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Chapter 9: El resultado que nadie esperaba

No conduje inmediatamente a la oficina de Richard.

Primero miré a Maya.

Estaba sentada junto a la caja metálica, con una fotografía de Alicia entre las manos. Había escuchado cada palabra de la conversación.

—¿Quién es? —preguntó.

No quería mentirle.

Tampoco quería repetir una acusación que todavía no podía verificar.

—Richard dice que encontró un informe antiguo. Afirma que podría identificar a otra persona como tu padre biológico.

Maya tragó saliva.

—¿Y si es verdad?

Me senté frente a ella.

—Entonces tendremos que aceptar los hechos, por difíciles que sean. Pero un resultado biológico no borra los quince años que hemos vivido juntos.

Ella bajó la mirada.

—¿Y si tú ya no quieres ser mi papá?

Sentí que el corazón se me rompía.

—Maya, mírame.

Le tomé las manos.

—Yo te cambié los pañales. Te llevé al médico cuando tenías fiebre. Te enseñé a montar en bicicleta.

Te sostuve cuando enterramos a tu mamá. No hice ninguna de esas cosas esperando una recompensa genética.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero si no soy tu hija...

—Eres mi hija. Lo que todavía no sabemos es si también compartimos la misma sangre.

Maya me abrazó con fuerza.

Y yo la abracé hasta que dejó de temblar.

Richard nos esperaba en su despacho cuando llegamos.

Había colocado varios documentos sobre la mesa y cerrado las persianas. Su expresión era mucho más seria que durante nuestra última visita.

—Antes de mostrarte esto, necesito que comprendas algo —dijo—. Encontré el informe entre documentos antiguos que no estaban incluidos en el expediente principal. No puedo garantizar todavía su autenticidad. Tampoco sé si se trata de un resultado definitivo o de un análisis preliminar.

—Muéstramelo.

Richard deslizó una hoja hacia mí.

El documento llevaba el nombre de una clínica que había cerrado años atrás. En la parte superior aparecían los datos de Alicia y la fecha del nacimiento de Maya.

Más abajo había dos nombres.

El primero era el de mi padre.

El segundo, el de Gabriel Torres.

Junto a ambos aparecían anotaciones manuscritas que indicaban que se habían solicitado análisis adicionales.

No había un resultado concluyente.

Sentí una mezcla de alivio y frustración.

—¿Por qué me dijiste que el informe identificaba a otra persona?

Richard pareció sorprendido.

—Yo no dije que hubiera un resultado definitivo. Dije que el informe identificaba a otra persona como posible candidato para una prueba de seguimiento.

Miré a Daniel.

Mi hermano frunció el ceño.

—¿Quién te llamó antes de que llegaras? —le pregunté a Richard.

El abogado se quitó los lentes.

—Recibí una llamada de Victor Salazar. Afirmó que tenía información sobre un documento que podía demostrar que tu padre había intervenido en el registro de nacimiento de Maya.

—¿Y le creíste?

—No. Por eso revisé los archivos originales.

Richard abrió una carpeta distinta.

Dentro había una copia de un registro de laboratorio y una hoja de custodia del expediente.

—El análisis inicial nunca se completó correctamente. Faltaba una muestra de referencia y no se documentó la cadena de custodia. No podemos utilizarlo para establecer la paternidad.

Maya soltó el aire que parecía haber estado conteniendo.

—Entonces todavía no sabemos quién es mi padre biológico.

—Correcto —respondió Richard—. Necesitamos una prueba moderna, realizada por un laboratorio acreditado y con muestras obtenidas de manera verificable.

Gabriel asintió.

—Estoy dispuesto a participar.

Miré a Maya.

—La decisión es tuya.

Ella pensó unos segundos.

—Quiero hacer la prueba. Pero quiero que los resultados se entreguen directamente a nosotros. No a Victor, no a Denise y no a nadie más.

Richard asintió.

—Podemos organizarlo con un laboratorio acreditado y establecer quién tendrá acceso a los resultados, respetando los requisitos legales y tu consentimiento.

Por primera vez en días, Maya pareció recuperar algo de control sobre su propia vida.

Pero todavía quedaba una pregunta.

—¿Qué tenía que ver mi abuelo con el registro? —preguntó.

Richard abrió otro documento.

—Tu padre me pidió que investigara eso cuando encontramos la solicitud sospechosa. Revisé las facturas y los registros de pagos de la clínica. Poco después del nacimiento de Maya, se hizo un pago extraordinario para cubrir varios análisis y gastos administrativos.

—¿Quién lo pagó? —pregunté.

Richard giró el documento.

El pago había sido realizado desde una cuenta perteneciente a la empresa de mi padre.

Daniel se acercó.

—Eso no demuestra que hiciera nada ilegal.

—Lo sé —respondió Richard—. Pero el pago fue autorizado por alguien que no trabajaba en la clínica. Y hay una firma en el registro de recepción que debemos identificar.

Me mostró la hoja.

La firma era antigua, pero reconocí el apellido.

Bennett.

No era la de mi padre.

Era la de mi hermano Daniel.

Me volví lentamente hacia él.

—¿Qué significa esto?

Daniel miró el documento y negó con la cabeza.

—No recuerdo haber firmado nada relacionado con la clínica.

—¿Podría ser una firma tuya de aquella época? —preguntó Richard.

Daniel examinó la hoja.

—Se parece a mi firma, pero no puedo asegurarlo. Yo tenía veintitantos años. Trabajaba con papá y firmaba documentos de la empresa constantemente.

—¿Pudiste haber entregado un pago en nombre de él? —pregunté.

Daniel permaneció en silencio.

Después se sentó.

—Marcus, cuando Maya nació, papá me pidió que llevara un sobre a una clínica. Me dijo que eran documentos de seguro. Yo no pregunté qué contenía.

La habitación quedó inmóvil.

—¿A qué clínica? —pregunté.

—No recuerdo el nombre. Era un edificio pequeño cerca del hospital donde nació Maya.

—¿Y qué hiciste con el sobre?

—Lo entregué en recepción. Me dieron un recibo y me fui.

Sentí que una pieza del rompecabezas acababa de encajar.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

Daniel me miró con desesperación.

—Porque no sabía que tenía algo que ver con Maya. Papá me pedía que llevara documentos de un sitio a otro. Nunca me explicó qué estaba haciendo.

Maya apretó los dedos alrededor de la fotografía de Alicia.

—¿Mi abuelo sabía quién era mi papá?

Daniel bajó la cabeza.

—No lo sé, cariño.

Richard recogió los documentos.

—Tenemos que distinguir lo que sabemos de lo que suponemos. El pago, el registro y la firma justifican una investigación, pero no demuestran que alguien alterara la paternidad de Maya.

—¿Y la carta que falta? —pregunté.

Richard se quedó callado.

—Hay otra cosa que no te he dicho.

Sentí que volvía la tensión.

—¿Qué?

—Ayer recibí un correo anónimo con una copia parcial de esa carta. No sabía si era auténtica, así que no te lo mencioné hasta verificar algunos detalles.

—¿Qué decía?

Richard sacó una hoja impresa.

El texto estaba incompleto, pero se distinguían varias frases escritas por Alicia.

«Mi padre político cree que puede solucionar esto con dinero».

«Marcus no debe cargar con las decisiones de otras personas».

Y, al final:

«Si alguna vez intentan cambiar el registro, busquen el expediente número 417-B».

Maya levantó la cabeza.

—¿Qué es el expediente 417-B?

Richard abrió su computadora y buscó el número en el registro antiguo de la clínica.

Pasaron varios segundos.

Luego apareció un resultado.

El expediente no correspondía a Gabriel.

Tampoco a mi padre.

Correspondía a una persona que había sido evaluada en la misma clínica durante la semana del nacimiento de Maya.

Richard giró la pantalla.

El nombre apareció en letras negras.

*Marcus Bennett.*

Me quedé mirando la pantalla.

—¿Por qué existe un expediente médico mío en esa clínica? —pregunté.

Richard no respondió inmediatamente.

Abrió el documento vinculado.

Era una orden para realizar un análisis genético antes de confirmar una relación biológica.

La fecha era dos días después del nacimiento de Maya.

Y en el margen había una anotación manuscrita:

«No entregar los resultados al paciente. Contactar primero al señor Bennett padre».

Sentí que las manos se me enfriaban.

Mi padre había dado instrucciones para que los resultados de un análisis relacionado conmigo no me fueran entregados.

Pero ¿por qué?

¿Y qué había descubierto Alicia que la llevó a escribir que mi padre podía solucionar el problema con dinero?

Maya me tomó la mano.

—Papá, ¿qué significa?

La miré.

No tenía respuestas. Solo preguntas que se volvían más peligrosas con cada documento.

—Significa que vamos a encontrar ese expediente completo.

Richard cerró la computadora.

—Hay un problema. Los registros físicos de esa clínica fueron trasladados cuando cerró. La última persona que solicitó acceso al archivo fue Victor Salazar.

Daniel se levantó de golpe.

—¿Cuándo?

Richard consultó la fecha.

—Hace tres semanas.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

«Si quieres saber quién es realmente el padre biológico de Maya, deja de confiar en tu familia y ven solo a la dirección que te enviaré».

Debajo apareció una ubicación y una hora.

Las ocho de la noche.

Y una última frase:

«Trae la carta de Alicia. Si no lo haces, nunca sabrás por qué tu padre pagó para ocultar el resultado».

Miré a Maya.

No iba a seguir permitiendo que desconocidos manipularan nuestras decisiones.

Pero quienquiera que estuviera detrás de aquel mensaje conocía el expediente que llevábamos días buscando.

Y quizá tenía la última pieza de la verdad.

Guardé el teléfono y miré a Richard.

—Quiero saber quién envió esto.

Él asintió.

—Intentaremos verificar el número y preservar el mensaje. No vayas a una reunión desconocida sin tomar precauciones legales y de seguridad.

Tenía razón.

Pero mientras recogíamos los documentos, llegó un segundo mensaje.

Esta vez incluía una fotografía.

En ella aparecían mi padre, Gabriel y un tercer hombre frente a la clínica donde había nacido Maya.

La fecha escrita en el reverso era la misma del expediente 417-B.

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Y el tercer hombre era Victor Salazar.

*Mi padre no solo lo conocía. Habían estado juntos en la clínica dos días después de que naciera mi hija.*

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