Chapter 7: La casa donde mi padre desapareció
La dirección que apareció en mi teléfono no pertenecía a Los Olivos.
Era la dirección de una pequeña capilla abandonada a pocos kilómetros de aquella propiedad.
Y el mensaje estaba firmado con mi nombre completo, como si alguien hubiera querido asegurarse de que entendiera que no se trataba de una broma.
«Nia Evelyn Rivera. Si quieres conocer la verdad sobre tu padre, ven a la capilla antes de medianoche. No lleves a Marcus. No confíes en Gabriel».
Miré al detective Harris.
—¿Podemos localizar quién envió esto?
Él examinó la pantalla.
—Vamos a intentarlo. Pero no vas a ir a ninguna parte sin nosotros.
Mi madre permanecía sentada junto a la ventana de la comisaría. Había dejado de llorar, aunque sus manos seguían temblando.
—No quiero que vayas —dijo.
Me acerqué a ella.
—Mamá, si papá está vivo, tenemos que encontrarlo.
—¿Y si la persona que te está escribiendo quiere hacerte daño?
No tenía una respuesta que pudiera tranquilizarla.
Porque yo también tenía miedo.
Pero después de descubrir que mi padre quizá había sobrevivido al accidente, ya no podía volver a mi vida anterior. No podía casarme, olvidarme de Marcus y fingir que aquellos once años de mentiras no habían ocurrido.
Necesitaba saber qué había pasado.
El detective organizó un equipo para revisar la capilla y sus alrededores. Mi madre se negó a quedarse en la comisaría, así que terminó acompañándonos, sentada en el asiento trasero del automóvil policial.
Llegamos poco antes de las once.
La capilla estaba rodeada de árboles altos y maleza. Las ventanas tenían tablas clavadas, y la puerta principal colgaba de una bisagra oxidada.
Un agente entró primero.
—Policía. ¿Hay alguien aquí?
No hubo respuesta.
El detective nos pidió que esperáramos junto al vehículo hasta que el lugar estuviera asegurado.
Cinco minutos después, nos hizo una señal.
—Pueden entrar, pero permanezcan detrás de nosotros.
El interior olía a madera húmeda y polvo. Había bancos rotos, una cruz inclinada sobre el altar y hojas secas esparcidas por el suelo.
Entonces vi la fotografía.
Estaba colocada sobre el altar, dentro de un sobre transparente.
Mi padre aparecía sentado en una silla de ruedas, con una manta sobre las piernas.
La imagen parecía reciente.
Debajo había una nota.
«Si llegaste hasta aquí, significa que todavía no has dejado de buscarlo».
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—Es Rafael —susurró.
El detective fotografió la escena antes de permitir que examináramos el sobre.
Dentro había una llave y una hoja con tres palabras escritas en tinta azul.
*Los Olivos. Habitación siete.*
—¿Qué hay en la habitación siete? —pregunté.
Mi madre negó con la cabeza.
—No lo sé.
El detective observó la llave.
—Vamos a verificar la propiedad antes de entrar.
Mientras los agentes preparaban el siguiente desplazamiento, escuché un ruido detrás del altar.
Me volví.
Una mujer salió lentamente de una puerta lateral. Tenía unos cincuenta años, el cabello recogido y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda.
Uno de los agentes levantó la mano para detenerla.
—No se mueva.
—No vine a hacerles daño —respondió ella—. Vine porque prometí a Rafael que ayudaría a su hija si alguna vez encontraba el camino hasta aquí.
Me quedé sin aliento.
—¿Conoce a mi padre?
La mujer me miró directamente.
—Lo cuidé durante casi seis años.
Mi madre comenzó a llorar.
—¿Dónde está? ¿Dónde está mi esposo?
La mujer bajó la mirada.
—No lo sé.
Mamá retrocedió como si hubiera recibido una bofetada.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Hace cinco meses, Rafael desapareció de la propiedad donde vivía. Cuando regresé al día siguiente, su habitación estaba vacía y había sangre en el suelo.
La misma historia que Marcus nos había contado.
—¿Quién es usted? —preguntó el detective.
—Me llamo Elena Vargas. Trabajé como enfermera en una clínica privada. Gabriel Cole me contrató para atender a un paciente que no debía aparecer en ningún registro público.
—¿Sabía que ese paciente era Rafael Rivera?
—Lo supe desde el primer día.
Mi madre se acercó a ella.
—¿Por qué no nos avisó?
Elena no intentó defenderse.
—Porque Gabriel me amenazó. Dijo que, si hablaba, mi hija perdería su trabajo y mi nieto se quedaría sin tratamiento médico. Me entregó dinero y me obligó a firmar documentos de confidencialidad.
—¿Y aceptó? —pregunté.
Elena levantó los ojos, llenos de vergüenza.
—Sí. Al principio, porque tenía miedo. Después, porque Rafael me pidió que esperara.
—¿Que esperara para qué?
—Para encontrar una forma de protegerlas.
El detective intervino.
—Necesitamos que nos cuente todo lo que sabe, señora Vargas.
Elena asintió y sacó de su bolso una libreta pequeña.
—Rafael me pidió que guardara esto. Me dijo que, si algún día su hija aparecía, debía entregárselo.
Tomé la libreta.
La primera página contenía una fecha de hacía diez años y una frase escrita con la letra de mi padre.
«Evelyn y Nia deben creer que estoy muerto hasta que pueda demostrar quién ordenó el accidente».
Mi madre soltó un grito.
—¡No! ¡No puede ser!
Leí la frase una y otra vez.
No era una nota de alguien que había sido secuestrado sin saber por qué.
Mi padre había participado en su propia desaparición.
Había aceptado que nosotras creyéramos que estaba muerto.
—¿Por qué? —pregunté, volviéndome hacia Elena—. ¿Por qué nos hizo esto?
La enfermera se secó las mejillas.
—Porque recibió una amenaza. Gabriel le dijo que, si regresaba a casa, ustedes morirían. Rafael creyó que la única manera de protegerlas era desaparecer.
—¿Y durante once años no pudo encontrar otra manera?
—Lo intentó. Reunió documentos, grabaciones y testimonios. Pero Gabriel controlaba a las personas que podían ayudarlo.
Mi madre negó con la cabeza.
—Yo lo habría ayudado. Habría hecho cualquier cosa.
Elena no apartó la mirada.
—Lo sé. Rafael lo sabía también. Por eso le dolió tanto mantenerlas alejadas.
Sentí que la rabia y la tristeza chocaban dentro de mí.
Mi padre había sobrevivido.
Pero había elegido no volver.
Había permitido que mi madre llorara frente a su tumba y que yo creciera creyendo que nunca volvería a escuchar su voz.
—¿Qué pasó hace cinco meses? —pregunté.
Elena abrió la libreta en otra página.
—Rafael descubrió que Gabriel estaba preparando una transferencia de propiedades. Quería utilizar la última prueba que conservaba para detenerlo. La noche antes de desaparecer, recibió una visita.
—¿De quién?
Elena cerró los ojos.
—De Marcus.
La palabra cayó como una piedra.
—¿Qué hizo Marcus?
—Discutieron. Rafael le dijo que debía confesar lo que había hecho aquella noche del accidente. Marcus le respondió que no podía hacerlo porque su padre destruiría a todos.
—¿Y después?
—Escuché un golpe. Cuando entré en la habitación, Marcus estaba llorando. Rafael había desaparecido.
Miré al detective.
—¿Puede ser responsable de su desaparición?
—No podemos concluirlo sin más pruebas —respondió él—. Pero vamos a investigar.
Elena me entregó otra hoja.
Era un mapa dibujado a mano, con una ruta marcada desde Los Olivos hasta una antigua estación de autobuses.
En el margen, mi padre había escrito:
«Si Marcus vuelve a fallarme, busca el lugar donde empezó todo».
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Elena negó con la cabeza.
—Nunca me lo explicó.
El detective ordenó que los agentes verificaran la ruta y solicitaran información sobre la propiedad. Pero antes de salir de la capilla, mi teléfono comenzó a sonar.
Marcus.
Contesté.
—¿Dónde estás, Nia?
—No es asunto tuyo.
—¿Encontraste a Elena?
Miré a la mujer.
Marcus sabía que estaba allí.
—¿Cómo sabes su nombre?
Su respiración se volvió irregular.
—Porque ella no te está contando toda la verdad.
—Entonces, dímela tú.
Hubo un silencio.
Finalmente, Marcus pronunció una frase que hizo que mi madre se agarrara de mi brazo.
—Tu padre no desapareció hace cinco meses, Nia.
—¿Qué estás diciendo?
—Lo vi la semana pasada.
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Y antes de que pudiera preguntarle dónde, añadió:
—Pero no está huyendo de mi padre. Está huyendo de ti.