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Chapter 2: La habitación donde nadie entraba

Marcus se detuvo con una mano sobre la barandilla.

La advertencia de Vanessa había sonado demasiado precisa para ser una amenaza improvisada.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

Vanessa recogió su bolso de la mesa y evitó mirarlo directamente.

—Significa que no sabes todo lo que sucede en esta casa.

—Entonces explícamelo.

—Estoy cansada, Marcus. No voy a seguir discutiendo frente a Olivia.

—Hace un minuto estabas perfectamente dispuesta a discutir frente a ella.

Vanessa apretó la mandíbula.

—Haz lo que quieras.

Subió las escaleras sin esperar respuesta.

Marcus permaneció inmóvil durante varios segundos. Luego miró a su hija.

—Olivia, ¿hay algo que quieras contarme?

Ella negó demasiado rápido.

—No, papá.

—¿Estás segura?

—Sí. Solo quiero ir a mi cuarto.

Marcus conocía aquella respuesta. Era la misma que Olivia había utilizado durante los últimos meses cada vez que él le preguntaba si todo estaba bien.

No quería obligarla a hablar. Pero tampoco podía ignorar la sensación de que su silencio escondía algo más profundo.

—Está bien —dijo—. Vamos.

La habitación de Olivia estaba al final del pasillo, lejos de la suite principal y de las habitaciones de Brianna y Chloe. Cuando Marcus abrió la puerta, encontró una cama perfectamente tendida, un escritorio pequeño y una estantería llena de libros escolares.

No había fotografías nuevas. No había ropa extendida sobre la silla. Ni siquiera había una lámpara bonita junto a la cama.

En la pared permanecía una fotografía enmarcada de Elena, la madre de Olivia, sonriendo frente a un lago.

Marcus se acercó al escritorio.

—¿Sigues usando esa computadora vieja?

Olivia dejó su mochila en el suelo.

—Funciona.

—La pantalla tiene una grieta.

—Solo se ve cuando abro ciertas páginas.

—Cariño, eso no significa que funcione bien.

Ella se encogió de hombros.

—Puedo esperar hasta Navidad.

Marcus la miró.

Faltaban casi tres meses para Navidad.

—¿Por qué tendrías que esperar?

—Porque no es tan importante.

Marcus respiró lentamente, tratando de no dejar que la indignación tomara el control.

—Olivia, ¿cuándo fue la última vez que saliste de compras con Vanessa y tus hermanastras?

La muchacha se quedó quieta.

—No sé.

—Intenta recordar.

—Hace mucho.

—¿Y qué pasó?

Olivia comenzó a doblar una esquina de la manta entre los dedos.

—Ellas querían ir al centro comercial. Vanessa dijo que sería más fácil si yo me quedaba en casa estudiando.

—¿Y tú querías ir?

—No importa.

—Para mí sí importa.

La adolescente tragó saliva.

—Quería comprar unos zapatos para la escuela. Los míos están rotos por dentro.

Marcus miró sus zapatillas. Desde fuera parecían estar en buenas condiciones, pero cuando Olivia levantó un pie, él vio que el borde interior se había desprendido.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque Vanessa dijo que el presupuesto familiar estaba ajustado.

Marcus sintió que se le encogía el estómago.

Su empresa de construcción había cerrado varios contratos importantes aquel año. Sin embargo, no había ninguna crisis económica en la familia. Habían pagado las vacaciones de verano, renovado la cocina y comprado muebles nuevos para la sala.

El dinero no había desaparecido.

Simplemente, no se había destinado a Olivia.

—¿Te dijo que no había dinero para tus zapatos mientras compraba todo lo de abajo?

Olivia no respondió.

Y su silencio fue suficiente.

Marcus se sentó en el borde de la cama.

—Necesito que me cuentes la verdad, cariño. No voy a enojarme contigo por nada de lo que digas.

—No quiero que pienses mal de Vanessa.

—No necesito que la protejas de mí.

Olivia levantó los ojos. Detrás de sus lentes había un cansancio que no correspondía a una chica de dieciséis años.

—Ella dice que debo aprender a ser agradecida.

—¿Agradecida por qué?

—Por tener una casa. Por tener comida. Por no tener que preocuparme por pagar las cuentas.

Marcus sintió que la sangre le golpeaba las sienes.

—¿Te ha dicho eso muchas veces?

Olivia asintió.

—Cuando pido algo para la escuela, me recuerda que no soy su responsabilidad. Dice que tú ya haces suficiente por mí y que no debería aprovecharme de ti.

Marcus se levantó lentamente.

—¿Te ha dicho que te aprovechas de mí?

—Solo cuando está enojada.

—¿Y tú qué haces?

—Dejo de pedir cosas.

La respuesta fue tan sencilla que lo dejó sin palabras.

Marcus se acercó y abrazó a su hija. Olivia permaneció rígida durante un instante antes de esconder el rostro contra su pecho.

Entonces empezó a llorar.

No fue un llanto escandaloso. Fue un sonido pequeño, ahogado, como si hubiera pasado tanto tiempo intentando no molestar que incluso sus lágrimas hubieran aprendido a pedir permiso.

—Perdóname —susurró Marcus—. Perdóname por no haberme dado cuenta.

—No es tu culpa, papá.

—Soy tu padre. Debí preguntarte más.

—Siempre estás trabajando.

Aquella frase le dolió porque era cierta.

Después de la muerte de Elena, Marcus había construido su empresa hasta convertirla en una de las constructoras comerciales más exitosas de Georgia. Se había convencido de que proporcionar una casa segura, educación privada y estabilidad económica era suficiente para mantener a Olivia a salvo.

Cuando se casó con Vanessa, creyó haber encontrado a alguien que podría devolverle a su hija una sensación de familia.

Había confundido una casa llena de gente con un hogar lleno de amor.

—Voy a arreglar esto —prometió.

Olivia se apartó para secarse las mejillas.

—No hagas que la despidan de la familia, papá.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Si ella se va, Brianna y Chloe van a sufrir. No quiero que todo sea peor por mi culpa.

—Tú no eres responsable de las decisiones de los adultos.

—Pero Vanessa dice que las familias se rompen cuando alguien no sabe quedarse callado.

Marcus sintió un escalofrío.

—¿Te dijo eso directamente?

Olivia dudó.

—No exactamente.

—¿Qué dijo?

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Antes de que pudiera responder, sonaron tres golpes en la puerta.

Vanessa entró sin esperar permiso. Llevaba una carpeta blanca

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