Chapter 6: La mujer que sabía demasiado
Nia no durmió aquella noche.
A las tres de la mañana seguía sentada en el borde de su cama, con el teléfono entre las manos y la fotografía de su abuela abierta en la pantalla.
Había ampliado la imagen tantas veces que los píxeles comenzaban a deformarse. Aun así, podía distinguir el rostro de Rosa, su abrigo gris y el sobre que sostenía contra el pecho.
Detrás de ella se veía la entrada de una sucursal bancaria.
La fecha coincidía con la noche en que Darius se había marchado.
¿Por qué su abuela habría estado en un banco ese mismo día?
¿Y quién había enviado aquella fotografía?
Nia abrió la conversación de nuevo.
El número desconocido no tenía nombre ni fotografía de perfil. Cuando intentó llamar, la llamada fue directamente al buzón.
Escribió una respuesta.
¿Quién eres?
Los dos pequeños indicadores de entrega aparecieron casi inmediatamente.
Pero no recibió respuesta.
A las seis y media, bajó a la cocina.
Marcus estaba allí, vestido con pantalones oscuros y una camisa azul, revisando unos documentos junto a una taza de café. Había dormido poco, quizá menos que ella.
Cuando Nia entró, él levantó la mirada.
—Buenos días.
La sencillez de aquel saludo le dolió.
Durante años, había bajado a aquella cocina esperando encontrarlo. A veces, él le preparaba huevos con tortillas. Otras veces, dejaba una nota junto al café porque tenía que salir temprano.
Nunca había pensado en lo que significaba que una persona estuviera siempre disponible.
Hasta que dejó de darlo por sentado.
—No pude dormir —dijo Nia.
Marcus señaló la cafetera.
—Hay café recién hecho.
Ella se sirvió una taza y se sentó frente a él.
Durante unos segundos, ninguno habló.
—Recibí otro mensaje de Darius —dijo finalmente.
Marcus dejó el bolígrafo.
—¿Qué quiere?
—Que me reúna con él esta mañana. Dice que me explicará por qué regresó.
—¿Vas a ir?
Nia miró su café.
—No lo sé.
Marcus no intentó convencerla.
—Es tu decisión. Solo quiero que comprendas que no tienes que demostrarle nada a nadie.
Ella levantó la mirada.
—¿Tú habrías ido?
Marcus pensó en la pregunta.
—Cuando tenía tu edad, probablemente habría ido sin hacer preguntas. Me habría convencido de que podía arreglar cualquier problema si escuchaba lo suficiente.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que algunas personas no buscan que las escuches. Buscan que estés lo bastante cerca para volver a utilizarte.
Nia sintió un nudo en el estómago.
Le mostró la fotografía de Rosa.
Marcus se quedó inmóvil.
La taza que sostenía descendió lentamente hasta la mesa.
—¿De dónde sacaste esto?
—Me la enviaron anoche.
Él tomó el teléfono y amplió la imagen.
Durante unos segundos, no dijo nada.
—¿Reconoces el lugar? —preguntó Nia.
—Sí.
—¿Qué banco es?
Marcus devolvió el teléfono.
—No es eso lo que me preocupa.
Nia se inclinó hacia él.
—Marcus, por favor. Necesito saber qué está pasando.
Él cerró los documentos que tenía delante.
—Tu abuela vino a verme la mañana después de que Darius se marchara. Estaba muy asustada. Me dijo que había descubierto algo que podía poner a Elena en una situación financiera complicada.
—¿Qué había descubierto?
—Nunca me lo explicó por completo. Solo me pidió que no permitiera que Darius volviera a utilizar a la familia para resolver sus problemas.
Nia frunció el ceño.
—¿Y tú aceptaste?
—Le prometí que haría todo lo posible para protegerlas.
—¿Por eso le prestaste el dinero?
Marcus negó con la cabeza.
—El préstamo vino después. Darius me contactó años más tarde, cuando su negocio estaba en problemas. Me aseguró que necesitaba una oportunidad para recuperar la estabilidad y acercarse a ti.
—¿Le creíste?
—Quise creer que podía cambiar.
Nia se quedó mirando la fotografía.
—¿Mi abuela sabía que podía regresar?
Marcus tardó en responder.
—Creo que temía que lo hiciera.
El teléfono de Nia vibró.
El número desconocido había contestado.
Tu abuela no fue al banco para retirar dinero. Fue para depositar algo que nunca debía llegar a manos de Darius.
Nia sintió que la piel se le erizaba.
Escribió rápidamente.
¿Qué depositó?
La respuesta llegó unos segundos después.
Una prueba.
Antes de que pudiera preguntar más, apareció otro mensaje.
Si quieres encontrarla, busca el nombre de Rosa Martínez en el archivo de la sucursal de National City. No confíes en Darius. Y no permitas que Elena te acompañe.
Nia levantó la cabeza.
—¿Qué sucursal queda en National City?
Marcus frunció el ceño.
—Hay varias. ¿Por qué?
Ella le mostró el mensaje.
Marcus lo leyó en silencio.
—No vas a ir sola.
—No quiero que te involucres más.
—Eso habría sido razonable antes de que alguien empezara a amenazarte con secretos familiares.
—No es una amenaza.
—Todavía no sabemos qué es.
Nia guardó el teléfono.
—¿Y si todo esto es una mentira para separarnos de Darius?
Marcus se puso de pie.
—Entonces lo averiguaremos sin entregarle nada que pueda utilizar contra nosotros.
Por primera vez desde la boda, Nia sintió que no estaba enfrentándose sola a aquella historia.
Pero el alivio duró poco.
El teléfono de Marcus comenzó a sonar.
Era Daniel.
—Marcus, necesito que vengas a mi oficina —dijo el abogado sin saludar—. Acabo de recibir la copia certificada del registro de la propiedad.
—¿Y?
—La garantía que Darius está utilizando contiene una firma que parece ser la tuya, pero hay un problema con el documento.
Marcus apretó el teléfono.
—¿Qué problema?
—La fecha del registro es posterior a la fecha que aparece en la copia que te enviaron. Y el número de identificación del inmueble corresponde a una propiedad distinta.
Nia se levantó de golpe.
—¿Eso significa que falsificó el documento?
Daniel hizo una pausa al escucharla.
—Significa que hay inconsistencias graves. Necesito revisar el original y determinar cómo se presentó. No voy a acusar a nadie sin pruebas.
Marcus cerró los ojos.
—¿Qué debo hacer?
—Trae todos los documentos que conserves del préstamo. Y, por favor, no hables con Darius sobre esta revisión todavía.
—Entendido.
Daniel bajó la voz.
—Hay otra cosa. La persona que presentó la reclamación no fue Darius directamente. El expediente indica que actuó mediante una compañía registrada a nombre de un tercero.
Marcus sintió que un frío repentino le recorría la espalda.
—¿Qué compañía?
Daniel le dio el nombre.
Marcus lo repitió lentamente, como si necesitara comprobar que lo había escuchado bien.
Era una empresa que había aparecido en las conversaciones sobre la boda. Una compañía que supuestamente iba a financiar parte de los gastos adicionales cuando Darius regresara a la vida de Nia.
Una compañía que Elena había recomendado utilizar para gestionar algunos pagos.
Marcus miró a su hijastra.
Nia entendió la expresión de su rostro.
—¿Qué sucede?
Él le explicó lo que Daniel acababa de decir.
Ella negó con la cabeza.
—No. Mi mamá no haría eso.
—No sabemos qué hizo —respondió Marcus—. Solo sabemos lo que aparece en el expediente.
Nia se llevó las manos a la cabeza.
—Primero me entero de que ocultó la deuda. Después descubro que Darius quiere reclamar tu casa. Ahora resulta que una compañía relacionada con la boda está involucrada en los documentos.
Marcus tomó su saco.
—Voy a hablar con Daniel.
—Voy contigo.
—Nia…
—No te estoy pidiendo permiso para arreglarlo por ti. Te estoy diciendo que necesito enfrentar las consecuencias de lo que hice y de lo que mi familia ha ocultado.
Marcus la observó.
Por primera vez, no vio a la joven que exigía que todo se resolviera inmediatamente.
Vio a una mujer asustada que, finalmente, estaba dispuesta a escuchar respuestas que podían destruir la imagen que tenía de su familia.
—Está bien —dijo.
A las nueve menos cuarto, cuando estaban a punto de salir, un automóvil negro se detuvo frente a la casa.
Elena descendió del vehículo.
Llevaba el mismo vestido color champán de la boda, ahora cubierto por un abrigo oscuro. Tenía los ojos hinchados y el cabello recogido de cualquier manera.
Subió los escalones y golpeó la puerta.
Marcus abrió.
—¿Qué necesitas, Elena?
Ella miró primero a Marcus y después a Nia.
—Necesito que los dos me escuchen.
Nia cruzó los brazos.
—¿Qué otra cosa nos has ocultado?
Elena comenzó a llorar.
—No sabía que Darius iba a intentar quedarse con la casa.
Marcus no respondió.
—Te juro que no lo sabía —insistió ella—. Cuando me pidió que utilizáramos aquella compañía para algunos pagos de la boda, dijo que era una empresa de un socio suyo. Me aseguró que podía reducir los costos y que todo era legal.
Nia sintió un escalofrío.
—¿Qué compañía?
Elena pronunció el nombre que Daniel acababa de mencionar.
Marcus la miró fijamente.
—¿Firmaste algún documento relacionado con esa empresa?
Elena asintió.
—Uno de los formularios para los pagos. Darius dijo que era una autorización administrativa.
—¿Lo leíste? —preguntó Nia.
Elena no respondió.
La respuesta estaba en su rostro.
Nia retrocedió un paso.
—Mamá, ¿qué firmaste?
Elena sacó un sobre de su bolso y se lo entregó a Marcus.
—Encontré esto en el automóvil de Darius después de que discutimos en el hotel. No lo abrí hasta esta mañana.
Marcus sacó varios papeles.
El primero era una autorización financiera.
El segundo, una copia del acuerdo original del préstamo.
El tercero era una lista de transferencias relacionadas con la compañía.
Y el último era una carta dirigida a Elena.
Nia se inclinó para leerla.
La carta estaba fechada dos semanas antes de la boda.
Cuando termine la ceremonia, Marcus ya no tendrá motivos para intervenir en nuestras vidas. La propiedad quedará asegurada, las obligaciones antiguas se resolverán y Nia finalmente comprenderá que su verdadero futuro está conmigo.
Debajo aparecía una última frase.
Solo necesito que Elena firme la autorización antes del viernes.
Nia sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
—La boda no era solamente una celebración —susurró.
Marcus apretó los documentos.
—No.
Elena se cubrió el rostro.
—Yo creía que Darius quería recuperar a su hija.
Nia miró a su madre, incapaz de contener las lágrimas.
—¿Y ahora qué crees?
Elena no respondió.
En ese momento, el teléfono de Marcus vibró con una llamada de Daniel.
Contestó de inmediato.
—Dime.
La voz del abogado sonó urgente.
—Marcus, no vayas todavía a la oficina. Acabo de descubrir quién figura como beneficiario de la compañía que presentó la reclamación.
Marcus miró a Nia.
—¿Quién?
Daniel hizo una pausa.
—La beneficiaria principal es Elena Bennett.
Nia dejó de respirar por un instante.
Su madre levantó la cabeza, horrorizada.
—Eso es imposible —susurró—. Yo nunca he recibido dinero de esa empresa.
Daniel continuó hablando.
—Hay una cuenta vinculada a la compañía. Se abrió con documentación personal de Elena, y los registros muestran una transferencia reciente. Necesito que ambos vengan cuanto antes para revisar los originales.
Marcus colgó lentamente.
Nia miró a su madre, que negaba con la cabeza una y otra vez.
—Yo no hice esto —repitió Elena—. Te juro que no lo hice.
Nia quiso creerle.
Pero entonces recordó la fotografía de su abuela frente al banco, el mensaje del desconocido y la advertencia de no permitir que Elena la acompañara.
Y comprendió que quizá la persona que les había enviado aquellas pistas sabía algo que ni siquiera Marcus conocía.
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Porque si Elena era realmente inocente, alguien había utilizado su identidad para convertirla en cómplice de una operación que podía destruir a su propia familia.
Y si no lo era, la verdad podía ser mucho más dolorosa de lo que Nia estaba preparada para descubrir.