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Chapter 6: El hombre que mi madre enterró dos veces

Evelyn comenzó a caminar hacia la salida, pero Nia no la siguió.

—Mamá, mírame.

Su madre se detuvo.

—No me pidas que me vaya otra vez sin explicarme nada.

Evelyn apretó el pañuelo contra su pecho. Durante un momento pareció la misma mujer que había criado a Nia: cansada, amorosa y dispuesta a soportarlo todo para evitarle una decepción.

Pero había algo nuevo en su rostro.

Culpa.

—Tu padre está muerto —dijo finalmente—. Yo estuve en el hospital. Reconocí su cuerpo. Organicé su funeral.

—Entonces, ¿por qué el teléfono de Marcus dice que James sigue vivo?

—No lo sé.

Nia la miró fijamente.

—Mamá, te creo cuando dices que estuviste en el hospital. Pero no puedo creer que no sepas nada más.

Evelyn cerró los ojos.

Antes de que pudiera responder, Daniel recibió una llamada. Se apartó unos pasos para escuchar y regresó con el rostro tenso.

—La cuenta de James Washington no fue reactivada mediante un procedimiento bancario normal —informó—. Alguien presentó documentos de identidad y una declaración legal que certificaba que el titular seguía vivo.

—¿Quién firmó esa declaración? —preguntó Nia.

Daniel miró su tableta.

—Un notario de Georgia confirmó la identidad del solicitante.

—¿Y quién era?

Daniel tardó en responder.

—Marcus Washington.

Todos los ojos se volvieron hacia el novio.

Marcus retrocedió hasta chocar con una mesa.

—Me obligaron a hacerlo.

Vanessa soltó una carcajada incrédula.

—¡No te obligó nadie! Tú dijiste que era la única manera de recuperar el dinero.

—¡Tú también estabas allí!

—¡Porque me dijiste que James estaba vivo!

El jardín quedó en silencio.

Nia sintió que las palabras de Vanessa le atravesaban el pecho.

—¿Qué acabas de decir?

Vanessa se llevó ambas manos a la boca.

Marcus se volvió hacia ella.

—Cállate, Vanessa.

—¡No! —gritó ella—. Estoy harta de que todo sea culpa mía.

Tú me aseguraste que James había reaparecido y que había autorizado la operación. Dijiste que solo necesitábamos regularizar los documentos antes de que Nia cumpliera treinta años.

Nia sintió que la cabeza le daba vueltas.

—¿Reaparecido? ¿Dónde?

Vanessa comenzó a llorar.

—Yo nunca lo vi.

—¿Entonces por qué creíste que estaba vivo?

—Porque Marcus me mostró una fotografía.

Nia miró a su prometido.

Él no negó nada.

—¿Qué fotografía? —preguntó.

Marcus se pasó las manos por el rostro.

—Era una imagen antigua. No sabía si realmente era él.

—Pero utilizaste su identidad para reactivar una cuenta.

—¡No tenía otra opción!

—Siempre tienes otra opción cuando decides no cometer un delito.

Marcus dio un paso hacia ella.

—Nia, todo esto empezó porque quería protegerte.

Ella levantó la mano.

—No vuelvas a utilizarme como excusa.

Daniel intervino antes de que Marcus pudiera acercarse más.

—Señor Washington, le recomiendo que no haga ninguna otra declaración sin asesoría legal. Los documentos que hemos visto plantean preguntas serias sobre la identidad utilizada para reactivar la cuenta y sobre el destino de los fondos.

Marcus lo miró con odio.

—No sabes con quién estás tratando.

—Sé exactamente qué documentos tengo delante —respondió Daniel—. Y eso es suficiente para solicitar que se conserven los registros bancarios y se suspendan las operaciones cuestionadas.

Nia se volvió hacia su madre.

—Quiero saber qué pasó cuando murió papá.

Evelyn miró alrededor. Los invitados seguían observándolas, pero ya no parecía importarle.

—No murió de la manera que te conté.

Nia dejó de respirar por un instante.

—¿Qué?

Su madre se llevó una mano a la boca.

—James había descubierto que alguien estaba utilizando el dinero de la empresa sin su autorización. La noche antes de su muerte, discutimos. Quería denunciarlo, pero yo le pedí que esperara hasta que encontráramos pruebas.

—¿Con quién discutió?

—Con alguien que conocía desde hacía años.

—¿Marcus?

Evelyn negó lentamente con la cabeza.

—No. Marcus era demasiado joven entonces.

Nia recordó la fotografía de su padre en la carpeta. La firma. Los documentos. Las fechas.

—Entonces, ¿quién?

Evelyn miró a Vanessa.

La joven dejó de llorar.

—No —susurró Vanessa—. No me mires así.

Nia se volvió hacia ella.

—¿Qué sabes?

Vanessa negó con la cabeza.

—Yo no había nacido cuando pasó todo eso.

—Pero tu familia sí existía —dijo Evelyn—. Y tu padre conocía a James.

Nia sintió que algo encajaba.

—¿Quién era tu padre, Vanessa?

Vanessa miró a Marcus, esperando que la rescatara.

Él no se movió.

Finalmente, ella susurró:

—Richard Reed.

Evelyn asintió con tristeza.

—Richard era el socio comercial de tu padre. Trabajaron juntos durante años, hasta que James descubrió que faltaba dinero.

Nia miró a su madre.

—¿Y qué pasó con Richard?

—Desapareció poco después de la muerte de James.

Vanessa negó violentamente con la cabeza.

—Mi padre murió en un accidente de carretera cuando yo tenía dieciocho años.

—Eso fue lo que te dijeron —respondió Evelyn—. Pero James me llamó tres días antes de morir. Me dijo que Richard había encontrado una manera de esconderse y que tenía miedo de que alguien lo estuviera ayudando.

Nia sintió que las manos se le enfriaban.

—¿Por qué nunca me contaste esto?

—Porque quería que crecieras sin vivir con miedo. Y porque, después del funeral, recibí una llamada.

Evelyn comenzó a llorar.

—Una persona me dijo que, si hablaba de los documentos de la empresa, tú podrías estar en peligro. Me envió una fotografía tuya saliendo de la escuela.

Nia se quedó inmóvil.

Durante doce años había creído que su madre había guardado silencio para protegerla de problemas económicos. Nunca imaginó que había vivido bajo la amenaza de alguien que conocía sus movimientos desde que era una niña.

—¿Quién te llamó? —preguntó.

—No pude reconocer la voz.

—¿Y por qué crees que tenía algo que ver con Richard?

Evelyn miró a Marcus.

—Porque meses después encontré una carta en la oficina de tu padre. Estaba firmada por Richard. Decía que, si James no aceptaba el acuerdo, ambos perderían todo.

Daniel tomó nota.

—¿Conserva esa carta?

Evelyn asintió.

—La escondí en una caja de seguridad. No la he abierto en doce años.

—¿Dónde está esa caja?

—En un banco del centro de Atlanta.

Marcus soltó una maldición.

Nia se volvió hacia él.

—¿Por qué te preocupa tanto esa carta?

—Porque no sabes lo que contiene.

—Entonces dime qué contiene.

Marcus se quedó callado.

Vanessa comenzó a caminar hacia la salida.

—Me voy.

Nia la sujetó por la muñeca, sin apretarla.

—Todavía no.

—¡Suéltame!

—No hasta que me digas por qué tu hermano utilizó una identidad falsa para reactivar la cuenta de mi padre.

Vanessa miró a Nia con desesperación.

—Porque él recibió una llamada.

—¿De quién?

—De alguien que le prometió que podría recuperar el dinero si completaba la operación antes de tu boda.

—¿Y quién era esa persona?

Vanessa abrió la boca.

En ese instante, el teléfono de Marcus volvió a vibrar.

Esta vez, el sonido pareció ensordecedor.

Él miró la pantalla y dejó escapar un gemido.

Nia se acercó.

—Ponlo en altavoz.

—No.

—Hazlo.

Marcus retrocedió.

Daniel extendió la mano.

—Señor Washington, sería prudente que no borrara ningún mensaje.

Marcus, temblando, aceptó la llamada.

Una voz masculina sonó desde el teléfono.

—Marcus, ¿ya conseguiste la firma de Nia?

Marcus cerró los ojos.

—No.

—¿Qué quieres decir con que no?

—La boda se canceló. Ella descubrió los documentos.

Hubo un silencio al otro lado.

Después, el hombre habló con una tranquilidad aterradora.

—Entonces tendrás que explicarle por qué su padre nunca llegó a morir de la forma que le contaron.

Evelyn soltó un grito.

Nia le arrebató el teléfono a Marcus.

—¿Quién habla?

La respuesta llegó inmediatamente.

—Pregúntale a tu madre qué vio la noche en que James salió de casa.

La llamada terminó.

Nia se volvió hacia Evelyn.

Su madre estaba temblando tanto que apenas podía mantenerse en pie.

—Mamá —susurró Nia—. ¿Qué viste aquella noche?

Evelyn miró a su hija, y las lágrimas le corrieron por el rostro.

—Vi a tu padre subir a un automóvil.

—¿Y quién conducía?

Su madre tardó varios segundos en contestar.

Después señaló a Marcus.

—Su padre.

Marcus retrocedió como si acabaran de golpearlo.

—Eso es imposible. Mi padre murió cuando yo tenía doce años.

Evelyn negó lentamente con la cabeza.

—No, Marcus. Tu padre desapareció. Y el hombre que acaba de llamarte…

Se interrumpió cuando un guardia de seguridad se acercó desde la entrada.

Detrás de él caminaba un hombre mayor, de cabello gris y traje oscuro. Tenía una cicatriz fina junto a la ceja izquierda y sostenía un bastón de madera.

Nia conocía aquel rostro.

No por haberlo visto en persona.

Sino por las fotografías antiguas que su madre guardaba en una caja.

El hombre se detuvo frente a ella.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Hola, hija.

Nia sintió que las piernas le fallaban.

Era James Washington.

Su padre.

El hombre al que había llorado durante doce años estaba vivo.

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Y lo primero que hizo fue mirar a Evelyn y decir:

—¿Todavía conservas la carta que demuestra que fui yo quien ordenó robar el dinero?

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