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Chapter 8: La carpeta azul y la traición de mi propia sangre

No dormí aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la fotografía de mi padre, la firma falsificada y el mensaje que Vanessa había enviado a Maya.

A las seis de la mañana, llamé al señor Harris.

—Necesito saber qué había en esa caja.

—Estoy esperando la confirmación del banco —respondió—. No vayas a la casa de tu madrastra ni intentes confrontarla. Si retiró documentos, debemos establecer primero quién autorizó el acceso.

—¿Y si destruye las pruebas?

—Por eso estamos solicitando que se conserven los registros de entrada y las imágenes de seguridad.

Colgué y me senté al borde de la cama.

Mi habitación seguía oliendo a tela, hilo y jabón. Sobre la mesa estaba el vestido de retazos que había presentado en la competencia.

Lo observé durante un largo rato.

Había ganado un premio.

Había recibido una oferta para desarrollar mi primera colección.

Y, aun así, una parte de mí seguía sintiéndose como la muchacha que había recogido restos de tela del suelo mientras su familia se reía de ella.

Me levanté y extendí el vestido sobre la cama.

Pasé los dedos por las costuras.

No quería que Vanessa se convirtiera en el centro de mi vida. Quería diseñar. Quería recuperar mi visión tanto como fuera posible. Quería dejar de medir mi valor según la opinión de alguien que había decidido que yo era una carga.

A las nueve, el señor Harris me llamó.

—El banco confirmó que la caja fue abierta mediante una autorización presentada por un tercero. Estamos investigando cómo se validó. También recuperamos un registro preliminar de los documentos retirados.

—¿Está la carpeta azul?

—Según el inventario inicial, sí. Pero hay algo más: el banco informó de que una persona intentó acceder a otra caja vinculada a la empresa de tu padre.

—¿Lo consiguió?

—No. Esa segunda caja requiere dos autorizaciones independientes. La solicitud fue rechazada.

Thomas nos esperaba en la oficina de Patricia cuando llegué.

Sobre la mesa había una fotografía del registro de acceso.

El nombre de la persona que había presentado la autorización estaba parcialmente cubierto por un sello, pero el apellido era visible.

Reed.

Miré a Thomas.

—¿Usted abrió la caja?

Su rostro cambió.

—No.

—Su apellido aparece en el registro.

Thomas tomó la fotografía y la examinó.

—Hay varios abogados y representantes que trabajan con el banco. Pero nunca autoricé a nadie a retirar documentos de Daniel.

El señor Harris intervino.

—No vamos a acusar a nadie sin verificar la identidad completa. Sin embargo, debemos considerar todas las posibilidades.

Thomas asintió, aunque parecía profundamente preocupado.

—Daniel confió en mí para proteger a su hija. Si alguien utilizó mi nombre, quiero saberlo.

Patricia recibió un mensaje y lo leyó en silencio.

—El banco acaba de enviar el nombre completo del representante.

Giró la pantalla hacia nosotros.

Era un hombre llamado Andrew Reed, antiguo socio comercial de Thomas.

—Trabajó con Daniel durante varios años —explicó Thomas—. Pero se separaron después de una disputa relacionada con una inversión.

—¿Qué clase de inversión? —pregunté.

Thomas vaciló.

—Una empresa textil que intentó adquirir los derechos de varios diseños sostenibles. Daniel se retiró del acuerdo porque descubrió irregularidades en la valoración de las creaciones.

Sentí un escalofrío.

—¿Mis diseños estaban incluidos?

—Algunos de tus primeros bocetos aparecían en una propuesta preliminar. Daniel insistió en que nunca debían utilizarse sin tu autorización.

El señor Harris tomó notas.

—Necesitaremos los contratos de esa operación y cualquier comunicación relacionada con Vanessa.

Thomas abrió su maletín.

—Conservé copias de varios documentos. Se los entregaré hoy mismo.

Entonces el teléfono de Maya comenzó a sonar.

Había llegado a la oficina unos minutos antes, después de recibir un mensaje de una amiga que trabajaba en la casa de Vanessa.

Contestó y escuchó en silencio.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué pasó? —pregunté cuando colgó.

Maya me miró con los ojos muy abiertos.

—Mamá está vaciando el despacho de papá.

Me levanté.

—¿Cómo lo sabes?

—Mi amiga dice que hay cajas en el pasillo y que un hombre está sacando carpetas y computadoras. También vio que mamá llevaba la carpeta azul.

El señor Harris se puso de pie.

—No vayas allí. Llamaré a las autoridades competentes para solicitar que se preserve cualquier documentación relacionada con la investigación.

Pero Maya ya estaba llorando.

—Hay algo más. Mi mamá me dejó un mensaje de voz anoche. No lo escuché hasta ahora.

Abrió la grabación.

La voz de Vanessa sonó en el altavoz.

«Maya, si alguien te pregunta por los documentos de tu padre, no recuerdas nada. ¿Me oyes? Nada.

Tu hermana no tiene idea de lo que está en juego. Si descubre lo que Daniel hizo con la empresa, nos quitará todo».

La grabación terminó.

Maya se cubrió la boca.

—Ella sabía que yo podía contar lo de la carpeta.

Thomas miró al abogado.

—Necesitamos comprobar si los documentos de la caja contienen el acuerdo original.

El señor Harris asintió.

—Y debemos establecer por qué Vanessa tenía acceso a la autorización de emergencia.

Pasamos las siguientes horas revisando registros, correos y copias de contratos.

Cada documento añadía una pieza al rompecabezas.

La empresa textil mencionada por Thomas había negociado la adquisición de ciertos diseños. Sin embargo, el acuerdo nunca se había completado porque Daniel había exigido que Nia Williams figurara como titular de los derechos.

Una cláusula posterior indicaba que cualquier transferencia necesitaba mi consentimiento por escrito.

Y en una carpeta de correspondencia apareció un correo enviado por Vanessa a Andrew Reed tres semanas después del funeral.

«Daniel ya no puede interferir. Si conseguimos registrar la colección a nombre de la empresa, podremos cerrar el acuerdo».

Leí la frase en silencio.

No era una prueba definitiva de que hubieran cometido un delito, pero demostraba que Vanessa había intentado negociar mis diseños sin informarme.

—¿Qué acuerdo? —pregunté.

Thomas señaló una cifra en el contrato preliminar.

Era una cantidad que podía cambiar por completo mi vida.

—Si la operación se hubiera completado, la empresa habría recibido una inversión importante a cambio de los derechos comerciales sobre la colección —explicó—. Pero Daniel se negó a firmar porque consideraba que los diseños te pertenecían.

—¿Y Vanessa quería firmar en su lugar?

—Eso parece indicar el correo. Necesitamos los documentos originales para confirmarlo.

Maya comenzó a llorar otra vez.

—Yo sabía que quería vender algunas cosas de papá, pero no sabía que estaba haciendo esto.

La miré.

—¿Alguna vez te pidió que firmaras algo en mi nombre?

Maya tardó demasiado en responder.

Mi corazón se hundió.

—Maya.

Ella sacó su teléfono y abrió una fotografía guardada.

Era una página con mi nombre, una línea para la firma y una cláusula que autorizaba el uso comercial de varios diseños.

—Mamá me pidió que llevara esta hoja a tu habitación hace dos meses —confesó—. Me dijo que era una autorización para organizar tus cosas. Cuando te negaste a firmarla, dijo que encontraría otra manera.

La miré con incredulidad.

—¿Y por qué no me lo contaste?

—Tenía miedo. Mamá dijo que podía echarme de casa y dejar de pagar mis gastos. Pensé que no pasaría nada si yo no firmaba.

Sentí rabia, pero también tristeza.

Maya había elegido el silencio cuando yo necesitaba ayuda.

—No puedo cambiar lo que hice —dijo entre lágrimas—. Pero puedo ayudarte a demostrar la verdad.

El señor Harris tomó la fotografía.

—Esto debe conservarse como evidencia. No borres el mensaje ni modifiques el archivo original.

Asentí.

Por primera vez, Maya estaba haciendo algo que podía ayudar a descubrir la verdad, aunque eso también significara admitir su propia participación en los acontecimientos.

Al caer la tarde, Patricia recibió una llamada del banco.

Escuchó atentamente y después nos pidió que guardáramos silencio.

—Han encontrado una copia digital de la autorización utilizada para abrir la caja —anunció—. La firma de Daniel que aparece en ella no coincide con la que figura en los documentos originales.

Thomas cerró los ojos.

El señor Harris tomó el teléfono y solicitó que el banco preservara el archivo completo.

Yo sentí que las piezas finalmente comenzaban a encajar.

Pero entonces Patricia recibió un segundo mensaje.

Lo leyó y se quedó inmóvil.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Me mostró la pantalla.

El banco había encontrado una nota adicional dentro del expediente de la caja.

La nota estaba firmada por mi padre y llevaba una instrucción específica:

«Si alguien intenta retirar la carpeta azul sin la autorización de mi hija, entreguen inmediatamente a Nia Williams el segundo sobre».

Levanté la mirada.

—¿Qué segundo sobre?

Patricia leyó la última línea del mensaje.

—El registro indica que ese sobre fue retirado junto con la carpeta azul.

Thomas se puso de pie de golpe.

—Entonces Andrew no solo buscaba los documentos empresariales.

—¿Qué más contenía el sobre? —pregunté.

Nadie respondió.

Hasta que el señor Harris recibió una fotografía del inventario.

En la imagen aparecía un sobre abierto, una memoria digital y una hoja con varias firmas.

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Entre ellas estaba la mía.

Pero yo jamás había firmado ese documento.

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