Chapter 1: La verdad que nadie quiso escuchar
—¡Se cayó sola! —gritó Renata mientras empujaba a Sofía contra la vitrina de trofeos del colegio más exclusivo de San Diego.
El cristal se agrietó con un estruendo que hizo voltear a decenas de estudiantes. La medalla de la beca de Sofía cayó al piso, rebotó dos veces y quedó debajo de un zapato de diseñador.
Sofía sintió un ardor en la palma de la mano. Cuando levantó la mirada, Renata ya la estaba señalando como si fuera una criminal.
—¡Tú me empujaste! —protestó Sofía, intentando levantarse.
—Yo vi que Sofía empezó —dijo Brandon, uno de los amigos de Renata, sin siquiera fingir sorpresa.
—¡Eso es mentira! —respondió Sofía.
—Ay, por favor —se burló Camila—. Siempre haces un drama cuando alguien te recuerda cuál es tu lugar.
Las risas se extendieron por el patio.
Sofía tenía dieciocho años, un uniforme sencillo que había remendado su madre y una beca que representaba años de sacrificios. Renata también tenía dieciocho, pero su uniforme parecía recién salido de una boutique, sus zapatos costaban más que la renta mensual de muchas familias y su apellido abría puertas antes de que ella tocara.
En el Instituto Santa Catalina, esas diferencias no necesitaban explicación.
Se respiraban en los pasillos.
Sofía se incorporó, con las rodillas temblando, y buscó su teléfono. Lo había sacado segundos antes para grabar a Renata burlándose de su medalla.
Pero Renata fue más rápida.
Le arrebató el aparato de la mano.
—Devuélveme mi teléfono. Tengo el video —exigió Sofía.
Renata alzó una ceja.
—¿Qué video? Estás inventando todo.
—Te estaba grabando cuando empezaste a insultarme.
—¿Escucharon eso? —preguntó Renata, mirando a los demás—. Ahora resulta que también es directora de cine.
Diego, otro de los estudiantes privilegiados, soltó una carcajada.
—Siempre se hace la víctima cuando quiere atención.
—¡No me estoy haciendo la víctima! —insistió Sofía—. ¡Revisen mi teléfono!
—¿Para qué? —contestó Renata—. Seguro editaste algo para perjudicarme.
En ese instante apareció la profesora Herrera.
Tenía cincuenta años, el cabello perfectamente recogido y una reputación de disciplina absoluta. También tenía la costumbre de sonreír cuando los padres de Renata visitaban la escuela.
Observó la vitrina rota. Después miró a Renata.
Finalmente, clavó los ojos en Sofía.
—¿Qué está pasando aquí?
—Profesora, Renata me empujó —dijo Sofía—. Ella rompió la vitrina y me quitó el teléfono.
—¡Eso es falso! —replicó Renata inmediatamente—. Sofía intentó quitarme la medalla y se cayó encima del cristal.
—¡La medalla era mía!
—Sofía, basta —ordenó Herrera.
—Pero, profesora, las cámaras…
—No necesito revisar nada. Ya sé quién está mintiendo.
Sofía se quedó inmóvil.
Aquella frase le dolió más que el golpe contra el cristal.
—¿Cómo puede saberlo si ni siquiera me ha escuchado?
La profesora Herrera levantó la barbilla.
—Porque conozco perfectamente a nuestras alumnas. Y también sé quiénes están dispuestas a respetar las reglas de esta institución.
Renata bajó la mirada, fingiendo tristeza.
—Yo solo quería ayudarla, profesora. Le dije que tuviera cuidado con la medalla.
—¡Eso tampoco es verdad! —exclamó Sofía.
—Ya basta de acusaciones —sentenció Herrera.
Renata recogió la medalla del suelo. El broche estaba torcido y una pequeña parte del borde se había desprendido.
Se la entregó a la profesora con una expresión de falsa preocupación.
—Aquí está. Espero que no haya sido muy costosa.
Sofía sintió que la sangre le hervía.
—¡Usted sabe que esa medalla me la entregaron por mis calificaciones! ¡Renata ni siquiera participó en la convocatoria!
—Renata ni siquiera la tocó —intervino Camila, cruzándose de brazos.
—Yo estaba aquí —añadió Brandon—. Sofía quiso quitársela.
La profesora Herrera tomó una decisión sin hacer una sola pregunta más.
—Discúlpate con Renata ahora mismo.
Sofía abrió la boca, pero no consiguió hablar.
Alrededor de ella, varios estudiantes habían levantado sus teléfonos. No estaban grabando la vitrina rota ni las manos de Renata aferradas al celular ajeno.
Estaban grabando sus lágrimas.
—Todos vieron lo que pasó —susurró Sofía.
Renata se acercó hasta quedar a unos centímetros de su rostro.
—¿De verdad crees que alguien va a creerte a ti?
—No puedes hacerme esto.
—Claro que puedo. Mi papá financia medio colegio.
Brandon asintió.
—Una becada no puede acusar a la mejor alumna del instituto y esperar que todos le crean.
—¡Yo no quiero que me crean por ser alguien importante! ¡Solo quiero que revisen las cámaras!
La profesora Herrera señaló la salida.
—Una palabra más y quedarás suspendida. Retírate de mi patio.
Sofía sintió que el mundo entero acababa de cerrarle las puertas.
Entonces escuchó una voz familiar.
—¿Sofía?
Se volvió.
Un hombre de traje oscuro acababa de entrar al patio acompañado por dos profesionales de seguridad. Tenía el cabello ligeramente canoso, los zapatos impecables y una serenidad que contrastaba con el caos a su alrededor.
Su padre.
—Papá… —murmuró Sofía.
Gabriel Salazar vio sus manos lastimadas, sus ojos hinchados y el cristal roto.
No preguntó quién había sido.
Primero se acercó a ella.
—¿Estás herida, hija?
—Me empujó, papá. Me quitó el teléfono. Y nadie quiere escucharme.
—Eso es mentira —interrumpió Renata—. Su hija rompió la vitrina y ahora intenta culparme.
La profesora Herrera se interpuso.
—Señor, este es un asunto escolar. No puede venir a amenazar a mis alumnas.
Renata soltó una risita.
—¿Ese es tu padre, Sofía? Seguro contrataste actores para dar lástima.
Diego se sumó a la burla.
—Ni siquiera parece alguien importante.
Gabriel no respondió a las provocaciones.
Levantó la vista hacia las cámaras de seguridad instaladas en las columnas. Después observó la vitrina, los fragmentos de cristal y el teléfono que Renata sostenía con demasiada fuerza.
Por último, miró a la profesora.
—Soy Gabriel Salazar, fundador de la fundación que construyó esta escuela.
La sonrisa de Renata desapareció durante un segundo.
Gabriel continuó con voz tranquila:
—Y ahora revisaremos cada cámara, cada teléfono y cada declaración.
Renata retrocedió un paso.
Luego levantó su propio celular.
—¡Me está amenazando! ¡Voy a llamar a mi padre!
La profesora Herrera volvió a colocarse a su lado.
Gabriel la miró fijamente.
—Adelante. Será muy interesante escuchar lo que tenga que decir.
Pero cuando uno de los guardias se acercó a la consola de seguridad, el administrador del colegio salió corriendo de su oficina.
Llevaba el rostro pálido y un sobre sellado entre las manos.
—Señor Salazar —dijo, casi sin aliento—. Hay algo que necesita saber antes de que revisemos esas grabaciones.
Gabriel reconoció el sello del sobre.
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Era el mismo que había ordenado mantener bajo llave durante los últimos tres años.
Y en la esquina inferior aparecía el nombre completo de su hija.