Chapter 7: El hombre que todos creían inocente
—No puede ser... Es el tío Raymond.
La voz de Darius hizo que Marcus levantara lentamente la cabeza.
En la pantalla del teléfono, la figura congelada permanecía junto a la puerta del dormitorio. El rostro no se distinguía con claridad, pero la chaqueta deportiva, la gorra y el reloj grueso que llevaba en la muñeca resultaban familiares.
Raymond Brooks, el hermano menor de Marcus, había pasado el último Día de Acción de Gracias sentado en aquella misma sala, bromeando con los muchachos y preguntando a Nia por sus calificaciones.
Era el hombre que había ayudado a Marcus a organizar el funeral de su padre. El que había prometido cuidar de la familia cuando las cosas se pusieran difíciles. El que, apenas dos semanas antes, había abrazado a Marcus y le había dicho que siempre podía confiar en él.
Y ahora aparecía en una grabación junto a Vanessa, dentro del dormitorio donde guardaban sus pertenencias más privadas.
—Amplía la imagen —ordenó Marcus.
Maya obedeció.
La calidad no era perfecta, pero la figura llevaba una chaqueta de los Atlanta Falcons con una pequeña rotura cerca del hombro derecho. Marcus reconoció la prenda inmediatamente. Él mismo se la había regalado a Raymond en su último cumpleaños.
—¿Cuándo se grabó esto? —preguntó.
—El lunes, a las 8:16 de la noche —respondió Maya.
Darius frunció el ceño.
—El lunes, el tío Raymond dijo que no había venido a la casa.
Marcus miró a Vanessa.
—¿Qué hacía mi hermano en nuestro dormitorio?
Vanessa se abrazó a sí misma.
—No sé qué quieres que te diga.
—Quiero que me digas la verdad.
—Raymond vino a hablar conmigo. Eso es todo.
—¿Sobre qué?
Ella apretó los labios.
—Sobre un problema que tenía.
—¿Qué problema?
—No me corresponde contarlo.
Marcus soltó una risa amarga.
—Parece que últimamente nadie considera que le corresponda contarme nada en mi propia casa.
Nia levantó la cabeza.
—Papá, ¿el tío Raymond sabía lo del dinero?
—No lo sé, cariño.
—Pero Vanessa dijo que alguien más estaba preparando lo de la casa —intervino Maya—. Quizá se refería a él.
Vanessa giró hacia ella.
—¡Deja de inventar cosas!
Maya no retrocedió.
—No estoy inventando nada. Estoy mirando lo mismo que todos.
Marcus volvió a reproducir el video.
Raymond entraba en el dormitorio y cerraba parcialmente la puerta. Vanessa sacaba una pequeña caja del armario y se la entregaba. Él la abría, observaba su contenido y negaba con la cabeza.
Después, ambos parecían discutir.
Raymond señalaba hacia el pasillo. Vanessa levantaba las manos. Finalmente, él guardaba algo en el bolsillo de su chaqueta y abandonaba la habitación.
La grabación no mostraba qué objeto había recibido.
Marcus pausó el video.
—¿Qué le diste?
Vanessa se quedó mirando la pantalla.
—No recuerdo.
—Era el lunes. Hace apenas unos días.
—Estaba nerviosa. Había muchas cosas pasando.
—¿Le diste el reloj de mi padre?
Vanessa cerró los ojos.
El silencio fue suficiente para que Marcus comprendiera que aquella posibilidad no era una simple sospecha.
—¡Dios mío! —exclamó Maya.
Darius se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro.
—El tío Raymond me llamó el martes. Me preguntó si había visto a papá guardar dinero en su oficina. Pensé que estaba buscando algo para él.
Marcus volvió la cabeza.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no me pareció extraño. Él siempre pregunta por las cosas de la casa.
—¿Y qué más te preguntó?
Darius se detuvo.
—Me preguntó si necesitaba dinero para el automóvil. Le dije que ya había pagado la reparación. Después me dijo que, si alguien te pedía dinero, debía ser honesto contigo.
Marcus sintió una punzada de rabia.
—¿Te estaba preparando para que pareciera que necesitabas el dinero?
—No lo sé, papá.
Vanessa comenzó a llorar.
—No quería que esto sucediera.
Marcus se volvió hacia ella.
—Pero sucedió. Mi hijo quedó señalado. Mi hija tuvo miedo de hablar.
Mi dinero desapareció. El reloj de mi padre terminó en una casa de empeño. Y ahora descubro que mi propio hermano entró en mi dormitorio.
—Raymond me dijo que tenía una solución —murmuró Vanessa.
Marcus se quedó inmóvil.
—¿Qué solución?
Ella se sentó y se cubrió el rostro.
—Tenía problemas económicos. Me dijo que conocía a alguien que podía ayudarnos a conseguir dinero rápidamente. Me aseguró que, si conseguía algunos documentos tuyos, podríamos resolver todo antes de que te enteraras.
—¿Qué documentos?
—Los papeles de la casa.
Marcus sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Mi hermano te pidió que tomaras mis documentos?
Vanessa asintió lentamente.
—Dijo que necesitaba comprobar algo. Me prometió que no iba a utilizarlos sin tu permiso.
—¿Y le creíste?
—Estaba desesperada.
—Eso no responde a mi pregunta.
Vanessa levantó el rostro, empapado en lágrimas.
—Sí. Le creí.
Marcus se apartó de ella.
Durante años había considerado a Raymond un hombre imperfecto, pero leal. Habían crecido compartiendo una habitación pequeña, aprendiendo a ahorrar monedas para comprar zapatillas y ayudándose cuando su madre enfermaba.
Raymond había sido el primero en ofrecerle dinero cuando Marcus quiso comprar aquella casa.
Y ahora parecía estar involucrado en un plan que podía ponerla en peligro.
—Voy a llamarlo —anunció Marcus.
Vanessa se levantó de golpe.
—¡No!
Todos la miraron.
Ella respiró agitadamente.
—No puedes llamarlo todavía.
Marcus frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no sabes quién más está involucrado.
—¿Quién más?
Vanessa miró hacia la ventana.
—Raymond no estaba trabajando solo.
Maya se llevó una mano a la boca.
Darius dejó de caminar.
Marcus se acercó lentamente a Vanessa.
—Mírame y dime quién más.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Vanessa tragó saliva.
—Si te lo digo, no habrá vuelta atrás.
Marcus sacó su teléfono.
—La vuelta atrás terminó cuando decidiste utilizar a mis hijos para protegerte.
Vanessa se estremeció.
Marcus buscó el número de su hermano, pero antes de presionar llamar, apareció una notificación en la pantalla.
Era un mensaje de Raymond.
*«Marcus, necesitamos hablar antes de que revises los documentos de la casa. Vanessa no te ha contado toda la verdad. Y si quieres saber por qué desaparecieron los cuatro mil dólares, pregúntale qué firmó el mes pasado».*
Marcus leyó el mensaje dos veces.
Después levantó los ojos hacia Vanessa.
—¿Qué firmaste?
Ella retrocedió hasta chocar con el sillón.
—Marcus, puedo explicártelo.
—Entonces hazlo.
Vanessa abrió los labios, pero su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa.
Una llamada entrante.
El nombre que apareció en la pantalla fue suficiente para que Marcus comprendiera que aquella noche todavía estaba lejos de terminar.
*Raymond Brooks.*
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Y cuando Marcus contestó, su hermano pronunció una frase que cambió por completo lo que creía saber sobre su propia casa.
—Marcus, antes de que escuches a Vanessa, tienes que saber que ella ya había vendido algo que nunca le perteneció.