Chapter 6: La firma de mi esposo
Camila no podía dejar de mirar la pantalla.
La fotografía mostraba un documento que llevaba su nombre, una fecha de siete meses atrás y la firma de Daniel. El texto estaba parcialmente oculto, pero las palabras análisis de paternidad prenatal se distinguían con claridad.
—No… —murmuró—. Daniel nunca me habló de esto.
Laura tomó aire antes de responder.
—No sabemos si el documento es auténtico. Una fotografía no demuestra quién la envió ni por qué.
—Pero esa es su firma.
—Puede serlo. Aun así, tenemos que verificarlo.
Camila sintió que algo se rompía dentro de ella. No porque creyera automáticamente que su esposo la había engañado, sino porque llevaban seis años juntos. Habían compartido una habitación diminuta, cuentas atrasadas, cenas improvisadas y noches enteras hablando de sus planes.
Daniel había sido el hombre que la acompañó cuando murió su padre. El que vendió su motocicleta para pagar una deuda que ella no podía cubrir. El que lloró cuando escuchó por primera vez el latido de Mateo durante una revisión prenatal.
¿Cómo podía haber firmado algo así sin decírselo?
—Quiero hablar con él —dijo.
Laura volvió a marcar el número.
La llamada fue directamente al buzón.
—Quizá esté trabajando y no tenga señal —sugirió la enfermera.
Camila negó con la cabeza.
—Le dije que estaba teniendo contracciones. Sabe que vine al hospital.
El doctor Ramírez se acercó a revisar los monitores.
—Camila, necesito que me escuches. No podemos permitir que esta situación te distraiga de lo que está ocurriendo con tu bebé. Vamos paso a paso.
Ella asintió, aunque las lágrimas seguían cayendo.
—¿Y si todo esto es verdad?
—Cuando estés estable, tendrás derecho a pedir explicaciones. Ahora vamos a cuidar de ti.
La contracción siguiente llegó antes de que pudiera contestar.
Camila apretó la mano de Laura y siguió las instrucciones del médico. Afuera, el hospital continuaba funcionando: puertas que se abrían, teléfonos que sonaban y personal que caminaba deprisa por los pasillos.
Pero para ella, el tiempo se había detenido en aquella firma.
Mientras tanto, en la recepción, Verónica estaba sentada frente al administrador. Bruno caminaba de un extremo al otro, incapaz de quedarse quieto.
—Quiero saber quién envió esa fotografía —exigió él.
—El mensaje llegó al teléfono de la paciente —respondió el administrador—. No tenemos acceso al dispositivo de la persona que lo envió.
—¡Entonces revisen las cámaras!
—Las cámaras pueden ayudarnos a establecer lo que ocurrió en el hospital. No necesariamente identificarán a quien envió un mensaje.
Verónica se inclinó hacia su hijo.
—Bruno, tienes que tranquilizarte.
Él la miró con furia.
—¿Tranquilizarme? ¡Te advertí que esto podía pasar!
—¡Yo hice todo por protegerte!
—¡Pues no funcionó!
El administrador levantó la vista.
—¿Protegerlo de qué?
Verónica se quedó inmóvil.
Bruno apretó la mandíbula.
—De nada. Mi madre está nerviosa.
—Entonces podrán colaborar sin problemas con la revisión de los registros.
El administrador se levantó y salió de la oficina para consultar con el personal médico.
En cuanto quedaron solos, Verónica agarró a Bruno por la manga.
—Escúchame bien. No vuelvas a mencionar los documentos. Ni la clínica. Ni a Daniel.
—¿Crees que no lo sé?
—Si esa mujer descubre lo que pasó hace siete meses, todo se vendrá abajo.
Bruno miró hacia el pasillo.
—¿Y si el bebé no es de Daniel?
Verónica le dio una bofetada.
El sonido resonó en la pequeña oficina.
—¡Nunca vuelvas a decir eso aquí!
Bruno se llevó una mano a la mejilla.
—Tú fuiste quien me dijo que el resultado estaba arreglado.
—¡Baja la voz!
—¿Y si todavía existe el original?
Verónica miró hacia la puerta.
Por primera vez, parecía tener miedo de su propio hijo.
En la sala obstétrica, Camila volvió a sentir una presión intensa. El doctor Ramírez revisó su evolución y llamó al personal de apoyo.
—Estamos entrando en una fase más avanzada —explicó—. Camila, necesito que sigas mis instrucciones. Vamos a prepararnos para el nacimiento.
Ella asintió, concentrándose en la voz del médico.
—¿Mi bebé está bien?
—Por el momento, seguimos vigilándolo de cerca.
Laura le acomodó la almohada.
—No estás sola. Vamos a estar contigo.
Camila cerró los ojos.
Quería creerle.
Quería pensar que, cuando todo terminara, Daniel entraría por aquella puerta, le tomaría la mano y explicaría que había una razón para cada cosa que ahora parecía imposible.
Entonces escuchó pasos apresurados.
Una enfermera abrió la puerta.
—Laura, hay un hombre en recepción preguntando por Camila Reyes. Dice que es su esposo.
Camila abrió los ojos de golpe.
—¿Daniel?
La enfermera negó lentamente.
—No. Dice que se llama Esteban Salgado.
Laura se quedó inmóvil.
Aquel apellido era el mismo que aparecía en el expediente de Bruno.
—¿Qué quiere? —preguntó el doctor.
La enfermera miró a Camila antes de responder.
—Dice que necesita hablar con ella antes de que nazca el bebé. Y asegura que tiene pruebas de que Bruno Salgado lleva siete meses intentando ocultar la verdad sobre la paternidad de Mateo.
Camila sintió que el suelo desaparecía bajo ella.
—¿Esteban Salgado es familiar de Bruno?
La enfermera asintió.
—Dice que es su padre.
En ese instante, el teléfono de Camila volvió a vibrar.
Era un mensaje de Daniel.
Mi amor, no firmes nada. Voy para allá. Hay algo que debes saber sobre Bruno… y sobre lo que nuestras familias hicieron antes de que tú y yo nos conociéramos.
Camila levantó la mirada hacia Laura.
—¿Qué hicieron nuestras familias?
Pero antes de que alguien pudiera contestar, se escuchó un grito desde la recepción.
—¡No dejen entrar a ese hombre! —bramó Verónica—. ¡Si habla con Camila, va a destruir a todos!
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Y, por primera vez, Camila comprendió que el secreto no pertenecía solamente a su esposo.
Quizá su propio nacimiento, su matrimonio y el bebé que estaba a punto de traer al mundo formaban parte de una historia que alguien llevaba años intentando enterrar.