love

Chapter 7: La cuenta secreta de Elena

—Yo nunca abrí esa cuenta —repitió Elena, con las manos temblorosas—. Marcus, tienes que creerme.

Marcus permaneció junto a la puerta, sosteniendo los documentos que podían convertir una tragedia familiar en un problema legal mucho más grave.

Nia miraba a su madre sin reconocerla.

La mujer que le había enseñado a maquillarse para su graduación, que la había abrazado después de su primera ruptura amorosa y que había llorado de felicidad cuando eligió su vestido de novia, ahora estaba relacionada con una compañía que había intentado reclamar la casa de Marcus.

—Mamá, necesito que me digas una cosa —dijo Nia—. ¿Sabías que Darius estaba utilizando documentos financieros para reclamar la propiedad?

—¡No!

—¿Sabías que había una cuenta bancaria a tu nombre?

—No, te lo juro.

—Entonces, ¿por qué firmaste aquella autorización?

Elena abrió la boca y volvió a cerrarla.

Finalmente, sacó el teléfono de su bolso.

—Porque Darius me dijo que era para procesar los pagos pendientes de la boda. Me aseguró que, si la compañía aparecía como beneficiaria, los proveedores recibirían su dinero más rápido. Yo estaba desesperada por evitar que la ceremonia se retrasara.

Nia soltó una risa amarga.

—¿Tan desesperada estabas que no leíste lo que firmabas?

Elena bajó la cabeza.

—Sí.

La sinceridad de aquella respuesta resultó más dolorosa que cualquier excusa.

Marcus dejó los documentos sobre la mesa.

—Vamos a ver a Daniel. No voy a acusarte de algo que todavía no entendemos, Elena. Pero tampoco voy a permitir que vuelvas a firmar nada sin saber exactamente qué estás aceptando.

Ella asintió, llorando.

Nia recogió su bolso.

Antes de salir, miró la fotografía familiar que seguía boca abajo sobre el escritorio.

Esta vez no la volteó.

Todavía no sabía si podía soportar mirar aquel recuerdo sin preguntarse cuántas mentiras habían crecido alrededor de él.

La oficina de Daniel Reyes estaba en un edificio discreto del centro de San Diego.

A las diez y veinte, los tres estaban sentados frente a su escritorio. El abogado había solicitado copias certificadas de los documentos y preparado una lista de preguntas para Elena.

Sobre la mesa había extractos bancarios, registros empresariales y copias de las firmas relacionadas con la reclamación de la propiedad.

Daniel señaló una página.

—La compañía fue registrada hace ocho meses. Oficialmente, presta servicios de consultoría financiera. Sin embargo, la documentación que hemos recibido no demuestra que tenga autorización para reclamar la propiedad de Marcus.

—¿Quién la controla? —preguntó Nia.

—Los documentos iniciales identifican a un administrador independiente. Pero la cuenta utilizada para ciertas operaciones está vinculada a una dirección comercial que Darius emplea para sus negocios.

Marcus se inclinó hacia delante.

—¿Y Elena?

Daniel abrió otro archivo.

—Su nombre aparece como beneficiaria principal de una cuenta de la compañía. También hay una autorización con una firma que parece corresponder a la suya.

Elena se llevó las manos a la boca.

—Pero yo no he visto esa cuenta.

—Eso es precisamente lo que debemos investigar —respondió Daniel—. Que su nombre aparezca en un documento no demuestra, por sí solo, que conociera o autorizara todas las operaciones.

Nia miró a su madre.

—¿Le diste a Darius tus documentos personales?

Elena tardó en responder.

—Hace unas semanas me pidió una copia de mi identificación. Dijo que la necesitaba para preparar unos documentos relacionados con el seguro de la boda.

Marcus cerró los ojos.

—¿Y se la diste?

—Sí.

—¿También le diste acceso a tu correo electrónico?

Elena asintió lentamente.

Daniel anotó algo.

—Necesitamos conservar todos los mensajes y no borrar nada. Si se utilizó su identidad sin autorización, esa información podría ser importante. No contacte a Darius para discutir las pruebas. Deje que revisemos los documentos antes de tomar cualquier decisión.

Elena comenzó a llorar otra vez.

—Yo solo quería que Nia tuviera una boda hermosa.

Nia la miró con los ojos enrojecidos.

—¿Y por eso aceptaste que Marcus pagara todo mientras Darius se llevaba el mérito?

—No pensé que terminaría así.

—Nunca piensas en cómo terminan las cosas cuando Marcus está allí para arreglarlas.

Elena recibió aquellas palabras sin defenderse.

Marcus miró a Nia.

—No necesitas resolver toda tu relación con tu madre hoy.

—¿Y cuándo? —preguntó ella—. ¿Después de que perdamos la casa? ¿Después de que Darius desaparezca otra vez?

Daniel levantó una mano.

—La casa no se ha perdido. La reclamación todavía debe ser examinada. No vamos a asumir que el documento es válido ni que alguien ha cometido un delito sin verificarlo.

Luego se volvió hacia Marcus.

—Hay otro asunto. El acuerdo original del préstamo contiene una cláusula que no aparece en la copia utilizada para reclamar la propiedad.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué cláusula?

Daniel colocó ambos documentos uno al lado del otro.

En el original, firmado doce años atrás, se establecía que cualquier modificación de las garantías debía contar con el consentimiento expreso de Marcus y quedar registrada correctamente.

En la copia presentada por la compañía, aquella cláusula había desaparecido.

—Yo nunca autoricé que la eliminaran —dijo Marcus.

—Lo sé. Por eso estamos solicitando el documento original y el historial de registro.

Nia observó las páginas.

—¿Eso significa que Darius pudo haber cambiado el acuerdo?

—Significa que existen diferencias importantes que deben investigarse —respondió Daniel—. Todavía no podemos determinar quién las introdujo ni cuándo.

El teléfono de Elena vibró.

Un mensaje de Darius apareció en la pantalla.

Ven sola al hotel. Tengo que explicarte algo antes de que Marcus destruya todo.

Elena se quedó pálida.

Daniel extendió la mano.

—¿Puedo verlo?

Ella le entregó el teléfono.

El abogado leyó el mensaje y lo devolvió.

—No responda todavía.

Pero Nia ya había tomado una decisión.

—Voy a hablar con él.

Marcus negó con la cabeza.

—No tienes que hacerlo.

—No voy a ir para ayudarlo. Voy a ir para escucharlo decir la verdad.

—¿Y si intenta manipularte?

Nia sostuvo la mirada de Marcus.

—Entonces no le creeré solo porque sea mi padre biológico.

Marcus guardó silencio.

Finalmente, Daniel propuso que no acudieran sin asesoramiento y que cualquier conversación se mantuviera en un lugar público, con las precauciones necesarias.

Elena decidió acompañar a Nia, pero la joven se negó.

—No puedo seguir dependiendo de que alguien me diga qué debo creer —explicó—. Necesito aprender a distinguir la verdad por mí misma.

Marcus quiso discutir, pero reconoció algo en su expresión.

Era la misma determinación que había visto cuando Nia tenía dieciocho años y decidió mudarse a la universidad.

La diferencia era que, esta vez, esperaba que ella no confundiera la valentía con la confianza ciega.

A las doce y media, Nia llegó al restaurante del hotel donde Darius había pedido reunirse.

Él estaba sentado junto a una ventana, con un vaso de agua y una carpeta negra frente a él.

—Llegaste —dijo.

Nia no se sentó inmediatamente.

—Habla.

Darius señaló la silla.

—Por favor.

Ella se sentó, manteniendo el bolso sobre las rodillas.

—¿Utilizaste los documentos de mi madre para abrir una cuenta?

Darius suspiró.

—Las cosas no son tan sencillas.

—Esa respuesta ya me la diste ayer. Quiero otra.

Él miró alrededor antes de inclinarse hacia ella.

—La compañía necesitaba una persona adicional para completar una operación financiera. Tu madre aceptó ayudarme.

—¿A completar qué operación?

—Una operación que habría resuelto mis problemas y permitido que la boda siguiera adelante.

—¿Y la reclamación de la casa de Marcus?

Darius apretó los labios.

—Era una garantía temporal.

—¿Con una firma que Marcus dice no reconocer?

—Él firmó documentos hace doce años.

—No te pregunté eso.

Darius golpeó suavemente la mesa con los dedos.

—Nia, escucha. Tu padrastro no te ha contado toda la historia. Él también tenía motivos para hacer aquel préstamo.

—¿Qué motivos?

—Quería asegurarse de que Elena y tú dependieran de él.

Nia sintió que la rabia le subía por el pecho.

—¡Eso es mentira!

Darius se reclinó.

—¿Cómo puedes estar tan segura? ¿Te habló alguna vez del acuerdo? ¿Te contó que utilizó su dinero para resolver mis problemas?

—Porque ahora sé que no lo hizo para comprarme.

—Eso es lo que quieres creer.

Nia se levantó.

—No voy a seguir escuchándote si tu única estrategia consiste en convertir a Marcus en un villano.

Darius la sujetó por el antebrazo.

Ella se apartó inmediatamente.

—No vuelvas a tocarme.

Él soltó su brazo.

Por primera vez, su sonrisa desapareció por completo.

—Si te vas ahora, perderás la oportunidad de saber por qué tu abuela me ayudó aquella noche.

Nia se quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

Darius abrió la carpeta negra y sacó una copia de un documento bancario.

—Tu abuela no solo firmó como testigo del préstamo. También realizó una transferencia aquella misma noche.

Nia miró el papel.

La cifra era de cuarenta y cinco mil dólares.

Debajo aparecía una referencia bancaria que no reconocía.

—¿Por qué me muestras esto?

Darius bajó la voz.

—Porque Marcus sabe lo que ocurrió. Y si no te lo ha contado, es porque hay una parte de aquella historia que todavía quiere mantener oculta.

Nia sintió que el suelo parecía desaparecer bajo sus pies.

—¿Qué hizo Marcus?

Darius deslizó el documento hacia ella.

—Pregúntale por qué tu abuela tuvo que elegir entre salvar a su hija y proteger a su nieta.

Nia miró la firma de Rosa.

Después miró a Darius.

—Si estás mintiendo…

—Entonces regresa con Marcus y pregúntale. Pero esta vez no le permitas cambiar de tema.

Nia recogió el documento y salió del restaurante.

No sabía si Darius había dicho la verdad.

May you like

Pero sabía que su abuela había realizado aquella transferencia la misma noche en que todo cambió.

Y por primera vez, empezó a preguntarse si el hombre que la había criado también había guardado un secreto que podía cambiar la historia de su familia.

Related Stories

Other posts