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Chapter 4: La mujer que apareció en las cámaras

—Detén el video —ordenó Gabriel.

El técnico congeló la imagen justo cuando Elena aparecía reflejada en el cristal roto. Llevaba un abrigo color crema, el cabello recogido y la carpeta azul apretada contra el pecho. No parecía una mujer que hubiera regresado por casualidad al colegio. Parecía alguien que llevaba mucho tiempo esperando ese momento.

Sofía se acercó a la pantalla.

—Es mi mamá.

Su voz sonó tan pequeña que Gabriel sintió un nudo en la garganta.

—Sí, hija.

—Me dijiste que no sabías dónde estaba.

Gabriel cerró los ojos un instante.

—Te dije que no había podido hablar con ella.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

Sofía retrocedió como si acabara de recibir otro golpe. Durante tres años había esperado una llamada, una explicación, una carta que le dijera que su madre no se había marchado porque ya no quisiera verla. Ahora descubría que Elena había estado allí, a pocos metros de ella, mientras Renata la humillaba delante de todo el colegio.

Y su padre había reconocido algo que no quería explicar.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella? —preguntó Sofía.

Gabriel no respondió inmediatamente.

Renata aprovechó la pausa para acercarse a Herrera.

—Profesora, ¿ya ve? Esta familia está ocultando cosas. No pueden investigar a nadie cuando ni siquiera saben dónde está su propia madre.

—Renata, no empeores la situación —murmuró Herrera.

—¿Por qué? ¿Ahora también tengo que proteger sus secretos?

Sofía giró hacia ella.

—¡Mi mamá no tiene nada que ver con lo que hiciste!

—¡Yo no hice nada!

—¡Te vi empujarme!

—¡Y yo vi a tu padre llegar aquí a intimidarnos!

Gabriel levantó una mano.

—Basta. La grabación demuestra la agresión. Lo demás se investigará por separado.

—¿Y quién va a investigarlo? —preguntó Renata—. ¿Tus empleados?

¿Tus abogados? ¿La gente que te debe su trabajo?

Gabriel la observó sin alterarse.

—Personas independientes, con registros verificables y acceso a las pruebas originales. No necesitas creerme. Necesitas dejar de intentar destruir la evidencia.

Renata apretó los labios.

El técnico explicó que la grabación había sobrevivido porque una cámara secundaria enviaba copias temporales a un servidor externo. Sin embargo, el archivo completo del patio había sido marcado para eliminación automática, y alguien había intentado borrar también los registros de la auditoría de becas de tres años atrás.

—¿Quién puede hacer eso? —preguntó Gabriel.

—Un administrador del sistema o alguien que tenga sus credenciales —contestó el técnico—. Pero todavía no puedo determinar quién ejecutó la orden físicamente.

Molina sacó una libreta del bolsillo.

—La directora general tiene acceso de emergencia. La profesora Herrera tiene permisos para suspender ciertas cámaras durante eventos escolares. Y el comité financiero conserva acceso a los archivos históricos.

—¿El comité de Arturo Montenegro? —preguntó Gabriel.

Molina asintió.

Renata dejó de mirar a Sofía.

Su teléfono vibró.

En la pantalla apareció el nombre de su padre.

*No digas nada. Voy para allá.*

Renata leyó el mensaje y lo guardó de inmediato.

Pero Sofía había alcanzado a ver el nombre.

—¿Tu papá viene? —preguntó.

—No es asunto tuyo.

—Entonces, ¿por qué estás asustada?

Renata dio un paso hacia ella.

—Porque eres una mentirosa y estás arrastrando a nuestras familias a tus problemas.

—Yo no mandé el mensaje que llegó a mi teléfono. Yo no borré las cámaras. Y yo no escribí el nombre de mi mamá en ese expediente.

—¡Deja de repetir eso!

—¡Porque es la verdad!

—¡La verdad es que siempre has querido llamar la atención!

La profesora Herrera intervino.

—Sofía, si continúas provocando a Renata, tendré que retirarte del patio.

Gabriel se volvió lentamente hacia ella.

—¿Todavía piensa que el problema es mi hija?

Herrera guardó silencio.

Por primera vez, parecía no encontrar una respuesta que pudiera protegerla.

Entonces una voz femenina resonó desde la entrada del patio.

—La profesora no necesita expulsar a nadie. Yo ya me voy.

Todos voltearon.

Una mujer de cabello oscuro y abrigo color crema estaba parada junto a las puertas de cristal.

Sofía dejó de respirar.

—¿Mamá?

Elena Salazar tenía el rostro más delgado que en los recuerdos de su hija. Había algunas canas en sus sienes y una pequeña cicatriz junto a la ceja. Pero sus ojos eran los mismos: oscuros, atentos y llenos de una tristeza que Sofía no comprendía.

Durante un segundo, nadie se movió.

Después Sofía corrió hacia ella.

—¡Mamá!

Elena abrió los brazos, pero cuando su hija estuvo a punto de abrazarla, miró hacia el corredor y se quedó paralizada.

—No —susurró—. No debiste venir aquí, Sofía.

La joven se detuvo en seco.

—¿Qué?

Elena miró a Gabriel.

—Te pedí que la mantuvieras lejos de este lugar.

—No sabía que vendrías —respondió él.

—¡Siempre dices lo mismo!

La discusión entre sus padres se desarrolló delante de todos, pero Sofía solo podía escuchar una cosa: su madre había regresado y, aun así, parecía querer marcharse otra vez.

—¿Dónde estabas? —preguntó Sofía, con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué no me llamaste?

Elena se acercó.

—Mi amor, hay cosas que todavía no entiendes.

—¡Entonces explícamelas!

—No aquí.

—¡Siempre es en otro lugar! ¡Siempre es después! ¡Siempre hay algo que no puedo saber!

Elena extendió una mano, pero Sofía retrocedió.

El gesto pareció destruirla.

—Tienes razón —murmuró—. Te debo muchas explicaciones.

Renata observaba la escena con una expresión extraña. No parecía satisfecha. Parecía aterrada.

Elena la vio.

Y su rostro cambió.

—Tú —dijo, señalándola—. ¿Qué haces todavía en esta escuela?

Renata palideció.

—Estudio aquí.

—No me refiero a eso.

Gabriel se acercó a su esposa.

—Elena, ¿qué sabes de la beca de Sofía?

La mujer apretó la carpeta azul contra el pecho.

—Sé que alguien utilizó el fondo de becas para comprar el silencio de varias familias.

Molina dejó escapar un suspiro.

—¿Quién?

Elena miró directamente a Renata.

—Su padre.

—¡Eso es mentira! —gritó Renata—. ¡Usted ni siquiera vive aquí!

—Tengo documentos, transferencias bancarias y declaraciones firmadas.

—¡Está inventándolo!

—Y tengo la grabación original de la reunión en la que Arturo Montenegro ordenó retirar tres becas para entregar ese dinero a una cuenta privada.

Gabriel extendió la mano.

—Dame la carpeta.

Elena negó con la cabeza.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si se la entrego a la persona equivocada, Sofía estará en peligro.

En ese momento, un automóvil negro se detuvo frente a la entrada principal.

Un hombre de traje salió del vehículo y caminó hacia el patio con el teléfono pegado a la oreja.

Renata lo reconoció inmediatamente.

—Papá…

Arturo Montenegro guardó su celular, miró a Elena y después a Gabriel.

No parecía sorprendido de encontrar a su antigua adversaria.

Parecía haber venido preparado para ella.

—Elena —dijo con una sonrisa helada—. Te advertí que nunca volvieras.

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Y antes de que Gabriel pudiera interponerse, Arturo miró a Sofía y pronunció una frase que hizo que su hija comprendiera que el peligro no había comenzado aquella mañana.

—Pregúntale a tu madre qué tuvo que prometer para conseguirte esa beca.

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