Chapter 8: La mujer que conocía a Elena
Marcus condujo de regreso a la mansión sin detenerse en su oficina.
Durante el trayecto llamó tres veces a Olivia. Ninguna llamada fue contestada.
A la cuarta, respondió Vanessa.
—Está ocupada —dijo fríamente.
—Pásame a mi hija.
—No creo que sea una buena idea.
Marcus apretó el volante.
—Vanessa, te lo voy a pedir una sola vez. Pásame a Olivia.
—Está cansada de que todos la traten como si fuera una víctima. Tal vez deberías preguntarte por qué tu hija necesita que todo gire a su alrededor.
—No vuelvas a utilizarla para evitar una pregunta.
Vanessa guardó silencio.
Marcus continuó:
—Sé que conocías a Elena antes de nuestra boda. Sé que firmaste un documento relacionado con el fideicomiso y sé que Richard tenía instrucciones específicas para proteger el dinero de Olivia.
Al otro lado de la línea, Vanessa dejó escapar una respiración temblorosa.
—¿Fuiste a ver a Whitaker?
—Sí.
—Entonces ya has decidido quién soy.
—Todavía estoy esperando que me expliques quién eres realmente.
La llamada terminó.
Cuando Marcus llegó, encontró a Olivia en la cocina, sentada junto a una taza de té que ya se había enfriado. Vanessa estaba de pie junto a la isla de mármol, con una carpeta bajo el brazo.
—Estoy aquí —dijo Marcus, acercándose a su hija.
Olivia se levantó y lo abrazó.
—Pensé que ibas a tardar más.
—Lo siento, cariño.
Marcus la miró atentamente.
—¿Estás bien?
—Sí. Vanessa solo quería hablar conmigo.
Él se volvió hacia su esposa.
—Entonces hablaremos todos juntos.
Vanessa dejó la carpeta sobre la mesa.
—Está bien. Quieres saber cómo conocí a Elena. Te lo diré.
Marcus no se sentó.
—Te escucho.
Vanessa miró a Olivia antes de empezar.
—Trabajé en una empresa de administración inmobiliaria cuando tenía veintidós años. Elena era cliente de uno de nuestros proyectos. Era inteligente, exigente y tenía una manera de hacerte sentir que podías confiar en ella.
Olivia frunció el ceño.
—¿Eras amiga de mi mamá?
Vanessa tardó en responder.
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué eras?
—Una persona que trabajó con ella.
Marcus intervino.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Vanessa se volvió hacia él.
—Porque no era importante. Nos conocimos profesionalmente y dejamos de tener contacto cuando cambié de trabajo.
—Pero apareces en una fotografía con ella.
Vanessa cerró los ojos.
—Porque Elena me ayudó cuando tuve problemas económicos.
Marcus sintió que una nueva pieza del rompecabezas acababa de encajar.
—¿Qué clase de problemas?
Vanessa se sentó lentamente.
—Mi padre había invertido dinero en un negocio que fracasó. Yo tenía deudas y estaba intentando mantener a mis hijas. Elena se enteró de la situación y me ayudó a encontrar asesoramiento financiero.
Olivia observó a Vanessa con una expresión de desconcierto.
—¿Mi mamá te ayudó?
—Sí.
—¿Y luego tú…?
La pregunta quedó suspendida.
Vanessa levantó la mirada.
—No todo es tan sencillo como parece.
Marcus apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces explícame por qué el dinero de Olivia terminó en una cuenta vinculada a ti.
Vanessa abrió la carpeta.
Dentro había copias de transferencias, facturas y una lista de pagos. Algunas cantidades coincidían con gastos familiares que Marcus recordaba. Otras no tenían una explicación evidente.
—Richard me dijo que podía utilizar parte de los fondos para cubrir necesidades temporales —explicó ella—. Me aseguró que todo se regularizaría después.
—¿Qué necesidades?
—Las niñas estaban pasando por una situación difícil. Mi exmarido había dejado de pagar la manutención durante varios meses. Tenía facturas atrasadas y temía perder el apartamento en el que vivíamos antes de mudarnos contigo.
Marcus la observó.
—Eso ocurrió antes de que nos casáramos.
—Sí.
—¿Y por qué necesitabas dinero del fideicomiso de Olivia después de nuestra boda?
Vanessa bajó la mirada.
—Porque Richard me dijo que existía una forma de utilizar los fondos sin afectar el futuro de Olivia.
—¿Y nunca pensaste en preguntarme?
—Sabía que dirías que no.
Marcus sintió que la respuesta le producía más dolor que la propia transferencia.
—Entonces decidiste que era mejor utilizar dinero que no te pertenecía.
—¡No lo robé! —exclamó Vanessa—. Pensaba devolverlo.
—¿Cuándo?
Ella no respondió.
Olivia se levantó de la silla.
—¿Por eso nunca había dinero para mí?
Vanessa se volvió hacia ella.
—No. No fue por eso.
—¿Entonces por qué? —preguntó Olivia, con lágrimas acumulándose detrás de sus lentes—. ¿Por qué cuando tus hijas necesitaban algo tú lo comprabas, pero cuando yo te pedía zapatos me decías que debía aprender a vivir con menos?
Vanessa abrió la boca.
Olivia continuó antes de que pudiera responder.
—Yo nunca te pedí que me amaras como a una hija. Solo quería que dejaras de hacerme sentir que mi mamá había dejado un problema en esta casa.
La frase atravesó el comedor como una cuchilla.
Vanessa se quedó inmóvil.
Marcus sintió el impulso de abrazar a Olivia, pero ella levantó una mano.
Necesitaba decirlo por sí misma.
—¿Sabes qué es lo peor? —continuó la adolescente—. Durante mucho tiempo pensé que, si era más amable, si sacaba mejores notas o si ayudaba más en la casa, algún día dejarías de verme como una obligación.
Vanessa bajó la cabeza.
Por primera vez desde que Marcus la conocía, no parecía tener una respuesta preparada.
—Olivia, yo…
—No quiero una explicación ahora —dijo la muchacha—. Quiero que dejes de hacerme sentir culpable por existir.
Después salió de la cocina.
Marcus no la siguió inmediatamente. Quería darle unos minutos para respirar.
Cuando volvió a mirar a Vanessa, su expresión era distinta.
—¿Por qué nunca me dijiste que Elena te había ayudado?
—Porque sabía que pensarías que tenía una deuda con ella.
—¿La tenías?
Vanessa no respondió.
Marcus recogió los documentos de la mesa.
—¿Cuánto dinero utilizaste?
—No recuerdo la cifra exacta.
—Entonces vamos a calcularla.
—Marcus, por favor. Podemos resolverlo sin destruir a nuestra familia.
Él la miró largamente.
—Nuestra familia no empezó a romperse cuando encontré esos documentos. Empezó a romperse cuando decidiste que mi hija podía pagar las consecuencias de tus decisiones.
Vanessa se cubrió el rostro con las manos.
Durante unos segundos, Marcus creyó que iba a llorar.
Pero cuando ella levantó la cabeza, su expresión había cambiado otra vez.
—Hay algo que no entiendes —dijo—. Richard no actuó solo.
Marcus sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué quieres decir?
Vanessa abrió una página de la carpeta y la deslizó hacia él.
Era un registro de transferencias con una fecha de hacía casi dos años.
Al lado de la cantidad aparecía una nota escrita a mano: «Aprobado verbalmente».
Debajo figuraba el nombre de Marcus Reed.
Él miró el documento, confundido.
—Yo nunca aprobé esto.
Vanessa apretó los labios.
—Eso es lo que Richard me dijo que hiciera constar.
Marcus levantó lentamente la mirada.
—¿Me estás diciendo que Richard utilizó mi nombre sin mi autorización?
—Estoy diciendo que él me aseguró que todo estaba aprobado.
—¿Y tú le creíste?
Vanessa comenzó a llorar.
—Quería creerle.
Marcus sintió que el enfado cedía por un instante ante algo más inquietante.
Si Richard había utilizado su nombre, podía haber falsificado o manipulado registros. Pero todavía necesitaban pruebas. No podía asumir que cada documento fuera fraudulento ni que Vanessa estuviera contando toda la verdad.
—¿Por qué me muestras esto ahora? —preguntó.
Vanessa sacó una última hoja de la carpeta.
—Porque esta mañana Richard me llamó. Dijo que, si tú llegabas a encontrar la cuenta, yo debía entregarte esto y decirte que Elena había autorizado todo antes de morir.
Marcus leyó la hoja.
Era una declaración atribuida a Elena, fechada pocas semanas antes de su muerte. Afirmaba que determinados fondos podían utilizarse para cubrir obligaciones familiares en caso de necesidad.
Pero la firma parecía diferente de la que aparecía en el testamento original.
Marcus sacó su teléfono.
—Voy a enviar esto a Daniel.
Vanessa intentó detenerlo.
—Espera. Hay algo más.
—¿Qué?
Ella respiró profundamente.
—La declaración no es el documento más importante. Richard conserva el original de la última instrucción de Elena. Y si lo presenta antes que nosotros, podría parecer que tú autorizaste las transferencias.
Marcus se quedó inmóvil.
—¿Dónde está ese documento?
Vanessa miró hacia la puerta.
—No lo sé.
—¿Qué significa que no lo sabes?
—Richard dijo que lo guardaría hasta el viernes.
Marcus miró el reloj.
Era jueves por la tarde.
Solo quedaba un día.
Y entonces su teléfono vibró con una notificación de un número desconocido.
El mensaje contenía una fotografía de Richard entrando en un edificio judicial.
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Debajo había una frase:
*«Mañana se presentará una solicitud para cambiar la administración del fideicomiso. Si quiere proteger a Olivia, debe descubrir quién firmó realmente la última instrucción de Elena».*