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Chapter 7: La herencia que alguien quiso robar

—Mi abuelo murió hace ocho años —dijo Sofía, mirando el documento—. ¿Cómo podía saber que yo solicitaría una beca?

Elena se sentó en una de las bancas del patio. Por primera vez desde su llegada, parecía una mujer agotada, no alguien que hubiera pasado tres años huyendo de una amenaza.

—Tu abuelo, Ernesto Cruz, no solo era maestro, mi amor. Antes de morir, ayudó a crear un fondo educativo para niños de familias trabajadoras. Quería que ningún estudiante tuviera que abandonar sus estudios por falta de dinero.

Gabriel se quedó mirando la firma al pie del documento.

Ernesto Cruz había sido su mentor cuando él todavía trabajaba en una pequeña empresa de construcción. Había sido el hombre que lo convenció de convertir una parte de su fortuna en una fundación educativa.

Pero había algo que Gabriel nunca había sabido.

—Ernesto me dijo que había aportado dinero para construir la escuela —murmuró—. Nunca me habló de una herencia destinada a Sofía.

—Porque no quería que su nieta creciera creyendo que tenía derecho a algo por su apellido —explicó Elena—. Quería que estudiara por sus propios méritos. Pero dejó instrucciones para que, cuando cumpliera dieciocho años, pudiera acceder a los registros originales del fondo.

Sofía miró la anotación.

—¿Y por qué dice que soy la única persona que puede demostrar quién se quedó con el dinero?

Elena abrió otra sección de la carpeta.

Dentro había una copia de un contrato, varias transferencias bancarias y una fotografía de Ernesto junto a tres hombres. Uno era Gabriel. Otro era Arturo Montenegro.

El tercero era Esteban Rivas.

—Tu abuelo descubrió que alguien había creado una empresa para recibir pagos del fondo educativo —dijo Elena—. Esa empresa no construyó ninguna escuela ni compró materiales. Recibía transferencias y después las distribuía entre cuentas privadas.

Gabriel tomó el contrato.

—Esta firma no es la mía.

—Lo sé —respondió Elena—. Pero el documento original llevaba una autorización general que entregaste cuando comenzamos el proyecto. Alguien la utilizó para aprobar las transferencias.

—¿Y Ernesto descubrió quién era?

—Sí. Pero murió antes de terminar la investigación.

Sofía bajó la mirada hacia la fotografía.

—¿Por qué nadie denunció esto?

—Porque Arturo controlaba el comité financiero y Esteban administraba los archivos. Cada vez que alguien intentaba investigar, aparecía una acusación distinta. Valeria fue señalada por falsificar documentos.

Yo fui acusada de filtrar información confidencial. Y tu padre quedó atrapado entre una investigación incompleta y un acuerdo que creyó que protegería a los estudiantes.

Gabriel apretó el contrato entre los dedos.

—Debí haber seguido investigando.

—Sí —respondió Elena—. Debiste hacerlo.

No había odio en su voz. Eso hizo que la respuesta doliera más.

Sofía volvió a mirar a su madre.

—¿Y yo? ¿Por qué me eligieron a mí?

Elena sacó una última hoja.

—Porque tu abuelo dejó una instrucción específica. Cuando cumplieras dieciocho años, podrías solicitar acceso a los registros del fondo como beneficiaria de la herencia educativa. Tu solicitud activaría una revisión de las cuentas originales.

—Pero yo solo solicité una beca.

—Alguien modificó el procedimiento para que tu expediente pareciera una solicitud ordinaria. Pensaron que, si conseguías la beca y permanecías en el colegio, no tendrías motivos para investigar.

Sofía sintió que las piezas comenzaban a encajar.

Su beca. La auditoría. La desaparición de su madre.

Las grabaciones eliminadas. El miedo de Renata cuando apareció Arturo.

Todo estaba conectado.

Pero todavía faltaba una pregunta.

—¿Quién sabía que yo podía acceder a esos documentos?

Gabriel revisó las firmas del contrato.

—Arturo. Esteban. La antigua directora. Y alguien del consejo que recibió una copia de las instrucciones de tu abuelo.

—¿Quién?

Antes de que Elena pudiera contestar, el administrador recibió una llamada. Escuchó durante unos segundos y después se acercó a Gabriel.

—Señor Salazar, el consejo acaba de convocar una reunión extraordinaria. Quieren suspender sus facultades administrativas hasta que termine la investigación.

Gabriel no pareció sorprendido.

—¿Quién solicitó la votación?

—Esteban Rivas.

—¿Y quién la respalda?

Molina bajó la voz.

—Arturo Montenegro y cuatro miembros del consejo.

Sofía se puso de pie.

—¡No pueden hacer eso! ¡Mi papá fundó esta escuela!

—Pueden intentarlo —respondió Gabriel—. La fundación tiene procedimientos legales para resolver estos conflictos.

—Pero mientras discuten, ellos pueden borrar las pruebas.

El técnico asintió.

—Por eso estoy haciendo copias verificables de los archivos recuperados. Ya se han documentado los registros de acceso y las grabaciones disponibles.

Gabriel miró a Sofía con orgullo y tristeza al mismo tiempo.

—Tienes razón. Esta vez no vamos a esperar a que alguien decida si la verdad resulta conveniente.

Ordenó que los documentos fueran entregados a un investigador independiente y que se solicitara la preservación formal de los registros financieros.

Elena, sin embargo, seguía inquieta.

—Hay algo que no les he contado.

Gabriel se volvió hacia ella.

—¿Qué más?

—Cuando recibí la carta de Valeria, no solo me envió una fotografía. También me dio una fecha y una hora. Me dijo que, si alguna vez Sofía descubría la existencia del fondo, debía buscar una copia del registro original en el archivo del antiguo edificio administrativo.

Molina frunció el ceño.

—Ese edificio fue clausurado hace dos años.

—Precisamente —respondió Elena—. Nadie revisa sus archivos porque oficialmente todo lo importante fue trasladado.

Sofía tomó la carpeta.

—Entonces iremos allí.

Gabriel negó con la cabeza.

—No vas a entrar sola en un edificio clausurado. Primero verificaremos que sea seguro y solicitaremos acceso.

—Papá, si seguimos esperando a que las mismas personas que ocultaron todo nos den permiso, nunca vamos a encontrar nada.

—No pienso poner tu seguridad en riesgo.

—¡Mi seguridad ya está en riesgo! Alguien me amenazó desde un número desconocido. Alguien apagó las cámaras. Y todos esperan que me calle porque soy la becada que nadie cree.

Gabriel guardó silencio.

Sofía continuó, con la voz temblorosa pero firme:

—No quiero que uses tu dinero para ganar esta pelea por mí. Quiero que me ayudes a demostrar la verdad.

Finalmente, Gabriel asintió.

—Lo haremos de forma legal y con las medidas necesarias. Pero no voy a dejarte sola.

Antes de que pudieran organizarse, el teléfono de Sofía vibró otra vez.

Era un mensaje de Renata.

*Necesito hablar contigo. A solas. Mi papá me mintió.*

Debajo había una fotografía de una hoja firmada por Arturo Montenegro.

Sofía amplió la imagen.

Era una autorización para cancelar una beca.

La fecha correspondía al día anterior a la expulsión de Valeria Cruz.

En el espacio destinado al nombre de la estudiante aparecía una firma que Sofía reconoció inmediatamente.

La de Renata.

—¿Qué significa esto? —preguntó Elena.

Sofía sintió que el estómago se le revolvía.

Renata no solo había mentido sobre lo ocurrido en el patio.

Su firma aparecía en el documento que había ayudado a destruir la vida de otra estudiante.

Y ahora quería hablar.

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Pero el mensaje terminaba con una advertencia que hizo que Sofía mirara hacia la salida.

*Si mi papá descubre que te escribí, no voy a poder contarte lo que vi la noche en que desapareció tu madre.*

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