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Chapter 7: El hombre que conocía el último secreto de mi padre

Los golpes en la puerta metálica hicieron temblar los archivadores.

—¡Abran! —gritó Marcus Bell desde el exterior—. No tenemos toda la noche.

Mi madre se llevó ambas manos a la boca. Brianna se colocó a mi lado, mientras Javier apagaba la lámpara del escritorio.

De pronto, el almacén quedó sumido en una penumbra grisácea.

—Tenemos que salir por atrás —susurró Javier—. Hay una puerta de servicio junto al área de carga.

—¿Y dejar los documentos? —pregunté.

Miré la caja fuerte abierta. Dentro estaban los registros originales de mi padre, la grabadora y varias carpetas que podían demostrar el fraude.

No había pasado cuatro años sintiéndome culpable por la muerte de mi padre para abandonar la única oportunidad de conocer la verdad.

—No podemos irnos sin esto.

Javier me miró con seriedad.

—Tienes razón. Pero tampoco podemos permitir que nos quiten las pruebas.

Tomó una carpeta, la grabadora y el sobre sellado con mi nombre. Yo recogí los documentos bancarios, mientras Brianna guardaba la memoria USB que yo le entregué.

Mi madre permaneció inmóvil.

—Mamá —susurré—. Necesito que me ayudes.

Ella levantó la mirada.

Por primera vez en toda la noche, no vi a la mujer que había intentado silenciarme. Vi a alguien aterrorizado por las consecuencias de sus propias decisiones.

—Lo siento, Mia —murmuró.

—Todavía no. Ahora ayúdame.

Mi madre respiró profundamente y tomó las carpetas restantes.

Entonces escuchamos un golpe mucho más fuerte.

El metal de la puerta se dobló ligeramente.

—¡Elena! —gritó Richard—. Sé que estás ahí. No empeores las cosas.

Mi madre cerró los ojos.

—Siempre hace eso —susurró—. Primero amenaza. Después promete que todo estará bien. Y cuando le crees, ya es demasiado tarde.

—¿Por qué seguiste con él? —preguntó Brianna.

Mi madre la miró con lágrimas en los ojos.

—Porque cada día me convencía de que el siguiente sería diferente. Porque tenía miedo de perder la casa, el dinero y a ustedes. Y porque después de la muerte de su padre, yo tampoco sabía cómo empezar de nuevo.

Brianna apretó los labios.

—Yo también tenía miedo. Pero no por eso tenía derecho a destruir el vestido de Mia.

Me volví hacia ella.

No era una disculpa completa, pero era la primera vez que escuchaba a mi hermana reconocer el daño que había causado sin intentar justificarlo.

Antes de que pudiera responder, la puerta volvió a sacudirse.

Javier señaló el fondo del almacén.

—Ahora. Muévanse.

Cruzamos una zona de estanterías y llegamos a la puerta de servicio. Javier intentó abrirla, pero la manija no cedió.

—Está bloqueada desde afuera —dijo.

Mi estómago se contrajo.

Habíamos quedado atrapados.

Entonces escuchamos una voz detrás de nosotros.

—No tienen que seguir escondiéndose.

Marcus había entrado por la puerta principal.

Richard apareció a su lado.

Marcus era un hombre de cabello oscuro, con algunas canas en las sienes y una expresión tranquila que me resultó mucho más inquietante que los gritos de mi padrastro.

Llevaba un abrigo negro y una carpeta de cuero.

—Mia Morales —dijo, como si nos conociéramos desde hacía años—. Te pareces mucho a tu padre.

Me interpuse delante de los documentos.

—No pronuncie su nombre.

Marcus ladeó la cabeza.

—Entiendo tu enojo. Daniel era un buen hombre en muchos sentidos. Pero cometió errores financieros que afectaron a muchas personas.

—¿Como transferir dinero después de estar muerto?

Su sonrisa desapareció.

Richard dio un paso hacia mí.

—No sabes interpretar esos documentos.

—Entonces explícamelos.

—Dame la carpeta.

—No.

Richard miró a Marcus.

Este último suspiró y abrió su portafolio.

—Escúchame, Mia. Tu padre tenía una participación en nuestra empresa. Cuando murió, quedaron obligaciones pendientes. Tu madre firmó los documentos para resolverlas.

—Mi madre dice que usted la obligó.

Marcus miró a Elena.

—Tu madre es una mujer adulta. Tomó sus propias decisiones.

Mi madre se estremeció, pero no apartó la mirada.

—Me dijiste que el dinero se utilizaría para pagar las deudas de Daniel.

—Y así fue.

—¡Mentira! —exclamó ella—. Me mostraste facturas falsas. Me dijiste que, si no firmaba, perderíamos la casa.

Marcus cerró el portafolio.

—No voy a discutir asuntos privados frente a las niñas.

—Tengo quince años —respondí—. Y se trata del dinero que mi padre dejó para mí.

Marcus me observó durante unos segundos.

Luego sacó una hoja y la colocó sobre una caja.

—Aquí tienes una solución. Firma la autorización para transferir el fondo a la empresa y todos estos problemas desaparecerán. Tu madre no tendrá que responder por las declaraciones que firmó, Richard dejará de preocuparse por los documentos y tú podrás continuar con tu vida.

Miré el papel.

Era exactamente lo que había temido.

—¿Y si no firmo?

La expresión de Marcus se volvió fría.

—Entonces las consecuencias serán mucho más complicadas.

Javier se colocó a mi lado.

—No firmará nada sin asesoría legal.

Marcus soltó una risa breve.

—Tú deberías ser el último en hablar, Javier. Daniel confiaba demasiado en ti.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué quiere decir?

Marcus se acercó al escritorio y tomó la grabadora digital.

—Antes de morir, tu padre hizo una grabación. En ella acusaba a varias personas de haberlo amenazado. Pero hay un detalle que nunca te han contado.

Pulsó un botón.

Se escuchó un ruido estático, seguido por la voz de mi padre.

«Si algo me sucede, quiero que Mia sepa que…».

La grabación se interrumpió.

Marcus sonrió.

—El archivo está incompleto. Y la única copia íntegra está en mi poder.

—¡Devuélvela! —gritó mi madre.

Marcus guardó la grabadora en su abrigo.

—La tendrás cuando Mia firme.

Yo miré la memoria USB que Brianna sostenía discretamente entre los dedos.

Recordé que había copiado los archivos de la caja fuerte antes de que llegáramos al almacén. Quizá la grabación también estaba allí.

Quizá no.

Pero no iba a dejar que aquel hombre utilizara el recuerdo de mi padre para obligarme a renunciar a mi futuro.

—No voy a firmar —dije.

Richard perdió la paciencia.

—¡Mia, por una vez en tu vida, deja de pensar solamente en ti!

Lo miré directamente.

—Eso es exactamente lo que llevo haciendo desde que murió mi padre. Pensar en todos ustedes. En mamá. En ti.

En Brianna. En lo que necesitaban. En lo que podía hacer para no causar problemas.

Sentí que las lágrimas me ardían en los ojos.

—Y cuando por fin quise algo para mí, mi hermana destruyó mi vestido y ustedes me pidieron que me disculpara. No voy a seguir haciéndolo.

Marcus guardó silencio.

Por primera vez, parecía no saber qué decir.

Entonces Brianna dio un paso adelante.

—Mia no tiene que firmar nada.

Richard se volvió hacia ella.

—Tú no tienes voz en esto.

—Sí la tengo. Porque yo fui quien pintó su vestido. Y tú me dijiste que lo hiciera.

Mi hermana sacó su teléfono.

En la pantalla había un archivo de audio.

—También grabé una conversación que tuvimos ayer en el garaje.

Richard se quedó inmóvil.

—¿Qué hiciste?

Brianna comenzó a llorar, pero mantuvo el teléfono levantado.

—Me dijiste que, después de la ceremonia, Mia firmaría los documentos y todo volvería a ser como antes. Dijiste que nadie descubriría lo que pasó con papá.

Marcus avanzó hacia ella.

Javier se interpuso.

—Ni se te ocurra.

Durante varios segundos, nadie se movió.

Después Brianna pulsó el botón de reproducción.

La voz de Richard llenó el almacén.

«Cuando la niña firme, el fondo será nuestro. Elena no tendrá que volver a preocuparse por el dinero. Y si Mia pregunta por Daniel, le diremos que su padre destruyó todo por su propia culpa».

La grabación continuó.

Se escuchó la voz de Marcus.

«¿Y si encuentra los documentos del accidente?».

Richard respondió sin vacilar.

«No los encontrará. Yo me encargué de eso».

Mi madre dejó escapar un grito ahogado.

Yo sentí que el mundo se inclinaba a mi alrededor.

Richard había dicho que se había encargado de los documentos del accidente.

No de las deudas.

No de la empresa.

Del accidente.

Marcus intentó arrebatarle el teléfono a Brianna, pero ella retrocedió y lo sostuvo contra su pecho.

—¡No se acerque a mí!

Javier sacó su propio teléfono.

—La policía ya está en camino. Un abogado recibió copias de los documentos antes de que llegáramos.

Marcus perdió el color del rostro.

Richard miró a Javier con una furia que parecía a punto de hacerlo estallar.

Pero yo apenas podía escucharlos.

Porque en aquel momento, mi madre me tomó de la mano y susurró algo que me hizo comprender que todavía faltaba una parte de la historia.

—Mia, hay algo que nunca te dije sobre aquella noche. Tu padre no iba solo en el automóvil cuando salió de casa.

La miré, sintiendo que el corazón se me detenía.

—¿Quién iba con él?

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Mi madre comenzó a llorar.

—Yo.

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