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Chapter 5: La deuda que llevaba el nombre de mi madre

Evelyn se dejó caer en una silla dorada.

Durante un instante, Nia pensó que su madre iba a desmayarse. Su vestido plateado temblaba mientras intentaba respirar, y el pañuelo que había utilizado para esconder su cabello cortado quedó olvidado sobre sus rodillas.

—Mi casa no —susurró Evelyn—. James y yo construimos esa casa para nuestra familia.

Nia se arrodilló frente a ella.

—No voy a dejar que te la quiten.

—No puedes detenerlo, cariño. No sabes cuánto he firmado.

Aquellas palabras hicieron que Nia levantara la cabeza.

—¿Cuánto has firmado, mamá?

Evelyn apretó los labios.

Marcus aprovechó el silencio para acercarse.

—Nia, escucha. Podemos resolverlo entre nosotros. Daniel no necesita seguir metiéndose en esto. Vanessa y yo podemos vender la propiedad y devolver el dinero.

—¿Y los cuatrocientos ochenta mil dólares?

—Encontraré la manera.

—¿Como encontraste la manera de devolver los veinte mil de mi madre?

Marcus guardó silencio.

Nia se levantó.

—¿Sabes qué es lo más increíble? No es el dinero. No es la casa.

Ni siquiera es la firma de mi padre. Es que, hasta hace una hora, todavía creía que eras la persona con la que quería envejecer.

Marcus se acercó un paso.

—Yo también te amo.

Nia lo miró como si acabara de hablar en otro idioma.

—No uses esa palabra para esconder lo que hiciste.

—Todo lo hice pensando en nuestro futuro.

—¿Nuestro futuro? —Nia señaló a Vanessa—. ¿Por eso compraste una casa con tu hermana?

¿Por eso utilizaste los ahorros de mi madre y documentos de mi padre? ¿Por eso ocultaste una deuda de casi medio millón de dólares?

Vanessa se limpió las lágrimas.

—La casa no era para nosotros dos como tú crees.

Nia se volvió hacia ella.

—¿Entonces para quién era?

Vanessa no contestó.

Marcus la agarró del brazo.

—Cállate.

Ella se soltó violentamente.

—¡Estoy cansada de que me digas que me calle! ¡Tú prometiste que todo estaría resuelto antes de la boda!

Los invitados comenzaron a murmurar otra vez.

Nia sintió que aquella frase contenía una verdad que todavía no había salido a la superficie.

—¿Qué prometió? —preguntó.

Vanessa miró a su hermano con resentimiento.

—Prometió que, después de casarse contigo, tendría acceso a la herencia de tu padre.

Nia sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué herencia?

Marcus palideció.

Daniel abrió de nuevo la carpeta.

—¿Su padre dejó una herencia que usted no conoce?

—Mi padre murió sin dejar dinero —respondió Nia—. Mi madre tuvo que trabajar en dos empleos para mantener nuestra casa.

Evelyn bajó la mirada.

Aquella reacción fue suficiente.

—Mamá.

Su madre comenzó a llorar.

—Tu padre no murió arruinado, Nia.

Nia sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué?

—La empresa tenía problemas, pero había conseguido vender una parte importante de sus operaciones antes de morir. El dinero quedó protegido en un fideicomiso.

—¿Un fideicomiso? —repitió Nia.

—Sí.

—¿Cuánto dinero?

Evelyn tardó en responder.

—Casi un millón de dólares.

El sonido de una copa cayendo rompió el silencio.

Nia retrocedió un paso.

Durante doce años había creído que su madre había tenido que empezar de cero. Recordaba las noches en que Evelyn llegaba a casa con los pies hinchados, los uniformes de trabajo colgados detrás de la puerta y las facturas que llenaban la mesa de la cocina.

Nia había aceptado becas, trabajado durante la universidad y pospuesto sus propios sueños para ayudarla.

Nunca había sabido que existía un fideicomiso.

—¿Dónde está ese dinero? —preguntó.

Evelyn se secó las mejillas.

—Tu padre dejó instrucciones para que lo recibieras cuando cumplieras treinta años o cuando te casaras legalmente, lo que ocurriera primero.

Nia sintió náuseas.

Tenía veintiocho años.

Su boda habría activado una condición que desconocía.

—¿Marcus lo sabía?

Su madre no respondió.

Nia miró a su prometido.

Él cerró los ojos.

—Lo descubrí hace un año —admitió.

La confesión fue tan sencilla que Nia tardó unos segundos en comprenderla.

—¿Cómo?

—Estaba revisando unos archivos antiguos de la empresa. Encontré una referencia al fideicomiso y busqué los registros.

—¿Por qué estabas revisando los archivos de mi padre?

—Porque necesitaba financiación para mi negocio.

—¿Y cuando descubriste que yo podía heredar casi un millón de dólares, decidiste casarte conmigo?

Marcus apretó los dientes.

—¡No! Me enamoré de ti antes de saberlo.

—¿Cuánto tiempo antes?

Él no contestó.

—Marcus, mírame y dime cuándo descubriste la herencia.

—Hace un año.

Nia recordó que, aproximadamente en aquella época, Marcus había comenzado a insistir en que se casaran cuanto antes. Había hablado de una boda elegante, de comprar una casa y de abrir una empresa juntos.

También había comenzado a preguntarle con más frecuencia por los documentos de su padre.

Ella había interpretado aquellas preguntas como interés por su familia.

Ahora cada recuerdo parecía tener una sombra.

—¿La boda iba a liberar el fideicomiso? —preguntó.

Daniel intervino.

—Depende de las condiciones exactas del documento. Necesitamos revisar el original, pero si la boda activa el derecho de distribución, alguien podría haber intentado obtener acceso al dinero mediante una autorización legal.

Nia miró a su madre.

—¿Firmaste algo relacionado con mi herencia?

Evelyn se cubrió el rostro.

—Marcus me dijo que necesitaba mi autorización para actualizar unos documentos familiares. Me aseguró que era para evitar problemas cuando te casaras.

—¿Y firmaste?

—Sí.

Nia sintió que las piernas le fallaban.

No estaba enfadada con su madre por haber confiado. Estaba devastada porque alguien había utilizado esa confianza para ponerlas una contra la otra.

—Mamá, ¿por qué no me preguntaste?

—Porque Marcus me dijo que tú ya lo sabías. Me aseguró que ustedes habían hablado de unir sus finanzas después de la boda.

Nia se volvió hacia él.

—¿También le mentiste sobre eso?

Marcus levantó las manos.

—No iba a quitarte nada. El dinero habría seguido siendo tuyo. Solo necesitaba utilizar una parte para resolver mis deudas.

—¿Y qué habría recibido yo a cambio?

—Una vida conmigo.

Nia soltó una risa quebrada.

—Qué oferta tan generosa.

Vanessa se acercó a ellos.

—No entiendes lo que está pasando. Marcus no podía dejar que la empresa se hundiera. Si lo hacía, todos perderíamos.

—¿Todos quiénes? —preguntó Nia.

Vanessa miró a su hermano.

Y por primera vez, su arrogancia desapareció por completo.

—Yo también firmé documentos —confesó—. Marcus me dijo que, si la empresa quebraba, perderíamos la casa y nuestros ahorros.

Nia la observó con incredulidad.

—¿Tus ahorros? ¿De dónde sacaste el dinero para la casa?

Vanessa bajó la cabeza.

Daniel revisó los registros.

—El pago inicial provino de tres fuentes: una cuenta comercial, la transferencia de veinte mil dólares de Evelyn y una tercera cuenta que todavía no hemos identificado.

—¿Y la tercera cuenta? —preguntó Nia.

Daniel giró la pantalla de su tableta.

El nombre que apareció hizo que Evelyn dejara escapar un grito.

Era el nombre de James Washington.

No el de una empresa.

No el de un fideicomiso.

El nombre personal del hombre que llevaba doce años muerto.

—Eso no puede ser —susurró Evelyn.

Daniel amplió la información.

—La cuenta fue reactivada hace cuatro meses. Se utilizó para financiar parte de la compra de la propiedad.

Nia sintió que las piezas comenzaban a encajar de una forma aterradora.

—¿Quién pudo reactivar una cuenta a nombre de mi padre?

Daniel miró a Marcus.

—Alguien que tuviera acceso a sus documentos originales o a sus credenciales financieras.

Marcus retrocedió.

—Yo no hice eso.

—Entonces dinos quién lo hizo —exigió Nia.

Él abrió la boca, pero su teléfono comenzó a vibrar.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

En la pantalla apareció un mensaje.

Marcus lo leyó y quedó inmóvil.

Vanessa se acercó para mirar por encima de su hombro.

—¿Qué dice? —preguntó.

Marcus intentó esconder el teléfono.

Pero Nia ya había alcanzado a leer las primeras palabras.

«Deja de culparme. Tú sabías que James seguía vivo cuando…»

El mensaje desapareció cuando Marcus bloqueó la pantalla.

Nia sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

Marcus no respondió.

Su madre se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—Nia, tenemos que irnos. Ahora.

—¿Por qué, mamá?

Evelyn miró hacia la entrada de la mansión.

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Sus labios temblaban.

—Porque si el hombre que envió ese mensaje está aquí, significa que alguien nos ha estado mintiendo durante doce años.

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