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Chapter 7: El hombre que conocía el último secreto de mi padre

—¿Excluirme de la empresa familiar? —repetí.

Thomas Reed no respondió inmediatamente. Miró hacia el automóvil negro que había dejado estacionado detrás de nosotras y después volvió a observarme con una expresión grave.

—Su padre me pidió que no le revelara ciertos detalles hasta que usted estuviera preparada para comprenderlos.

—Mi padre murió hace ocho meses. Durante todo ese tiempo, mi madrastra me hizo creer que no había suficiente dinero para pagar mi cirugía. Ahora descubro que existe un fideicomiso, una empresa que desconozco y documentos que alguien está intentando ocultar. Creo que ya esperé suficiente.

Thomas asintió lentamente.

—Tiene razón.

Sacó una tarjeta de presentación y me la entregó. Debajo de su nombre aparecía el título de asesor financiero independiente.

—Conocí a su padre hace quince años. Trabajamos juntos cuando él comenzó a invertir en pequeñas empresas textiles. Antes de morir, me pidió que protegiera ciertos documentos relacionados con usted.

Maya cruzó los brazos.

—¿Por qué mi madre tendría acceso a esos documentos?

Thomas la miró.

—Esa es una pregunta que todavía no puedo responder.

Sentí que la paciencia se me agotaba.

—¿Qué empresa familiar? Mi padre tenía una compañía de inversiones, pero nunca me dijo que yo fuera parte de ella.

—Daniel no quería que usted sintiera que debía convertirse en empresaria para cumplir sus expectativas —explicó Thomas—. Quería que eligiera su propio camino. Por eso creó una estructura legal independiente para financiar su formación y proteger sus diseños.

—Entonces, ¿por qué alguien afirma que me excluyó de la empresa?

Thomas bajó la mirada hacia el sobre que llevaba en la mano.

—Porque existe un documento que parece indicar precisamente eso. Pero su padre dejó instrucciones para que yo no lo entregara sin verificar primero si era auténtico.

El señor Harris seguía al teléfono. Le expliqué brevemente que Thomas estaba conmigo y le pedí que acudiera a la oficina donde Patricia Moore administraba el fideicomiso.

Quince minutos después, estábamos todos reunidos alrededor de una mesa.

Thomas colocó el sobre en el centro.

—Antes de abrirlo, debo aclarar algo —dijo—. No estoy aquí para acusar a nadie. Estoy aquí para asegurarme de que se cumplan las instrucciones de Daniel.

El señor Harris examinó el sello.

—¿Cuándo recibió este sobre?

—Tres días antes de su muerte.

—¿Y por qué no lo entregó inmediatamente a su hija?

Thomas me miró.

—Porque Daniel me pidió que esperara hasta que surgiera una disputa relacionada con sus diseños o con el dinero destinado a su futuro. Creía que, si todo marchaba bien, usted podría recibirlo sin involucrarse en conflictos familiares.

Apreté las manos sobre mis rodillas.

—Mi padre sabía que esto podía pasar.

—Temía que alguien confundiera su amor por usted con una oportunidad para controlarla —respondió Thomas.

El abogado abrió cuidadosamente el sobre.

Dentro había una carta escrita a mano, una copia de un acuerdo empresarial y una fotografía antigua de mi padre junto a dos hombres frente a un edificio industrial.

Reconocí a mi padre inmediatamente.

El otro hombre era Thomas.

El tercero era un desconocido.

—Este documento establece la creación de Williams Creative Holdings —explicó el abogado—. La empresa fue concebida para invertir en proyectos de diseño, producción textil y moda sostenible.

Thomas señaló una cláusula.

—Daniel quería que Nia tuviera una participación económica independiente, además del dinero reservado para su formación y su tratamiento médico.

—¿De cuánto estamos hablando? —pregunté.

Patricia revisó las páginas.

—La participación original está sujeta a una valoración actualizada. No sería responsable darle una cifra antes de completar la revisión.

No me importaba la cantidad tanto como la posibilidad que representaba.

Mi padre no solo había querido pagar mis estudios.

Había querido que yo pudiera construir algo propio sin tener que depender de la buena voluntad de nadie.

Entonces el señor Harris llegó a la última página del acuerdo.

Su expresión cambió.

—Aquí hay una cláusula adicional.

La leyó en silencio y después la mostró a Thomas.

Ambos intercambiaron una mirada.

—¿Qué dice? —pregunté.

El abogado respiró profundamente.

—Establece que cualquier intento de transferir los derechos de sus diseños sin su consentimiento podría activar una revisión de la administración de la empresa.

—¿Y eso qué significa?

—Que si alguien utilizó su nombre, su firma o sus diseños para obtener beneficios sin autorización, tendremos que revisar todas las operaciones relacionadas.

Pensé en el vestido que Maya había llevado a la competencia.

Pensé en los bocetos que Vanessa había copiado para respaldar su reclamación.

Y pensé en el dinero que había desaparecido de mis cuentas.

—¿Mi madrastra sabía que yo tenía esa participación?

Thomas no respondió de inmediato.

En cambio, sacó una segunda hoja de su maletín.

Era una copia de un correo electrónico enviado por Vanessa a una dirección empresarial varios meses después de la muerte de mi padre.

El asunto decía: «Transferencia de derechos de diseño».

Debajo aparecía una lista de archivos adjuntos.

Entre ellos figuraba el nombre de una colección que yo había comenzado a diseñar cuando tenía dieciocho años.

—Esa colección nunca se vendió —dije—. Solo eran bocetos.

Thomas asintió.

—Según los registros, alguien intentó presentarlos a un fabricante como parte de una propuesta comercial.

—¿Quién?

El abogado revisó el encabezado del correo.

—La solicitud se hizo utilizando una cuenta asociada a Vanessa Williams.

Maya se tapó la boca.

—Mamá dijo que estaba ayudando a organizar los documentos de papá.

—¿Y por qué enviaría mis diseños a un fabricante? —pregunté.

Nadie respondió.

Entonces Thomas abrió la carta que mi padre había escrito.

Leyó en voz alta las primeras líneas.

«Nia, si estás escuchando esto, significa que algo que temía ha ocurrido. No quiero que pases tu vida sospechando de quienes te rodean. Quiero que tengas pruebas antes de tomar decisiones».

Sentí que las lágrimas me ardían en los ojos.

La carta continuaba.

«Tu madrastra sabe que he reservado recursos para tu futuro. También sabe que algunos de esos recursos están vinculados a una empresa que todavía no te he presentado. Si intenta utilizar tus creaciones para obtener beneficios sin tu autorización, no renuncies a tus derechos por miedo a perder un hogar, una familia o la aprobación de alguien».

Thomas se detuvo.

Tuve que apartar la mirada.

Mi padre había imaginado la posibilidad de que yo terminara exactamente donde estaba: sola, asustada y obligada a defender algo que había creado con mis propias manos.

—¿Hay más? —pregunté.

Thomas asintió.

En el último párrafo, mi padre había escrito una instrucción específica.

«Si Vanessa presenta un documento que afirma que he excluido a Nia de la empresa, verifiquen la firma con el original depositado en la caja de seguridad. No confíen en una copia».

El señor Harris se levantó inmediatamente.

—Necesitamos acceder a esa caja.

Patricia revisó los registros que había recibido aquella mañana.

—La solicitud de acceso de Vanessa fue rechazada porque la autorización no coincidía con la registrada en el expediente.

Thomas frunció el ceño.

—Entonces, el documento que presentó ante la competencia podría ser el mismo que Daniel anticipó.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Y si es falso?

El abogado cerró la carpeta.

—Si se demuestra que alguien falsificó una firma para alterar los derechos empresariales, las consecuencias podrían ser graves.

En ese instante, el teléfono de Maya vibró.

Era un mensaje de Vanessa.

«Regresa a casa inmediatamente. Si sigues ayudando a Nia, perderás todo lo que te he dado».

Maya leyó el mensaje dos veces.

Después apagó la pantalla.

—No voy a regresar con ella —dijo.

La miré sorprendida.

—Maya, no tienes que elegir un bando solo por mí.

—No lo hago por ti. Lo hago porque quiero saber quién es realmente mi madre.

Por primera vez, sentí que aquella decisión le pertenecía.

Thomas recogió sus documentos.

—Mañana por la mañana podremos solicitar formalmente la apertura de la caja de seguridad.

El abogado asintió.

Yo guardé la carta de mi padre en mi bolso y acaricié el sobre vacío.

Creía que el siguiente paso sería descubrir quién había intentado robarme mi futuro.

Pero mientras nos preparábamos para salir, Patricia recibió una llamada del banco.

Escuchó durante unos segundos y después palideció.

—¿Está seguro? —preguntó—. ¿La caja fue abierta hoy?

Todos nos quedamos inmóviles.

Patricia colgó lentamente.

—Alguien consiguió acceder a la caja de seguridad esta tarde.

Thomas se puso de pie.

—¿Quién?

Patricia miró directamente al señor Harris.

—El registro indica que la apertura se realizó utilizando una autorización de emergencia presentada por un representante legal.

El abogado apretó los labios.

—¿Y qué documentos retiraron?

Patricia bajó la mirada hacia el teléfono.

—Todavía no tenemos el inventario completo.

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Después levantó la vista y pronunció las palabras que hicieron que se me helara la sangre.

—Pero el banco confirmó que la carpeta azul de Daniel Williams estaba entre los documentos solicitados.

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