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Chapter 6: La traición que venía de casa

Las puertas de cristal se cerraron con un sonido suave.

Dos guardias se colocaron cerca de la entrada, mientras otros empleados guiaban discretamente a los huéspedes hacia el restaurante y las áreas privadas. Nadie quería que el vestíbulo se convirtiera en una escena todavía más escandalosa.

Robert, sin embargo, ya no estaba pensando en la reputación del hotel.

Estaba pensando en el mensaje que había recibido su hija.

Tu hija no es la única persona a la que podemos utilizar para llegar a ti.

Grace seguía dormida en brazos de Danielle. La pequeña respiraba con tranquilidad, ajena al peligro que los adultos parecían descubrir a cada minuto.

Robert se acercó a su hija.

—Dame tu teléfono un momento, cariño.

Danielle se lo entregó.

—¿Crees que alguien sabe dónde vivimos?

—No voy a sacar conclusiones sin comprobarlo. Pero voy a asegurarme de que tú y Grace estén protegidas.

—Papá, no quiero que esto se convierta en una guerra entre familias.

Robert le devolvió el teléfono.

—Tampoco yo. Pero alguien acaba de amenazarte utilizando a tu hija. Eso cambia las cosas.

Danielle miró a Victoria.

La mujer tenía los ojos clavados en el suelo.

—¿Quién te dijo que enviaras ese mensaje? —preguntó Danielle.

Victoria levantó la cabeza de golpe.

—¡Yo no envié ese mensaje!

—No he dicho que lo enviaras. Te estoy preguntando quién está detrás de todo esto.

Victoria se mordió el labio.

Edward se colocó frente a ella.

—Victoria, si sabes algo sobre una amenaza contra una recién nacida, tienes que decirlo.

—No entiendes lo que está en juego.

—Entonces explícamelo.

Ella miró a Robert.

—Hace seis meses, alguien se puso en contacto conmigo para hablar de una oportunidad de inversión. Me dijo que Brooks Hospitality estaba preparando una reestructuración y que ciertas participaciones familiares podían adquirirse por una cantidad relativamente baja.

Robert frunció el ceño.

—¿Quién se puso en contacto contigo?

—Un intermediario. Nunca traté directamente con el comprador.

—¿Cómo se llamaba?

—Daniel Cross.

Edward se quedó inmóvil.

—Ese nombre aparece en los pagos que descubrí.

Victoria lo miró con desesperación.

—¡Te dije que no sabía quién era realmente!

—Pero aceptaste participar.

—¡Pensé que era una negociación legal!

Robert señaló los documentos.

—¿Y la firma falsificada de Danielle también formaba parte de una negociación legal?

Victoria bajó la mirada.

—Me dijeron que existía una autorización previa. Que el documento solo necesitaba incorporarse al expediente antes de la votación.

—¿Quién te lo dijo?

—Daniel.

—¿Y quién le dio la firma de mi hija?

Victoria tardó en responder.

—No lo sé.

Robert golpeó suavemente el mostrador con la palma.

—Deje de proteger a alguien que la está utilizando.

Victoria levantó la cabeza, indignada.

—¡No estoy protegiendo a nadie!

—Entonces diga la verdad.

Ella respiró agitadamente.

—Daniel me entregó un archivo con una copia de la firma. Dijo que provenía de un documento familiar antiguo y que la autorización ya había sido aprobada. Yo no sabía que era falsa.

Danielle sintió una mezcla de rabia y decepción.

—¿Y por eso me golpeó?

Victoria la miró, desconcertada.

—¿Qué?

—Me golpeó antes de saber quién era. Me insultó por cómo iba vestida y decidió que no merecía estar aquí. No tenía nada que ver con los documentos.

Victoria abrió la boca.

No encontró una respuesta.

Danielle continuó:

—Incluso si usted creyera que yo era una visitante cualquiera, ¿qué le daba derecho a ponerme una mano encima?

La mujer bajó los ojos.

—No tengo excusa.

—No —respondió Danielle—. No la tiene.

Edward cerró la computadora portátil.

—Tenemos que encontrar a Daniel Cross.

Robert asintió.

—Y descubrir quién lo contrató.

En ese momento, el teléfono de Marcus vibró nuevamente.

El gerente leyó el mensaje y se acercó con cautela.

—Señor Brooks, la oficina corporativa solicita que se suspenda cualquier investigación interna hasta que la junta se reúna.

Robert extendió la mano.

Marcus le mostró la pantalla.

El mensaje estaba firmado por Charles Whitmore.

Por instrucciones del presidente, toda investigación relacionada con la transferencia debe detenerse. Los empleados que compartan documentos confidenciales sin autorización serán suspendidos.

Robert levantó lentamente la mirada.

—¿Charles ha ordenado detener una investigación sobre una firma falsificada?

—Eso parece, señor.

—Entonces Charles acaba de convertirse en parte de la investigación.

Marcus tragó saliva.

—Señor, con todo respeto, si desafiamos una instrucción de la junta, podría haber consecuencias legales.

—Las habrá si obedecemos una instrucción destinada a ocultar pruebas.

Robert sacó su propio teléfono y llamó a la directora jurídica de la compañía.

—Elena, necesito que vengas al hotel inmediatamente. Trae a un especialista independiente en fraude documental y a alguien que pueda preservar los registros corporativos. No informes a Charles hasta que llegues.

Escuchó unos segundos.

—Sí. Es urgente. Y Elena, si alguien intenta impedirte acceder a los archivos, documenta la orden y no alteres nada.

Colgó.

Victoria lo observó con una expresión extraña.

—¿Realmente crees que puedes controlar esto?

Robert guardó el teléfono.

—No necesito controlarlo todo. Necesito descubrir quién está mintiendo.

—Hay personas mucho más poderosas que tú involucradas.

Edward se volvió hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

Victoria miró a su esposo y luego a Danielle.

—Daniel Cross no trabaja solo. Tiene acceso a documentos internos, información familiar y detalles de las participaciones heredadas. Eso no se consigue con una simple inversión.

Robert se quedó pensativo.

Era cierto. La información que aparecía en los documentos no estaba disponible para cualquier comprador. Alguien había facilitado datos privados de la familia y detalles específicos del fideicomiso de su difunta esposa.

Alguien que conocía la estructura de Brooks Hospitality.

Alguien que sabía que Danielle no solía participar en las decisiones corporativas.

Y alguien que podía haber obtenido una copia de su firma auténtica.

—¿Quién tenía acceso a los documentos del fideicomiso? —preguntó Danielle.

Robert la miró.

—La directora jurídica, el administrador fiduciario y yo.

Edward intervino.

—También Charles, porque la junta recibió una versión resumida de la estructura patrimonial hace un año.

Robert negó con la cabeza.

—No recibió una copia de tu firma.

—Entonces, ¿cómo la consiguieron?

Nadie respondió.

Victoria comenzó a llorar en silencio.

—Hay algo que no les he contado.

Edward la miró con incredulidad.

—¿Todavía hay algo más?

Ella asintió.

—Daniel me prometió una participación en la sociedad que iba a adquirir el hotel. Pero para conseguirla, necesitaba que yo convenciera a Marcus de expulsar a Danielle si aparecía antes de la votación.

Marcus se puso rígido.

—¿Qué?

Victoria lo miró.

—Me dijeron que, si Danielle llegaba al hotel, debía crear un incidente que justificara su salida inmediata. Así nadie podría relacionarla con los documentos ni permitirle hablar con su padre antes de que se aprobara la transferencia.

Robert sintió que la ira le cerraba la garganta.

—¿Estás diciendo que la agresión fue planeada?

—No sabía que llegaría a ese extremo —respondió Victoria rápidamente—. Solo tenía que impedir que se quedara.

Danielle la observó con incredulidad.

—¿Me golpeó para evitar que hablara con mi padre?

Victoria se cubrió el rostro.

—No pensé que...

—¡Sostenía a mi hija!

La voz de Danielle resonó en el vestíbulo.

Grace se removió y comenzó a llorar. Danielle bajó inmediatamente la voz y la acunó con cuidado, murmurándole palabras tranquilizadoras.

Robert se acercó para ayudarla, pero ella negó suavemente con la cabeza.

—Estoy bien, papá.

Después volvió a mirar a Victoria.

—Usted sabía que yo no había hecho nada malo. Aun así, decidió humillarme para cumplir las órdenes de un desconocido.

Victoria no respondió.

Robert hizo una señal al guardia.

—Acompañe a la señora Sterling a una sala privada. No la retenga contra su voluntad ni le quite sus pertenencias. Necesitamos que esté disponible para responder preguntas y que toda comunicación relacionada con este incidente quede documentada.

Victoria se levantó lentamente.

Antes de marcharse, se volvió hacia Danielle.

—Sé que no merezco que me creas, pero hay algo que debes saber. Daniel no quería solamente el hotel.

Danielle frunció el ceño.

—¿Qué más quería?

Victoria miró a Robert.

—Quería que la transferencia pareciera una decisión tomada por la propia familia Brooks. Si alguien cuestionaba la operación, los documentos demostrarían que Danielle había autorizado la venta voluntariamente.

Edward se pasó una mano por el rostro.

—Eso significaría que podrían utilizar la firma para justificar cualquier cosa.

—Exactamente —susurró Victoria.

El teléfono de Robert vibró de nuevo.

Era un correo de Elena, la directora jurídica, que acababa de recibir los primeros registros preservados del sistema.

Robert abrió el archivo adjunto.

Aparecían varios accesos al expediente del fideicomiso de Danielle, todos realizados desde una cuenta autorizada.

El más reciente correspondía a la noche anterior.

Y el usuario no era Charles Whitmore.

Tampoco era Victoria Sterling.

Era alguien que Robert había protegido durante años.

Alguien a quien había confiado las llaves de su casa, los secretos de su familia y el futuro de su hija.

Danielle vio cómo el rostro de su padre perdía el color.

—Papá, ¿quién es?

Robert no respondió.

Amplió la imagen hasta que el nombre apareció claramente en la pantalla.

*MARIANA BROOKS.*

La hermana menor de Robert.

La tía de Danielle.

La mujer que había sostenido a Grace en el hospital apenas tres días antes y que había llorado al prometer que protegería a su sobrina de cualquier daño.

Danielle sintió que el aire le faltaba.

—No —susurró—. Tía Mariana no haría algo así.

Robert cerró los ojos.

En ese momento, recibió un último mensaje de Elena.

Robert, hay un segundo documento. No es una transferencia de acciones. Es una solicitud de modificación del fideicomiso de Danielle.

Debajo había una advertencia.

Si el tribunal acepta la documentación, la custodia administrativa de los bienes de Grace podría pasar a un tercero.

Danielle abrazó a su hija con cuidado.

—Papá... ¿qué significa eso para Grace?

Robert miró a su nieta y después a su hija.

No tenía todavía todas las respuestas.

Pero sabía una cosa.

La traición no había comenzado en aquel vestíbulo.

Había comenzado mucho antes, dentro de su propia familia.

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Y si Mariana había firmado aquellos documentos, la próxima persona a la que tendrían que enfrentarse no sería una desconocida vestida de fucsia.

Sería la mujer que Danielle había llamado tía toda su vida.

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