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Chapter 4: El secreto escondido en el armario

Marcus no durmió aquella noche.

A las dos de la madrugada, seguía sentado en el despacho, con las luces apagadas y la pantalla de su computadora iluminando su rostro. Desde allí podía escuchar el suave golpeteo de la lluvia contra las ventanas y, de vez en cuando, el crujido de la madera cuando el sistema de calefacción se encendía.

Había pasado años construyendo una empresa de bienes raíces que le había permitido comprar aquella mansión, pagar la mejor educación para Olivia y ofrecerle una vida cómoda después de la muerte de su primera esposa.

Sin embargo, durante tres años, había permitido que su propia casa se convirtiera en un lugar donde su hija aprendiera a no pedir nada.

A las siete, Marcus subió al segundo piso.

La puerta de Olivia estaba entreabierta.

—¿Puedo pasar, cariño? —preguntó suavemente.

—Sí, papá.

Olivia estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas y una computadora portátil sobre las rodillas. Llevaba el mismo suéter gris del día anterior.

Marcus entró y se sentó junto a ella.

—Quiero que me digas la verdad sobre lo que está pasando en esta casa.

—Ya te dije que estoy bien.

—Y yo te estoy diciendo que no te creo.

Olivia cerró la computadora.

—Papá, por favor. No quiero que vuelvas a pelear con Vanessa por mi culpa.

—Tú no eres responsable de las decisiones de los adultos. Nunca lo has sido.

Ella se quedó mirando una pequeña mancha en la alfombra.

—No es solamente por la ropa.

Marcus sintió que el estómago se le encogía.

—Entonces, ¿por qué más?

Olivia tardó tanto en responder que él estuvo a punto de repetir la pregunta.

—Porque cuando tú no estás, ella me recuerda que esta casa no era así antes de que llegara.

—¿Qué significa eso?

—Dice que antes tú pasabas más tiempo con ella y con sus hijas. Que desde que yo volví a necesitarte, todo se volvió más complicado.

Marcus frunció el ceño.

—¿Volviste a necesitarme?

—Después de que murió mamá, tuve problemas en la escuela. Dejé de dormir bien. A veces todavía tengo pesadillas. Vanessa dice que eres mi padre, no mi terapeuta, y que no puedes seguir organizando tu vida alrededor de mis sentimientos.

Marcus tuvo que apartar la mirada.

Recordó las noches en que Olivia se había quedado dormida en el sofá mientras él trabajaba. Recordó las veces que ella había preguntado si podía acompañarlo a una reunión y él había respondido que tenía demasiado trabajo.

Había creído que Vanessa lo ayudaba a mantener el equilibrio familiar.

No había imaginado que su hija pagaba el precio de aquella tranquilidad.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Olivia sonrió débilmente.

—Lo intenté.

—¿Cuándo?

—Muchas veces.

La respuesta fue peor que una acusación.

Marcus tomó sus manos.

—Lo siento, mi amor.

—No tienes que disculparte por todo.

—Sí tengo que disculparme por no haber escuchado.

Por primera vez, Olivia empezó a llorar. No fueron sollozos dramáticos ni una explosión de tristeza. Fueron lágrimas silenciosas que se deslizaron detrás de sus lentes mientras intentaba limpiárselas rápidamente.

Marcus la abrazó.

—No tienes que hacerte pequeña para que los demás se sientan cómodos —le susurró—. Esta también es tu casa.

Olivia se aferró a su camisa.

—A veces siento que, si no estuviera aquí, todos serían más felices.

Marcus se separó lo suficiente para mirarla a los ojos.

—Escúchame bien. Si alguna vez vuelves a sentir eso, vienes conmigo. No importa la hora.

No importa lo que esté pasando. ¿Me entiendes?

Ella asintió.

Entonces Marcus notó algo extraño.

Sobre el escritorio había un cuaderno abierto. A su lado descansaba un sobre marrón, doblado por las esquinas. Olivia intentó cubrirlo con la computadora, pero el movimiento fue demasiado rápido.

—¿Qué es eso? —preguntó él.

—Nada.

—Olivia.

Ella tragó saliva.

—Son unos documentos que Vanessa me pidió que firmara.

Marcus sintió una punzada de alarma.

—¿Qué documentos?

—Dijo que eran para actualizar los registros de la casa y organizar los gastos familiares. Pero no los firmé.

—¿Dónde están?

Olivia señaló el sobre.

Marcus lo abrió cuidadosamente.

Había varias hojas impresas, una copia de un documento bancario y un formulario con el nombre completo de Olivia. Al leer las primeras líneas, su expresión cambió.

No eran simples registros escolares ni formularios domésticos.

Era una autorización financiera que permitía a un adulto administrar ciertos fondos pertenecientes a un menor.

Marcus conocía aquel lenguaje. Su abogado lo había utilizado cuando establecieron el fondo fiduciario de Olivia después de la muerte de su madre.

Miró a su hija.

—¿Vanessa te dijo para qué servía esto?

—Dijo que necesitaba mi firma porque tú estabas ocupado. Que así podría pagar algunas cosas sin tener que molestarte.

—¿Te dijo qué cosas?

—No.

Marcus volvió a revisar las hojas. Una de ellas incluía una referencia a una cuenta que él no reconocía.

—¿Cuándo te entregó estos documentos?

—Hace dos semanas.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes?

Olivia apretó los dedos.

—Porque me dijo que, si te preguntaba, pensarías que ella intentaba robarme algo. Dijo que eso demostraría que nunca había confiado en ella.

Marcus dejó los documentos sobre el escritorio.

Aquello ya no era una discusión por vestidos.

Alguien había intentado conseguir la firma de su hija en una autorización financiera sin explicarle lo que estaba firmando.

Y Marcus necesitaba saber por qué.

—No firmes absolutamente nada más sin hablar conmigo —dijo él—. Y no voy a acusar a nadie hasta saber qué significa esto.

Olivia asintió.

Cuando Marcus se levantó para salir, ella lo llamó.

—Papá, hay otra cosa.

Él se volvió.

—Dime.

Olivia miró hacia la puerta, como si temiera que alguien estuviera escuchando.

—Anoche, después de que te fuiste a tu despacho, escuché a Vanessa hablando por teléfono.

—¿Con quién?

—No lo sé. Pero dijo que necesitaba resolverlo antes de que tú revisaras las cuentas.

Marcus sintió que el aire se volvía pesado.

—¿Resolver qué?

Olivia sacó de debajo de la almohada un pequeño teléfono viejo que ya no utilizaba.

—No sé. Pero cuando entré en su habitación para devolverle algo, supe que estaba hablando de mí.

Marcus se acercó.

—¿Qué escuchaste exactamente?

Olivia abrió una grabación de audio.

La voz de Vanessa salió del pequeño altavoz, entrecortada por el ruido de la lluvia.

—No puede enterarse de que la cuenta sigue abierta. Si Marcus descubre quién ha estado recibiendo el dinero, todo se termina.

Hubo una pausa.

Después, una segunda voz respondió:

—Entonces tendrás que asegurarte de que Olivia firme antes del viernes.

La grabación terminó.

Marcus permaneció inmóvil.

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El viernes era dentro de dos días.

Y, por primera vez desde que se había casado con Vanessa, empezó a sospechar que la mujer que dormía a su lado podía estar ocultándole algo mucho más grave que sus verdaderos sentimientos hacia su hija.

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