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Chapter 2: La etiqueta que Vanessa olvidó revisar

Durante unos segundos, nadie habló.

Maya dejó de sonreír. Vanessa apretó tanto el brazo de su hija que los nudillos se le pusieron blancos.

Yo miré el vestido robado y luego a la jueza Evelyn Brooks.

—Porque yo lo diseñé —respondí—. Cada puntada, cada cuenta y cada centímetro de tela. Está registrado a mi nombre.

Maya soltó una carcajada nerviosa.

—Eso es mentira. Mi mamá me ayudó a elegirlo y yo participé en el diseño.

—¿Participaste? —preguntó Evelyn—. ¿Podrías explicarnos qué técnica utilizaste para construir el corpiño?

Maya abrió la boca.

No salió ninguna respuesta.

Vanessa intervino de inmediato.

—Mi hija no tiene por qué someterse a un interrogatorio. Es una joven creativa y ustedes están convirtiendo una confusión familiar en un espectáculo.

Evelyn no apartó los ojos de ella.

—Señora, no estamos hablando de una discusión doméstica. Estamos hablando de una competencia profesional con reglas muy claras.

Sacó una pequeña tarjeta de su carpeta.

—La inscripción número 184 pertenece a Nia Williams. Aquí está su boceto original, presentado hace seis semanas. El diseño coincide con el vestido que lleva su hija.

Maya miró a su madre.

Por primera vez, vi miedo en su rostro.

—Mamá, dijiste que nadie comprobaría eso.

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.

Vanessa se volvió hacia ella.

—¡Cállate, Maya!

Pero ya era demasiado tarde.

Uno de los jueces, un hombre de cabello gris llamado Richard Coleman, dio un paso adelante.

—Señorita Maya, ¿está afirmando que sabía que este diseño pertenecía a otra persona?

—Yo… no quise decir eso.

—Entonces, ¿qué quiso decir?

Maya empezó a retorcer el borde de la falda.

—Mi mamá me dijo que Nia nunca iba a presentarse. Dijo que podía usarlo porque ella ya no lo necesitaba.

Sentí un nudo en la garganta.

Ni siquiera habían considerado que yo pudiera llegar al escenario.

Para ellas, yo ya había perdido antes de que comenzara la competencia.

Vanessa levantó la barbilla.

—Mi hija está nerviosa. No sabe lo que está diciendo.

—Tengo veinte años, no cinco —protestó Maya—. ¡Tú me dijiste que Nia no podía hacer nada!

La miré en silencio.

Parte de mí quería gritarle. Otra parte deseaba preguntarle cómo había podido hacerlo después de todos los años que habíamos vivido bajo el mismo techo.

Pero la pregunta que finalmente salió de mis labios fue otra.

—¿Por qué?

Maya me miró.

—¿Qué?

—¿Por qué necesitabas robarme algo que hice con mis propias manos?

Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque no sabía si eran de vergüenza o de miedo.

—Porque tú siempre eras la favorita de papá.

La confesión me golpeó inesperadamente.

—¿La favorita? —repetí—. Maya, papá te pagó clases de piano, te compró el auto que conduces y financió tus viajes. Yo nunca te pedí que renunciaras a nada de eso.

—¡Pero siempre hablaba de tus diseños! —gritó ella—. Cada vez que alguien preguntaba por el futuro, él decía que tú ibas a llegar lejos. Yo estaba cansada de sentirme como una sombra.

Por primera vez, entendí que el resentimiento de Maya no había comenzado con aquel vestido.

Llevaba años creciendo en silencio.

Pero comprender su dolor no significaba aceptar su crueldad.

—Entonces debiste crear algo propio —le dije—. No robar lo único que todavía me quedaba de él.

Maya apartó la mirada.

Vanessa, en cambio, no mostró arrepentimiento.

—Qué discurso tan conmovedor —dijo—. Pero no olvides quién paga las cuentas de la casa donde vives.

La frase me devolvió a la realidad.

Ella controlaba el dinero. Tenía las llaves de la casa, acceso a las cuentas familiares y la capacidad de hacerme la vida imposible en cuestión de horas.

—Cuando termine esta farsa —continuó—, vas a regresar conmigo y vas a disculparte por avergonzar a esta familia.

Evelyn cerró lentamente su carpeta.

—Señora, le aconsejo que no amenace a una participante mientras estamos investigando una posible apropiación de propiedad intelectual.

Vanessa soltó una risa seca.

—¿Propiedad intelectual? Es un vestido.

—Un diseño registrado —corrigió Richard—. Y la diferencia importa.

Evelyn me pidió que la acompañara a una sala privada. Antes de salir, me entregó una tarjeta con el número de un abogado que colaboraba con la competencia.

—No firme nada que su madrastra le presente —me advirtió en voz baja—. Y conserve todas las pruebas que tenga.

Asentí.

Mientras caminábamos por el pasillo, el ruido del público quedó atrás. Mi corazón seguía acelerado.

—Señora Brooks —pregunté—, ¿voy a quedar descalificada por lo que hizo Maya?

Evelyn se detuvo.

—No, Nia. Hasta donde sabemos, tú cumpliste las reglas. Pero necesito comprobar algunos detalles antes de tomar una decisión definitiva.

—¿Y el premio?

—Todavía no puedo prometértelo.

Aquellas palabras me decepcionaron, aunque no me sorprendieron.

Había pasado toda la noche luchando por mantenerme en pie. No esperaba que el mundo se arreglara de repente.

Entonces Evelyn sacó una copia de mi inscripción.

—Hay algo que me llamó la atención cuando revisé tu expediente. Tu padre, Daniel Williams, presentó una declaración adicional junto con tus documentos.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Mi papá?

—Sí. La declaración está sellada y solo puede abrirse si surge una disputa sobre la autoría de tu diseño o sobre los derechos relacionados con él.

Miré el sobre que llevaba en la mano.

Mi padre había muerto ocho meses atrás. No podía entender por qué habría dejado un documento de ese tipo.

—¿Qué dice?

Evelyn negó con la cabeza.

—Todavía no lo he abierto. Pero hay una instrucción escrita por él que debemos respetar.

Me entregó una hoja.

Reconocí inmediatamente la letra de mi padre: las letras inclinadas, la forma peculiar en que cruzaba las tes y aquella pequeña mancha de tinta que aparecía al final de su firma.

Mis dedos comenzaron a temblar.

La nota decía:

«Si alguien intenta quitarle a Nia lo que ha creado, no le entreguen el premio hasta verificar quién tiene derecho a recibirlo. La verdad sobre nuestra familia debe conocerse primero».

Leí la frase dos veces.

—¿Qué verdad? —susurré.

Evelyn me observó con una seriedad que nunca había visto en su rostro.

—Eso es precisamente lo que debemos averiguar.

Regresamos a la sala de evaluación. Vanessa ya estaba hablando con un organizador, gesticulando con furia.

Cuando me vio entrar con Evelyn, se acercó inmediatamente.

—Nia, nos vamos a casa. Ahora mismo.

—No voy a irme hasta que termine la investigación.

Vanessa me miró como si acabara de cometer una traición.

—¿Después de todo lo que he hecho por ti?

—¿Qué has hecho por mí, Vanessa? ¿Robarme mi vestido? ¿Decirme que soy una carga? ¿Hacerme creer que no tengo futuro porque necesito una cirugía?

Su rostro se endureció.

—Ten cuidado con lo que dices.

—No. Esta vez voy a hablar.

Maya se quedó a unos pasos, sosteniendo la falda robada con ambas manos.

—Nia, por favor. No quería que todo llegara tan lejos.

La miré.

—Pero sabías que estaba mal.

No respondió.

Entonces Richard se acercó con una carpeta gruesa.

—Hemos revisado los documentos de inscripción. El diseño de Nia está registrado correctamente. La prenda presentada por Maya coincide con los bocetos originales y no tiene autorización de uso.

Vanessa palideció.

—Eso no demuestra nada.

—Demuestra suficiente para suspender la evaluación de Maya mientras investigamos —respondió él—. Y también confirma que Nia sigue siendo elegible para el premio.

Sentí que el aire regresaba a mis pulmones.

Por un instante, creí que todo había terminado.

Pero Evelyn seguía mirando la declaración de mi padre.

—Hay una última cosa —dijo—. El documento no se refiere únicamente al vestido.

Abrió la carpeta y sacó una segunda hoja.

En la parte superior aparecía el nombre completo de mi padre, seguido de una referencia a un fideicomiso familiar.

Vanessa dejó de respirar por un segundo.

Yo la miré.

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Ella conocía aquel documento.

Y por primera vez en toda la noche, mi madrastra parecía mucho más asustada por lo que mi padre había dejado escrito que por el escándalo que acababa de provocar.

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