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Chapter 5: El hombre que debía estar muerto

Papá acercó la fotografía a la lámpara de la cocina.

Durante un largo momento, ninguno de nosotros habló.

El hombre de la imagen tenía el cabello plateado, una cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda y un reloj dorado que reflejaba la luz del restaurante.

Yo no sabía quién era, pero mi padre sí.

—Ese hombre es Richard Hale —dijo finalmente—. Fue el abogado que ayudó a tu mamá a establecer el fideicomiso.

Daniel se sentó frente a él.

—Su familia publicó un obituario hace tres semanas. Decía que murió después de una complicación durante una cirugía.

—Entonces, ¿quién está en esa fotografía?

Mi tío negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero Vanessa se reunió con él. Lo vi salir del restaurante después de que ella se marchara. Lo seguí hasta el estacionamiento y tomé la foto desde mi automóvil.

Papá deslizó la imagen sobre la mesa.

—¿Por qué no me llamaste en ese momento?

—Porque necesitaba estar seguro de lo que había descubierto. Si me equivocaba, podía destruir nuestro matrimonio familiar por una sospecha.

Papá soltó una risa amarga.

—¿Y ahora no crees que ya estamos bastante cerca de eso?

Daniel bajó la cabeza.

—Lo sé. Lo siento.

Yo observaba a los dos hermanos, intentando comprender por qué los adultos parecían capaces de convertir cualquier cosa en un secreto.

Primero Vanessa me había ocultado su crueldad detrás de una sonrisa.

Después había descubierto que existía un dinero del que nadie me hablaba.

Y ahora un hombre muerto aparecía en una fotografía reciente.

—¿Ese señor quería quitarme el dinero? —pregunté.

Daniel se volvió hacia mí.

—No lo sé, pequeña.

—Todos dicen que no saben nada.

Mi voz se quebró.

—Pero todos sabían cosas antes que yo.

Papá se acercó y se sentó a mi lado.

—Tienes razón en estar enojada. Los adultos debimos protegerte de esto. No debiste descubrirlo de esta manera.

—¿Mamá sabía que Vanessa iba a hacerme daño?

—No, cariño. Tu mamá no conocía a Vanessa. Lo que hizo fue preparar algo para que tú estuvieras protegida incluso cuando ella ya no pudiera estar aquí.

Papá tomó mi mano.

—Y voy a asegurarme de que ese propósito se cumpla.

Daniel abrió el sobre que había llevado.

Dentro había copias de correos electrónicos, una impresión de una transferencia bancaria y una hoja con varias fechas marcadas en tinta roja.

—Encontré esto en el escritorio de Vanessa cuando fui a su casa la semana pasada —explicó—. Ella me había pedido que recogiera unos documentos mientras estaba de viaje.

Papá examinó las hojas.

—¿Entraste a su casa sin permiso?

—Me dio una llave para que alimentara a su gato. Los papeles estaban encima del escritorio. No estaba buscando nada relacionado con Maya hasta que vi tu nombre.

Papá leyó el primer correo.

Después el segundo.

Su expresión se volvió cada vez más sombría.

—Aquí dice que se pagaron treinta y ocho mil dólares a una compañía llamada Westbridge Consulting.

—¿Qué compañía es esa? —preguntó Daniel.

—No lo sé.

Papá revisó la hoja siguiente.

Había otra transferencia, esta vez por doce mil dólares.

Los dos importes sumaban cincuenta mil.

—¿Cincuenta mil dólares? —pregunté.

Papá intentó cubrir las cifras con la mano, pero ya las había visto.

—No te preocupes por esa cantidad, Maya.

—Es mi dinero, ¿verdad?

Él no pudo negarlo.

—Es dinero del fideicomiso de tu mamá. Pero todavía no sabemos si se perdió o si alguien intentó moverlo sin autorización.

Daniel señaló una línea del correo.

—Mira esto. Vanessa le escribió a alguien que debía completar la operación antes de que Maya cumpliera dieciocho años.

Papá frunció el ceño.

—Eso todavía está a ocho años de distancia.

—Exactamente.

Sentí un escalofrío.

Ocho años.

Vanessa había planeado algo que podía seguir afectándome cuando yo fuera lo suficientemente grande para comprenderlo.

Papá tomó su teléfono.

—Voy a enviar copias de todo a la licenciada Reynolds. No voy a mover un solo documento original.

—¿Y la policía? —preguntó Daniel.

—Primero quiero saber qué pruebas tenemos. Después haremos lo que corresponda.

Mientras papá escaneaba los papeles, mi tío se levantó para preparar café.

Yo me quedé mirando la fotografía.

Había algo en el hombre del restaurante que me parecía extraño. No podía explicar qué era. Quizá la forma en que sostenía la taza. Quizá su mano izquierda, que permanecía escondida debajo de la mesa.

Me acerqué a Daniel.

—Tío, ¿puedo ver la foto otra vez?

Él me la entregó.

Amplié la imagen con los dedos.

En el borde de la mesa había un pequeño sobre blanco. Vanessa lo sujetaba con dos dedos.

En el sobre se distinguía una palabra escrita con tinta azul.

Elena.

El nombre de mi mamá.

—Papá, mira esto.

Él se acercó.

Al ver el sobre, dejó de respirar durante un segundo.

—Dios mío.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Papá tomó la fotografía y la examinó con cuidado.

—Tu mamá guardaba sus documentos más importantes en sobres blancos con su nombre escrito a mano.

Daniel se acercó.

—¿Crees que ese sobre contiene documentos originales?

—No lo sé. Pero Vanessa no debería tener nada de eso.

Papá llamó a la licenciada Reynolds y le envió la imagen.

La abogada prometió revisar los registros disponibles y comprobar si existía alguna explicación legítima para aquella reunión.

Mientras esperábamos, Daniel admitió algo más.

—Marcus, hay otra razón por la que vine esta noche.

Papá levantó la mirada.

—¿Cuál?

—Vanessa me llamó hace veinte minutos. Me dijo que había cometido un error al dejar la carpeta aquí y que necesitaba recuperarla antes de mañana.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no la tenía.

—¿Te creyó?

Daniel negó lentamente.

—No. Me dijo que, si tú descubrías lo que había dentro del segundo sobre, perderías mucho más que dinero.

Sentí que se me apretaba el pecho.

Papá se levantó.

—¿Por qué no me dijiste eso primero?

—Porque no quería asustar a Maya.

—Pues ya está asustada, Daniel. Y merece saber qué está pasando con su propia vida.

Mi tío me miró con tristeza.

—Lo siento, pequeña.

Antes de que pudiera responder, el teléfono de papá sonó.

Era la licenciada Reynolds.

Puso la llamada en altavoz.

—Señor Carter, he revisado el número de registro que aparece en los documentos que me envió —dijo la abogada—. Hay un problema grave.

Papá apretó el borde de la mesa.

—¿Qué encontró?

—El expediente original del fideicomiso fue retirado del archivo hace dos meses. La solicitud de retiro aparece autorizada por un empleado que ya no trabaja en nuestra oficina.

—¿Y quién recogió el expediente?

La abogada hizo una pausa.

—Según el registro de visitantes, fue una mujer que presentó una identificación a nombre de Elena Carter.

Sentí que la habitación daba vueltas.

Mi mamá llevaba cuatro años muerta.

Papá se llevó una mano a la boca.

—Eso es imposible.

—Estoy revisando las cámaras de seguridad, señor Carter. Pero necesito que me responda una pregunta. ¿Su esposa tenía acceso a documentos personales de Elena?

Papá miró a Daniel.

Después me miró a mí.

—Sí —respondió—. Vanessa tuvo acceso a una caja con documentos antiguos cuando reorganizamos el despacho.

La abogada guardó silencio.

Luego pronunció una frase que hizo que mi padre se aferrara al teléfono con ambas manos.

—Marcus, hay algo más. La identificación utilizada para retirar el expediente no solo llevaba el nombre de Elena. También contenía una fotografía reciente de la mujer que la presentó.

—¿Qué mujer? —preguntó papá.

—No puedo asegurarlo todavía. Pero la fotografía se parece mucho a su esposa.

La llamada terminó con la promesa de que recibiríamos más información por la mañana.

Papá permaneció sentado, mirando la pantalla apagada.

Yo me abracé a su brazo.

—¿Vanessa se hizo pasar por mamá?

Él me rodeó los hombros.

—No voy a sacar conclusiones antes de tener pruebas.

Pero su voz ya no sonaba segura.

Daniel recogió su chaqueta.

—Voy a regresar a casa. Si Vanessa intenta comunicarse conmigo, te avisaré.

Papá asintió.

Cuando mi tío se marchó, subimos juntos las escaleras.

Antes de acostarme, le pedí a papá que dejara la puerta abierta.

Él se sentó junto a mi cama y me acarició el cabello hasta que cerré los ojos.

Creí que aquella sería la peor noche de mi vida.

Me equivoqué.

A las seis y doce de la mañana, papá recibió una llamada de la licenciada Reynolds.

Lo escuché levantarse de la cama y contestar en el pasillo.

—¿Qué quiere decir que encontraron otra cuenta?

Hubo una pausa.

—¿A nombre de quién?

Otra pausa.

Después, su voz se quebró.

—No. Eso no puede ser.

Abrí la puerta de mi habitación.

Papá estaba pálido, con el teléfono pegado a la oreja.

Cuando me vio, terminó la llamada y se arrodilló delante de mí.

—Maya, necesito que seas valiente.

—¿Qué pasó?

Me tomó las manos.

—Encontraron una cuenta vinculada al fideicomiso de tu mamá. Una cuenta que nadie de nuestra familia conocía.

—¿Y el dinero está ahí?

Papá tragó saliva.

—No. La cuenta fue abierta hace dieciocho meses y cerrada hace apenas tres días.

—¿Quién la abrió?

Papá me miró con una tristeza que nunca olvidaré.

—Alguien utilizó tu nombre y tu fecha de nacimiento.

Entonces me mostró la última página que la abogada le había enviado.

Debajo de los datos de la cuenta aparecía el nombre de la persona autorizada para administrarla.

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*Vanessa Carter.*

Y en la línea siguiente había una firma que parecía escrita con la letra de mi mamá.

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