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Chapter 1: El cabello de mi madre valía más que mi boda

«¡Mi cabello!», gritó Vanessa Reed cuando el largo mechón de su coleta cayó en la mano de Nia Washington, frente a doscientos invitados que habían acudido a celebrar la boda que jamás llegaría a celebrarse.

Tres segundos antes, el jardín de una elegante mansión en Atlanta estaba lleno de rosas blancas, sillas doradas y música de cuerdas. Ahora, una copa de champaña se estrellaba contra el suelo mientras los invitados se levantaban, horrorizados, para presenciar cómo una novia acababa de cortarle el cabello a la hermana de su prometido.

Nia sostenía las tijeras plateadas con una mano y la coleta negra de Vanessa con la otra. Su vestido de encaje blanco brillaba bajo el sol de la tarde. El velo seguía perfectamente colocado sobre su peinado recogido, pero su rostro había perdido toda expresión de alegría.

Vanessa se llevó ambas manos a la cabeza.

—¡¿Qué demonios te pasa, Nia?! —chilló, palpando las puntas desiguales de su cabello—. ¡Me arruinaste el pelo!

Nia dejó caer la coleta sobre la mesa de recepción.

—¿Te pareció divertido destruir el cabello de mi madre?

Vanessa miró hacia Evelyn Washington, que permanecía junto a la fuente de mármol, intentando esconder su cabeza detrás de un pañuelo de seda. Su vestido gris plateado, elegido especialmente para acompañar a su única hija al altar, contrastaba con los mechones desiguales que le habían dejado alrededor del rostro.

La mañana había comenzado con lágrimas de felicidad.

Ahora, Evelyn lloraba de vergüenza.

Vanessa soltó una risita breve, casi imperceptible.

—Ay, por favor. Fue una broma.

—¿Una broma? —repitió Nia.

—Se movió cuando yo estaba cortándole las puntas. No es mi culpa que se pusiera tan dramática.

Evelyn cerró los ojos.

—No quería que esto se convirtiera en un espectáculo —murmuró.

Aquellas palabras hicieron que Nia apretara las tijeras con más fuerza.

Su madre siempre había sido así. Incluso cuando alguien la lastimaba, buscaba la manera de disculparse por las molestias que pudiera causar su dolor.

Vanessa señaló el pañuelo que Evelyn sostenía contra su rostro.

—El cabello vuelve a crecer. No hagas un drama.

Nia se volvió lentamente hacia ella.

—¿Y la dignidad? ¿También vuelve a crecer?

Los murmullos recorrieron las mesas. Una mujer mayor se llevó una mano a la boca. Un hombre dejó su copa sobre una silla. Cerca del arco floral, el cuarteto de cuerdas continuaba tocando, aunque el violinista miraba de reojo la escena.

Entonces Marcus apareció desde el pasillo de la ceremonia.

El prometido de Nia llevaba un esmoquin negro impecable, una flor blanca en la solapa y una expresión de absoluta indignación. Sin preguntar qué había ocurrido, se dirigió directamente hacia su hermana.

—¡Nia, basta! —exclamó, sujetándola del antebrazo—. Acabas de agredir a Vanessa.

Nia miró la mano de Marcus sobre su piel.

—Ella le cortó el cabello a mi madre.

Marcus soltó una exhalación impaciente.

—Fue una broma estúpida. Vanessa ya sabe que se equivocó.

—¿Ah, sí? —Nia miró a Vanessa—. Porque no parece arrepentida.

Vanessa cruzó los brazos y levantó la barbilla.

—No voy a disculparme por algo que se salió de control.

—Le cortaste el cabello sin permiso —dijo Nia—. La hiciste llorar delante de doscientas personas y ahora quieres que ella te pida perdón por sentirse humillada.

—¡Nia! —intervino Marcus—. No hagas esto más grande de lo que es.

Ella lo miró fijamente.

Habían pasado tres años construyendo una vida juntos. Tres años de cenas familiares, vacaciones, planes para comprar una casa y conversaciones sobre los hijos que algún día tendrían.

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Durante todo ese tiempo, Nia había creído que Marcus era el hombre que siempre protegería a su familia.

Pero ahora él ni siquiera había preguntado si Evelyn estaba bien.

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