Chapter 7: La mujer que apareció en la grabación
—Marcus, te juro que yo nunca firmé eso.
Daniel seguía mirando el documento en mi teléfono. Tenía el rostro pálido y las manos tan tensas que sus nudillos parecían blancos.
Quería creerle.
Era mi hermano. El hombre que había estado a mi lado cuando enterramos a Alicia. El hombre que había ayudado a Maya a aprender a andar en bicicleta y que todavía guardaba fotografías de nuestras vacaciones familiares en su oficina.
Pero aquella firma estaba allí.
Y alguien había utilizado nuestros nombres para conseguir información sobre mi hija.
—No voy a decidir si eres culpable mirándote a la cara —le dije—. Voy a descubrir la verdad.
Daniel asintió lentamente.
—Eso es justo lo que te pido.
Denise permanecía sentada en el sofá, sin atreverse a intervenir. Gabriel, junto a la ventana, observaba la conversación con una expresión que no conseguía interpretar.
Maya bajó las escaleras con una mochila al hombro.
—¿Van a ir a la clínica?
—Sí, cariño —respondí—. Tu tío y yo tenemos que verificar algo.
Ella miró el documento en mi pantalla.
—¿Tiene que ver conmigo?
Me agaché frente a ella.
—Sí, pero quiero que sepas algo. No vamos a permitir que nadie tome decisiones sobre tu vida sin escucharte.
Maya apretó las correas de su mochila.
—Entonces quiero ir con ustedes.
—No sé si será conveniente que veas esa grabación.
—Papá, llevo días escuchando que todos intentan protegerme. Y mientras tanto, todos siguen escondiéndome cosas.
No encontré una respuesta.
Tenía razón.
—Está bien —dije finalmente—. Pero si en algún momento quieres salir, nos vamos.
Maya asintió.
Denise se levantó de golpe.
—¡No puedes llevarla a una clínica para involucrarla en una investigación!
Mi hija se volvió hacia ella.
—Tú me dijiste que mi papá estaba cansado de cuidarme. Me dijiste que iba a perder mi casa. Ya no puedes decidir qué cosas debo saber para que tú estés cómoda.
Denise abrió la boca, pero Maya ya estaba caminando hacia la puerta.
No intenté detenerla.
La clínica estaba situada en un edificio discreto de Austin, entre una farmacia y un consultorio dental. Cuando llegamos, Elena Ruiz nos esperaba en una oficina privada.
Era una mujer de unos sesenta años, con el cabello plateado recogido y una expresión cansada.
En cuanto vio a Maya, se puso de pie.
—Te pareces mucho a tu mamá.
Maya no sonrió.
—Eso me han dicho.
Elena pareció comprender que no era momento de hablar de recuerdos.
Nos invitó a sentarnos y colocó una carpeta sobre el escritorio.
—Antes de mostrarles la grabación, quiero explicarles algo. La clínica conservó ciertos registros antiguos porque Alicia solicitó que se mantuvieran archivados. No contienen una prueba concluyente de paternidad. Solo documentan las consultas que ella realizó durante su embarazo y las personas que autorizó a contactar.
—¿Mi madre escribió una carta para usted? —preguntó Maya.
—Sí.
—¿Qué decía?
Elena miró a Daniel y después a mí.
—Que no permitiera que nadie utilizara sus dudas para hacerte daño. También pidió que, cuando cumplieras quince años, tuvieras la oportunidad de conocer tu historia.
Maya tragó saliva.
—¿Ella sabía quién era mi padre?
Elena eligió cuidadosamente sus palabras.
—Tu madre tenía motivos para hacerse preguntas. Pero nunca dejó una prueba que me permitiera darte una respuesta definitiva.
Gabriel bajó la mirada.
Yo respiré profundamente.
—Muéstrenos la grabación.
Elena encendió una computadora y abrió un archivo fechado seis semanas atrás.
La cámara mostraba la recepción de la clínica. Una mujer entró, habló con la recepcionista y entregó un sobre.
Llevaba gafas oscuras y una chaqueta beige.
No se veía claramente su rostro al principio.
La mujer firmó un registro y sacó una identificación.
Elena pausó el video.
—Aquí es donde se ve mejor.
Amplió la imagen.
Maya dejó escapar un pequeño sonido.
Yo me incliné hacia la pantalla.
Conocía aquella cara.
La mujer era Angela, mi hermana.
La misma mujer que había estado en nuestro jardín cuando Denise apartó a Maya de la fotografía.
La misma mujer que había defendido a mi hija delante de los invitados.
—No puede ser —murmuré.
Daniel se puso de pie.
—Angela nunca haría esto.
Elena abrió otro archivo.
—Hay una segunda grabación. Fue tomada ayer, cuando la misma persona regresó.
La mujer de la chaqueta beige apareció nuevamente. Esta vez no llevaba gafas.
Angela entregó un documento a la recepcionista.
Después se inclinó sobre el mostrador y dijo algo que el micrófono de la cámara alcanzó a captar.
Elena subió el volumen.
La voz de mi hermana llenó la habitación.
—Necesito que me entreguen el expediente antes de que Marcus descubra lo que Alicia dejó escrito. Si él lee esa carta, todo se va a complicar.
Maya se llevó una mano a la boca.
Daniel negó repetidamente con la cabeza.
—No. Tiene que haber una explicación.
Yo no podía apartar los ojos de la pantalla.
El video continuó.
La recepcionista preguntó si Angela tenía autorización para solicitar aquellos documentos.
Mi hermana respondió sin vacilar:
—Tengo un poder firmado por Marcus. Mi hermano confía en mí.
Elena detuvo la grabación.
—No entregamos nada. La firma del poder no coincidía con los registros anteriores, así que pedimos una verificación legal.
Me puse de pie.
Sentía una mezcla de furia y tristeza tan intensa que apenas podía hablar.
Angela no había sido una espectadora.
Había estado involucrada desde el principio.
Pero todavía no entendía por qué.
—¿Tiene más grabaciones? —pregunté.
Elena asintió.
—Hay una conversación en el estacionamiento. La cámara no registra todo el audio, pero se distingue a la otra persona.
Abrió el archivo.
Angela salió del edificio y caminó hacia un automóvil negro.
Un hombre la esperaba junto a la puerta del conductor.
Cuando se volvió, reconocí su rostro.
Victor Salazar.
El supuesto asesor de Denise.
El hombre que había solicitado información sobre el fideicomiso.
Angela le entregó una carpeta.
Victor la abrió, revisó unas páginas y negó con la cabeza.
—No es suficiente —dijo él.
Angela respondió:
—Es lo que pude conseguir. La carta original sigue en manos de Gabriel.
Victor miró a su alrededor.
—Entonces tendremos que conseguirla antes que Marcus.
Angela apretó la carpeta contra su pecho.
—¿Y si él descubre lo que hicimos?
Victor soltó una risa seca.
—Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde.
La grabación terminó.
Nadie habló.
Maya miraba la pantalla con lágrimas en los ojos.
—Mi tía Angela me abrazó ayer —susurró—. Me dijo que todo iba a estar bien.
Me acerqué a ella.
—Lo siento, cariño.
—¿Por qué todos hacen esto?
No tenía una respuesta que pudiera aliviar su dolor.
Gabriel se inclinó hacia Elena.
—¿Qué carta original menciona Victor?
Elena abrió la carpeta que tenía sobre el escritorio.
—Alicia dejó una carta sellada en la clínica. No debía entregarse hasta que Maya cumpliera quince años. Pero cuando fui a buscarla ayer, el sobre había desaparecido del archivo externo.
Mi corazón se aceleró.
—¿Alguien la robó?
—No puedo afirmarlo sin revisar todos los registros. Sin embargo, la persona que la retiró utilizó una autorización que parecía válida.
Daniel volvió a mirar la grabación.
—Angela sabía que existía la carta. ¿Y si también sabe dónde está ahora?
Maya se levantó.
—Quiero llamar a mi tía.
—Espera —le dije.
—¿Por qué? Si no hizo nada malo, podrá explicarlo.
La miré.
No quería que volviera a sufrir una decepción, pero tampoco podía pedirle que viviera encerrada en el miedo.
—Puedes hablar con ella. Pero no vas a hacerlo sola.
Maya asintió.
Marqué el número de Angela.
Contestó casi inmediatamente.
—¡Marcus! Iba a llamarte.
—¿Dónde estás?
—En casa. ¿Por qué?
—Necesito preguntarte algo sobre la clínica de Elena Ruiz.
El silencio fue instantáneo.
Después escuché su respiración.
—Marcus, puedo explicarlo.
Cerré los ojos.
—Entonces explícame por qué apareces en una grabación entregando documentos y hablando con Victor Salazar.
Angela empezó a llorar.
—No entiendes lo que estaba intentando hacer.
—¿Qué estabas intentando hacer?
—¡Proteger a Maya!
Mi hija se acercó al teléfono.
—¿De qué, tía?
Angela dejó de llorar durante un instante.
—Maya...
—¿Por qué entregaste documentos sobre mí?
Mi hermana tardó varios segundos en responder.
Finalmente dijo:
—Porque tu mamá me pidió que, si algún día alguien intentaba cambiar el fideicomiso, encontrara la carta que dejó escondida.
Miré a Gabriel.
Él se puso rígido.
—¿Qué carta? —pregunté.
Angela sollozó.
—La que Alicia escribió después de descubrir que alguien había alterado los registros de su embarazo.
Mi sangre se heló.
—¿Quién los alteró?
Angela respiró temblorosamente.
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Y entonces pronunció el nombre de una persona que ninguno de nosotros esperaba escuchar.
—Tu padre, Marcus.