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Chapter 2: El secreto detrás de la sonrisa

Vanessa se quedó inmóvil.

Yo no entendía qué tenía que ver el dinero con lo que acababa de pasar. Solo sabía que papá nunca hablaba de esa manera.

Él no gritaba. No golpeaba las paredes. No necesitaba hacerlo.

Cuando estaba decepcionado, su silencio pesaba más que cualquier regaño.

—¿Qué dinero, Marcus? —preguntó Vanessa, intentando recuperar su sonrisa—. No sé de qué estás hablando.

Papá sacó su teléfono del bolsillo.

—Entonces explícame estas transferencias.

Vanessa miró la pantalla, pero desde donde yo estaba no pude distinguir los números.

—¿Estuviste revisando mis cosas?

—Es una cuenta bancaria a mi nombre. Y hay transferencias que no autoricé.

Ella soltó una carcajada nerviosa.

—Por favor. Soy tu esposa. ¿Ahora vas a tratarme como a una ladrona delante de Maya?

Papá ni siquiera parpadeó.

—Te estoy haciendo una pregunta.

Yo seguía detrás de él, abrazando mi dibujo.

Nunca había visto a Vanessa tan insegura. Normalmente, siempre tenía una respuesta para todo. Podía convertir un vaso roto en mi culpa, una camisa arrugada en mi responsabilidad y cualquier problema en una razón para hacerme sentir pequeña.

Ahora parecía buscar desesperadamente una salida.

—Tal vez fueron pagos automáticos —dijo—. Tú sabes que yo me encargo de muchas cosas de la casa.

—No autorizaste ningún pago conmigo.

—¡Porque siempre estás trabajando! ¡Alguien tiene que encargarse de todo!

Papá respiró profundamente.

—Vanessa, he trabajado horas extra durante meses porque me dijiste que necesitábamos ahorrar para remodelar la casa. Me dijiste que el contratista había aumentado los precios.

—Y así fue.

—Entonces, ¿por qué el contratista dice que nunca recibió el depósito?

El silencio que siguió me hizo mirar de uno a otro.

Vanessa bajó los ojos.

Por primera vez, no parecía tener una respuesta preparada.

Papá guardó el teléfono.

—Maya, ve a tu habitación, por favor.

Sentí que el estómago se me encogía.

No quería dejarlos solos. Tenía miedo de que, cuando desapareciera, Vanessa volviera a convertirse en la persona que conocía.

Papá debió de notarlo porque se agachó hasta quedar a mi altura.

—Mírame, cariño.

Lo miré.

—No estás en problemas. No hiciste nada malo. ¿Entendido?

Asentí, aunque todavía me temblaba la barbilla.

—¿Vas a estar aquí cuando baje?

—No voy a irme a ninguna parte.

Me besó la frente.

Aquella pequeña promesa me permitió subir las escaleras.

Pero no cerré completamente la puerta de mi habitación.

Desde allí escuché voces apagadas que, de vez en cuando, se volvían más fuertes.

—¡No puedes echarme por una discusión! —exclamó Vanessa.

—No es por una discusión. Es por lo que le has hecho a mi hija.

—¡Tu hija necesita disciplina!

—Mi hija necesita sentirse segura en su propia casa.

Hubo una pausa.

Después escuché a Vanessa hablar con una voz distinta, más suave, casi suplicante.

—Marcus, amor, estás cansado. Has tenido una semana terrible. Podemos hablar mañana, cuando estés más tranquilo.

—No uses esa voz conmigo. No ahora.

Me senté en la cama y miré mi dibujo.

La casa tenía un techo rojo. El sol amarillo seguía brillando sobre el jardín. Pero mis dedos habían arrugado una esquina del papel.

Pensé en mamá.

Me pregunté qué habría hecho ella si hubiera estado allí.

Quizá habría abrazado a papá. Quizá me habría llevado a la cocina y me habría preparado chocolate caliente.

O quizá habría mirado a Vanessa y le habría dicho exactamente lo que yo nunca me había atrevido a decir.

Que yo no era una carga.

Que no había nada malo en mí.

Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos.

Era papá.

—¿Puedo pasar?

Asentí.

Entró y se sentó a mi lado. Durante unos segundos, no dijo nada. Solo observó el dibujo que yo sostenía.

—¿Puedo verlo?

Se lo entregué.

Lo sostuvo con ambas manos, como si fuera algo muy frágil.

—¿Dibujaste esto hoy?

—Sí.

—¿Por qué dibujaste a Vanessa?

Miré mis rodillas.

—Porque quería que le gustara. Pensé que, si la dibujaba con nosotros, tal vez se sentiría feliz.

Papá cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a mirarme, los tenía húmedos.

—Ay, mi niña…

—¿Hice algo malo?

—No.

Respondió tan rápido que levanté la cabeza.

—¿Seguro?

—Completamente seguro.

Me abrazó. Yo hundí la cara en su camisa y, por primera vez en mucho tiempo, lloré sin intentar esconderme.

—Pensé que, si era más buena, ella me iba a querer —confesé—. Dejé de pedir postre. Limpié todo. Ya no hago ruido cuando veo televisión.

Papá me apretó contra su pecho.

—Escúchame bien, Maya. No tienes que hacerte pequeña para que alguien te quiera.

Aquellas palabras me recordaron a mamá.

Y entonces lloré todavía más.

Cuando finalmente me calmé, papá me secó las mejillas con el pulgar.

—Debí haberme dado cuenta antes.

—Pero Vanessa siempre es buena cuando tú estás aquí.

Su rostro cambió.

—¿Qué quieres decir?

Dudé.

No quería meterme en problemas. Pero papá me había prometido que no estaba enojado conmigo.

Así que le conté.

Le hablé de las comidas que me prohibía terminar, de las veces que me mandaba a otra habitación cuando llegaban sus amigas y de cómo me decía que no debía mencionar a mamá porque eso hacía que la casa se sintiera triste.

Papá no me interrumpió ni una sola vez.

Cuando terminé, se levantó lentamente.

—No debiste pasar por esto sola.

—No quería que dejaras de quererla.

Él se arrodilló frente a mí.

—Nada de lo que me cuentes puede hacer que deje de quererte a ti.

Luego me besó la frente y salió de mi habitación.

Esa noche, papá preparó sándwiches porque ninguno de los dos tenía ganas de cocinar. Nos sentamos en la cocina y hablamos de la escuela, de mi maestra y de los panqueques que haríamos el sábado.

Por primera vez en meses, no sentí que debía medir cada palabra.

Pero la tranquilidad duró poco.

Cerca de las nueve, escuché la voz de Vanessa desde la sala.

—¡No tienes derecho a hacerme esto!

Papá dejó su vaso sobre la mesa.

—Maya, quédate aquí.

Lo vi caminar hacia la sala.

Yo me quedé en la puerta de la cocina.

Vanessa tenía una maleta abierta junto al sofá. Había metido ropa, zapatos y varios estuches de maquillaje.

—¿De verdad vas a destruir nuestro matrimonio por una niña que ni siquiera es tuya biológicamente? —gritó.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

Papá se quedó quieto.

—No vuelvas a hablar de mi hija de esa manera.

Vanessa levantó la barbilla.

—¡Estoy diciendo la verdad! Tú y yo podríamos tener una vida maravillosa si dejaras de cargar con todos sus problemas.

—Maya no es un problema.

—¡Entonces elige! —chilló ella—. ¡O eliges a tu esposa o sigues viviendo para una niña que nunca va a dejarte avanzar!

Papá la miró durante un largo momento.

Después señaló la maleta.

—La elección ya está hecha.

Vanessa se quedó pálida.

Pero, en lugar de marcharse, metió la mano en su bolso y sacó una carpeta gruesa.

—Muy bien, Marcus. Si quieres destruirme, primero deberías saber lo que tu querida hija podría perder.

Papá miró la carpeta.

En la portada había un sello de una oficina legal y, debajo, su nombre completo.

Marcus Carter.

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Vanessa sonrió por primera vez aquella noche.

—Hay algo que nunca te conté sobre la casa.

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