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Chapter 7: Mi padre estaba vivo, pero no había regresado por mí

Durante varios segundos, Nia no pudo moverse.

El hombre frente a ella tenía el cabello gris, una cicatriz junto a la ceja izquierda y los mismos ojos oscuros que aparecían en las fotografías de su infancia. Había envejecido. Su rostro estaba más delgado, sus hombros parecían menos firmes y una de sus manos temblaba sobre el bastón.

Pero era él.

James Washington.

El hombre que le había enseñado a andar en bicicleta. El que la cargaba dormida desde el automóvil hasta su cama. El que le prometió que nunca tendría que enfrentarse sola al mundo.

El hombre al que había llorado durante doce años.

—Papá... —susurró Nia.

James abrió los brazos.

—Mi niña.

Nia dio un paso hacia él, pero se detuvo antes de tocarlo.

Había imaginado ese momento miles de veces. En sus sueños, su padre regresaba, la abrazaba y le explicaba que todo había sido un terrible error. Ella lloraba contra su pecho y volvía a sentirse una niña protegida.

Pero en el jardín, con su vestido de novia manchado de polvo y su madre temblando a pocos metros, solo podía pensar en una pregunta.

—¿Por qué?

James bajó los brazos.

—Nia, puedo explicártelo.

—¿Por qué me dejaste creer que estabas muerto?

Él miró a Evelyn.

—Tu madre sabe lo que ocurrió.

—¡No! —Nia levantó la voz—. Mi madre me dijo que habías muerto. Vi tu ataúd cerrado.

Fui a tu funeral. Pasé años preguntándome por qué no pude despedirme de ti como debía. ¿Y ahora vienes a mi boda como si nada hubiera pasado?

James bajó la mirada.

—No vine a arruinar tu boda.

Nia soltó una risa amarga.

—Llegas doce años tarde para eso.

A su alrededor, los invitados permanecían inmóviles. Algunos se habían sentado. Otros observaban con lágrimas en los ojos. El cuarteto había dejado de tocar y una de las organizadoras de la boda intentaba alejar discretamente a los camareros.

Marcus estaba pálido.

Vanessa parecía incapaz de respirar.

James miró a su hijo, luego a Nia.

—No sabía que Marcus había llegado tan lejos.

—¿Conoces a Marcus? —preguntó Nia.

—Lo conozco desde que era un muchacho.

Marcus negó con la cabeza.

—No. Tú me dijiste que nunca volverías.

James apretó el bastón.

—Y debí cumplir mi palabra.

—¿Qué significa eso? —preguntó Nia.

Su padre respiró profundamente.

—La empresa de transporte no era tan pequeña como te hicieron creer. Richard Reed y yo habíamos conseguido contratos importantes para distribuir suministros médicos. Pero descubrí que parte del dinero estaba siendo desviado a cuentas privadas. Cuando confronté a Richard, me amenazó.

—¿Y fingiste tu muerte? —preguntó Nia.

—La noche de mi desaparición, Richard me dijo que tenía personas capaces de hacerles daño a tu madre y a ti. Yo creí que, si desaparecía, dejaría de ser una amenaza para ustedes.

Evelyn se acercó, con el rostro lleno de lágrimas.

—¡No me digas que lo hiciste por nosotras! —exclamó—. Me dejaste sola con una hija de dieciséis años.

Tuve que inventar una muerte que nunca ocurrió. Tuve que mirar a Nia llorar por ti mientras yo ni siquiera sabía si estabas vivo.

James cerró los ojos.

—Lo sé.

—¡No lo sabes! —Evelyn golpeó su pecho con una mano temblorosa—. No sabes lo que fue pasar Navidad sin ti.

No sabes cuántas noches Nia se despertó preguntando por qué su padre no había regresado. Y no sabes lo que tuve que hacer para mantener a nuestra hija a salvo.

James no intentó defenderse.

Por primera vez desde su llegada, parecía un hombre que comprendía la magnitud de lo que había perdido.

Nia observó a su madre.

—¿Tú sabías que seguía vivo?

Evelyn se secó las mejillas.

—No al principio. Me dijeron que había muerto. Después, meses más tarde, recibí una carta suya. Me pedía que no intentara encontrarlo y que mantuviera a salvo los documentos de la empresa.

—¿Y nunca me lo contaste?

—Porque la carta decía que, si tú sabías que estaba vivo, podrían utilizarte para encontrarlo.

Nia sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.

—¿Y decidiste que era mejor que yo pensara que mi padre estaba muerto?

—Decidí que prefería que me odiaras por ocultarte la verdad antes que arriesgarme a perderte.

El silencio de Nia fue más doloroso que cualquier grito.

James extendió una mano hacia ella.

—Sé que no merezco que me perdones. Pero vine porque descubrí que alguien estaba utilizando los documentos de la empresa para acceder a tu herencia.

Nia retrocedió.

—¿Tuviste doce años para protegerme y apareces justo cuando hay dinero de por medio?

—No es así.

—¿Entonces por qué no apareciste cuando me gradué? ¿Cuando mamá enfermó de agotamiento? ¿Cuando me comprometí? ¿Por qué no llamaste ni una sola vez?

James bajó la cabeza.

—Porque era un cobarde.

Aquella respuesta la desarmó durante un instante.

No había excusa. No había una historia heroica ni una conspiración capaz de convertir su ausencia en un sacrificio perfecto.

Solo un hombre que había elegido desaparecer y que ahora esperaba que su familia soportara las consecuencias.

Daniel se acercó.

—Señor Washington, necesitamos hablar de la cuenta que fue reactivada a su nombre.

James asintió.

—Sé que Marcus intentó utilizarla.

Marcus levantó la cabeza.

—¡Tú me dijiste que podía hacerlo!

James lo miró con una mezcla de decepción y furia.

—Te dije que no tocaras esa cuenta.

—¡Necesitaba el dinero!

—Entonces debiste asumir tus deudas, no utilizar a Nia y a su madre.

Vanessa se interpuso.

—¡No puedes culparnos por todo! ¡Tú desapareciste y dejaste documentos que nadie entendía!

James la miró.

—¿Dónde está Richard?

Vanessa palideció.

Nia notó el cambio inmediatamente.

—¿Qué tiene que ver Richard con esto?

Vanessa negó con la cabeza.

—No sé dónde está mi padre.

—Hace unos minutos dijiste que había muerto en un accidente —respondió Nia—. Ahora ni siquiera puedes mirarnos a los ojos.

Vanessa comenzó a llorar.

—Mi padre me llamó hace tres meses.

James cerró los ojos.

Evelyn se llevó una mano a la boca.

—¿Qué te dijo? —preguntó Nia.

—Me dijo que Marcus estaba buscando documentos relacionados con una cuenta antigua. Me prometió que, si lo ayudaba, podría recuperar el dinero que había perdido.

—¿Y tú aceptaste?

—No sabía que utilizarían el dinero de tu madre. Marcus me dijo que la transferencia estaba autorizada.

—Pero sabías que estaban buscando la herencia de mi padre.

Vanessa no respondió.

Nia sintió que la última pieza de su relación con Marcus terminaba de romperse.

—¿La casa que compraron era para tu padre? —preguntó.

Vanessa levantó los ojos.

—Sí.

Marcus la miró horrorizado.

—¡Vanessa!

—¡Estoy cansada de protegerte! —gritó ella—. Me dijiste que papá necesitaba un lugar seguro donde quedarse cuando regresara. Me dijiste que todo estaría listo después de la boda.

Nia miró a James.

—¿Tu socio está vivo?

James asintió lentamente.

—Richard nunca murió.

En ese momento, el teléfono de Daniel vibró.

El abogado leyó el mensaje y levantó la mirada.

—La policía acaba de confirmar que Richard Reed está registrado como propietario de la casa que compraron Marcus y Vanessa.

James apretó su bastón.

—Entonces ya sabe que estoy aquí.

Nia miró hacia la entrada del jardín.

Un automóvil negro acababa de detenerse frente a la mansión.

La puerta trasera se abrió.

Y un hombre con el mismo rostro que aparecía en la fotografía de los documentos bajó lentamente del vehículo.

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Richard Reed había regresado.

Pero no venía solo.

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