Chapter 3: El secreto escondido en la casa de mi madre
No le entregué la carpeta.
El hombre que tenía delante podía ser el padre de Marcus, pero para mí era un desconocido que acababa de admitir que sabía algo sobre la muerte de mi padre.
—¿Quién es usted? —pregunté.
Él pareció ofendido.
—Gabriel Cole.
—Entonces, usted es el hombre que amenazó a mi padre.
Marcus se interpuso inmediatamente.
—Nia, no sabes si eso es cierto.
Gabriel soltó una carcajada breve y desagradable.
—Tu prometida tiene más carácter del que imaginabas, Marcus.
—Ya no es mi prometida —respondí.
Gabriel me observó de arriba abajo.
Después miró a mi madre, cuyo cabello cortado todavía descansaba sobre sus hombros.
—Vaya. Veo que la celebración no salió como esperaban.
Me ardieron las mejillas.
—No vuelva a hablar de mi madre.
—Solo estaba haciendo una observación.
—Pues guárdese sus observaciones.
Camila se colocó detrás de mí con el teléfono en la mano.
—Todo lo que diga está siendo grabado.
Gabriel sonrió.
—Perfecto. Así quedará registrado que nadie ha amenazado a nadie.
—Todavía —murmuré.
Su sonrisa desapareció.
Por primera vez, vi que detrás de su traje impecable había un hombre acostumbrado a controlar las conversaciones y que no sabía qué hacer cuando alguien se negaba a obedecerlo.
—Evelyn —dijo, ignorándome—, deberías haber destruido esos documentos hace años.
Mi madre dio un paso adelante.
—Y usted debería haber tenido la decencia de mantenerse alejado de mi hija.
—Te ofrecí suficiente dinero para que pudieras empezar una nueva vida.
—Me ofreció dinero para que abandonara la casa que mi esposo construyó con sus propias manos.
—Una casa que vale millones ahora.
Mamá levantó la barbilla.
—Y que seguirá siendo mi casa.
Gabriel suspiró.
—Siempre fuiste tan sentimental como Rafael.
Mi padre.
El hombre pronunciaba su nombre con una familiaridad que me revolvía el estómago.
—No vuelva a decir su nombre —le advertí.
Gabriel giró lentamente la cabeza hacia mí.
—Tu padre cometió un error. Confió en las personas equivocadas y creyó que podía enfrentarse a gente con más recursos que él.
—¿Y usted fue una de esas personas?
—Yo intenté salvar el proyecto.
—¿Amenazándolo?
—Los negocios no son para personas ingenuas, Nia.
Me acerqué un paso.
—Mi padre no era ingenuo. Era un buen hombre.
Por un instante, Gabriel dejó de sonreír.
—Los buenos hombres suelen pagar el precio de sus principios.
Mi madre soltó un grito ahogado.
Marcus agarró a su padre del brazo.
—Ya basta.
Gabriel lo apartó.
—No me digas qué hacer.
—Te dije que no vinieras.
—Y yo te dije que resolvieras el problema antes de que ella descubriera la verdad.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué problema? —pregunté.
Gabriel apretó los labios.
Marcus miró al suelo.
Y comprendí que acababa de escuchar una conversación que no debía haber escuchado.
—¿Qué verdad? —insistí—. ¿Qué problema intentaban resolver?
Gabriel recuperó la compostura.
—Estás confundida. Es comprensible después de una noche tan desagradable.
—No me hable como si fuera una niña.
—Entonces deja de comportarte como una.
Camila levantó el teléfono.
—Acaba de amenazarla.
Gabriel se rio.
—¿Con qué? ¿Con gramática?
Antes de que pudiera responder, dos guardias de seguridad aparecieron al final de la fila de vehículos. Uno de ellos habló por radio mientras el otro se acercaba.
—Señor Cole, recibimos una llamada sobre una discusión. Necesitamos que todos mantengan la calma.
Gabriel sonrió de inmediato.
—Por supuesto. Solo estamos resolviendo un asunto familiar.
—No somos familia —dije.
El guardia miró la carpeta que sostenía.
—¿Todo está bien, señorita?
—No. Este hombre está intentando quitarme documentos relacionados con mi padre.
Gabriel abrió las manos.
—Son documentos antiguos de negocios.
—Entonces no tendrá inconveniente en que la policía los revise —respondió Camila.
La expresión de Gabriel se endureció.
—No hay necesidad de involucrar a las autoridades.
—Eso lo decidirán ellas —dije.
Durante unos segundos, pareció que iba a discutir.
Después retrocedió.
—Te arrepentirás de esto, Nia.
—Puede ponerse en la fila. Hoy ya he cancelado una boda.
Uno de los guardias le pidió que se alejara mientras anotaba su nombre. Gabriel obedeció, pero antes de marcharse se volvió hacia Marcus.
—Asegúrate de que tu madre no se entere.
Marcus palideció.
Gabriel se alejó hacia los ascensores.
Yo me quedé mirando a Marcus.
—¿Tu madre?
Él no contestó.
—Acabas de decir que tu padre está vivo. Me dijiste que tu madre te había criado sola. Ahora él habla de tu madre como si todavía tuviera algo que ocultarle. ¿Cuántas mentiras me has contado?
Marcus se sentó en el banco y se cubrió el rostro.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente agotado.
—Mi madre no sabe todo lo que hizo mi padre.
—¿Y tú sí?
Él tardó demasiado en responder.
—Sé algunas cosas.
—Entonces empieza a hablar.
Marcus levantó la cabeza.
—Cuando tenía veintidós años, mi padre me pidió que trabajara para él. Yo estaba endeudado, mi madre necesitaba dinero y él prometió ayudarme. Me dijo que su empresa compraba propiedades para renovarlas y venderlas. No sabía que había contratos falsificados hasta que encontré unos documentos en su oficina.
—¿Qué hiciste?
—Lo confronté.
—¿Y?
—Me dijo que no me metiera en asuntos que no entendía.
—¿Y obedeciste?
Marcus bajó la mirada.
No necesitaba responder.
—¿Cuándo conociste a Vanessa? —pregunté.
—Hace tres años.
—¿Antes de conocerme?
—Sí.
Camila soltó una maldición en voz baja.
—¿Y cuándo empezaste a salir conmigo?
—Dos años después.
Sentí que algo se me cerraba en la garganta.
—¿Quieres decir que conocías a Vanessa antes de conocerme a mí y nunca me lo dijiste?
—No éramos amigos.
—Pero sabías quién era.
—Sí.
—Y ella sabía quién era yo.
Marcus se pasó una mano por el cabello.
—Sí.
Me aparté de él.
No era solamente la infidelidad. Era descubrir que había entrado en mi vida rodeado de secretos que yo jamás había tenido la oportunidad de conocer.
—¿Por qué te acercaste a mí? —pregunté.
—Porque me enamoré de ti.
—No me mientas otra vez.
—¡Es la verdad!
—Entonces explícame por qué Vanessa tenía que acercarse a mí.
Marcus miró a mamá.
—Porque tu padre dejó algo escondido en la casa.
Mamá dejó de respirar durante un instante.
—No —susurró.
Me volví hacia ella.
—¿Qué dejó mi padre?
Ella comenzó a negar con la cabeza.
—No puede ser.
—Mamá, ¿qué dejó papá?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Una caja. Antes de morir, tu padre me pidió que guardara una caja pequeña en un lugar seguro. Me dijo que algún día alguien podría venir a buscarla y que no debía entregársela a nadie.
—¿Dónde está?
—En la casa.
Miré a Marcus.
—¿Vanessa estaba buscando esa caja?
Él asintió.
La rabia volvió a subir por mi pecho.
—¿Por eso la defendiste hoy? ¿Porque no querías que hablara?
—Intentaba evitar que todo saliera a la luz de esa manera.
—¿Qué manera habría sido aceptable? ¿Que cortara el cabello de mi madre, destruyera nuestra boda y después se llevara las pruebas?
—¡Yo no sabía que iba a hacerle eso a Evelyn!
—Pero sabías que estaba buscando algo.
Marcus se quedó callado.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla.
«No dejes que Marcus vuelva a entrar en la casa. Vanessa ya tiene una copia de la llave».
Le mostré el mensaje a Camila.
Ella levantó la cabeza de inmediato.
—¿Podemos llamar a tu tía y pedirle que vaya a la casa?
Mamá negó con la cabeza.
—Mi tía está en San Antonio. No llegará hasta mañana.
—Entonces iremos nosotras —dije.
Marcus se puso de pie.
—No pueden ir solas.
Lo miré con incredulidad.
—Tú no vienes con nosotras.
—Nia, no entiendes lo que estás arriesgando.
—Entonces explícame.
—Si esa caja sigue en la casa, mi padre hará cualquier cosa para recuperarla.
—¿Y qué contiene?
Marcus tragó saliva.
—Pruebas de que alguien falsificó documentos para apropiarse de propiedades. Si esas pruebas llegan a las autoridades, podrían destruir a mi padre.
—¿Y por qué mi padre las tenía?
—Porque ayudó a reunirlas.
Mamá comenzó a llorar otra vez.
—Rafael quería entregarlas a la policía —dijo—. Pero murió antes de poder hacerlo.
El silencio que siguió fue insoportable.
Mi padre no había dejado simplemente una caja.
Había dejado una verdad que alguien llevaba once años intentando enterrar.
Y ahora yo sabía por qué Vanessa había aparecido en mi vida.
No había venido a peinarme para mi boda.
Había venido a buscar lo que mi padre había escondido.
Llegamos a la casa poco después de las diez de la noche.
Camila condujo mientras mamá permanecía en el asiento trasero, sujetando su bolso contra el pecho. Yo no dejaba de mirar los espejos, esperando ver los faros de otro automóvil siguiéndonos.
Cuando estacionamos frente a la casa, las luces del porche estaban apagadas.
Mamá frunció el ceño.
—Yo las dejé encendidas.
Bajamos del vehículo.
La puerta principal estaba cerrada, pero la cerradura tenía marcas recientes.
Camila levantó su teléfono.
—No entren todavía. Voy a llamar a la policía.
Antes de que pudiera terminar, escuchamos un ruido dentro de la casa.
Un golpe.
Después otro.
Alguien estaba moviendo muebles.
Mamá me agarró del brazo.
—La caja está en el estudio.
Llamamos a emergencias y esperamos a cierta distancia de la entrada, sin perder de vista las ventanas.
Unos minutos después, las luces de un vehículo policial iluminaron la fachada. Dos agentes entraron mientras nosotras permanecíamos afuera.
Escuché una voz femenina gritar desde el interior.
—¡No pueden hacer esto! ¡Esta es una propiedad privada!
Conocía esa voz.
Vanessa.
Uno de los agentes salió unos minutos después.
—¿La señorita Evelyn es la propietaria de esta casa?
—Sí —respondió mamá.
—Necesitamos que nos acompañe para identificar algunos objetos.
Entramos detrás de él.
La sala estaba patas arriba. Los cajones habían sido abiertos y los cojines estaban tirados en el suelo. En el estudio, varios libros cubrían la alfombra.
Vanessa estaba de pie junto al escritorio, con el cabello cortado y una expresión furiosa.
Cuando me vio, dejó de hablar.
—Tú —dijo.
—Yo —respondí—. ¿Buscabas algo?
—No tienes idea de lo que está pasando.
—Empieza por explicarme qué haces en la casa de mi madre.
Vanessa miró a los agentes.
—Marcus me dijo que podía venir.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Marcus te dio permiso para entrar?
—Tengo una llave.
—Eso no responde a mi pregunta.
Vanessa apretó los labios.
Uno de los agentes le pidió que mostrara sus pertenencias. Ella se negó al principio, pero finalmente sacó un llavero del bolso.
Entre las llaves había una pequeña llave de metal con una etiqueta.
214.
La misma numeración del casillero del estacionamiento.
Miré a Camila.
Ella ya estaba grabando.
—¿Por qué tienes una llave del casillero donde alguien dejó los documentos de mi padre? —pregunté.
Vanessa perdió el color del rostro.
—No sé de qué estás hablando.
El agente tomó el llavero para examinarlo.
Entonces escuchamos un sonido detrás del escritorio.
Mamá se arrodilló y apartó una alfombra pequeña. Debajo había una tabla de madera ligeramente levantada.
—Aquí —susurró.
Con ayuda del agente, retiró la tabla.
Debajo había un compartimento estrecho.
Vacío.
Mamá se llevó las manos a la boca.
—No…
Me arrodillé a su lado.
—¿La caja estaba aquí?
Asintió, llorando.
—Tu padre la escondió aquí la noche antes de morir.
Me volví hacia Vanessa.
—¿Dónde está?
—No la tengo.
—Acabas de entrar en esta casa y revolver cada habitación.
—¡Yo no sabía que estaba aquí!
Pero su voz temblaba.
El agente le pidió que se sentara mientras verificaban su autorización para entrar. Vanessa protestó, y en medio de la discusión su teléfono cayó al suelo.
La pantalla se iluminó.
Había un mensaje abierto.
El remitente aparecía guardado como *M. Cole*.
Y el mensaje decía:
«Encontré la caja. Pero hay algo más adentro. Rafael no estaba solo la noche del accidente».
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Mamá leyó el mensaje por encima de mi hombro.
Entonces soltó un grito tan desgarrador que uno de los agentes se acercó para sostenerla.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Vanessa intentó recuperar su teléfono.
El agente se lo impidió.
Yo seguía mirando la pantalla.
Rafael no estaba solo la noche del accidente.
Mi padre había muerto en una carretera mojada, según el informe oficial. Nunca habíamos sabido de ningún testigo. La policía había atribuido el accidente a las condiciones del clima y a la pérdida de control del vehículo.
Pero ahora alguien afirmaba que había otra persona con él.
Me volví lentamente hacia mi madre.
Ella estaba llorando, pero no parecía sorprendida.
Parecía aterrorizada.
—Mamá —susurré—, ¿quién estaba con papá aquella noche?
Sus labios temblaron.
Miró a Vanessa, después a los agentes y finalmente a mí.
—Mija, hay algo que nunca te conté sobre la muerte de tu padre.
Se acercó y me tomó ambas manos.
—La noche del accidente, Rafael no iba solo.
Tragó saliva.
—Y el hombre que estaba sentado a su lado era el mismo que hoy te pidió que le entregaras esa carpeta.
Gabriel Cole.
Pero antes de que pudiera preguntarle nada más, mi teléfono vibró otra vez.
Esta vez, el mensaje incluía una fotografía reciente de Marcus entrando en una comisaría.
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Debajo había una sola frase:
«Si quieres saber quién mató a tu padre, pregúntale a tu prometido por qué denunció su desaparición once años después de su muerte».