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Chapter 4: La verdad detrás de la puerta

Nia miró a su padre sin saber qué responder.

La pregunta de Marcus había dejado a toda la familia suspendida en un silencio insoportable. Darius seguía junto al sofá, con los puños cerrados y la mandíbula tensa. Vanessa, en cambio, mantenía una mano sobre el hombro de Nia, como si quisiera protegerla de algo que todavía nadie había logrado demostrar.

—No me preguntes eso delante de todos —murmuró Nia.

Marcus sintió que algo se le apretaba en el pecho.

—Está bien, hija. No tienes que contestar si no te sientes preparada. Pero necesito entender qué ocurrió.

Vanessa intervino antes de que Nia pudiera continuar.

—Marcus, creo que ya has escuchado suficiente. La niña está asustada. No podemos obligarla a repetir cada detalle para satisfacer la curiosidad de Darius.

—No estoy satisfaciendo la curiosidad de nadie —respondió Marcus—. Estoy tratando de averiguar qué ocurrió en mi casa.

—¿Y por qué dudas de ella?

—Porque todavía no he escuchado toda la historia.

Vanessa retiró lentamente la mano del hombro de Nia.

Darius observó aquel pequeño movimiento. Algo en la manera en que Vanessa reaccionaba a cada pregunta le resultaba extraño. Ella había sido la primera en contarle a su padre que Nia se sentía amenazada, pero también era quien más se apresuraba a responder por la adolescente.

—Papá, ¿puedo decir algo? —preguntó Darius.

—Habla.

—El martes, Nia no estaba buscando su mochila cuando entré al pasillo. Estaba hablando con Vanessa en la sala. Las dos dejaron de hablar cuando aparecí.

Vanessa soltó una risa breve, carente de humor.

—¿Ahora resulta que conversar en una sala es un delito?

—No he dicho eso —contestó Darius—. Pero después me acusaron de haberla intimidado y de estar involucrado en la desaparición del dinero. Quiero saber por qué nadie me preguntó qué vi aquella noche.

Marcus volvió la mirada hacia su pareja.

—¿Hablaste con Nia antes de que me contaras lo sucedido?

Vanessa levantó la barbilla.

—Por supuesto. Soy parte de esta familia. Si una muchacha me dice que tiene miedo, voy a escucharla.

—¿Y por qué no me dijiste que ustedes dos habían hablado esa noche?

—Porque no pensé que fuera importante.

Desde el otro extremo de la habitación, una voz joven interrumpió la discusión.

—Yo sí creo que es importante.

Todos se volvieron hacia Maya, la hija menor de Marcus, de diecisiete años. Había permanecido sentada en las escaleras, escuchando sin intervenir. Llevaba una camiseta gris y sostenía su teléfono con ambas manos.

—Maya, no te metas en esto —dijo Vanessa.

—Es mi familia también.

—Entonces deberías dejar que tu padre resuelva el problema.

Maya descendió los últimos escalones.

—Eso es exactamente lo que estoy intentando hacer.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué sabes?

Maya miró a Nia. Su hermana tenía lágrimas acumuladas en los ojos, y Maya comprendió que cualquier palabra que dijera podía empeorar la situación. Sin embargo, también sabía que permanecer callada permitiría que una historia incompleta decidiera el futuro de Darius.

—El miércoles, cuando llegué de la escuela, escuché a Vanessa hablando por teléfono en la cocina —explicó—. Estaba hablando de los cuatro mil dólares que desaparecieron de la cómoda.

Marcus se quedó inmóvil.

—¿Cuatro mil dólares?

—Sí. Pero eso no fue lo que me llamó la atención. Vanessa dijo que necesitaba que todos estuvieran de acuerdo antes de que tú empezaras a hacer preguntas.

Vanessa palideció durante un instante.

Fue apenas un segundo, pero Marcus lo notó.

—¿Con quién hablabas, Vanessa? —preguntó.

—Con mi hermana.

—¿Y qué tenía que ver el dinero?

—Estábamos hablando de los gastos de la casa.

Maya negó lentamente con la cabeza.

—No dijiste eso. Dijiste que, si Darius admitía que había tomado el dinero, el problema desaparecería.

Darius se puso de pie.

—¿Qué?

Vanessa giró hacia Maya.

—Estás sacando mis palabras de contexto.

—Entonces explica el contexto —replicó Maya—. Porque yo también escuché que mencionaste un sobre azul.

Marcus sintió que el estómago se le hundía.

El sobre azul contenía el dinero que había estado guardando durante meses para pagar la operación de su hermana mayor, Denise, que vivía en Carolina del Norte. Había apartado cada billete con paciencia, reduciendo gastos personales y aceptando turnos adicionales en el taller mecánico donde trabajaba.

No había contado a sus hijos la cantidad exacta, pero Vanessa la conocía.

—¿Cómo sabes lo del sobre azul? —preguntó Marcus.

Maya apretó su teléfono.

—Porque lo vi en la mano de Vanessa el martes por la noche.

La mujer dio un paso atrás.

—¡Eso es absurdo!

—Te vi salir de tu habitación con el sobre —continuó Maya—. Te pregunté si papá necesitaba algo y me dijiste que no me preocupara.

—¡Estabas medio dormida!

—Estaba preparando un trabajo para la escuela. Eran casi las diez y media.

Marcus miró a Vanessa como si acabara de conocerla.

—Dijiste que no habías visto el dinero desde el lunes.

—Y no lo vi después de eso.

—Maya acaba de decir que te vio con el sobre el martes.

—¡Maya pudo haberse equivocado!

Maya bajó los ojos hacia su teléfono.

—Hay otra cosa.

Vanessa se quedó completamente quieta.

—¿Qué cosa? —preguntó Marcus.

—Las cámaras.

Durante meses, Marcus había instalado pequeñas cámaras de seguridad en las zonas comunes de la casa después de que alguien intentara abrir el automóvil estacionado en la entrada. Una cámara cubría el pasillo, otra la puerta principal y una tercera captaba casi toda la sala.

Las grabaciones se almacenaban automáticamente en una cuenta a la que Marcus tenía acceso desde su teléfono.

—Las cámaras no funcionan desde hace semanas —dijo Vanessa con demasiada rapidez.

Marcus giró la cabeza.

—¿Quién te dijo eso?

—Tú mismo dijiste que la conexión fallaba.

—Dije que una cámara tenía problemas de conexión. No que todas estuvieran apagadas.

Maya levantó su teléfono.

—La cámara de la sala sí funciona. Ayer estaba buscando un video de cuando llegó el paquete de mi vestido para el baile de otoño. Encontré una grabación del martes.

Nia se llevó ambas manos a la boca.

Darius dejó de moverse.

Vanessa miró primero el teléfono de Maya y luego a Marcus. Por primera vez desde que había comenzado la discusión, parecía no tener preparada una respuesta.

—Dame ese teléfono —ordenó.

Maya retrocedió.

—No.

—¡Soy una adulta y te estoy diciendo que me lo entregues!

Marcus se interpuso entre ambas.

—No vas a quitarle nada.

—Marcus, no sabes lo que estás haciendo. Esa grabación podría mostrar cualquier cosa. Las cámaras distorsionan las imágenes y sacan las conversaciones de contexto.

—Entonces no tendrás ningún problema en que la veamos.

Vanessa abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Maya desbloqueó su teléfono. Sus dedos temblaban mientras buscaba el archivo que había encontrado la noche anterior. Finalmente, la pantalla mostró una imagen en blanco y negro de la sala.

La fecha y la hora aparecieron en la esquina inferior.

Martes, 9:42 p. m.

La imagen mostraba a Vanessa entrando con el sobre azul en la mano.

Pero lo que ocurrió después hizo que Marcus dejara de respirar por un instante.

Vanessa no había entrado sola.

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Una segunda persona apareció detrás de ella, y aquella persona llevaba algo que nadie en la habitación esperaba ver.

Era la mochila de Nia.

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