Chapter 2: El expediente que debía permanecer oculto
—¿Por qué tienes ese expediente? —preguntó Gabriel, sin apartar los ojos del sobre.
El administrador, el señor Molina, tragó saliva.
—Lo encontré en la oficina de la profesora Herrera. Está relacionado con la renovación de las becas de este año.
—¿Qué tiene que ver mi hija con eso?
Molina miró a Sofía y luego a la multitud que seguía grabando.
—Preferiría explicárselo en privado.
—No —intervino Sofía—. Estoy cansada de que todos hablen de mí a mis espaldas.
La profesora Herrera endureció la expresión.
—Sofía, no tienes autorización para intervenir en asuntos administrativos.
—¡Pero el expediente tiene mi nombre!
—Y por eso mismo debes guardar silencio.
Gabriel extendió la mano.
—Entrégueme el sobre, señor Molina.
El administrador obedeció.
Renata observaba la escena con una inquietud que no conseguía disimular. Durante unos segundos, incluso dejó de fingir indignación.
—¿Qué expediente? —preguntó.
—No es asunto tuyo —respondió Gabriel.
—Claro que lo es si están acusando a mi amiga de algo.
Camila abrió los ojos, sorprendida por aquella repentina muestra de solidaridad. Renata nunca había llamado amiga a Sofía. De hecho, durante meses había utilizado cualquier oportunidad para recordarle que solo estudiaba allí porque el colegio necesitaba cumplir una cuota de alumnos becados.
Pero ahora Renata necesitaba tiempo.
Y cada segundo contaba.
Gabriel rompió el sello.
Dentro había varias hojas impresas, una fotografía de Sofía tomada el día de la ceremonia de becas y una carta con la firma de un antiguo director.
La primera página contenía una anotación escrita a mano:
*Revisar antes de hacer pública cualquier irregularidad relacionada con la familia Salazar.*
Gabriel frunció el ceño.
—¿Quién escribió esto?
Molina bajó la mirada.
—No lo sé, señor.
—¿Quién tenía acceso al expediente?
—La profesora Herrera, la directora académica y el comité de becas.
—¿Y por qué estaba guardado bajo llave?
Molina no respondió.
Renata aprovechó el silencio.
—Esto es ridículo. Todo el mundo sabe que Sofía consiguió su beca porque su familia necesita dinero. Ahora su padre viene a intimidarnos porque no acepta que su hija se equivocó.
Sofía se volvió hacia ella.
—Mi papá nunca ha pedido que me den un trato especial.
—¡Claro que sí! —replicó Renata—. Si no, ¿por qué está aquí con dos guardias?
—Porque me lastimaste.
—¡Te caíste sola!
—¡Me empujaste!
—¡No hay ninguna prueba!
Gabriel levantó una mano.
—La prueba está en las cámaras.
La profesora Herrera soltó una risa breve, demasiado nerviosa para parecer natural.
—Señor Salazar, con todo respeto, las cámaras del patio no siempre funcionan correctamente. No podemos convertir una discusión entre estudiantes en una investigación pública.
—Curioso —respondió Gabriel—. Hace un minuto estaba dispuesto a suspender a mi hija sin investigar nada.
—Yo conozco a mis alumnas.
—Entonces no debería temerle a una grabación.
Algunos estudiantes dejaron de sonreír.
Gabriel se acercó a Sofía y le revisó cuidadosamente la palma de la mano. Tenía un pequeño corte y varias partículas de vidrio adheridas a la piel.
—Vamos a limpiarte esto.
—No quiero irme, papá.
—No tienes que hacerlo.
Sofía miró hacia la vitrina.
—Si me voy ahora, todos dirán que escapé porque mentí.
Gabriel asintió lentamente.
—Entonces nos quedaremos hasta que se sepa la verdad.
Renata apretó el teléfono entre los dedos.
—Pues yo también me voy a quedar. Quiero que todos vean cómo este hombre utiliza su dinero para proteger a su hija.
—¿Tu padre sabe lo que ocurrió aquí? —preguntó Gabriel.
—Mi padre conoce a todas las personas importantes de esta ciudad.
—No fue eso lo que te pregunté.
Renata no contestó.
En ese momento, el celular de Gabriel vibró. Era un mensaje de la directora general del instituto.
*No abras el expediente delante de los alumnos. Herrera sabe lo que pasó hace tres años.*
Gabriel leyó el mensaje dos veces.
Hace tres años.
La fecha coincidía con la primera vez que Sofía había solicitado una beca en aquella institución.
También coincidía con la noche en que su esposa, Elena, había desaparecido de la vida pública después de denunciar irregularidades en una organización educativa.
Gabriel guardó el teléfono.
Durante años había prometido no arrastrar a su hija a los problemas que él intentaba resolver en silencio. Sofía solo conocía una parte de la historia familiar: su padre había contribuido a fundar el colegio, pero había renunciado a participar en su administración cotidiana.
Nunca le había contado por qué.
Tampoco le había explicado por qué su madre dejó de asistir a las ceremonias escolares.
—Señor Salazar —dijo Herrera, intentando recuperar el control—, le exijo que entregue ese expediente a la dirección.
Gabriel cerró el sobre.
—No.
—Está interfiriendo con un procedimiento interno.
—Usted acaba de ordenar una sanción contra una alumna sin revisar las pruebas. El procedimiento interno parece ser el menor de sus problemas.
—¡Sofía provocó todo esto!
—¿Lo vio?
Herrera se quedó callada.
—¿Vio a mi hija empujar a alguien?
—No, pero…
—¿Revisó las cámaras?
—No.
—¿Escuchó a los testigos por separado?
—No es necesario.
Gabriel sostuvo su mirada.
—Entonces no tiene una investigación. Tiene una preferencia.
Un murmullo recorrió el patio.
La profesora se puso roja.
—¡No permitiré que me humille delante de mis alumnos!
—Usted no necesitó mi ayuda para humillar a mi hija.
Sofía bajó los ojos. Por primera vez desde el accidente, alguien había pronunciado en voz alta lo que ella sentía.
Pero la tranquilidad duró poco.
Molina regresó de la consola de seguridad acompañado por un técnico. Llevaban una computadora portátil y una memoria externa.
—Señor Salazar, tenemos un problema —anunció el técnico.
—¿Qué clase de problema?
—La cámara principal del patio fue desconectada hace diecisiete minutos.
Gabriel miró hacia el techo.
—¿Quién la desconectó?
—La orden se registró desde la oficina administrativa.
Todos voltearon hacia Molina.
El hombre negó rápidamente.
—Yo no fui. Ni siquiera estaba en mi oficina a esa hora.
El técnico giró la computadora para mostrar la pantalla.
—Hay algo más. La desconexión se hizo con una cuenta autorizada y el sistema guardó una copia automática de la solicitud.
Gabriel se inclinó para leerla.
La autorización estaba firmada con el nombre de la profesora Herrera.
—¡Eso es imposible! —exclamó ella—. ¡Alguien está utilizando mis credenciales!
Renata palideció.
Sofía la observó.
Había algo extraño en su reacción. No parecía sorprendida por la acusación, sino aterrada por la posibilidad de que descubrieran algo que todavía no había salido a la luz.
Entonces el técnico abrió el registro completo.
La orden no solo había apagado la cámara del patio.
También había solicitado eliminar una grabación almacenada tres años atrás.
Una grabación correspondiente al día en que se aprobó la beca de Sofía.
Gabriel levantó la mirada hacia su hija.
—Sofía, ¿alguna vez te dijeron que tu beca había sido aprobada por unanimidad?
Ella asintió lentamente.
—Sí. La directora me lo dijo personalmente.
Gabriel volvió a mirar la pantalla.
—Entonces alguien ha estado mintiendo desde mucho antes de lo que imaginábamos.
El técnico abrió el archivo de autorización.
En la última línea aparecía un segundo nombre.
No era el de Herrera.
Era el de Elena Salazar, la madre de Sofía.
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Y junto a su firma había una anotación que hizo que Gabriel perdiera el color del rostro:
*La beca fue concedida a cambio de guardar silencio.*