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Chapter 7: El hombre que conocía la verdad

—¡No dejen entrar a ese hombre! ¡No tiene ningún derecho a acercarse a Camila! —gritó Verónica desde la recepción.

Pero Esteban Salgado ya había cruzado las puertas del hospital.

Tenía sesenta y cuatro años, el cabello completamente plateado y una carpeta de cuero bajo el brazo. A diferencia de su esposa, no parecía interesado en impresionar a nadie. Llevaba una camisa blanca arrugada, el rostro cansado y los ojos de un hombre que había pasado demasiado tiempo huyendo de sus propias decisiones.

El guardia se interpuso en su camino.

—Señor, necesito que me explique a quién busca.

—A Camila Reyes. Su esposo se llama Daniel Reyes. Tengo información que puede afectar a su familia.

—Ella está recibiendo atención médica. No puede entrar sin autorización.

Esteban asintió.

—Lo entiendo. No quiero interrumpir su tratamiento. Solo necesito que alguien le diga que estoy aquí.

Bruno apareció detrás de su madre.

Cuando vio a Esteban, perdió el color de la cara.

—¿Qué haces aquí?

Esteban lo miró con tristeza.

—Lo que debí hacer hace siete meses.

—Vete.

—No.

—¡Te dije que te fueras!

Bruno se acercó a su padre, pero el guardia volvió a interponerse.

Esteban no apartó la mirada de su hijo.

—Pasé años enseñándote que podías conseguir cualquier cosa si gritabas lo suficiente. Te di dinero para resolver tus problemas y utilicé mis contactos para evitar que enfrentaras las consecuencias de tus decisiones. Pensé que estaba ayudándote.

Hizo una pausa.

—Pero lo único que hice fue enseñarte a destruir la vida de los demás sin sentir culpa.

Verónica soltó una risa amarga.

—¡Qué discurso tan bonito! ¿Ahora resulta que eres el único hombre decente de esta familia?

—No, Verónica. Nunca he sido decente. Por eso estoy aquí.

La respuesta dejó a su esposa sin palabras.

Esteban abrió la carpeta y extrajo un sobre sellado.

—Necesito que esto llegue a Camila.

Bruno intentó arrebatárselo.

—¡No le des nada!

El guardia sujetó el brazo de Bruno antes de que pudiera tocar los documentos.

—Señor, mantenga las manos donde pueda verlas.

—¡Es mi familia!

—Y ella es una paciente que necesita atención médica —respondió Esteban—. Por una vez, deja que alguien piense en ella.

Dentro de la sala obstétrica, Camila escuchaba fragmentos de la discusión a través de la puerta.

El dolor continuaba aumentando. Laura le sostenía la mano mientras el doctor Ramírez vigilaba su evolución.

—Quiero saber qué está pasando —dijo Camila—. ¿Por qué todos conocen mi nombre? ¿Por qué ese hombre dice que tiene pruebas sobre mi hijo?

Laura le acarició los dedos.

—Vamos a averiguarlo, pero primero necesito que estés segura.

—¿Y si Daniel me mintió durante todo nuestro matrimonio?

El médico se acercó.

—Camila, una sospecha no es una sentencia. No tomes ninguna decisión definitiva basándote en mensajes anónimos o documentos que todavía no hemos verificado.

Ella respiró profundamente.

—Tiene razón, doctor. Pero necesito saber la verdad.

En ese momento, llamaron a la puerta.

Era una trabajadora social del hospital. Detrás de ella estaba el administrador, sosteniendo el sobre que Esteban había entregado.

—Camila, este señor dice que el contenido es importante para usted —explicó la trabajadora social—. No tiene que leerlo ahora si no se siente preparada.

Camila extendió la mano.

—Démelo, por favor.

El sobre contenía tres fotografías, una copia de un documento y una carta escrita a mano.

La primera fotografía mostraba a dos hombres jóvenes frente a una casa. Uno era Esteban. El otro tenía el mismo rostro que aparecía en las fotografías de Daniel que Camila guardaba en su teléfono.

Era su padre.

Camila conocía aquella imagen. La había visto cientos de veces en el álbum familiar, pero nunca había sabido dónde se había tomado.

Al reverso había una fecha: veintinueve años atrás.

La segunda fotografía mostraba a Esteban sosteniendo a un recién nacido en una habitación de hospital.

La tercera era la que hizo que Camila dejara de respirar durante unos segundos.

En ella aparecían su madre, su padre y Verónica, todos reunidos alrededor de una cuna.

Camila reconoció a su madre inmediatamente.

Había muerto cuando ella tenía doce años.

—¿Por qué mi mamá estaba con Verónica? —susurró.

Laura se acercó para mirar la fotografía.

—No lo sé.

Camila abrió la carta.

Camila:

Si estás leyendo esto, significa que finalmente dejé de ser un cobarde. Tu padre y yo fuimos amigos antes de que tú nacieras. Nuestras familias compartieron negocios, deudas y secretos que jamás debieron afectar a nuestros hijos.

Hace veintinueve años, tu madre descubrió que yo había cometido un fraude financiero que podía destruir a mi familia. Tu padre me ayudó a denunciarlo. Verónica nunca lo perdonó.

Cuando naciste, prometimos dejar atrás nuestros errores. Pero Verónica hizo algo que ninguno de nosotros supo detener a tiempo. Algo relacionado con los registros de nacimiento y una prueba de parentesco que desapareció.

Camila dejó de leer.

—¿Una prueba de parentesco?

La trabajadora social miró al administrador.

Él permaneció en silencio.

Camila continuó.

No sé qué te han dicho sobre Bruno. No sé qué versión de la historia te han contado. Pero sé que el documento original existe y que fue guardado para evitar que alguien descubriera quién tomó aquella decisión.

No permitas que vuelvan a utilizar tu vida para proteger sus mentiras.

La carta terminaba con una firma temblorosa.

Esteban Salgado.

Camila levantó la mirada.

—¿Qué decisión?

Nadie respondió.

Entonces la puerta se abrió y Daniel entró apresuradamente. Tenía la camisa manchada de polvo, el rostro sudado y los ojos llenos de desesperación.

—¡Camila!

Ella estiró la mano hacia él, pero no sonrió.

—¿Qué me ocultaste?

Daniel se detuvo al ver la carta.

Su expresión cambió.

—¿Quién te dio eso?

—Tu padre.

Daniel bajó la cabeza.

—Camila, yo puedo explicártelo.

Ella apretó el papel entre los dedos.

—Entonces empieza por decirme por qué firmaste un consentimiento para una prueba de paternidad que nunca me mencionaste.

Daniel cerró los ojos.

Y cuando volvió a mirarla, pronunció una frase que hizo que Laura se quedara inmóvil.

—Porque Bruno no está intentando demostrar que Mateo es su hijo, Camila.

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Se acercó a la cama.

—Está intentando demostrar que tú y yo somos hermanos.

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