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Chapter 5: La casa que Marcus construyó con sus propias manos

La propiedad estaba en Chula Vista, al sur de San Diego.

Era una casa de dos pisos, con paredes color crema, un pequeño jardín delantero y una cocina que Marcus había remodelado durante tres veranos consecutivos. No aparecía en las fotografías de las revistas ni tenía una piscina infinita. Sin embargo, para él representaba algo más valioso que cualquier mansión.

Era el lugar donde Nia había aprendido a andar en bicicleta.

Donde Elena había recuperado la tranquilidad después de años de incertidumbre.

Donde, durante veinte años, Marcus había llegado cada noche con las manos cansadas y la certeza de que alguien lo esperaba.

Y ahora Darius pretendía quitársela.

Marcus dejó la notificación sobre una mesa y volvió a leerla.

La reclamación se basaba en un acuerdo firmado doce años atrás, cuando él había prestado ciento ochenta mil dólares a Darius para resolver las obligaciones de un negocio. Según la carta, parte de aquella operación estaba vinculada a una garantía sobre el inmueble.

Pero Marcus había comprado la casa años antes.

Había pagado la hipoteca con sus propios ingresos. Había conservado los recibos y los documentos de propiedad. Nunca había aceptado transferirle el inmueble a Darius.

Algo no encajaba.

A las seis y veinte de la tarde, llamó a su abogado, Daniel Reyes.

—Necesito que revises un documento —dijo Marcus—. Darius Cole está intentando reclamar mi casa.

Daniel no hizo preguntas innecesarias.

—Envíame la notificación y todos los documentos relacionados con el préstamo original.

—Ya te los estoy mandando.

—¿Firmaste alguna garantía adicional?

—Firmé una extensión de plazo para darle tiempo de pagar. Nunca le cedí la propiedad.

—Entonces no hagamos suposiciones. Voy a revisar la cadena de titularidad y el documento que están utilizando. No entregues las llaves ni firmes nada hasta que sepamos exactamente qué están reclamando.

Marcus miró las llaves que descansaban junto a la notificación.

—Entendido.

—Y una cosa más —añadió Daniel—. Si el documento contiene una firma que no reconoces, no lo confrontes sin conservar una copia completa.

Marcus sintió que el estómago se le endurecía.

—¿Crees que falsificó algo?

—Todavía no lo sé.

La llamada terminó.

Marcus se quedó mirando la fotografía familiar que había sobre el escritorio. Nia tenía diez años, los dientes delanteros ligeramente separados y una sonrisa enorme. Estaba sentada sobre sus hombros en un parque, mientras Elena se reía detrás de ellos.

En aquella época, Nia todavía corría hacia él cuando regresaba del trabajo.

—¡Marcus, mira lo que hice!

No le importaba que él no fuera su padre biológico.

No le importaba su traje sencillo ni que su automóvil tuviera una abolladura en la puerta.

Solo quería mostrarle sus dibujos.

Marcus tomó la fotografía y la colocó boca abajo.

No porque quisiera olvidarla.

Sino porque necesitaba recordar que el amor no obligaba a una persona a aceptar cualquier herida.

A las siete y diez, alguien tocó la puerta.

Marcus esperaba a Daniel, pero encontró a Nia en el porche, todavía vestida con su traje de novia. Había cambiado los tacones por unos zapatos planos y llevaba el velo doblado dentro de una bolsa.

Ethan estaba junto a ella.

—¿Podemos pasar? —preguntó Nia.

Marcus miró a ambos.

—Ethan, puedes entrar. Nia, necesito saber por qué estás aquí.

Ella tragó saliva.

—Porque quiero disculparme.

—Ya hablaremos de eso.

Nia bajó los ojos.

—No voy a pedirte dinero.

—Bien.

—Ni que vuelvas al hotel.

—Bien.

—Solo quiero saber si estás bien.

Marcus observó su vestido blanco, arrugado en la parte inferior. Por un instante, vio a la niña que había esperado despierta durante tantas noches.

Pero luego recordó cómo ella había arrancado la flor de su saco delante de trescientas personas.

—Estoy tratando de estarlo —respondió.

Nia asintió, aceptando el golpe sin defenderse.

Entraron en la sala.

Ethan se sentó en una silla junto a la ventana, mientras Nia permanecía de pie frente al escritorio. Sus ojos se detuvieron en la fotografía boca abajo.

—¿Por qué la volteaste?

Marcus no respondió.

Ella tomó aire.

—Leí la carta de la abuela. Sé lo del préstamo. Sé que protegiste a mamá y que nunca exigiste que te llamara papá.

—¿Y qué más sabes?

Nia miró la notificación.

—Que Darius está intentando quitarte esta casa.

Marcus levantó la cabeza.

—¿Quién te lo dijo?

—Te escuché hablar por teléfono cuando me llamaste. Después busqué el nombre de su abogado en los documentos.

Marcus frunció el ceño.

—No deberías estar investigando asuntos legales sin entenderlos.

—Lo sé. Pero hay algo que sí entiendo.

Nia se acercó al escritorio.

—Si él te hace daño por mi culpa, no voy a perdonármelo.

Marcus cerró la carpeta.

—No todo lo que hace tu padre es culpa tuya.

Ella se estremeció al escucharlo.

—¿Todavía lo llamas mi padre?

—Es tu padre biológico, Nia. No voy a cambiar los hechos para castigarte.

—Después de lo que hice, todavía estás tratando de protegerme.

Marcus la miró con cansancio.

—No confundas mi cariño con la ausencia de límites.

Nia asintió lentamente.

—No lo haré.

Ethan se levantó.

—Marcus, yo también quiero disculparme. Vi cómo la situación se salía de control y no hice nada para detenerla. Me preocupaba la ceremonia, el dinero y lo que pensarían los invitados. No pensé en lo que le estaban haciendo a usted.

Marcus lo estudió durante unos segundos.

—¿Amas a Nia?

—Sí.

—Entonces tendrás que aprender algo que yo tardé demasiado en entender. Amar a alguien no significa darle la razón en todo. A veces significa decirle que está haciendo algo terrible, aunque se enoje contigo.

Ethan miró a Nia.

—Tiene razón.

Ella no discutió.

Por primera vez en toda su vida adulta, no intentó convertir una disculpa en una negociación.

—¿Qué necesitas de mí? —preguntó.

Marcus contempló la notificación legal.

—Por ahora, nada. Daniel revisará los documentos. Tú necesitas decidir qué clase de relación quieres tener con tu padre biológico, y yo necesito decidir qué clase de relación puedo tener contigo después de lo ocurrido.

Nia apretó las manos.

—¿Eso significa que ya no quieres que viva aquí?

Marcus negó con la cabeza.

—Tienes veintisiete años. Tu vida no depende de mi permiso. Pero si quieres seguir formando parte de esta casa, tendrás que aprender a tratar a quienes viven en ella con respeto.

Ella asintió, llorando en silencio.

—Lo haré.

Marcus no la abrazó.

Todavía no.

A las ocho y media, Daniel llegó con una maleta de documentos y una computadora portátil.

Se sentaron en la mesa de la cocina, la misma donde Marcus había ayudado a Nia con sus tareas escolares. Daniel examinó la notificación, comparó las fechas y abrió una copia digital del acuerdo original.

Durante casi cuarenta minutos, hizo preguntas y tomó notas.

Finalmente, se quitó los lentes.

—Marcus, la reclamación no demuestra que Darius sea propietario de esta casa. Está intentando utilizar una garantía vinculada al préstamo para cuestionar una parte de tus derechos sobre el inmueble.

—¿Puede hacerlo?

—Puede presentar una reclamación. Eso no significa que vaya a prosperar. Necesito verificar un documento específico antes de darte una conclusión.

Daniel giró la computadora.

En la pantalla aparecía una copia de un instrumento financiero firmado doce años atrás. La firma de Marcus estaba al final de la página.

Él la reconoció.

Pero el texto que aparecía encima no era el que recordaba haber firmado.

—Yo nunca acepté esto —dijo Marcus.

Daniel amplió el documento.

—Aquí se indica que autorizaste una garantía adicional sobre un inmueble. Sin embargo, la descripción de la propiedad está incompleta y hay una discrepancia en la fecha de registro.

Nia se acercó a la pantalla.

—¿Qué significa?

Daniel señaló una línea.

—Significa que tenemos que comprobar si este documento se registró correctamente y si la firma corresponde a una autorización válida.

Marcus apretó los labios.

—Darius me pidió que firmara una extensión del plazo para pagar el préstamo. Me dijo que era una modificación administrativa.

—¿Leíste todas las páginas?

Marcus guardó silencio.

Había confiado en que el hombre que afirmaba querer recuperar a su hija no utilizaría aquella firma para perjudicarlo.

Daniel cerró el archivo.

—Voy a solicitar una copia certificada del registro y a preparar una respuesta formal. Mientras tanto, nadie debe reconocer que esa garantía es válida.

Nia miró a Marcus.

—Él te engañó.

Marcus apoyó las manos sobre la mesa.

—Eso parece.

—¿Por qué haría algo así?

Daniel respondió antes que él.

—Esa pregunta requiere pruebas, no suposiciones.

En ese instante, el teléfono de Nia vibró.

Era un mensaje de Darius.

Necesito verte a solas. No le digas nada a Marcus. Si quieres saber por qué regresé realmente, ven mañana a las nueve a la dirección que te voy a enviar.

Nia leyó el mensaje dos veces.

Marcus observó su rostro.

—¿Qué sucede?

Ella dudó.

Después le entregó el teléfono.

Marcus leyó las palabras y levantó lentamente la mirada.

—No vayas sola.

Nia sintió un escalofrío.

—¿Crees que puede hacerme daño?

—No lo sé. Pero después de lo que acaba de intentar, no voy a asumir que sus intenciones son buenas.

Daniel extendió la mano.

—Necesito guardar una copia de ese mensaje. Puede ser relevante para entender qué está haciendo.

Nia le mostró la pantalla.

Un segundo después, llegó otro mensaje.

Esta vez no era de Darius.

Era de un número desconocido.

Tu padre no te contó toda la historia. Marcus tampoco. Si mañana quieres saber quién pagó realmente el precio de su desaparición, ven sola.

Debajo aparecía una dirección.

Y al final, una fotografía antigua de Rosa Martínez, la abuela de Nia, entrando en un banco con un sobre en las manos.

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En el reverso de la fotografía había una fecha.

La misma fecha en que Darius había abandonado a su familia.

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