Chapter 4: Mi hermana sabía más de lo que aparentaba
Brianna estaba parada en la puerta de la oficina, sosteniendo la caja negra de mi padre con ambas manos. Su rostro había perdido el color, pero no parecía sorprendida por lo que había encontrado.
Parecía asustada.
Y eso me asustó más que cualquier amenaza de Richard.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, intentando mantener la voz firme.
Brianna miró la caja y después la ventana abierta.
—Eso debería preguntarte yo, Mia. ¿Por qué estás revisando las cosas de Richard?
—Eran de nuestro padre.
—Papá murió hace cuatro años.
—Precisamente. Y alguien está utilizando su nombre para robar dinero.
Su expresión cambió.
Por un instante, vi algo que nunca había visto en mi hermana: miedo verdadero.
—¿Qué dinero?
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos en el pasillo.
Richard.
Brianna cerró la caja de golpe.
—Dame la memoria USB —susurró.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Sé que tienes una. Te vi sacarla de la caja.
Mi corazón empezó a golpearme las costillas.
—¿Cómo sabes lo que había dentro?
Brianna miró hacia la puerta.
—No tenemos tiempo para esto.
Richard golpeó la madera.
—¡Brianna! ¿Qué estás haciendo en mi oficina?
Mi hermana me miró directamente a los ojos.
—Escúchame bien. Si él te encuentra aquí con esos documentos, estamos acabadas.
—¿Estamos?
La puerta se abrió antes de que pudiera contestar.
Richard apareció con el rostro enrojecido. Detrás de él estaba mi madre, Elena, todavía sosteniendo su teléfono.
Sus ojos recorrieron la habitación.
Primero vieron la ventana abierta.
Después, la caja.
Finalmente, se detuvieron en mí.
—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Richard.
No respondí.
Brianna se adelantó.
—Yo entré porque escuché un ruido. Mia estaba revisando tus cosas.
Richard le arrebató la caja.
—¡Te advertí que no entraras aquí!
—No sabía que estaba prohibido tocar las cosas de nuestro padre —respondí.
Mi madre palideció.
Richard dejó la caja sobre el escritorio con tanta fuerza que la grabadora cayó al suelo.
—Tu padre está muerto. Lo que hay en esta oficina no te concierne.
—Entonces, ¿por qué quieres que firme documentos esta noche?
El silencio fue inmediato.
Mi madre miró a Richard.
Él apretó la mandíbula.
—¿Quién te dijo eso?
—Te escuché hablando con mamá.
—Estabas espiando.
—Estaba buscando una explicación.
Richard avanzó hacia mí.
—Dame lo que sacaste de esa caja.
Apreté los puños.
—No sé de qué hablas.
—¡No me mientas!
Su grito hizo que Brianna retrocediera.
Por primera vez, mi hermana no sonrió ni hizo un comentario sarcástico. Se quedó mirando a Richard como si acabara de reconocer a un desconocido.
Mi madre se interpuso entre nosotros.
—Richard, por favor. Es el día de su ceremonia. No hagamos una escena.
—Tu hija acaba de entrar ilegalmente en mi oficina y robar documentos.
—Son documentos de mi padre —repetí.
Richard señaló la puerta.
—Baja. Los invitados llegarán pronto. Y tú, Brianna, ve a prepararte.
Brianna dejó la caja sobre el escritorio.
Antes de salir, pasó junto a mí y rozó mi mano.
Algo pequeño cayó en mi palma.
Una llave.
La misma que había visto colgada del llavero de Richard durante meses.
No comprendí su significado hasta que Brianna me miró y movió los labios sin emitir sonido.
«Garaje».
Bajé las escaleras detrás de mi madre, fingiendo obediencia.
En la sala, las decoraciones de mi ceremonia estaban listas. Había flores blancas sobre las mesas, fotografías de mi infancia y una enorme pancarta con mi nombre.
Todo parecía perfecto.
Pero ahora sabía que aquella celebración podía convertirse en una trampa.
A las cinco y cuarenta, mi madre me llamó a la cocina.
—Mia, necesitamos hablar.
Me quedé junto a la puerta.
—¿Sobre qué?
Ella se frotó las sienes.
—Richard está muy molesto. Encontró documentos que podrían causar problemas si se malinterpretan.
—¿Documentos relacionados con el dinero de papá?
Mi madre cerró los ojos.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Entonces explícame la transferencia de doscientos cincuenta mil dólares que se hizo dos días después de su muerte.
Su rostro quedó completamente inmóvil.
No intentó negarlo.
Eso fue suficiente para hacerme sentir náuseas.
—¿Quién firmó ese documento, mamá?
Ella miró hacia el pasillo antes de responder.
—Tu padre tenía muchas deudas.
—Eso no responde mi pregunta.
—Richard estaba intentando proteger a esta familia.
—¿Falsificando la firma de un hombre muerto?
Mi madre me dio una bofetada.
El sonido resonó en la cocina.
Durante unos segundos, ninguna de las dos se movió.
Yo me llevé una mano a la mejilla.
Ella parecía horrorizada por lo que había hecho, pero no se disculpó.
—Nunca vuelvas a hablarme así —susurró.
La miré con lágrimas en los ojos.
—¿Qué te pasó? Tú no eras así.
Mi madre apartó la mirada.
—La vida no es como tú crees, Mia.
—¿Y papá? ¿Él también era como ustedes?
Su expresión se quebró.
Por un instante, pareció que iba a confesarlo todo.
Pero entonces Richard apareció en la puerta.
—El automóvil está listo. Mia, tu vestido de reemplazo está en tu habitación. Póntelo y baja en veinte minutos.
No era una petición.
Subí sin discutir.
En mi habitación encontré un vestido blanco de encaje que probablemente había pertenecido a mi tía. Era demasiado grande en la cintura y demasiado corto en las mangas.
Sobre la cama había una nota.
«No hagas preguntas durante la ceremonia. Firma los documentos y todo terminará».
No estaba firmada.
Pero reconocí la letra de Richard.
Me senté en el borde de la cama y saqué la memoria USB de mi zapato.
No tenía computadora propia, pero recordé que el señor Whitaker me había dicho que podía ayudarme a revisar los archivos si encontraba algo sospechoso.
El mensaje del desconocido seguía en mi teléfono.
Tenía que estar detrás de la iglesia antes de las seis.
Me cambié rápidamente, oculté la memoria dentro del forro del vestido y bajé las escaleras.
Mi madre estaba recibiendo a los primeros invitados.
Richard conversaba con el fotógrafo.
Brianna estaba junto a la puerta trasera.
Cuando pasé a su lado, me sujetó del brazo.
—No vayas al garaje —susurró.
La miré confundida.
—Tú me diste la llave.
—Porque necesitaba que encontraras algo. Pero Richard acaba de llamar a alguien. Están esperando allí.
—¿Quién?
Brianna tragó saliva.
—El hombre que ayudó a falsificar la firma de papá.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Lo conoces?
Mi hermana asintió lentamente.
—Sí. Y Mia, hay algo que nunca te he contado sobre la noche del accidente.
Antes de que pudiera preguntarle, Richard apareció detrás de ella.
—¿Qué secretos están compartiendo mis niñas?
Brianna soltó mi brazo.
Yo sonreí como si nada hubiera ocurrido.
Pero mientras Richard me acompañaba hacia el automóvil, mi hermana deslizó algo más en mi mano.
Una fotografía doblada.
La abrí discretamente.
En ella aparecía mi padre junto a Richard, frente a un automóvil negro.
En el reverso había una fecha.
El día en que murió mi padre.
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Y debajo, escrito con tinta roja, había una frase que me heló la sangre:
*«El accidente no fue un accidente».*
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