Chapter 6: El documento que podía quitarme mi futuro
Leí la declaración tres veces.
En la primera página aparecía mi nombre completo. En la segunda, una lista de supuestas limitaciones que, según Vanessa, me impedían administrar una empresa. En la tercera, una firma atribuida a mi padre.
La tinta parecía auténtica.
La firma también.
Pero las palabras no se parecían en nada al hombre que me había enseñado a defender mis ideas.
—Esto es falso —dije.
Richard acomodó sus gafas.
—No podemos determinarlo solo con una impresión. La reclamación contiene una copia de un documento supuestamente firmado por su padre y una declaración de su madrastra sobre su capacidad para administrar sus bienes.
—Mi padre nunca me declaró incapaz.
—Entonces tendremos que verificarlo.
Evelyn cerró la carpeta.
—El premio sigue siendo tuyo mientras no exista una decisión que lo invalide. Sin embargo, el patrocinador necesita asegurarse de que los derechos sobre tus diseños estén claros antes de firmar el acuerdo.
Sentí que la esperanza recién descubierta comenzaba a resbalarse de mis manos.
—¿Vanessa puede detener mi carrera con una sola hoja de papel?
—No debería poder hacerlo si la reclamación carece de fundamento —respondió Evelyn—. Pero necesitamos pruebas.
Me senté y respiré profundamente.
Había pasado meses intentando demostrar que podía crear algo hermoso a pesar de mi lesión. Ahora tenía que demostrar que seguía teniendo derecho a decidir sobre mi propia vida.
—¿Qué necesitan de mí?
Richard enumeró los documentos: mi inscripción original, los bocetos fechados, las facturas de materiales y cualquier comunicación que demostrara que había diseñado el vestido antes de que Maya se lo llevara.
Por fortuna, yo había guardado todo.
Saqué la carpeta que había preparado la noche anterior y coloqué cada documento sobre la mesa.
Había fotografías del vestido durante las distintas etapas de confección. También tenía imágenes de los bocetos iniciales, fechadas meses antes de la competencia.
Evelyn las examinó con atención.
—Esto ayuda mucho.
—Tengo más —dije.
Saqué mi cuaderno de diseño.
En sus páginas había anotaciones sobre las medidas, la estructura del corpiño y la disposición de las cuentas. Algunas páginas todavía tenían pequeñas manchas de pegamento y tinta.
—Mi padre me enseñó a documentar cada creación. Decía que una idea podía olvidarse, pero una idea bien registrada podía defenderse.
Richard levantó la mirada.
—¿Conserva los archivos digitales?
—Todos. Incluso las fotografías que tomé mientras cosía.
Por primera vez desde que había entrado en la sala, los jueces parecieron relajarse.
Pero la reclamación de Vanessa seguía siendo un problema.
Esa tarde, el señor Harris revisó una copia del documento que ella había presentado.
Me pidió que lo acompañara a su oficina para comparar las fechas con los registros del fideicomiso.
—Hay algo extraño —dijo mientras ampliaba una sección de la página—. Este documento afirma que tu padre lo firmó dos meses antes de morir.
—¿Y eso qué significa?
—Que podemos contrastarlo con otros documentos de ese período. También podemos solicitar el original y verificar la firma mediante los procedimientos correspondientes.
Señaló la fecha.
Recordé que, durante aquellos meses, mi padre había pasado varias semanas en el hospital. Vanessa insistía en que las visitas debían ser breves porque él necesitaba descansar.
Yo había obedecido.
Todavía me culpaba por no haber pasado más tiempo a su lado.
—Mi papá no podía escribir bien algunos días —murmuré—. Pero cuando estaba en casa, siempre revisaba mis diseños. Nunca me dijo que no podía administrar mi trabajo.
El abogado asintió.
—Tu testimonio es importante, pero necesitaremos pruebas adicionales.
En ese momento, su asistente llamó a la puerta.
—Señor Harris, llegó un correo del hospital relacionado con la solicitud de documentación médica del señor Williams.
El abogado lo abrió.
Su expresión cambió.
—Nia, ¿recuerdas si tu padre estuvo hospitalizado durante la fecha que aparece en esta declaración?
—Sí. Estoy casi segura.
El señor Harris leyó el correo con detenimiento.
—El hospital ha confirmado que tu padre estaba ingresado ese día y que, según el registro disponible, permaneció bajo observación durante el período en que supuestamente firmó el documento.
Me quedé inmóvil.
—¿Eso significa que Vanessa mintió?
—Significa que tenemos una inconsistencia importante que debe investigarse. No podemos afirmar todavía quién preparó el documento ni cómo se obtuvo la firma.
Aun así, por primera vez tenía una prueba que no dependía de mi palabra contra la de Vanessa.
El abogado me pidió que no confrontara a mi madrastra directamente.
—Deja que los documentos hablen. Si ella está presentando una reclamación falsa, cada paso que dé quedará registrado.
Asentí.
Al salir de la oficina, encontré a Maya esperándome en el estacionamiento.
Llevaba el cabello recogido y los ojos hinchados.
—Necesito hablar contigo —dijo.
Miré alrededor.
—¿Mamá sabe que estás aquí?
—No.
—¿Qué quieres?
Maya sacó su teléfono.
—Hay algo que deberías ver.
Abrió una conversación con Vanessa. Había varios mensajes enviados la noche anterior, después de que abandonáramos la competencia.
El primero decía: «Si Nia gana, tendremos que acelerar el plan».
El segundo: «No puede quedarse con el fondo ni con los diseños».
Y el tercero me hizo sentir un escalofrío.
«Busca la carpeta azul de tu padre. Si todavía existe, tenemos un problema».
Levanté la vista.
—¿Qué es la carpeta azul?
Maya tragó saliva.
—No lo sé. Pero recuerdo haberla visto en el despacho de papá poco después de su muerte. Mamá me pidió que la buscara y que le entregara todo lo que encontrara dentro.
—¿Lo hiciste?
—Encontré una carpeta vacía. Pensé que ella ya había sacado los documentos.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Dónde estaba?
—En el cajón inferior del escritorio. Detrás de unas carpetas viejas.
Recordé aquel escritorio.
Mi padre guardaba allí los bocetos más antiguos, las facturas de sus primeros proyectos y las cartas que nunca enviaba.
Vanessa había cambiado la cerradura del despacho después del funeral. Me dijo que estaba organizando los asuntos de mi padre y que no debía entrar hasta que terminara.
Nunca volví a preguntar.
—¿Por qué me muestras esto ahora? —pregunté.
Maya bajó la cabeza.
—Porque anoche escuché a mamá hablar con alguien. Dijo que, si encontrabas la carpeta azul, todo lo que había hecho saldría a la luz.
—¿Y con quién hablaba?
—No lo sé. Pero mencionó a un hombre llamado Thomas.
El nombre me resultaba familiar.
Mi padre había trabajado con varios inversionistas, aunque nunca me había hablado de alguien llamado Thomas en relación con mis diseños.
—¿Puedes conseguir más mensajes? —pregunté.
Maya negó con la cabeza.
—Mamá cambió la contraseña de su teléfono esta mañana. Pero tengo una captura de pantalla de algo que apareció en una notificación.
Me mostró una última imagen.
Era una fotografía de una hoja firmada por mi padre. En la parte superior aparecía el título de una empresa que yo jamás había visto.
Debajo, había una cláusula que mencionaba mis diseños y una participación empresarial a mi nombre.
Pero lo más extraño era la fecha.
El documento había sido firmado apenas cuatro días antes de que mi padre muriera.
—Maya —susurré—, ¿dónde está el original?
Ella me miró con los ojos llenos de miedo.
—Creo que mamá lo tiene.
Antes de que pudiera preguntarle algo más, mi teléfono comenzó a sonar.
Era el señor Harris.
Contesté inmediatamente.
—Nia, acabamos de recibir una llamada del administrador del fideicomiso. Encontraron un registro de acceso a una caja de seguridad vinculada a tu padre.
Me quedé sin respirar.
—¿Y qué había dentro?
El abogado hizo una pausa.
—Todavía no han abierto la caja. Pero la persona que intentó acceder a ella esta mañana utilizó una autorización firmada por Vanessa.
Miré la captura de pantalla en el teléfono de Maya.
Después miré hacia la carretera, donde un automóvil negro acababa de detenerse junto a nosotras.
La puerta del conductor se abrió.
Un hombre de traje oscuro salió y pronunció mi nombre.
—¿Nia Williams?
Maya palideció.
El hombre sostuvo un sobre cerrado.
—Mi nombre es Thomas Reed. Su padre me pidió que le entregara esto si alguna vez su madrastra intentaba quitarle el control de sus diseños.
Miró a Maya y después volvió a mirarme.
—Pero antes de abrirlo, necesito saber una cosa. ¿Vanessa ya le ha contado por qué su padre decidió excluirla de la empresa familiar?
Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.
Porque hasta aquel momento había creído que mi padre me había dejado dinero para ayudarme a comenzar una carrera.
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Ahora estaba a punto de descubrir que quizá me había dejado algo mucho más grande.
Y que Vanessa llevaba meses intentando asegurarse de que jamás llegara a mis manos.