Chapter 8: La confesión de la chica que todos admiraban
Sofía leyó el mensaje tres veces antes de responder.
*¿Dónde estás?*
La respuesta llegó casi inmediatamente.
*En el estacionamiento subterráneo. Diez minutos. No le digas a mi papá.*
Gabriel se opuso en cuanto su hija le mostró la conversación.
—No vas a ir a ningún lugar sin que sepamos quién está allí.
—Renata dice que vio algo relacionado con mamá.
—También firmó un documento que podría haber perjudicado a otra estudiante. No sabemos si está intentando ayudarte o protegerse.
—Por eso necesito escucharla.
Elena tomó el teléfono y escribió una respuesta desde la cuenta de Sofía.
*Nos encontraremos en la entrada principal, en un lugar público. Si de verdad quieres hablar, ven sola.*
Renata tardó un minuto en contestar.
*Está bien. Pero no dejen que mi papá se acerque.*
La reunión se organizó bajo supervisión de los representantes de seguridad y de una abogada independiente de la fundación. Nadie registraría a Renata ni la obligaría a entregar su teléfono. Si tenía pruebas, podrían preservarlas sin alterar los archivos originales.
Cuando Renata apareció, ya no parecía la reina del colegio.
Tenía el maquillaje corrido, el cabello desordenado y una sudadera sobre el uniforme de diseñador. Miró a los guardias y luego a Gabriel.
—No voy a hablar si él se queda.
Gabriel se apartó unos pasos, aunque permaneció a la vista.
Sofía cruzó los brazos.
—Tienes cinco minutos para decirme por qué firmaste la cancelación de la beca de Valeria.
Renata bajó la cabeza.
—Yo no sabía que iban a expulsarla.
—Tu firma está en el documento.
—Mi papá me dijo que era una autorización para revisar los expedientes de estudiantes que habían presentado información falsa.
—¿Y firmaste sin leer?
—Tenía dieciséis años, Sofía. Mi papá me dijo que, si quería demostrar que era responsable, debía confiar en él.
—Yo también tenía quince cuando comenzaron los problemas con mi beca. Nadie me pidió permiso para destruirle la vida a otra persona.
Renata apretó los puños.
—Lo sé.
Sofía esperaba una excusa, una nueva acusación o una de las sonrisas crueles que había soportado durante meses.
Pero Renata comenzó a llorar.
—Mi papá me enseñó que siempre debía ganar. Las mejores calificaciones, las mejores actividades, las mejores oportunidades. Si alguien me superaba, decía que seguramente había hecho trampa o que alguien lo estaba ayudando.
—¿Y tú le creíste?
—Al principio sí. Después empecé a darme cuenta de que siempre ocurría lo mismo. Los estudiantes que tenían menos dinero recibían advertencias por errores pequeños. Los que pertenecían a familias importantes podían hacer cualquier cosa.
Sofía no respondió.
—Cuando tú ganaste la beca al mérito —continuó Renata—, mi papá se enfureció. Dijo que no era posible que una estudiante como tú obtuviera más puntos que yo en la evaluación académica.
—¿Qué hizo?
—Le pidió a Esteban que revisara tus calificaciones.
—Mis calificaciones eran correctas.
—Lo sé. Pero después apareció un informe que decía que había un error en el sistema. Mi papá quería que la beca se asignara a otra persona.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿A ti?
Renata negó con la cabeza.
—No. A un estudiante cuyo padre había prometido hacer una donación. Yo no entendía por qué.
Mi familia ya tenía dinero. ¿Para qué necesitábamos otra beca?
La pregunta quedó suspendida entre ellas.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Sofía.
—Nada. Me convencí de que no era mi problema.
Renata sacó su teléfono.
—Pero la noche en que desapareció tu madre, escuché una discusión en la oficina de mi papá. Yo había ido a buscar las llaves del auto. La puerta estaba entreabierta y escuché a Esteban decir que Elena tenía una copia de los registros originales.
Sofía se inclinó hacia delante.
—¿Qué respondió tu padre?
Renata tragó saliva.
—Dijo que había que recuperar la carpeta antes de que tú cumplieras dieciocho años.
—¿Y después?
—Esteban dijo que, si Elena no entregaba los documentos, tendrían que utilizar el acuerdo de confidencialidad para desacreditarla. Mi papá respondió que ya había preparado una historia para explicar su desaparición.
Sofía sintió que las manos le temblaban.
—¿Escuchaste eso y nunca se lo contaste a nadie?
Renata cerró los ojos.
—Tenía miedo. Mi papá me dijo que, si repetía una sola palabra, haría que me expulsaran del colegio y me enviaría a vivir con una tía. Pero no fue solo miedo. También me convenía seguir siendo la chica a la que todos admiraban.
Sofía la miró fijamente.
—Y por eso me empujaste hoy.
Renata no intentó negarlo.
—Esteban me llamó esta mañana. Me dijo que necesitaba que te asustara delante de todos, que hiciera que parecieras inestable y que consiguiera tu teléfono. Dijo que solo era una discusión escolar.
—¿Te ordenó que me empujaras?
—Me dijo que te provocara. Yo decidí empujarte.
La sinceridad no borró la crueldad, pero Sofía agradeció que, al menos esa vez, Renata no intentara disfrazarla.
—¿Por qué cambiaste de opinión?
Renata miró hacia Gabriel.
—Porque mi papá me llamó después de salir del colegio. Me preguntó si había logrado recuperar tu teléfono. Cuando le dije que no, me gritó que había arruinado todo. Nunca me había hablado así.
—Entonces te asustaste porque dejó de protegerte.
—Sí —admitió Renata—. Pero también porque encontré algo en su oficina.
Abrió una fotografía.
Era una lista de transferencias financieras. En varias líneas aparecían códigos relacionados con el fondo educativo. En la parte inferior figuraba una cuenta a nombre de una empresa privada.
La misma empresa mencionada en los documentos de Elena.
—Tomé la fotografía anoche —explicó Renata—. No sé si demuestra un delito, pero hay una transferencia programada para mañana. Mi papá dijo que, cuando se realizara, los registros antiguos dejarían de existir.
Gabriel se acercó al escuchar eso.
—¿Dónde está el documento original?
Renata guardó el teléfono.
—En la oficina de Esteban. Mi papá no guarda allí sus papeles por casualidad. Esteban tiene acceso a las cuentas y a los archivos de la fundación.
—¿Y cómo sabes que la transferencia se realizará mañana?
—Porque vi el calendario de pagos. El dinero se enviará a una empresa que no tiene empleados ni oficinas registradas en California.
La abogada tomó nota de la información.
—No debemos acceder a cuentas privadas ni entrar en oficinas sin autorización. Pero podemos entregar estos datos al investigador y solicitar que se preserven los registros financieros antes de que se ejecute la transferencia.
Gabriel asintió.
—Hazlo inmediatamente.
Sofía volvió a mirar a Renata.
—¿Hay algo más que debamos saber?
Renata vaciló.
—Sí.
Sacó una segunda fotografía.
Era una imagen de una mujer entrando en un automóvil negro, tomada desde una cámara de seguridad de la calle.
Sofía reconoció el abrigo color crema.
Era Elena.
La fecha correspondía a la noche en que su madre desapareció.
—¿Dónde conseguiste esto? —preguntó Gabriel.
—Mi papá tenía una copia en su computadora. La guardó en una carpeta que decía «Incidente Elena».
Elena se acercó a la pantalla.
La fotografía mostraba que ella no había salido sola del colegio. Alguien la esperaba junto al automóvil.
Un hombre con el rostro parcialmente oculto.
Gabriel amplió la imagen.
Su expresión se endureció.
—No puede ser.
—¿Quién es? —preguntó Sofía.
Gabriel no respondió.
Elena miró la pantalla y se llevó una mano al pecho.
—Esteban —susurró.
Pero había algo más.
En el reflejo de la ventanilla del automóvil se distinguía a una segunda persona, sentada en el asiento trasero.
Una niña.
Sofía sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
La niña llevaba el mismo uniforme que ella usaba a los quince años.
—Esa soy yo —murmuró.
Elena negó con la cabeza, horrorizada.
—No, mi amor. Tú estabas en casa esa noche.
—¿Entonces quién era?
Renata se acercó a la pantalla.
—Mi papá tenía otra fotografía. En ella se veía el rostro de la niña.
—¿Dónde está? —preguntó Gabriel.
—En su teléfono personal. Pero antes de que pudiera copiarla, me encontró en su oficina.
El teléfono de Renata comenzó a sonar.
Era Arturo.
Ella rechazó la llamada.
Un segundo después llegó un mensaje.
*Sé dónde estás. Si no regresas ahora mismo, tu madre recibirá una visita que no olvidará.*
Renata dejó caer el teléfono.
—Mi mamá está sola en casa.
Gabriel hizo una señal a uno de sus representantes para que contactara a las autoridades y solicitara una verificación de seguridad. No enviarían a nadie a confrontar a Arturo por su cuenta.
Sofía se volvió hacia Renata.
—¿Tu papá está amenazando a tu madre para que te calles?
Renata asintió, temblando.
—Y creo que no es la primera vez que lo hace.
Entonces el teléfono de Sofía recibió una llamada de un número desconocido.
Contestó con el altavoz activado.
Una voz masculina habló sin saludar.
—Señor Salazar, tiene hasta las ocho de la mañana para retirar la denuncia, entregar la carpeta azul y abandonar la fundación.
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Quién habla?
—Alguien que sabe lo que ocurrió la noche en que Elena desapareció.
Sofía se acercó al teléfono.
—¿Qué le hicieron a mi mamá?
Hubo una pausa.
Después, el hombre respondió:
—Pregúntale a tu padre por qué la dejó marcharse.
La llamada terminó.
Elena miró a Gabriel, desconcertada.
—¿Qué significa eso?
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Gabriel no respondió.
Y Sofía comprendió que, incluso después de todo lo que habían descubierto, su padre todavía guardaba un secreto capaz de destruir a su familia.