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Chapter 5: El hombre que nunca dejó de buscarla

Maya no abrió la segunda carta inmediatamente.

La sostuvo entre las manos como si el papel pudiera quemarla.

—Quiero estar sola —dijo.

—Cariño, no tienes que leerla ahora —respondí.

—Sí tengo.

Miró a Gabriel.

—Pero no quiero que él esté aquí.

Gabriel asintió sin protestar.

—Lo entiendo.

Denise intentó acercarse.

—Maya, yo solo quería...

—Tú no —la interrumpió mi hija.

Las palabras fueron suaves, pero la hicieron detenerse.

Maya subió las escaleras con la carta apretada contra el pecho.

Yo esperé hasta escuchar cerrarse la puerta de su habitación antes de volverme hacia Gabriel.

—Ahora vas a contarme todo.

Nos sentamos en el despacho. Denise permaneció junto a la puerta, con los brazos cruzados.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

La miré.

—Quiero que dejes de decidir qué información merece conocer mi familia.

Ella bajó la mirada, pero no se marchó.

Gabriel colocó una carpeta sobre el escritorio.

—Conocí a Alicia cuando teníamos veintidós años. Trabajábamos en una organización comunitaria que ayudaba a familias que no podían pagar el alquiler.

—¿Y fueron pareja?

—Durante casi tres años.

—¿Por qué terminaron?

Gabriel miró la fotografía antigua.

—Yo quería mudarme a California para aceptar un trabajo. Alicia no quería abandonar Texas. Discutimos, nos separamos y dejamos de hablar durante un tiempo.

—¿Cuándo volviste a verla?

—Unos meses antes de que conociera a Alicia... —Se detuvo y corrigió—. Unos meses antes de que tú y Alicia se casaran.

Aquella vacilación me llamó la atención.

—¿Cuándo?

—Ella me llamó porque necesitaba ayuda con un asunto personal. Nos reunimos una vez.

—¿Qué asunto?

Gabriel respiró profundamente.

—Me dijo que estaba embarazada.

Sentí que las paredes del despacho se acercaban.

—Maya nació siete meses después de nuestra boda.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Gabriel no apartó la mirada.

—Porque Alicia me dijo que existía la posibilidad de que yo fuera el padre biológico.

Me levanté tan rápido que la silla se deslizó hacia atrás.

—¿La posibilidad?

—Nunca tuvimos una prueba de ADN.

—¿Alicia te dijo que Maya podía ser tu hija?

—Sí.

—¿Y tú te fuiste?

La expresión de Gabriel cambió.

—No me fui. Alicia me pidió que no interfiriera en su matrimonio mientras ella intentaba resolverlo contigo.

—¿Y aceptaste?

—Acepté respetar su decisión. No fue una decisión fácil.

Solté una risa amarga.

—Qué conveniente. Tú respetaste su decisión durante quince años y ahora apareces en mi casa con una carta.

Gabriel soportó mi mirada.

—Tienes razón en estar enojado. Pero no sabes lo que pasó después.

—Entonces habla.

Sacó una segunda carpeta.

Dentro había copias de correos electrónicos, cartas y un documento con fechas escritas a mano.

—Después del nacimiento de Maya, Alicia y yo volvimos a hablar. Ella me dijo que tú habías decidido criar a la niña como tu hija y que no quería destruir la familia que estaban construyendo.

—¿Me estás diciendo que ella sabía que podía ser tuya y nunca me lo dijo?

—Te estoy diciendo que no sé qué tan segura estaba. Ella me dijo que existían dudas, no certezas.

Miré los documentos.

—¿Y tú qué hiciste?

—Le pregunté si quería que me hiciera una prueba. Me respondió que no era el momento. Después me pidió que no volviera a contactarla.

—¿Y obedeciste?

—Sí.

Denise soltó una risa nerviosa.

—Entonces, si nunca supiste si eras su padre, ¿por qué le escribiste a Alicia una y otra vez?

Gabriel se volvió hacia ella.

—Porque ella me escribió primero.

—Eso no es lo que dicen estos documentos.

La miré.

—¿Qué documentos?

Denise señaló la carpeta.

—Vi algunos de esos correos cuando encontré la carta.

Gabriel frunció el ceño.

—No viste todos.

—Vi suficientes para saber que Alicia te pidió dinero.

Sentí que el estómago se me contraía.

—¿Qué dinero?

Gabriel permaneció callado unos segundos.

Finalmente sacó un documento bancario.

—Alicia estaba intentando asegurar el futuro de Maya. Me pidió ayuda para pagar un tratamiento médico que necesitaba después del embarazo. Yo le envié dinero en varias ocasiones.

—¿Y nunca me lo dijo?

—No sé por qué decidió ocultártelo.

Tomé la hoja.

Las cantidades no eran enormes, pero las fechas coincidían con los primeros años de vida de Maya.

—¿Por qué guardaste esto?

—Porque Alicia me pidió que lo hiciera.

—¿Qué tenía que ver el dinero con la carta?

Gabriel se frotó la frente.

—Nada directamente. Pero cuando me enteré de que Alicia había muerto, intenté localizarte. Quería saber si Maya estaba bien.

—¿Cómo te enteraste de su muerte?

—Una amiga en común me lo contó.

—¿Y qué pasó?

—Te escribí una carta. Nunca recibí respuesta.

Miré a Denise.

Ella apartó los ojos.

Sentí una nueva punzada de sospecha.

—¿Qué estás pensando, Marcus? —preguntó Gabriel.

—Que quizá alguien recibió esa carta antes que yo.

El silencio se extendió por el despacho.

Denise levantó la cabeza.

—Eso es absurdo.

—¿Por qué? —pregunté—. Hace unos meses encontraste una carta de Alicia, revisaste el fideicomiso y buscaste a este hombre. ¿Cómo sabes que no existían otras cartas?

—Porque yo no tenía nada que ver con tu vida antes de conocerte.

—Pero ahora tienes acceso a mi casa, a mis documentos y a mis cuentas.

Denise apretó los labios.

—No voy a seguir escuchando estas acusaciones.

Se dirigió hacia la puerta.

—Todavía no hemos terminado —dije.

Se detuvo.

—¿Qué quieres de mí?

—La verdad.

Denise se volvió lentamente.

—La verdad es que tuve miedo.

La confesión nos sorprendió a los dos.

—¿Miedo de qué? —pregunté.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—De que un día apareciera alguien y reclamara la vida que tú construiste para Maya. De que todo lo que yo intentara hacer por mis hijos terminara siendo menos importante.

—¿Y por eso intentaste cambiar el fideicomiso?

—Quería asegurarme de que mis hijos no quedaran desprotegidos.

—Podías hablar conmigo.

—Lo intenté.

—No. Me pediste que pusiera la casa a tu nombre. Cuando me negué, empezaste a buscar otra manera.

Denise guardó silencio.

Gabriel intervino.

—Alicia no habría querido que utilizaras a Maya para resolver tus inseguridades.

Denise se volvió hacia él.

—¡Tú no sabes lo que Alicia habría querido!

—Tienes razón. No lo sé todo. Pero sé que Maya no merece pagar por los errores de los adultos.

Por un instante, pensé que Denise iba a responder.

Entonces sonó mi teléfono.

Era un mensaje de Maya.

«Papá, necesito que vengas. Hay algo en la carta que tienes que leer».

Subí las escaleras de inmediato.

Encontré a mi hija sentada en la cama, con las rodillas recogidas contra el pecho. La carta estaba abierta sobre la colcha.

Tenía los ojos rojos.

—¿Qué pasó, cariño?

Me señaló el papel.

—Mamá dice que siempre debo recordar que tú me elegiste. Pero aquí dice algo diferente.

Me senté a su lado.

Maya me entregó la carta.

«Mi querida Maya:

Si estás leyendo esto, ya eres lo suficientemente grande para comprender que las familias no siempre comienzan de la manera que esperamos.

Antes de que nacieras, yo amé a dos hombres de maneras distintas. Uno fue parte de mi pasado. El otro fue el hombre con quien decidí construir mi futuro.

No te escribo esto para que elijas entre ellos.

Te escribo porque mereces saber que, antes de que pudieras hablar, ya había adultos tomando decisiones sobre tu vida.

Si alguna vez descubres que Marcus no comparte contigo la misma sangre, recuerda que él estuvo a tu lado cuando más lo necesitabas.

Pero también recuerda que nadie tiene derecho a utilizar tu historia para hacerte sentir menos amada».

Maya comenzó a llorar.

—¿Entonces tú sabías que podía no ser mi papá?

No podía esconderme detrás de palabras bonitas.

—No, mi amor. No lo sabía.

—¿Y si es verdad?

La abracé.

—Entonces averiguaremos la verdad juntos.

Ella se apartó y me miró con desesperación.

—¿Y si él quiere llevarme con él?

—Nadie va a decidir tu futuro sin escucharte. Y yo no voy a dejar de ser tu papá porque un análisis diga algo diferente sobre nuestra sangre.

Maya apoyó la frente contra mi hombro.

—Tengo miedo.

—Yo también.

Por primera vez, me permití admitirlo.

No sabía qué revelaría una prueba de ADN. No sabía qué había ocultado Alicia ni cuánto tiempo llevaba Gabriel buscando respuestas.

Pero sí sabía una cosa: no iba a permitir que Maya atravesara aquello sola.

Cuando bajamos, Gabriel estaba de pie junto a la ventana.

Maya se acercó a él.

—¿Por qué quieres conocerme?

Gabriel pareció sorprendido por la pregunta.

—Porque tu mamá me pidió que respetara su decisión hasta que cumplieras quince años. Y porque, si existe la posibilidad de que sea tu padre biológico, quiero darte la oportunidad de conocer la verdad.

—¿Quieres ser mi papá?

Gabriel se quedó sin palabras.

Después negó lentamente con la cabeza.

—No he venido a quitarle ese lugar a Marcus. Ni siquiera sé si soy tu padre biológico.

Maya lo observó durante varios segundos.

—Entonces no me pidas que te llame de ninguna manera especial.

—No lo haré.

Ella asintió.

—Quiero una prueba.

Gabriel aceptó inmediatamente.

—La haremos de la manera adecuada, con tu consentimiento y el de los adultos responsables. Sin presiones.

Denise se sentó en el sofá y se cubrió el rostro con las manos.

Por primera vez, no parecía enfadada.

Parecía asustada.

Y entonces comprendí algo que no había considerado antes: quizá Denise no había descubierto el secreto de Alicia por casualidad.

Quizá alguien se lo había revelado.

Alguien que conocía el contenido de aquellas cartas y sabía exactamente qué hacer para que el pasado de Alicia se convirtiera en un arma.

Miré a Gabriel.

—¿Quién más sabía que esta carta existía?

Él dudó.

—Una persona.

—¿Quién?

—La mujer que ayudó a Alicia a preparar los documentos después del nacimiento de Maya.

—¿Dónde está ahora?

Gabriel sacó una tarjeta de su bolsillo.

—Trabaja en una clínica privada en Austin. Se llama Elena Ruiz.

Miré la tarjeta.

En el reverso había una nota escrita a mano:

«Alicia me pidió que no hablara hasta que Maya cumpliera quince años. Pero alguien ya vino a verme antes de que llegara esa fecha».

Debajo aparecía una fecha.

Era de hacía seis semanas.

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Y la persona que había firmado el registro de aquella visita no era Denise.

Era mi propio hermano.

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