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Chapter 2: El hombre que mi padre conocía

—No te acerques a mi hija —dijo mi madre.

Marcus se detuvo a unos metros de nosotras.

El estacionamiento quedó en silencio, salvo por el zumbido de las luces y el motor de un automóvil que arrancaba en algún lugar del nivel superior.

Yo sostenía la carpeta contra el pecho.

—Quiero una explicación —dije—. Ahora mismo.

Marcus se pasó una mano por el cabello.

—Nia, por favor. No sabes lo que estás leyendo.

—Entonces explícame qué estoy leyendo.

Le mostré la fotografía de mi padre.

Marcus no intentó mirarla.

Eso fue lo primero que me asustó.

Lo segundo fue que dirigió los ojos hacia la memoria USB, como si supiera exactamente qué contenía.

—¿Quién te dio eso? —preguntó.

—Todavía no me has contestado.

—Es una situación complicada.

Solté una risa seca.

—¿Complicada? Hace menos de una hora descubrí que mi prometido estaba besando a otra mujer en la casa de mi madre. Después descubrí que alguien relaciona a esa mujer con un secreto de mi padre. Si vuelves a decirme que esto es complicado, te juro que gritaré hasta que llegue todo el personal de seguridad.

Camila se colocó a mi lado.

—Y yo llamaré a la policía.

Marcus levantó ambas manos.

—Está bien. Está bien. Solo quiero que me escuches.

—Te escuché cuando defendiste a Vanessa —respondí—. Ahora quiero escuchar la verdad.

Su mirada se desvió hacia mi madre.

—Evelyn, por favor. No hagas esto.

Mamá apretó la mandíbula.

—Tú no tienes derecho a decirme qué hacer.

Sentí un escalofrío.

No era la voz de una mujer sorprendida por una situación inesperada.

Era la voz de alguien que llevaba mucho tiempo conteniendo una respuesta.

Me volví hacia ella.

—Mamá, ¿conoces a Marcus desde antes de que yo lo conociera?

Ella cerró los ojos.

—Sí.

La palabra fue tan pequeña que casi no la escuché.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

Mamá se sentó en el borde de un banco de concreto, como si sus piernas ya no pudieran sostenerla.

—Tu padre conocía a su familia.

Miré a Marcus.

Él permanecía inmóvil.

—¿Qué familia? —pregunté—. Siempre me dijiste que tu padre había muerto cuando eras niño y que tu madre se había mudado a otro estado.

—Eso es cierto —respondió él.

—Entonces, ¿por qué mamá conoce a tu familia?

Marcus apretó los labios.

—Porque mi padre conocía al tuyo.

La respuesta me golpeó con más fuerza de la que esperaba.

—¿Tu padre?

—Sí.

—Me dijiste que nunca habías conocido a tu padre.

—No dije eso.

—Me dijiste que no recordabas nada de él.

—Nia, era un niño cuando se fue.

—¡Y me contaste que tu madre te había criado sola!

—¡Porque así fue!

Su grito rebotó contra las paredes.

Durante un instante, ninguno de los dos habló.

Después Marcus bajó la voz.

—Mi padre estuvo relacionado con tu familia hace muchos años. No significa que todo lo que hay en esa carpeta sea cierto.

—¿Qué parte no es cierta? —pregunté—. ¿La fotografía de Vanessa?

¿El documento con el nombre de mi padre? ¿O la parte donde alguien dice que mi casa es el objetivo?

Marcus miró hacia la salida.

Fue un movimiento rápido.

Pero Camila lo notó también.

—¿Estás esperando a alguien? —preguntó ella.

—No.

—Entonces deja de mirar la puerta.

Él volvió a mirarme.

—Nia, escúchame. Vanessa es una persona manipuladora. Lo que pasó hoy fue horrible, pero no tiene nada que ver con esto.

—¿Y por qué la defendiste?

No respondió.

—Te hice una pregunta.

—Porque estaba intentando evitar que cometieras un error.

Me reí sin humor.

—¿Cortarle el cabello a mi madre fue un accidente y cancelar nuestra boda fue un error?

—No me refería a eso.

—Entonces, ¿a qué te referías?

Marcus respiró hondo.

—A abrir esa carpeta.

Lo miré fijamente.

—¿Qué hay dentro?

—Cosas que pueden destruir a muchas personas.

—¿Incluyéndote?

Su silencio fue suficiente.

Camila sacó su teléfono.

—Voy a fotografiar cada documento antes de que alguien intente quitárnoslo.

Marcus dio un paso hacia nosotras.

—No hagas eso.

—Un paso más y llamo a seguridad —advirtió Camila.

Él se detuvo.

Yo abrí la carpeta de nuevo y examiné el documento legal.

Era un contrato firmado once años atrás, unos meses antes de que mi padre muriera. Había varias cantidades de dinero, referencias a una propiedad y una cláusula que mencionaba una empresa llamada Sterling Development.

No reconocía el nombre.

Sin embargo, al final de la página aparecían dos firmas.

La de mi padre.

Y la de un hombre llamado Gabriel Cole.

—¿Quién es Gabriel Cole? —pregunté.

Marcus palideció.

Mi madre comenzó a llorar.

—Era el padre de Marcus —susurró.

Miré a mi prometido.

—¿Tu padre se llamaba Gabriel Cole?

Él asintió una sola vez.

—¿Y por qué hay un contrato entre él y mi padre?

Marcus se frotó la frente.

—Porque trabajaron juntos.

—¿En qué?

—En un proyecto inmobiliario.

—¿Qué proyecto?

—Una propiedad que ambos querían desarrollar.

—¿Mi casa?

Él no respondió lo bastante rápido.

Y entonces lo entendí.

La casa de mi madre estaba en una zona que había cambiado muchísimo durante la última década. Nuevos restaurantes, edificios de apartamentos y comercios habían aparecido alrededor del vecindario. Varias empresas habían intentado comprar las viviendas antiguas para construir un complejo residencial.

Mamá siempre se había negado a vender.

—¿La empresa Sterling Development quiere comprar nuestra casa? —pregunté.

Marcus bajó la cabeza.

—Ya no existe.

—No fue lo que pregunté.

—Sí. La empresa quería adquirir varias propiedades de la zona.

—¿Y mi padre se negó?

Mi madre se secó las mejillas.

—Tu padre descubrió que el proyecto no era lo que parecía.

La miré.

—¿Qué descubrió?

Ella abrió la boca, pero Marcus la interrumpió.

—No sigas, Evelyn.

Mamá se levantó de golpe.

—¡Ya no vas a volver a callarme!

Su voz llenó el estacionamiento.

—Tu padre y Rafael eran socios —me dijo—. Al principio, todo parecía legal. Gabriel convenció a tu padre de invertir sus ahorros y firmar unos documentos. Pero cuando Rafael descubrió que algunas propiedades estaban siendo transferidas sin el consentimiento de sus dueños, quiso denunciarlo.

Sentí náuseas.

—¿Mi padre estaba intentando detenerlos?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

Mamá comenzó a temblar.

—Una semana antes de morir, tu padre recibió una amenaza.

Marcus cerró los ojos.

—Evelyn, basta.

—No —respondió ella—. Tu familia ha tenido demasiado tiempo para esconderse detrás de sus mentiras.

Me acerqué a mamá.

—¿Qué decía la amenaza?

Ella tragó saliva.

—Que si Rafael entregaba los documentos a las autoridades, perdería todo lo que había construido. Que tú y yo tampoco estaríamos a salvo.

No pude respirar.

Mi padre había muerto en un accidente de carretera cuando yo tenía diecisiete años.

Durante once años, había creído que una lluvia intensa y un conductor imprudente nos lo habían arrebatado.

Ahora estaba descubriendo que quizá había habido algo más detrás de su muerte.

—¿Crees que lo mataron? —pregunté.

Mamá negó con la cabeza, llorando.

—No lo sé, mija. Nunca tuve pruebas.

Marcus se acercó un paso.

—Y precisamente por eso no puedes sacar conclusiones de documentos que alguien dejó en un casillero.

Lo miré.

—¿Sabías que tu padre había amenazado al mío?

—No.

—¿Sabías que Vanessa estaba entrando en mi casa?

—No de esa manera.

La frase me dejó helada.

—¿Qué significa «no de esa manera»?

Marcus apretó los puños.

—Vanessa no empezó a acercarse a ti por casualidad.

Camila dejó de fotografiar los documentos.

—¿Qué acabas de decir?

Marcus me miró directamente.

—Ella sabía quién eras antes de que nos conociéramos.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Eso es imposible. La conocí hace dos años, cuando una amiga me la recomendó para un evento.

—Ella ya había investigado a tu familia.

—¿Por qué?

Marcus se pasó una mano por la cara.

—Porque alguien le pagó para acercarse a ti.

El silencio fue absoluto.

—¿Quién? —pregunté.

Él no respondió.

—¿Quién le pagó?

Marcus miró a mi madre.

Y entonces dijo algo que hizo que mamá se llevara ambas manos a la boca.

—Mi padre no fue el único hombre que quería esa casa.

Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, una voz surgió detrás de nosotros.

—Marcus, te dije que no vinieras aquí.

Nos volvimos.

Un hombre de unos sesenta años caminaba hacia nosotros con un abrigo gris y una expresión fría.

Reconocí sus ojos de inmediato.

Eran idénticos a los de Marcus.

El hombre se detuvo frente a mí y miró la fotografía de mi padre que sostenía en la mano.

—Así que finalmente la encontraste —dijo.

Marcus retrocedió.

—Papá…

El hombre lo ignoró.

Se dirigió a mí.

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—Nia, tu padre me dejó algo antes de morir. Algo que tu madre jamás debió conservar.

Y extendió la mano hacia la carpeta.

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