Chapter 8: La mentira de dos familias
Camila sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Qué acabas de decir?
Daniel se acercó, pero ella levantó una mano para detenerlo.
—No me toques. No hasta que me expliques qué significa eso.
—Camila, escúchame…
—¡Dijiste que Bruno quería demostrar que Mateo era su hijo! ¡Ahora me dices que tú y yo podríamos ser hermanos! ¿Cuántas mentiras más vas a contarme?
Daniel se quedó inmóvil.
El doctor Ramírez intervino con voz firme.
—Señor, su esposa está en trabajo de parto. Si va a hablar con ella, hágalo con calma. No podemos permitir que esta conversación interfiera con su atención médica.
Daniel asintió, tragándose las palabras que parecían atorarse en su garganta.
—Tienes razón, doctor.
Después miró a Camila.
—No sé si somos hermanos. Eso es precisamente lo que he intentado averiguar.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace siete meses.
Camila sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—Siete meses. Llevo siete meses preguntándote por qué estabas tan distante, por qué escondías el teléfono y por qué salías de casa para hacer llamadas. Me dijiste que estabas preocupado por el trabajo.
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—Porque no sabía cómo decírtelo. Ni siquiera sabía si era verdad.
—¿Y decidiste ocultármelo mientras nuestro hijo crecía dentro de mí?
Él bajó la cabeza.
—Sí.
La respuesta dolió más que cualquier excusa.
Camila apartó la mirada.
—Quiero que me cuentes todo. Desde el principio.
Daniel sacó su teléfono y abrió una fotografía de un documento antiguo.
—Hace siete meses encontré una caja con papeles de mi padre. Dentro había una carta de tu mamá dirigida a la mía. Hablaba de un bebé nacido el mismo año que tú y de un acuerdo entre nuestras familias.
—¿Qué acuerdo?
—No lo sé con certeza. Algunas páginas habían sido arrancadas. Pero encontré una referencia a una clínica privada y a un análisis de parentesco que nunca llegó a completarse.
Camila miró la fotografía de sus padres con Verónica.
—¿Por qué nuestras madres estaban juntas?
Daniel tragó saliva.
—Mi madre murió cuando yo tenía diecinueve años. Antes de morir, me dijo que había cometido un error que nunca podría reparar. No quiso explicarme más.
—¿Y nunca pensaste en preguntarle a tu padre?
—Mi padre llevaba años distanciado de ella. Yo creía que se refería a un problema de dinero.
Daniel respiró profundamente.
—Cuando encontré la carta, busqué a Esteban. Él me dijo que no debía acercarme a ti hasta que supiéramos qué había pasado.
Camila soltó una risa sin alegría.
—Pero ya estaba casado conmigo.
—Lo sé.
—¡Ya estaba embarazada!
Daniel no respondió.
Laura observó el monitor y después se acercó a Camila.
—Necesito que respires despacio. El doctor está pendiente de ti.
Camila cerró los ojos, tratando de controlar la siguiente contracción.
Cuando pudo volver a hablar, su voz era apenas un susurro.
—¿Por eso firmaste el consentimiento?
—Sí. Quería comparar los registros familiares y determinar si existía algún parentesco. Pero no autoricé que usaran tu nombre sin tu conocimiento.
—Entonces, ¿quién lo hizo?
Daniel miró la puerta.
—Creo que Bruno.
En ese instante, la trabajadora social regresó con el administrador y una copia del informe preliminar de la clínica privada.
—Necesitamos aclarar algo —dijo el administrador—. El expediente que encontramos no corresponde a una prueba de paternidad fetal. Es una solicitud de análisis genético familiar.
Camila se quedó helada.
—¿Entonces no están intentando demostrar que Bruno es el padre de Mateo?
—No con ese documento —respondió el administrador—. La solicitud menciona a varios integrantes de las dos familias.
Daniel tomó la hoja y la examinó.
—Aquí están nuestros nombres.
Camila vio el suyo junto al de Daniel. También aparecían Bruno y Esteban.
Pero había otro nombre.
El de su madre.
*Mariana Reyes.*
Debajo, una nota mecanografiada decía:
Comparación pendiente con muestra histórica. No emitir conclusión sin verificar identidad de los participantes.
Camila sintió un escalofrío.
—Mi mamá murió hace diecisiete años. ¿Cómo puede aparecer en un análisis de hace siete meses?
El administrador respondió con cautela.
—La muestra podría proceder de un archivo antiguo. Necesitamos que la clínica confirme su origen.
Daniel apretó los labios.
—Eso significa que alguien ha estado utilizando muestras y registros de nuestras familias durante años.
La trabajadora social asintió.
—Y tenemos otro problema. El expediente digital indica que la solicitud fue modificada hace tres días.
—¿Por quién? —preguntó Camila.
El administrador miró la pantalla.
—Por un usuario registrado a nombre de Verónica Salgado.
Daniel dio un paso atrás.
—Mi madre nunca habría hecho algo así.
Camila lo miró con incredulidad.
—¿Tu madre murió hace dieciséis años?
—Sí.
—Entonces alguien está utilizando su identidad.
Nadie habló durante varios segundos.
Afuera, el guardia informó que Verónica exigía abandonar el hospital con Bruno. El administrador respondió que debían completar la verificación de los documentos.
Entonces Daniel recibió una llamada.
Miró la pantalla y palideció.
—Es Esteban.
Contestó y activó el altavoz.
—Papá, estamos en la sala obstétrica. ¿Qué está pasando?
La voz de Esteban sonó entrecortada.
—Daniel, escúchame. Acabo de revisar la última página del expediente original. Hay algo que no te conté porque yo mismo tenía miedo de descubrirlo.
—¿Qué cosa?
—La prueba que Verónica intentó ocultar no era para demostrar quién era el padre de Camila.
Daniel miró a su esposa.
Esteban continuó:
—Era para determinar quién había cambiado los registros de dos recién nacidos la noche en que nacieron.
Camila dejó de respirar por un instante.
—¿Dos recién nacidos? —susurró.
La voz de Esteban se quebró.
—Sí, Camila. Y uno de esos registros pertenece a tu nacimiento.
Antes de que pudiera decir algo más, la llamada se cortó.
En ese mismo momento, el doctor Ramírez se acercó a la cama.
—Camila, necesito que te concentres. El bebé está listo para nacer.
Ella tomó la mano de Daniel, no porque lo hubiera perdonado, sino porque tenía miedo y necesitaba sostenerse de algo.
—Cuando nazca Mateo, quiero la verdad completa.
Daniel asintió.
—La tendrás.
Pero ninguno de los dos sabía que, en la recepción, Verónica acababa de entregar al administrador un documento que podía cambiarlo todo.
Un documento con dos nombres de recién nacidos.
Uno era el de Camila Reyes.
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El otro pertenecía a Bruno Salgado.
Y ambos habían sido registrados el mismo día.