la entrada.
El detective organizó la búsqueda con dos agentes. Elena nos acompañó porque conocía los lugares donde Rafael solía esconder documentos.
Mi madre caminaba a mi lado.
—Cuando eras pequeña, tu padre te traía aquí para que vieras los autobuses —me dijo de repente—. Decía que algún día conocerías el mundo entero.
La miré.
—¿Crees que se acordaba de eso cuando estaba escondido?
Mamá apretó los labios.
—Espero que sí.
Entramos por una puerta lateral que no estaba cerrada con llave.
El vestíbulo estaba vacío, salvo por unas bancas de metal y un reloj detenido a las 2:17. En el extremo había una oficina con los cristales rotos.
Elena señaló una puerta.
—Rafael utilizaba ese cuarto cuando necesitaba estar solo.
Uno de los agentes revisó la habitación antes de permitirnos entrar.
Había una mesa, una silla y un archivador oxidado. Sobre la mesa descansaba una caja de madera.
Mi madre se llevó la mano al pecho.
La caja tenía una pequeña marca tallada en la tapa: una estrella de cinco puntas.
Era el mismo símbolo que mi padre dibujaba en las tarjetas que me dejaba cuando yo era niña.
Me acerqué.
Dentro había fotografías, documentos y un sobre con mi nombre.
Lo abrí.
La primera hoja estaba escrita con la letra de mi padre.
«Mi querida Nia:
Si has encontrado esto, significa que ya no puedo seguir escondiéndome de ti. No sé si algún día podrás perdonarme, pero mereces conocer la verdad».
Me temblaban las manos.
Seguí leyendo.
«La noche del accidente, Gabriel no estaba solo. Marcus vino conmigo porque creía que podía convencer a su padre de detener el proyecto. Yo confié en él. Cuando Gabriel descubrió que llevaba copias de los documentos, nos persiguió.
El automóvil perdió el control después de que otro vehículo nos cerrara el paso. No puedo afirmar quién provocó el choque, pero sé que Gabriel llegó antes que la ambulancia y ordenó que me trasladaran a una clínica privada.
Marcus me ayudó a salir del automóvil. Me llevó hasta la ambulancia y se quedó conmigo hasta que llegamos a urgencias.
Después, desapareció».
Me detuve.
Aquello contradecía parte de lo que Elena había contado.
Continué.
«Durante los meses siguientes, Marcus me visitó varias veces. Me dijo que mi familia estaba a salvo y que Gabriel había prometido no acercarse a ustedes si yo permanecía desaparecido.
Creí que estaba comprando tiempo.
Me equivoqué.
Con los años, comprendí que Marcus había empezado a colaborar con su padre para ocultar los documentos. No sé si lo hizo por miedo, por dinero o porque terminó creyendo que era la única forma de proteger a su madre.
Pero cuando intenté regresar, descubrí algo que me aterrorizó más que las amenazas de Gabriel».
La carta terminaba allí.
Debajo había otra hoja, doblada en cuatro.
La desdoblé lentamente.
«Nia, hay una razón por la que Marcus se acercó a ti. Y no tiene nada que ver con el amor».
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Mi madre me quitó suavemente la hoja para leerla.
—No puede ser —susurró.
En la parte inferior aparecía una fotografía de Marcus y yo en un restaurante, tomada el día de nuestra primera cita.
Al reverso, mi padre había escrito:
«La primera vez que vi a Marcus junto a mi hija, comprendí que Gabriel había encontrado una nueva manera de llegar hasta mí».
Me quedé inmóvil.
Toda nuestra historia se había convertido en una pregunta.
¿Marcus me había elegido porque me amaba?
¿O porque mi padre seguía siendo la llave para encontrar algo que Gabriel necesitaba?
El detective examinó la fotografía y guardó la carta como evidencia.
—Vamos a verificar las fechas y a localizar los documentos originales —dijo—. Pero hay algo más que debemos considerar.
Señaló el último párrafo.
Mi padre había escrito que, después de descubrir la relación entre Marcus y yo, había intentado comunicarse con mi madre.
Sin embargo, la carta decía que sus mensajes nunca llegaron.
Mamá negó con la cabeza.
—Yo nunca recibí nada.
Elena abrió su libreta.
—Gabriel tenía acceso a los teléfonos de varias personas que trabajaban para él. Es posible que alguien interceptara los mensajes.
—¿Y por qué no vino personalmente? —pregunté.
Elena guardó silencio.
Entonces escuchamos un ruido en el pasillo.
Uno de los agentes salió a revisar.
Regresó segundos después con un hombre esposado.
Marcus.
Tenía el labio partido y la camisa manchada de sangre.
Cuando me vio, intentó acercarse.
—Nia, por favor. Tienes que escucharme.
El detective lo detuvo.
—Señor Cole, está siendo retenido mientras verificamos su relación con los documentos y los hechos que se están investigando. Tiene derecho a guardar silencio y a solicitar asistencia legal.
Marcus asintió, pero no dejó de mirarme.
—Tu padre está vivo —dijo—. Y sé dónde está.
Di un paso hacia él.
—Entonces dime dónde.
Marcus tragó saliva.
—En la casa de Gabriel.
Mi madre soltó un grito.
—¿Lo has tenido allí todo este tiempo?
—No —respondió Marcus—. Mi padre lo encontró hace tres días. Rafael estaba escondido en una propiedad cercana y Gabriel lo llevó a su casa.
—¿Por qué? —pregunté.
Marcus cerró los ojos.
—Porque Rafael tiene el documento original que puede demostrar quién falsificó las transferencias. Y Gabriel cree que, si consigue que tu padre firme una declaración, podrá culparlo de todo.
—¿Y tú qué quieres?
Marcus me miró con lágrimas en los ojos.
—Quiero sacarlo de allí.
—¿Por qué debería creerte?
No contestó.
El detective ordenó que lo trasladaran a la comisaría para tomarle declaración.
Antes de que los agentes se lo llevaran, Marcus se volvió hacia mí.
—Nia, hay algo más. Gabriel no sabe que tu padre dejó una copia de los documentos en la estación.
Miré la caja de madera.
Estaba vacía.
Alguien había retirado los documentos originales antes de que llegáramos.
Y entonces comprendí que no habíamos sido los primeros en encontrar el escondite.
Alguien había estado allí antes que nosotros.
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Alguien que sabía exactamente lo que mi padre había dejado.
Y que acababa de llevarse la única prueba que podía salvarlo.