Chapter 5: La muestra que llevaba el nombre de Camila
—Eso es imposible —dijo Bruno, rompiendo el silencio—. Esa mujer no tiene nada que ver conmigo.
La doctora que sostenía la carpeta azul no respondió inmediatamente. Observó los documentos, comprobó un dato en la tableta y después miró al administrador.
—Necesitamos confirmar la identidad de la paciente y verificar la cadena de custodia de la muestra. No podemos sacar conclusiones todavía.
Verónica se aferró a aquellas palabras como si fueran una tabla en medio del mar.
—¿Lo escucharon? No pueden acusar a mi hijo sin pruebas.
—Nadie está acusando a nadie —respondió la doctora—. Estamos tratando de determinar qué ocurrió.
Bruno se pasó ambas manos por el cabello.
—Mamá, vámonos. No tenemos por qué soportar esto.
—No podemos irnos hasta que aclaren lo que está pasando —contestó ella, aunque su voz había perdido seguridad.
Laura miró la carpeta.
—¿Cómo llegó una muestra de Camila a esa clínica?
La doctora negó lentamente con la cabeza.
—Eso es lo que debemos averiguar. El registro contiene su nombre, pero todavía necesitamos confirmar quién entregó la muestra y cuándo.
Laura sintió un nudo en el estómago.
Camila estaba en plena labor de parto. No podía permitir que la arrastraran a una investigación sin saber qué significaba aquello.
—Primero debemos proteger su atención médica —dijo—. Después podremos hablar con ella, siempre que esté en condiciones de hacerlo.
El administrador asintió.
—Estoy de acuerdo.
Pero Bruno golpeó la pared con la palma.
—¡No! ¡No quiero que hablen con ella!
El guardia dio un paso hacia él.
—Señor, cálmese.
—¡Esa mujer está mintiendo! ¡Todo esto es una trampa!
Verónica sujetó el brazo de su hijo.
—Bruno, por favor.
Él la apartó bruscamente.
—¡Tú me dijiste que el documento estaba destruido!
La expresión de Verónica se desmoronó.
El administrador levantó la cabeza.
—¿Qué documento?
Bruno se quedó callado.
Su madre lo miró con desesperación.
—No sabes lo que estás diciendo.
—¡Tú me dijiste que no quedaba ninguna copia!
La doctora cerró la carpeta azul.
—Señor Salgado, le recomiendo que no continúe haciendo declaraciones sobre un asunto que todavía estamos verificando.
—¡No necesito recomendaciones de usted!
En ese momento, el teléfono de Laura vibró. Era un mensaje del doctor Ramírez.
Camila está estable por ahora. Pregunta por su esposo. Necesitamos que regreses.
Laura no dudó.
—Tengo que volver con mi paciente.
Mientras caminaba hacia la sala obstétrica, escuchó al administrador pedir que se conservaran todos los registros relacionados con la clínica privada.
La puerta se cerró detrás de ella.
Camila tenía el rostro pálido, pero sus ojos seguían atentos a cada movimiento del médico.
—¿Qué pasó? —preguntó apenas vio entrar a Laura—. Escuché que hablaban de mí.
Laura se acercó a la cama.
—Encontraron un registro que lleva tu nombre en otra clínica. Todavía no sabemos cómo llegó ahí ni qué significa.
Camila frunció el ceño.
—Nunca he ido a esa clínica.
—¿Estás segura?
—Completamente. Mis revisiones siempre fueron en el centro de salud de mi colonia.
El doctor Ramírez se acercó para revisar el monitor.
—Camila, por ahora vamos a concentrarnos en el parto. Cuando estés estable, investigaremos lo demás.
Ella asintió, pero una pregunta no dejaba de atormentarla.
—¿Por qué Bruno dijo que, si descubrían lo del bebé, estarían acabados?
Laura intercambió una mirada con el médico.
—No lo sabemos todavía.
Camila apretó la sábana.
Entonces recordó algo que había ocurrido tres semanas antes.
Daniel había llegado a casa con un sobre que alguien dejó en la puerta. No tenía remitente, solo una dirección escrita a mano y una hoja con el nombre de una clínica privada.
Él lo había guardado sin explicarle demasiado.
Cuando ella preguntó qué era, Daniel respondió que probablemente se trataba de publicidad y que lo revisaría después del trabajo.
Camila había olvidado el asunto.
Hasta ese instante.
—Necesito mi teléfono —dijo de pronto.
Laura se lo entregó.
Con los dedos temblorosos, Camila buscó la conversación con su esposo. Encontró una fotografía que le había enviado aquella tarde: una imagen del pequeño cuarto que habían preparado para Mateo.
Debajo aparecía un mensaje de Daniel.
Cuando nazca nuestro hijo, te contaré algo que debí haberte explicado desde hace tiempo. Perdóname por no saber cómo hacerlo.
Camila sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Qué pasa? —preguntó Laura.
Ella le mostró la pantalla.
—Mi esposo me escribió esto hace unas horas. No entiendo qué quiso decir.
El doctor Ramírez mantuvo la voz serena.
—¿Hay alguna posibilidad de que esté relacionado con los documentos que encontramos?
—No lo sé.
Camila intentó llamar a Daniel.
El teléfono sonó una vez.
Dos.
Tres.
Después, la llamada se desvió al buzón de voz.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Una nueva contracción la obligó a dejar el aparato sobre la cama.
—¡Doctor, me duele muchísimo!
Ramírez se colocó a su lado.
—Camila, escúchame. Tu bebé está siendo vigilado. Vamos a actuar según lo que necesites en cada momento.
Laura le sostuvo la mano mientras el médico daba nuevas instrucciones.
Por unos minutos, Camila dejó de pensar en Bruno, en Verónica y en aquella extraña muestra. Todo lo que existía era el dolor, la voz de Laura y la necesidad de traer a Mateo al mundo.
Entonces el teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
No dejes que Daniel firme nada. Bruno Salgado sabe quién es el verdadero padre de tu bebé.
Camila leyó la frase dos veces.
Sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—Laura…
La enfermera tomó el teléfono y leyó el mensaje.
—¿Quién te envió esto?
—No lo sé.
Otro mensaje apareció inmediatamente.
Esta vez incluía una fotografía de un documento médico. La imagen estaba borrosa, pero se distinguían el nombre de Camila, una fecha de hacía siete meses y una firma al pie de la página.
Camila reconoció la firma.
Era la de su esposo.
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Y debajo había una frase que le hizo olvidar por un instante hasta el dolor de las contracciones.
*«Consentimiento para análisis de paternidad prenatal».*