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Chapter 3: El secreto que llevaba el nombre de Alicia

Durante casi un minuto, no pude apartar los ojos de la fotografía.

El hombre sentado en mi despacho parecía tener unos cincuenta años. Llevaba una camisa azul, el cabello oscuro y un reloj plateado. No lo reconocía.

Denise estaba de pie junto a él, inclinada sobre el escritorio. Su expresión no era la de una mujer conversando con un abogado sobre asuntos familiares.

Parecía estar dando instrucciones.

El sobre con el nombre de Alicia estaba abierto.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Richard.

—No lo sé.

—¿Y quién te envió la fotografía?

Le mostré el mensaje.

Richard lo leyó y dejó el teléfono sobre la mesa.

—No contestes hasta que podamos verificar quién es. Pero guarda una copia de todo. No borres nada.

—¿Crees que alguien estuvo revisando mis documentos?

—La fotografía sugiere que alguien tuvo acceso a tu despacho. No demuestra por sí sola qué estaban haciendo, pero es suficiente para investigar.

Me levanté y caminé hacia la ventana.

Desde el edificio se veía una fila de automóviles avanzando lentamente por la avenida. La gente iba al trabajo, compraba café y llevaba a sus hijos a la escuela.

El mundo seguía funcionando.

Mi mundo, en cambio, parecía estar desmoronándose.

—Richard, necesito saber qué hay en ese sobre.

—Podemos empezar revisando los documentos del fideicomiso y los registros que tenemos. Pero no puedo decirte qué contiene un sobre que no hemos examinado.

—Tiene el nombre de mi esposa.

—Lo sé.

—Mi primera esposa murió hace ocho años. Denise no la conoció personalmente. ¿Por qué tendría algo suyo?

Richard se quedó pensativo.

—¿Alicia tenía un testamento, una póliza de seguro o algún documento privado que no estuviera incluido en el fideicomiso?

Cerré los ojos un momento.

Alicia había sido organizada. Guardaba los documentos importantes en una caja de seguridad y mantenía copias de los registros médicos, las pólizas y las cuentas familiares.

Después de su muerte, yo había revisado todo con ayuda de un abogado.

O al menos eso creía.

—Había una caja de seguridad en el banco —respondí—. Pero la cerré después de resolver los asuntos de la herencia.

—¿Recuerdas qué contenía?

—Documentos personales, fotografías, papeles de la casa. Nada que justificara esto.

Richard no pareció convencido.

—¿Y Denise sabía de esa caja?

La pregunta me incomodó.

—Le hablé de ella una vez, cuando estábamos organizando los archivos de la casa. No recuerdo haberle dicho dónde estaba.

Mi teléfono vibró otra vez.

Denise.

Esta vez llamó.

Dejé que sonara.

Volvió a llamar inmediatamente.

Richard me observó.

—Si contestas, no discutas. Escucha lo que tenga que decir.

Acepté la llamada y activé el altavoz.

—¿Dónde estás? —preguntó Denise.

Su voz sonaba tensa.

—Ocupado.

—Marcus, tenemos que hablar.

—Eso ya lo dijiste.

Hubo una pausa.

—No quiero que cometas un error del que después te arrepientas.

—¿Como cuál?

—Como destruir nuestra familia por algo que puedes resolver conmigo.

Miré la fotografía que seguía abierta en la pantalla.

—¿Quién es el hombre que estaba en mi despacho?

El silencio fue inmediato.

No un silencio de confusión.

Un silencio de cálculo.

—¿Qué hombre? —preguntó finalmente.

—El que aparece en una fotografía junto a ti, revisando documentos de mi hija.

—No sé de qué estás hablando.

—Entonces no te molestará explicármelo cuando vuelva a casa.

—Marcus, no vuelvas a casa para montar un espectáculo. Los niños están aquí.

Aquella respuesta me hizo apretar el teléfono.

Incluso ahora utilizaba a sus hijos para controlar la conversación.

—No voy a discutir delante de Jordan y Noah —respondí—. Pero necesito que entiendas algo. Nadie tiene permiso para modificar el fideicomiso de Maya en mi nombre.

—¡Yo nunca he intentado quitarle nada a Maya!

—Entonces será muy fácil demostrarlo.

Denise respiró con fuerza.

—¿Richard te está llenando la cabeza de ideas?

No contesté.

—Ese hombre lleva años manejando tus asuntos. Claro que va a decirte que cualquier cambio es peligroso. Así es como los abogados consiguen que sus clientes sigan pagándoles.

Richard me miró, pero no intervino.

—¿Qué contiene el sobre de Alicia? —pregunté.

Esta vez, Denise no respondió.

Escuché un ruido al otro lado de la llamada, como si hubiera dejado el teléfono sobre una mesa.

Después volvió a hablar, más despacio.

—No deberías estar revisando cosas que pertenecían a tu primera esposa.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que no entiendes.

—Explícamelas.

—No por teléfono.

La llamada terminó.

Me quedé inmóvil.

Richard cerró la carpeta y se puso de pie.

—Creo que debes volver a casa, pero no para enfrentarte a ella sin preparación. Primero vamos a proteger los documentos y establecer exactamente qué se presentó. También te recomiendo que cualquier conversación importante quede registrada por escrito.

Asentí.

Antes de salir, le pedí a su asistente que verificara la identidad del número que me había escrito. No esperaba una respuesta inmediata, pero quería dejar constancia de que alguien estaba dispuesto a hablar.

Cuando llegué a casa, el automóvil de Denise seguía estacionado en la entrada.

Entré por la puerta principal.

Jordan y Noah estaban en la sala. Tenían una consola de videojuegos encendida, pero ninguno parecía estar prestando atención a la pantalla.

Jordan levantó la mirada.

—¿Estás enojado con nosotros?

La pregunta me detuvo.

Dejé las llaves sobre una mesa y me acerqué a él.

—No, hijo. Nunca estaría enojado con ustedes por algo que no hicieron.

Noah apagó el control.

—Mamá dice que quieres echarla de la casa.

Me agaché para quedar a su altura.

—Los adultos tenemos problemas que debemos resolver. Pero eso no significa que ustedes hayan hecho algo malo.

Jordan se mordió el labio.

—Ella dijo que Maya hizo que todos se pelearan.

Sentí una punzada de rabia, pero la mantuve bajo control.

—Maya no hizo nada malo. Tenía derecho a estar en la fotografía. Nadie merece ser tratado como si no perteneciera a su propia familia.

Noah miró hacia las escaleras.

—Mamá dijo que no debíamos hablar de lo que pasó.

—Pueden hablar conmigo cuando necesiten hacerlo. No tienen que elegir entre su mamá y yo.

Jordan bajó la cabeza.

—Yo quería que Maya estuviera en la foto.

Aquella confesión me sorprendió.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Porque mamá se enoja cuando la defiendo.

No supe qué responder de inmediato.

Aquel niño también estaba aprendiendo a caminar alrededor del temperamento de su madre.

Le puse una mano sobre el hombro.

—No eres responsable de controlar las emociones de los adultos, Jordan.

En ese momento, Denise apareció al pie de las escaleras.

—¿Podrías dejar de interrogarlos?

Me puse de pie.

—Estábamos hablando.

—Son niños, Marcus. No necesitan que los metas en nuestros problemas.

—Tienes razón. No necesitan eso. Por eso no voy a pedirles que tomen partido.

Denise cruzó los brazos.

—Entonces deja de hacer preguntas.

La miré.

—¿Quién es el hombre de la fotografía?

Jordan y Noah se quedaron inmóviles.

Denise palideció ligeramente.

—Los niños están aquí.

—Entonces hablaremos en el despacho.

Me dirigí hacia la habitación que utilizaba como oficina. Denise me siguió y cerró la puerta detrás de nosotros.

—No tienes idea de lo que estás haciendo —dijo.

—Explícamelo.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

Se sentó en el borde de una silla y se frotó las manos.

Por primera vez desde que la conocía, parecía incapaz de encontrar una respuesta preparada.

—Ese hombre estaba ayudándome a entender los documentos —admitió.

—¿Qué documentos?

—Los del fideicomiso.

—¿Con qué autorización?

Denise levantó la cabeza.

—Quería proteger a mis hijos.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

—¿De qué?

—De quedarse sin nada si tú mueres.

No podía creer lo que estaba escuchando.

—Jordan y Noah tienen una madre, una familia y un futuro. Nunca he intentado quitarles nada.

—Pero todo está a nombre de Maya. La casa, el fideicomiso, las condiciones que dejó Alicia...

—La casa está protegida para mi hija. Eso no significa que yo no pueda cuidar también de tus hijos.

Denise se levantó.

—¡No lo entiendes! Cada vez que intento construir algo, aparece Alicia. Incluso muerta, sigue teniendo más poder en esta casa que yo.

—Alicia no está aquí para competir contigo.

—¡Pero tú sigues viviendo como si estuviera!

La miré durante varios segundos.

—¿Qué había en el sobre?

Denise se quedó callada.

—Marcus...

—¿Qué había en el sobre de Alicia?

—No era lo que piensas.

—Entonces dime qué era.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no supe si eran de miedo, frustración o arrepentimiento.

—Encontré unos documentos hace meses —dijo finalmente—. Estaban guardados con los papeles antiguos de la casa.

—¿Dónde?

—En el archivador del despacho.

Miré hacia el mueble junto a la pared.

Allí guardaba contratos de mi empresa, facturas y documentos familiares. Nunca había imaginado que Denise pudiera estar revisando las carpetas privadas de Alicia.

—¿Qué documentos encontraste?

Denise apretó los labios.

—Una carta.

—¿De quién?

No respondió.

—¿De quién, Denise?

—De Alicia.

Sentí que el aire de la habitación se volvía pesado.

—¿Qué decía?

Denise miró la puerta cerrada y luego volvió a mirarme.

—Decía que había algo que debías saber sobre Maya.

Me quedé completamente inmóvil.

Durante ocho años había creído conocer cada detalle importante de la vida de mi hija. Sabía cómo había nacido, cómo había dado sus primeros pasos y cómo Alicia la había sostenido por primera vez en el hospital.

Conocía la historia de su nacimiento porque la había escuchado cientos de veces de labios de mi esposa.

¿Qué podía haber escrito Alicia que cambiara algo tan fundamental?

—Dame la carta —dije.

Denise negó con la cabeza.

—No la tengo aquí.

—¿Dónde está?

—Con el hombre que viste en la fotografía.

Sentí que la rabia me subía por el pecho.

—¿Le entregaste una carta privada de mi esposa a un desconocido?

—No es un desconocido. Es alguien que conoce a la familia de Alicia.

—¿Quién es?

Denise vaciló.

Después pronunció un nombre que no había escuchado en años.

—Gabriel Torres.

Mi mente empezó a buscar entre los recuerdos.

El nombre me resultaba familiar, pero no conseguía ubicarlo.

—¿Quién es Gabriel?

Denise se pasó una mano por el cabello.

—Alguien que conoció a Alicia antes de que ustedes se casaran.

—¿Un amigo?

—Algo así.

—No me mientas.

—¡No estoy mintiendo!

Golpeé suavemente el escritorio con la palma.

—Entonces dime por qué tiene una carta de mi esposa muerta y por qué está revisando documentos de mi hija.

Denise retrocedió un paso.

Y entonces dijo algo que hizo que todas mis sospechas adquirieran una forma nueva.

—Porque Alicia dejó instrucciones para que, cuando Maya cumpliera quince años, alguien le entregara una verdad que tú nunca debías conocer.

Me quedé helado.

Maya acababa de cumplir quince años.

El sobre abierto en mi escritorio ya no parecía una amenaza contra una propiedad.

Parecía una puerta hacia algo que Alicia había mantenido oculto durante toda nuestra vida juntos.

—¿Qué verdad? —pregunté.

Denise apretó los ojos.

—No lo sé todo.

—¿Qué sabes?

—Sé que Gabriel cree que la carta puede cambiar el futuro de Maya. Y sé que, si la entregan, tú vas a querer respuestas.

—Las quiero ahora.

Denise miró el reloj de la pared.

—No puedo dártelas.

—¿Por qué?

Se acercó a mí y habló tan bajo que apenas pude escucharla.

—Porque Gabriel dijo que, si revelaba lo que Alicia escribió antes de que él hablara contigo, perdería la única oportunidad que tiene de recuperar algo que le pertenece.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Qué cosa?

Denise abrió la boca.

Pero antes de que pudiera responder, escuchamos un golpe en la puerta principal.

Tres golpes firmes.

Después, el timbre.

Denise perdió el color del rostro.

Yo salí del despacho y caminé hacia la entrada. Al abrir la puerta, encontré a un hombre de cabello oscuro sosteniendo un sobre amarillento.

Reconocí el rostro de la fotografía.

Gabriel Torres.

Me miró directamente a los ojos.

—Marcus Bennett —dijo—. Necesito hablar contigo sobre Alicia y sobre la verdadera razón por la que dejó la casa protegida para Maya.

Levantó el sobre.

En el frente, escrito con la letra inconfundible de mi primera esposa, aparecía mi nombre.

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Y debajo, una frase que hizo que mis manos comenzaran a temblar:

*«Marcus, si estás leyendo esto, significa que nuestra hija ya cumplió quince años y que ha llegado el momento de contarte quién era realmente su padre».*

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