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Chapter 2: La carta que mi padre dejó escondida

Me quedé despierta hasta las tres de la mañana, sentada en el suelo de mi habitación, con la carta de mi padre entre las manos y mi vestido arruinado extendido a mi lado.

Cada vez que intentaba concentrarme en las palabras, escuchaba la voz de Brianna burlándose de mí.

«Debiste comprar algo más barato».

Pero ahora había algo más.

Una pregunta que no podía ignorar.

¿Por qué mi padre había dejado instrucciones para mí? ¿Y por qué había mencionado a mi madre y a Brianna de una manera que parecía anticipar exactamente lo que acababa de ocurrir?

Al amanecer, me lavé la cara, me recogí el cabello y guardé la carta dentro de mi mochila.

No iba a cancelar mi ceremonia.

Tampoco iba a permitir que Brianna tuviera la satisfacción de verme encerrada en mi habitación mientras toda la familia fingía que ella no había hecho nada malo.

Encontraría otra solución.

Aunque tuviera que hacerlo sola.

A las siete y media bajé a la cocina.

Mi mamá preparaba café. Richard revisaba unos mensajes en su teléfono, mientras Brianna comía cereal sentada frente a la ventana.

Cuando me vio, sonrió.

—Buenos días, princesa. ¿Ya superaste lo de tu vestidito?

Ignoré el comentario y abrí el refrigerador.

—Voy a buscar otro vestido hoy.

Mamá dejó la taza sobre la mesa.

—¿Con qué dinero?

—Con mis ahorros.

—Pensé que habías gastado todo en el otro.

—Todavía tengo algo.

Era mentira. Me quedaban treinta y siete dólares.

Pero no iba a explicarle mi situación a una mujer que había visto a su hija destruir mi vestido y luego me había pedido limpiar el desastre.

Richard apartó los ojos de su teléfono.

—No hay tiempo para ir de compras. Además, tu tía Linda dice que tiene un vestido blanco que quizá te quede.

Brianna soltó una carcajada.

—¿El que parece una cortina de baño?

—Brianna —la reprendió mamá, sin demasiada convicción.

Mi hermana levantó las manos.

—¿Qué? Solo estoy intentando ayudar.

La miré.

—No necesito tu ayuda.

—Entonces deja de comportarte como si todos te debiéramos algo.

Sentí que mis dedos se cerraban alrededor de la taza.

—No te debo nada, Brianna. Pero tú sí me debes una explicación.

Ella dejó la cuchara sobre el plato.

—¿Otra vez con eso?

—¿Por qué lo hiciste?

Por primera vez, su sonrisa desapareció por completo.

—Porque estoy cansada de que todo gire alrededor de ti.

—Mi ceremonia es una sola noche.

—¡Exacto! —exclamó—. Una noche en la que todos van a mirarte, hablar de ti y decirte lo especial que eres.

Mamá lleva semanas preocupándose por tus flores, tu música y tus fotografías. ¿Cuándo fue la última vez que hizo todo eso por mí?

Me quedé mirándola.

Había algo dolorosamente familiar en aquella respuesta.

Brianna siempre había confundido la atención con el amor. Si alguien me felicitaba, ella sentía que la estaban rechazando. Si recibía un regalo, ella necesitaba uno más grande.

Pero aquello no justificaba lo que había hecho.

—Podrías haber hablado conmigo —le dije.

—¿Para qué? ¿Para que te hicieras la víctima?

Mamá golpeó suavemente la mesa.

—Basta. No vamos a discutir otra vez.

La miré.

—¿Por qué siempre me pides que me calle a mí?

No respondió.

Richard se levantó y tomó las llaves del automóvil.

—Voy a trabajar. Cuando regrese, espero que las dos hayan dejado este asunto atrás.

Antes de salir, se volvió hacia mí.

—Y Mia, no hagas nada impulsivo. Tu madre ya tiene suficientes preocupaciones.

No pregunté cuáles eran esas preocupaciones.

Llevaba meses escuchando conversaciones interrumpidas cuando yo entraba en una habitación, llamadas telefónicas que terminaban de golpe y discusiones nocturnas que mamá intentaba ocultar.

Pensé que se trataba de problemas económicos.

Hasta que recordé la carta.

Después del desayuno, fui a la biblioteca pública, donde había una computadora que utilizaba para buscar trabajos ocasionales. Necesitaba averiguar si mi padre había dejado realmente una caja de seguridad.

Busqué su nombre completo: Daniel Morales.

Aparecieron varias páginas, pero ninguna parecía relevante hasta que encontré una antigua carpeta digital de documentos familiares que mi madre había compartido años atrás.

Entre archivos de seguros y recibos médicos apareció una referencia a una sucursal bancaria del centro de la ciudad.

La fecha coincidía con el último año de vida de mi padre.

Copié el nombre del banco en una hoja y revisé la carta una vez más.

No había número de cuenta ni código de acceso. Solo una indicación escrita a mano en el reverso.

«Pregunta por el señor Whitaker. Él sabe por qué».

Guardé la hoja y tomé el autobús hacia el centro.

El banco tenía una fachada de piedra y puertas de cristal que reflejaban el sol de la mañana. Me sentí fuera de lugar al entrar con mis tenis desgastados y mi mochila escolar.

Una empleada se acercó al mostrador.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarte?

—Busco una caja de seguridad que pertenecía a mi padre. Se llamaba Daniel Morales.

La mujer tecleó algo en su computadora.

—¿Eres su hija?

—Sí.

—¿Tienes algún documento que acredite tu identidad y tu relación con él?

Le mostré mi identificación y una copia de mi acta de nacimiento que llevaba en la mochila.

La empleada revisó los documentos.

—Necesito consultar con nuestro gerente. ¿Puedes esperar unos minutos?

Me senté en una silla junto a la pared.

Diez minutos después, un hombre de cabello canoso apareció en el vestíbulo.

—¿Mia Morales?

Me levanté.

—Sí.

Él extendió la mano.

—Soy Thomas Whitaker. Conocí a tu padre.

Al escuchar aquellas palabras, sentí que se me cerraba la garganta.

—¿De verdad?

—Era un buen hombre —respondió—. Y me pidió que, si algún día venías a verme con una carta suya, te atendiera personalmente.

Saqué el sobre de mi mochila.

El señor Whitaker lo examinó con cuidado.

—Reconozco su letra.

—¿Qué dejó aquí?

El gerente me observó durante unos segundos, como si estuviera decidiendo cuánto debía decirme.

—Tu padre abrió una caja de seguridad poco antes de morir. También dejó instrucciones legales específicas sobre quién podía acceder a ciertos documentos.

—¿Mi mamá sabía de esto?

Whitaker bajó la mirada.

—Tu madre estuvo aquí hace dos años.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Y qué hizo?

—Solicitó información sobre la caja. No tenía autorización para abrirla, así que no pudimos entregarle el contenido.

—¿Por qué quería abrirla?

El hombre no respondió directamente.

En cambio, me pidió que lo acompañara a una oficina privada.

Allí me explicó que necesitaría revisar algunos documentos y confirmar las instrucciones de mi padre antes de permitirme acceder a la caja. No podía entregarme todo de inmediato, pero había algo que sí podía mostrarme.

Abrió una carpeta y sacó una copia de un documento notarial.

Reconocí la firma de mi padre.

También reconocí el nombre de mi madre.

Pero debajo había otro nombre que jamás esperaba encontrar.

Richard Hale.

—¿Qué tiene que ver mi padrastro con esto? —pregunté.

Whitaker entrelazó las manos sobre el escritorio.

—Eso es precisamente lo que tu padre quería que descubrieras.

Me deslizó una segunda hoja.

Era un registro de una transferencia bancaria realizada seis meses antes de la muerte de mi padre.

La cantidad me hizo contener el aliento.

Doscientos cincuenta mil dólares.

El dinero había salido de una cuenta perteneciente a mi padre y había sido transferido a una empresa cuyo representante legal era Richard.

—No entiendo —susurré—. Mi papá nunca me habló de una empresa.

—Quizá no quería preocuparte.

—¿Mi mamá sabía de este dinero?

Whitaker guardó silencio demasiado tiempo.

Luego señaló una cláusula al final del documento.

—Hay algo más. Tu padre dejó establecido que, al cumplir quince años, tendrías derecho a recibir una parte de sus bienes. Pero existe una condición importante.

—¿Cuál?

El gerente giró el documento hacia mí.

Leí la cláusula dos veces.

Mi padre había creado un fondo destinado a financiar mi educación y asegurar mi futuro. El dinero debía permanecer protegido hasta que yo alcanzara la edad establecida en el contrato, salvo que se demostrara que mis tutores habían incumplido sus obligaciones legales.

Y alguien había presentado una solicitud para modificar ese fondo.

Una solicitud firmada por mi madre.

La fecha era de tres semanas atrás.

—¿Por qué querría hacer eso? —pregunté, sintiendo que la voz me temblaba.

Whitaker se quitó los lentes.

—No puedo asegurar cuáles fueron sus motivos. Pero tu padre dejó una nota adicional que solo debía entregarte personalmente.

Abrió un sobre más pequeño y me lo dio.

Dentro había una fotografía de mi padre conmigo cuando era niña.

En la parte posterior, con su letra, había escrito:

«Mia, si estás leyendo esto, significa que alguien intentó quitarte lo que te pertenece. No confíes solamente en lo que te digan. Busca las pruebas».

Debajo aparecía una dirección.

Era la dirección de nuestra propia casa.

Y una última frase.

*«La verdad está escondida detrás de la pared del antiguo estudio. Richard no sabe que la dejé allí».*

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

El antiguo estudio de mi padre era ahora la oficina de Richard.

Y aquella noche, cuando regresara a casa, tendría que entrar allí sin que nadie me viera.

Pero mientras guardaba los documentos, mi teléfono comenzó a vibrar.

Era un mensaje de Brianna.

«Mamá dice que llegues temprano. Tenemos que hablar de tu ceremonia».

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Debajo había una fotografía.

Mi vestido blanco estaba extendido sobre una mesa, y mi madre sostenía unas tijeras.

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