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Chapter 6: El hombre que regresó de entre los muertos

No fui sola.

Después de lo que había descubierto, no estaba dispuesta a obedecer otra orden de Marcus, mucho menos una que me pedía entrar en su apartamento sin testigos.

Le mostré el mensaje al detective Harris.

—No quiero que vaya allí sin protección —dijo.

—No pienso hacerlo.

El detective organizó una visita con dos agentes y me explicó que no podía garantizar que Marcus fuera a entregar voluntariamente los documentos. También me pidió que no lo confrontara ni intentara recuperar nada por mi cuenta.

Mi madre insistió en acompañarme.

—Si hay una posibilidad de que Rafael esté vivo, tengo que saberlo —dijo.

No pude negarme.

A las nueve y media llegamos al edificio donde Marcus vivía desde hacía tres años. Era un complejo moderno, con balcones de cristal y un vestíbulo vigilado por cámaras.

El portero nos dejó subir después de que los agentes se identificaran.

La puerta del apartamento estaba entreabierta.

El detective hizo una señal a sus compañeros.

—Policía. ¿Hay alguien dentro?

Nadie respondió.

Entramos con precaución.

La sala estaba desordenada. Había cajones abiertos, libros tirados por el suelo y una lámpara rota junto al sofá.

Marcus no estaba.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

En la mesa había una taza de café todavía tibia.

Sobre ella descansaba un sobre con mi nombre.

Lo abrí con cuidado.

Dentro había una fotografía y una nota escrita a mano.

La fotografía mostraba a un hombre de cabello canoso sentado en una cama de hospital. Tenía el rostro más delgado, una cicatriz en la frente y los ojos cerrados.

Pero reconocí aquella nariz.

La línea de la mandíbula.

La pequeña marca junto al labio que se había hecho arreglando una cerca cuando yo tenía nueve años.

Era mi padre.

Rafael.

Vivo.

O, al menos, vivo cuando alguien había tomado aquella fotografía.

Mi madre soltó un sonido que nunca había escuchado antes. No era exactamente un llanto ni una risa. Era el sonido de alguien cuyo corazón acababa de recibir una esperanza demasiado grande para soportarla.

—Rafael —susurró.

Se acercó a la fotografía y la tocó con la punta de los dedos.

—Mi amor…

Yo no podía moverme.

Durante once años había llevado flores a una tumba. Había hablado con una lápida cuando necesitaba consejo. Había imaginado cómo habría sido mi graduación si él hubiera estado allí, cómo habría reaccionado al conocer a Marcus y cómo me habría acompañado hasta el altar.

Y ahora había una fotografía que podía destruir todo lo que creía saber sobre mi propia vida.

El detective Harris examinó la imagen.

—Necesitamos determinar cuándo y dónde fue tomada. No podemos asumir que sigue vivo actualmente.

Mi madre levantó la cabeza.

—Pero estaba vivo después del accidente.

—La fotografía sugiere que sí, señora. Vamos a investigar.

Abrí la nota.

«Nia, si estás leyendo esto, significa que no pude detener a mi padre. La fotografía fue tomada cuatro meses después del accidente. Rafael seguía vivo entonces.

Lo trasladaron a una propiedad privada fuera de la ciudad. No sé dónde está ahora. El sobre que mencioné contiene los documentos que prueban que Gabriel falsificó el registro de su muerte.

No fui capaz de protegerte. Lo siento.

Marcus».

Me senté lentamente.

Cuatro meses.

Mi padre había vivido al menos cuatro meses después de que nos dijeran que había muerto.

Durante ese tiempo, mi madre había guardado su ropa en el armario. Yo había llorado frente a su tumba. Habíamos celebrado la Navidad sin él, convencidas de que nunca volveríamos a escuchar su voz.

Y alguien sabía dónde estaba.

—Tenemos que encontrarlo —dijo mamá.

El detective asintió.

—Vamos a comenzar por verificar la autenticidad de la fotografía y localizar el origen de los documentos. Pero necesito que me permitan trabajar con orden.

Uno de los agentes apareció desde el dormitorio.

—Detective, encontramos algo.

Nos condujo hasta un armario empotrado.

Detrás de unas cajas había una caja fuerte pequeña. La puerta estaba abierta y el interior vacío, pero en el fondo quedaba un sobre rasgado.

El detective lo examinó.

—Parece que alguien llegó antes que nosotros.

Miré la habitación.

Marcus había dicho que su padre todavía no había encontrado los documentos.

Pero el apartamento estaba revuelto, y el sobre había desaparecido.

—¿Quién estuvo aquí? —pregunté.

El agente señaló una cámara de seguridad instalada en el pasillo.

—Vamos a solicitar las grabaciones del edificio.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

«Tu padre sigue vivo, pero no confíes en Marcus. Pregúntale qué recibió a cambio de mantenerlo desaparecido».

Le mostré el mensaje al detective.

Su expresión se endureció.

—No responda.

No lo hice.

Sin embargo, las palabras se clavaron en mi mente.

¿Qué había recibido Marcus?

¿Dinero? ¿Protección? ¿La promesa de que mi padre podría regresar algún día?

¿O había participado en algo que ahora intentaba ocultar?

Miré a mi madre.

Ella sostenía la fotografía con ambas manos, como si temiera que alguien pudiera arrebatársela.

—¿Y si Rafael no quiere volver? —preguntó de repente.

La miré.

—¿Por qué dices eso?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque, si estuvo vivo durante todos estos años, ¿por qué nunca intentó encontrarnos?

No tenía respuesta.

Era la pregunta más dolorosa de todas.

El detective pidió que fotografiáramos el contenido de la nota y que dejáramos los documentos en manos de los investigadores. Después, nos trasladaron a la comisaría para tomar declaraciones formales.

A mediodía, Camila llegó con café y comida. No había dormido y llevaba el cabello recogido en un moño desordenado.

—Encontré algo mientras revisaba las publicaciones antiguas de Vanessa —dijo.

Sacó su teléfono y me mostró una fotografía de una gala benéfica celebrada seis meses atrás.

Vanessa aparecía junto a Gabriel.

A su lado había un hombre con el rostro parcialmente oculto por la sombra.

Camila amplió la imagen.

La mandíbula.

La nariz.

La cicatriz de la frente.

Mi padre.

—¿Dónde encontraste esto? —pregunté.

—En la página de una fundación que organiza eventos para pacientes de larga estancia. La fotografía estaba publicada hace meses, pero la eliminaron esta mañana. Alcancé a guardarla antes de que desapareciera.

Mi madre tomó el teléfono.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Ese es Rafael.

El detective pidió que Camila le enviara el archivo original y los datos de la publicación.

—¿La fundación tenía información sobre los asistentes? —preguntó.

Camila asintió.

—Había una lista de patrocinadores. Gabriel Cole donó una cantidad importante de dinero.

—¿Y el hombre de la fotografía?

Camila volvió a la página.

—No aparece con su nombre. Solo figura como invitado privado.

El detective se inclinó sobre el teléfono.

—¿Qué clínica organizó el evento?

Camila leyó el nombre.

Era un centro de rehabilitación privado situado a unas dos horas de la ciudad.

El mismo tipo de lugar donde podían atender a alguien sin que su nombre apareciera en los registros públicos habituales.

El detective hizo una llamada.

No nos prometió que encontraría a mi padre ese mismo día. Solo dijo que verificaría la información y solicitaría los registros pertinentes.

Pero, por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, teníamos un lugar donde buscar.

A las cuatro de la tarde, mi teléfono sonó.

Era Marcus.

El detective me indicó que contestara con el altavoz activado.

—¿Dónde estás? —pregunté.

—No puedo decírtelo.

—¿Encontraste a mi padre?

Hubo un silencio.

—Nia, tienes que escucharme. La fotografía que dejé en el apartamento no cuenta toda la historia.

—¿Qué historia, Marcus?

—Mi padre no mantuvo a Rafael encerrado durante once años. Al principio lo trasladaron a una propiedad privada porque estaba herido y necesitaba atención. Después, cuando intentó denunciar a Gabriel, las cosas se complicaron.

—¿Y tú qué hiciste?

—Le llevé comida. Lo visité algunas veces.

Mi madre soltó un sollozo.

—¿Lo viste? —preguntó, acercándose al teléfono—. ¿Viste a mi esposo?

Marcus tardó en responder.

—Sí, Evelyn.

Mamá se cubrió el rostro.

—¿Estaba consciente? ¿Sabía que yo seguía esperándolo?

—Sí.

—¿Y nunca le dijiste que yo estaba aquí? ¿Que su hija había crecido sin él?

—Se lo dije.

—Entonces, ¿por qué no volvió?

Marcus empezó a llorar.

—Porque no quería que Gabriel les hiciera daño.

Mi madre se apartó del teléfono.

—¡No tenías derecho a decidir eso por nosotras!

—Lo sé.

—¡No tienes idea de lo que sufrimos!

—Lo sé, Evelyn. Y no hay un día en que no me arrepienta.

Me obligué a respirar lentamente.

—Marcus, necesito saber dónde está mi padre.

—No puedo decírtelo por teléfono.

—¿Por qué?

—Porque Gabriel está escuchando mis llamadas.

El detective hizo una señal para que continuara.

—Entonces, dime cómo podemos encontrarlo.

Marcus guardó silencio.

Después habló en voz tan baja que tuvimos que acercarnos al teléfono.

—Busca la propiedad de Los Olivos. Está registrada a nombre de una empresa que ya no existe. Allí fue donde vi a Rafael por última vez.

El detective anotó el nombre.

—¿Cuándo fue la última vez? —pregunté.

—Hace seis meses.

Mi madre se quedó inmóvil.

—¿Seis meses? —repitió—. ¿Y no hiciste nada?

—Intenté sacarlo de allí.

—¿Y qué pasó?

Marcus respiró profundamente.

—Cuando llegué, la casa estaba vacía. Había sangre en el suelo de la habitación donde dormía.

El silencio que siguió fue insoportable.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

—No lo sé. No encontré el cuerpo. Gabriel dijo que Rafael había escapado, pero nunca le creí.

Mi madre comenzó a llorar de nuevo.

—¿Está vivo? —preguntó—. Dime que está vivo.

Marcus no contestó.

Y entonces escuchamos una segunda voz al otro lado de la llamada.

La voz de Gabriel.

—Dame ese teléfono, Marcus.

Se oyó un forcejeo.

Marcus gritó mi nombre.

—¡Nia, no vayas a Los Olivos! ¡Hay algo que no te he dicho sobre esa casa!

La llamada se cortó.

El detective Harris se levantó inmediatamente y ordenó a los agentes que intentaran localizar la llamada.

Yo me quedé mirando el teléfono.

Mi padre podía estar vivo.

Podía haber escapado.

O podía haber muerto seis meses atrás, después de pasar años separado de su familia.

No sabía cuál de aquellas posibilidades me aterrorizaba más.

Entonces llegó otro mensaje.

Esta vez no había fotografía ni amenaza.

Solo una dirección.

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Y una frase escrita por mi madre, aunque ella juraba no haber enviado nada:

*«Nia, si encuentras a tu padre, no le preguntes por qué se fue. Pregúntale qué hizo para que todos tuviéramos que esconderlo».*

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