Chapter 2: Los trescientos veinte mil dólares
—¡Marcus! ¡Regresa aquí inmediatamente!
La voz de Nia atravesó el vestíbulo del hotel.
Marcus siguió caminando.
Afuera, el sol de California iluminaba las puertas de cristal y los automóviles estacionados frente a la entrada. El ruido del salón quedó atrás, reemplazado por el sonido de los tacones de Nia golpeando el mármol.
—¡Te estoy hablando! —gritó ella, alcanzándolo junto a una columna—. ¿Qué clase de persona arruina la boda de su propia hija?
Marcus se detuvo.
No se volvió enseguida.
Miró su reflejo en los cristales: un hombre de cincuenta y ocho años con el saco rasgado, una flor marchita en el bolsillo y el rostro de alguien que acababa de despertar de un sueño demasiado largo.
—¿Tu propia hija? —preguntó finalmente.
Nia cruzó los brazos.
—No empieces con eso.
—Tú empezaste cuando me arrancaste esa flor del pecho.
—¡Porque no quería que caminaras conmigo al altar!
—Lo entendí.
—Entonces, ¿por qué cancelaste los pagos?
Marcus la miró directamente a los ojos.
—No cancelé tu boda, Nia. Dejé de financiarla.
Ella abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.
—¡Ya habíamos invitado a todos! ¡Hay personas que viajaron desde Texas, Arizona y Nueva York!
—Lo sé. Yo pagué varios de sus vuelos.
—¡El vestido ya está pagado! ¡Las flores están pagadas! ¡El fotógrafo está pagado!
—También lo sé.
—¡Entonces no puedes hacer esto!
Marcus respiró despacio.
—Parece que sí.
Nia se acercó, bajando la voz.
—Escúchame. Sé que estás dolido, pero esto no es una conversación familiar. Hay contratos.
Hay reputaciones. Hay cosas que no puedes simplemente retirar porque alguien te lastimó.
Marcus soltó una risa breve y triste.
—Qué curioso. Cuando yo te pedía que me trataras con respeto, siempre decías que la familia debía entenderse. Ahora que el dinero está en juego, de pronto recuerdas los contratos.
Nia apretó el ramo hasta doblar algunos tallos.
—Darius es mi padre.
—Entonces pídele que pague.
Ella se quedó helada.
Marcus continuó hacia las puertas.
—¡Él acaba de regresar! —exclamó Nia—. No puedes esperar que tenga todo preparado.
Marcus se volvió por última vez.
—Yo tampoco tenía todo preparado cuando tu madre llegó a mi casa contigo. Pero aun así abrí la puerta.
Nia no respondió.
Por un instante, algo parecido a la vergüenza cruzó su rostro. Después desapareció, reemplazado por una rabia más cómoda.
—Mi mamá tenía razón —dijo—. Nunca soportaste que yo quisiera conocer a mi verdadero padre.
Marcus sintió que aquellas palabras abrían una herida antigua.
—Yo nunca te prohibí conocerlo.
—¡Siempre hacías comentarios sobre él!
—Porque durante años tuve que explicarte por qué no venía a tus cumpleaños.
—¡Ya basta!
Nia levantó una mano como si quisiera detenerlo físicamente, pero Marcus dio un paso atrás.
—No voy a discutir contigo en un estacionamiento.
—¡No puedes abandonarme ahora!
Él la observó durante un largo momento.
—Eso es precisamente lo que estás haciendo tú, Nia. Solo que llevas veinte años haciéndolo poco a poco.
La puerta se cerró detrás de él.
Y esta vez, ella fue quien se quedó afuera de la vida de alguien.
Dentro del salón, la situación empeoraba.
Vanessa había reunido a dos empleados y revisaba los contratos mientras varios proveedores esperaban instrucciones. El cuarteto musical había guardado sus instrumentos. Los camareros permanecían junto a las mesas, sin saber si debían servir la cena.
El novio de Nia, Ethan Miller, apareció desde un pasillo lateral.
Llevaba un esmoquin azul oscuro y una expresión de desconcierto.
—¿Qué está pasando? —preguntó—. Mi hermano acaba de decirme que alguien suspendió la ceremonia.
Nia corrió hacia él.
—Marcus está teniendo uno de sus ataques de orgullo.
Ethan miró alrededor.
—¿Qué tiene que ver tu padrastro con la boda?
—Con nada. O eso creía yo.
—Nia, ¿qué significa que retiró una garantía financiera?
Ella evitó contestar.
Darius intervino con una tranquilidad que parecía ensayada.
—Es un malentendido. Tu futura esposa y yo nos encargaremos.
Ethan lo examinó.
—¿Usted va a pagar los servicios pendientes?
Darius se acomodó los puños de la camisa.
—Naturalmente. Soy el padre de Nia.
—Entonces, ¿cuánto falta?
Darius miró a Vanessa.
La coordinadora consultó su carpeta.
—Entre el saldo del salón, los servicios adicionales, la seguridad, los proveedores y las garantías vinculadas al evento, necesitamos verificar aproximadamente ciento ochenta mil dólares para continuar según el contrato original. Algunas partidas requieren confirmación inmediata.
Nia miró a su padre biológico.
—Papá, puedes hacerlo, ¿verdad?
Darius sostuvo su mirada.
—Por supuesto.
Pero tardó demasiado en responder.
Ethan lo notó.
—¿Puede hacerlo hoy?
—No tengo que demostrarte mi capacidad financiera, muchacho.
—No le estoy pidiendo que me demuestre nada. Solo quiero saber si la ceremonia seguirá adelante.
Elena se acercó rápidamente.
—Ethan, cariño, todos estamos bajo presión. No convirtamos un problema administrativo en una tragedia.
Vanessa levantó la vista.
—Señora, debo aclarar algo. La suspensión no es una decisión emocional de mi equipo. El señor Bennett figura como responsable financiero principal en varios contratos. Si la garantía se retira, debemos detener los servicios que dependen de ella hasta que se establezca una nueva forma de pago aceptada por los proveedores.
Nia miró las flores, las mesas y el enorme pastel de cinco pisos.
De repente, todo parecía frágil.
—¿Y si mi padre firma? —preguntó.
—Necesitamos verificar su capacidad para asumir las obligaciones, además de obtener la aprobación correspondiente de los proveedores.
Darius tomó la carpeta.
—Dame esos documentos.
Durante los siguientes veinte minutos, caminó de una mesa a otra, hablando por teléfono, exigiendo que sus asistentes le enviaran información y prometiendo resolverlo todo.
Pero cada llamada parecía empeorar las cosas.
Un banco necesitaba revisar una transferencia.
Un socio comercial no respondía.
Una cuenta que Darius aseguró que podía utilizar estaba vinculada a otra operación.
Finalmente, Ethan se acercó a Nia.
—¿Marcus realmente pagó los trescientos veinte mil dólares?
Ella miró hacia otro lado.
—La mayor parte.
—¿Y tu padre biológico?
—Acaba de regresar a nuestras vidas.
—Eso no responde mi pregunta.
Nia se quitó un mechón de cabello de la cara.
—Darius tiene negocios. Tiene propiedades. Tiene dinero.
—¿Lo viste?
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿Viste sus cuentas? ¿Conoces sus empresas? ¿Sabes dónde vive?
Nia se puso rígida.
—¿Por qué estás interrogándome?
Ethan bajó la voz.
—Porque voy a casarme contigo y acabo de descubrir que el hombre que financió nuestra boda fue expulsado del salón, mientras que el hombre que no puso un dólar nos dice que todo está bajo control.
Nia le dio la espalda.
—No voy a discutir esto contigo.
En ese momento, Darius regresó con el teléfono pegado a la oreja.
—Sí, necesito que revises el archivo antiguo. No, no el de la propiedad. El acuerdo de California. El que firmé hace doce años.
Se detuvo al notar que Ethan lo observaba.
Darius colgó.
—¿Qué? —preguntó bruscamente.
Ethan señaló la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—¿Por qué aparece su nombre en un acuerdo financiero con Marcus?
Darius palideció otra vez.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explíquelo.
Elena se interpuso.
—Esto es absurdo. No vamos a permitir que una firma vieja destruya el día más importante de Nia.
Darius agarró a Elena del brazo y la apartó unos pasos.
—Necesito hablar contigo. Ahora.
—¿Qué sucede? —susurró ella.
Darius abrió la carpeta y señaló una página.
Elena leyó las primeras líneas.
Su rostro perdió todo el color.
—No —murmuró—. Tú me dijiste que ese asunto estaba resuelto.
—Lo estaba.
—¡Me dijiste que Marcus nunca lo descubriría!
Nia se volvió de inmediato.
—¿Descubrir qué?
Ambos guardaron silencio.
Ethan miró a su futura esposa. Luego miró a Darius.
—¿Qué clase de acuerdo firmaron ustedes dos?
Darius cerró la carpeta de golpe.
—No es asunto tuyo.
—Si afecta a la mujer con la que voy a casarme, sí es asunto mío.
Darius se acercó a él.
—Entonces escucha bien, muchacho. Hay familias que sobreviven porque algunas verdades permanecen enterradas.
Ethan no retrocedió.
—¿Qué verdad?
Darius miró a Nia, después a Elena.
Y por primera vez desde que había entrado en aquel hotel, pareció un hombre atrapado.
—Marcus no pagó esa boda únicamente por amor —dijo.
Nia dejó caer el ramo.
—¿Qué acabas de decir?
Darius tragó saliva.
—Pregúntale a tu madre por qué Marcus aceptó convertirse en tu padre legal cuando tú tenías siete años.
Elena comenzó a temblar.
Porque aquel documento de doce años atrás no solo explicaba por qué Marcus podía retirar el dinero.
También contenía una cláusula que podía cambiar para siempre lo que Nia creía saber sobre su propia familia.
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Y cuando Vanessa regresó con el expediente completo, la primera página que colocó sobre la mesa llevaba una anotación escrita a mano por Marcus:
**«Si Darius vuelve a acercarse a