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Chapter 5: La verdad que mi madre enterró durante cuatro años

El automóvil avanzaba hacia la iglesia mientras yo sostenía aquella fotografía debajo de la falda.

Richard conducía con una mano sobre el volante. Con la otra, tamborileaba impacientemente sobre la consola.

—Tu madre dice que estás actuando de manera extraña —comentó sin mirarme—. Espero que no vayas a avergonzarnos delante de todos.

Observé su perfil.

Durante cuatro años había vivido bajo el mismo techo que aquel hombre. Había cenado con él, celebrado cumpleaños y escuchado sus discursos sobre la importancia de la familia.

Nunca imaginé que pudiera estar relacionado con la muerte de mi padre.

—Richard, ¿conocías a mi papá antes de que muriera?

Sus dedos se tensaron sobre el volante.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una pregunta sencilla.

—Por supuesto que lo conocía. Era el esposo de tu madre.

—¿Y antes de eso?

El automóvil frenó bruscamente frente a un semáforo.

Richard giró la cabeza hacia mí.

—No vuelvas a hacerme preguntas sobre tu padre.

—¿Por qué?

—Porque no sabes nada de lo que pasó.

—Entonces cuéntamelo.

Su rostro se endureció.

—Tu padre tomó malas decisiones. Algunas personas pasan toda su vida intentando arreglar los errores de otros. Eso fue lo que hice por esta familia.

Recordé el documento bancario, la firma falsificada y la advertencia escrita en la fotografía.

—¿Qué errores?

Richard soltó una risa sin humor.

—Cuando seas mayor, entenderás que los adultos hacen cosas que los niños no pueden comprender.

—Tengo quince años. No soy una niña.

—Para mí, sí.

El semáforo cambió.

Richard aceleró y continuó conduciendo sin decir otra palabra.

Al llegar a la iglesia, vi a decenas de familiares y amigos reunidos frente a la entrada. Las mesas estaban decoradas con flores, y una pequeña alfombra blanca conducía hasta el salón donde se celebraría mi ceremonia.

Era el día que había imaginado durante once meses.

Sin embargo, mientras bajaba del automóvil, solo podía pensar en una cosa.

Mi padre había muerto cuatro años atrás.

Y alguien estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que yo descubriera por qué.

Mi tía Linda corrió hacia mí.

—¡Mia! ¡Estás preciosa!

Miró mi vestido prestado y frunció ligeramente los labios.

—Bueno, no es exactamente lo que habíamos planeado, pero lo importante es la familia.

Sonreí por educación.

—Claro, tía.

Mi madre se acercó y me acomodó el cabello.

—Recuerda lo que hablamos. Hoy no habrá discusiones.

—No hemos hablado de nada, mamá.

Sus dedos apretaron mi hombro.

—No me obligues a arrepentirme de haberte traído.

Después se alejó para recibir a los invitados.

Yo me quedé mirando la entrada de la iglesia.

El mensaje del desconocido decía que debía encontrarme con él detrás del edificio antes de las seis. Eran las cinco cincuenta y dos.

Necesitaba una excusa.

—Voy al baño —le dije a mi tía.

—No tardes. Tu madre está a punto de comenzar.

Atravesé un pasillo lateral y salí por una puerta que daba al estacionamiento trasero.

El aire olía a tierra mojada y flores recién cortadas. Unas luces amarillas iluminaban los vehículos estacionados junto a la cerca.

Había un hombre esperando junto a una camioneta gris.

Tendría unos cincuenta años. Llevaba una camisa azul y sostenía un sobre marrón.

Cuando me vio, guardó el teléfono.

—¿Mia Morales?

—¿Quién es usted?

—Me llamo Javier Ortega. Trabajé con tu padre.

—¿Usted envió el mensaje?

Asintió.

—No tenemos mucho tiempo. Tu padrastro sabe que estás buscando información.

Miré hacia la puerta.

—¿Qué pasó la noche del accidente?

Javier respiró profundamente.

—Tu padre descubrió que Richard estaba desviando dinero de una empresa que ambos conocían. Daniel reunió pruebas y pensaba entregarlas a un abogado.

—¿Qué empresa?

—Una compañía de construcción. Richard había convencido a tu padre de invertir en ella. Después empezó a mover fondos sin autorización.

Recordé la transferencia.

—¿Los doscientos cincuenta mil dólares?

Javier asintió.

—Ese fue solamente el comienzo.

Abrió el sobre y sacó varias fotocopias.

Eran correos electrónicos, registros de llamadas y documentos bancarios. En uno de ellos aparecía una conversación entre Richard y un hombre identificado como Marcus Bell.

El mensaje tenía fecha del día anterior al accidente.

«Daniel tiene los documentos. Si habla, estamos acabados».

La respuesta de Richard era breve.

«Me encargaré de que no llegue a la reunión».

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Qué significa eso?

Javier bajó la mirada.

—No puedo demostrar que Richard provocara el accidente. Pero sé que tu padre tenía miedo. Me llamó esa noche y me dijo que alguien lo estaba siguiendo.

—¿Por qué no fue a la policía?

—Porque necesitaba pruebas. Pensaba entregarlas a la mañana siguiente.

Miré la fecha del correo.

El accidente había ocurrido antes del amanecer.

—¿Y Marcus Bell? ¿Quién es?

Javier guardó silencio durante unos segundos.

—Era el socio de Richard. También fue la última persona que habló con tu padre antes de que saliera de casa.

Me llevé una mano a la boca.

De repente, la fotografía que Brianna me había dado adquirió un significado diferente.

Mi padre y Richard habían estado juntos frente a aquel automóvil la noche de su muerte.

—¿Dónde está Marcus ahora?

—Desapareció poco después del funeral. Pero hace tres semanas volvió a ponerse en contacto con Richard.

—¿Por qué?

Javier me entregó otra hoja.

Era una solicitud para modificar mi fondo de herencia. En el apartado del beneficiario aparecía el nombre de una empresa relacionada con Richard.

—Porque tu cumpleaños número quince activa ciertas cláusulas del fondo —explicó—. Si no pueden convencerte de firmar una autorización, perderán el acceso al dinero.

Miré la hoja.

La ceremonia no era solamente una celebración.

Mi familia necesitaba que firmara documentos antes de que pudiera reclamar lo que mi padre había dejado para mí.

—¿Y qué quiere usted de mí?

Javier negó con la cabeza.

—Nada. Tu padre me ayudó cuando mi familia estaba pasando por una situación difícil. Le prometí que protegería su legado si alguna vez algo le ocurría.

—¿Por qué esperó cuatro años?

Sus ojos se llenaron de tristeza.

—Porque tenía miedo. Y porque no tenía pruebas suficientes. Pero ahora Richard está intentando cerrar la empresa y transferir los últimos activos. Si no actúas pronto, puede que nunca recuperes lo que tu padre dejó.

Un ruido detrás de nosotros nos hizo girar.

Brianna estaba junto a la puerta.

Tenía lágrimas en los ojos.

—Mia, tenemos que irnos —dijo—. Richard sabe que estás aquí.

Javier cerró el sobre.

—Hay algo más que debes saber.

Sacó una última fotografía.

En ella aparecía mi madre sentada en el asiento del copiloto de un automóvil negro. Richard estaba al volante. Marcus ocupaba el asiento trasero.

La fecha era la misma noche del accidente.

Mi respiración se volvió irregular.

—Mi mamá también estaba allí.

Brianna comenzó a llorar.

—Yo sabía que algo había pasado, pero nunca supe toda la verdad.

Me volví hacia ella.

—¿Qué viste aquella noche?

Mi hermana se limpió las mejillas.

—Tenía doce años. Me desperté porque mamá estaba discutiendo con Richard en la cocina. Él tenía sangre en la manga y ella no dejaba de repetir que nadie podía enterarse.

El mundo pareció detenerse.

—¿Sangre?

Brianna asintió.

—Al día siguiente, mamá nos dijo que papá había muerto en un accidente. Pero antes de ir al funeral, la escuché decirle a Richard que había dejado algo en el automóvil.

Javier se acercó a nosotras.

—¿Qué automóvil?

Mi hermana señaló la fotografía.

—Ese mismo.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, se escucharon pasos rápidos sobre el pavimento.

Richard apareció detrás de la camioneta.

Su rostro estaba pálido de furia.

—¡Brianna! ¡Aléjate de ese hombre!

Mi hermana retrocedió.

Richard miró a Javier.

—Creí que te había quedado claro que no debías acercarte a mi familia.

Javier levantó las manos.

—No estoy haciendo nada ilegal.

—Eso lo decidirán mis abogados.

Richard se volvió hacia mí y extendió la mano.

—Dame los documentos, Mia.

Apreté el sobre contra mi pecho.

—No.

Su expresión cambió.

Por primera vez, vi que no estaba acostumbrado a que alguien le negara algo.

—No sabes en qué te estás metiendo.

—Entonces dime la verdad.

Richard se acercó hasta quedar a pocos centímetros de mí.

—Tu padre no era el hombre que crees.

—¿Y tú sí eres el hombre que dices ser?

No respondió.

En cambio, sacó su teléfono y realizó una llamada.

—Elena, tráela aquí. Ahora mismo.

Mi madre apareció unos segundos después, todavía vestida para la ceremonia.

Cuando vio las fotografías en mis manos, comenzó a llorar.

—Mia, por favor —susurró—. No hagas esto.

La miré.

—¿Qué pasó la noche en que murió papá?

Mi madre se cubrió la boca.

Richard intentó sujetarme del brazo, pero Brianna se interpuso.

—¡No la toques!

Él la miró con incredulidad.

—¿Tú también vas a traicionarme?

Brianna temblaba, pero no se apartó.

—Tú me dijiste que papá había muerto porque estaba borracho. Me dijiste que había perdido el control del automóvil. Pero yo escuché lo que dijiste esa noche.

Richard perdió el color del rostro.

Mi madre dejó escapar un sollozo.

—Brianna, cállate.

Mi hermana negó con la cabeza.

—No. Ya no.

Entonces pronunció las palabras que cambiaron todo.

—Yo vi a mamá regresar a casa con la chaqueta de papá. Y dentro del bolsillo había una llave que después escondió en el cajón de su habitación.

Javier abrió los ojos.

—¿Una llave de qué?

Brianna me miró.

—No lo sé. Pero mamá la conserva desde aquella noche.

Mi madre retrocedió.

Richard se volvió hacia ella.

—Elena, dime que no la tienes.

Ella no contestó.

Y en aquel silencio comprendí que la muerte de mi padre no era el único secreto que mi familia había enterrado.

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Había algo más escondido en aquella casa.

Algo que mi madre llevaba cuatro años protegiendo.

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